20. UN TEMPLO AL QUE VOLVER
UN TEMPLO AL QUE VOLVER
Delilah
El castillo medieval se alzaba sobre la tierra apuntando hacia la extensión azul eléctrico que era el cielo.
Me recogí el bajo del vestido para atravesar el césped que conducía hasta la entrada de piedra.
Sentía el peso del día y del mes entero sobre mis hombros.
La intensidad emocional a la que me había sometido había dejado huella en mi mente y, a pesar de todo, sabía que la nostalgia se colaría en mi interior y anidaría, echando raíces.
Me había sentado tan bien volver a actuar que reconocí la felicidad al instante.
Algo vivo, algo blanco, unos destellos que acompañaban a todo lo demás.
Pero también estaba triste porque aquella noche sería la última que pasaría en Dublín, acompañada por aquella gente que había sido mi familia durante un breve espacio de tiempo.
Y por Ronan, que había permanecido a mi lado desde el principio.
Era consciente de que teníamos pendiente una conversación, aunque dudaba de que aquel fuera el momento indicado, justo en la fiesta de fin de rodaje de su primera película.
Pero lo cierto era que... ¿alguna vez había sido nuestro momento?
Me adentré en un pasillo solitario que desembocaba en un enorme salón repleto de ventanales altos con vidrieras de colores.
Esa combinación perfecta entre piedra, ambiente medieval y suelos marmolados le confería al lugar el aspecto de una catedral, de una iglesia antigua, de un templo en el que rezar.
Las conversaciones se quedaron en pausa cuando puse un pie sobre las baldosas.
La multitud dirigió su mirada hacia mí, que ya estaba luciendo una de mis características sonrisas.
Aunque esta vez no había nada impostado, solo verdad y agradecimiento.
Gisele, la ayudante de cámara, fue la primera que me interceptó ofreciéndome una copa de champán.
Y, después, me vi arrastrada de un grupo de personas a otro, entre anécdotas del rodaje y esperanzas ante el futuro próximo y ante lo bien que pensábamos que le iría a la película.
No fue hasta unas horas más tarde cuando logré encontrarlo entre la gente reunida en aquel castillo.
Ronan también me estaba mirando, disimulando bastante bien mientras continuaba atento a su conversación.
Pero yo sabía que no era así. Que toda su atención estaba puesta en mí y, tal vez también, en mi vestido de corte griego y de color blanco.
Sabía que él iba a aprovechar esa fiesta para hacer negocios para el futuro estreno de la cinta.
Necesitábamos distribuidores, publicidad y cierta presencia en festivales si queríamos que se hablara de la película.
Y Ronan lo sabía, por eso estaba desempeñando aquella función esa noche.
Sentí un poco de pena por él, porque se merecía disfrutar, olvidarse un rato de las cámaras, de la intensidad de su historia personal y de su pasado.
El tiempo empezó a correr y me descubrí saliendo a una de las terrazas que bordeaban el castillo.
Allí fuera no había nadie, solo la belleza de la luna, que brillaba sobre una oscuridad absoluta.
Las luces que se escapaban por los cristales formaban figuras coloridas por encima de la balaustrada de piedra.
Respiré el aire limpio y fresco de las afueras de Dublín en ese verano que se había convertido en un regalo para mí.
Y, justo cuando estaba en mi cuarta inspiración, noté su presencia a mi espalda.
Solté todo el aire de golpe. Ya sabía que era Ronan, pues el aroma a menta que flotó en el ambiente me advirtió de que esa noche había estado masticando las hojas que tanto le gustaban.
—Delilah —me saludó posándose a mi lado, y los dos miramos al frente.
—Ronan.
—Pareces un poco cansada. ¿Quieres que nos marchemos ya a casa?
—Tú no puedes irte, Ronan —le recordé—. Tienes que estar hasta el final. Es tu fiesta... y siento tener que decírtelo, pero necesitamos muchos de los contactos que andan por ahí dentro.
—Lo sé —admitió con cierta pesadez—. Aunque reconozco que, si me hubieras dicho que sí, me hubiese ido de todas maneras.
Su cabeza se ladeó y sentí cómo clavaba la mirada en mi perfil, intensa, abrumadora, a menos centímetros de los que yo podía soportar sin sucumbir.
—Te has quemado la nariz —me avisó, posando la yema de su dedo sobre la punta.
No sabía que aquel gesto tan banal, tan sencillo, pudiera estar lleno de tantísima intimidad.
—Pensé que el sol de Dublín no pegaba con tanta fuerza, la verdad —apunté—. Es lo que tiene pasarse horas recorriendo el itinerario al completo de un parque de atracciones.
Ronan soltó una carcajada.
—¿Os lo habéis pasado bien al menos?
—Mucho. A Declan le auguro un futuro prometedor si es que dentro de unos años sigue siendo igual de tozudo.
—Me hubiera gustado acompañaros —reconoció mientras se llevaba una mano al cuello para rascarse con cierta incomodidad.
—Tenías que quedarte al lado del equipo, Ronan... Es la última vez que estás con ellos.
—Ellos se quedan en Dublín. Tú no. Mañana te vas.
Perdí la mirada en el horizonte y un poco más arriba, donde la luna estaba enmarcada por un recuadro de estrellas. Supe que había llegado la hora. Él y yo, y lo nuestro . Él y yo, y esa relación que de nuevo pasaba a ser indefinible.
—Mañana me voy —confirmé.
Ahora fui yo quien giró la cabeza y observó todo lo que él era.
Su pelo rodeaba un rostro de rasgos severos que capitaneaba el negro profundo, como un dique, que eran sus ojos.
Era tanto lo que él me había hecho sentir que el recuerdo dolía.
A veces, las personas encontrábamos en la complicación un resquicio para soñar.
Y Ronan era eso. Una complicación. Un sueño.
Un instante de perfección ante el devenir de los días.
—Tenemos que hablar —anunció Ronan—. Tú y yo.
—Quiero que sepas que he sido muy feliz aquí, a pesar de los pequeños baches por los que hemos atravesado. —Sonreí—. Esta ha sido mi mejor experiencia profesional. Así que gracias por ofrecerme este personaje, por dejarme ser el rostro de este proyecto, Ronan.
Una mirada podía significar muchas cosas. Esa vez era el reflejo de dos buenos amigos que eran importantes para el otro. Había tanta conexión, tanta comprensión y apoyo entre nosotros que la piel se me puso de gallina al ser consciente de que lo tenía a mi lado esa noche.
—De nada, Del. Pero no es de eso de lo que quiero hablar.
—¿No?
Intenté apartar la mirada, negando débilmente, para que nos lo pusiéramos fácil. Pero Ronan no menguó en su decisión, porque él representaba esa lealtad que uno debe tenerse a sí mismo.
—Solo necesito que sepas que lo que sentía por ti no ha desaparecido —declaró—. Te admiro, te escucho, te leo, me fascinas y te quiero, Del. Todo a la vez.
Fue difícil respirar después de aquello.
—Pero ha pasado el tiempo, Ronan. Ya no somos los mismos que se encontraron en esa gira. Las cosas se superan. Debemos superarlas —dije.
—Cuando algo es real, nunca se supera. Y ese último día en la granja, debí insistir en que lo intentáramos, pero no lo hice.
Sí que debió hacerlo, porque yo estaba tan jodidamente consumida por él que lo hubiera permitido.
O quizá no. Quizá lo hubiera obligado a perseguir ese sueño, a labrarse una carrera, al igual que había hecho ese día tiempo atrás.
Porque, en aquel momento, Ronan era lo más importante para mí y solo quería que fuera feliz.
—Así que quiero que sepas que sigo enamorado de ti —confesó, dando un paso hacia delante, observándome desde arriba con la mandíbula apretada—. Que quiero estar contigo. Y que quiero que encontremos la manera de hacer que funcione.
Algo encajó en lo más profundo de mi ser.
Algo que se percibió como un chasquido, una quiebra.
Ese era el motivo por el que no había querido escuchar lo que Ronan acababa de confesarme.
Yo no quería asumir el amor que me profesaba, porque no estaba preparada para confiar en nadie.
Tal vez nunca lo estaría. Había encontrado el equilibrio perfecto creyendo solamente en mí misma.
Había hecho de mi soledad la mayor de mis fortalezas y no estaba preparada para que alguien entrara de nuevo.
—Ronan —jadeé.
—Uf, eso no ha sonado muy bien.
Intentó reírse, pero terminó siendo solo un ruido en su garganta.
—No es eso.
—¿Entonces?
—Es solo que ahora valoro mucho mi vida.
—Hablé por fin, alto y claro, mientras lo miraba a los ojos—.
Me encanta la vida que he construido, me gusta mi soledad.
No necesito a nadie que me acompañe de manera casi enfermiza como antes.
He encontrado mi equilibrio y... he descubierto una paz que se parece mucho a ser feliz, ¿sabes?
—¿Ya no me quieres? —La timidez que encerraba su pregunta me sacudió, y a punto estuve de rendirme.
—Claro que te quiero, Ronan. Tú me enseñaste a amar.
Pero es complicado. Tú vives aquí, viajas todo el tiempo, tienes tu propio estilo de vida con el que estás familiarizado.
Yo vivo en otro continente, me he obligado a poner en pausa mi vida y ahora no tengo prisa por hacer las cosas.
Más bien quiero que las cosas me encuentren a mí, como me ha encontrado esta película...
—Puedo mudarme a Nueva York.
—No. No puedes —le aseguré—. Necesitas estar aquí, necesitas esto. Necesitas a tu gente. Y aún te quedan unos meses intensos en los que vas a estar enfocado en el montaje y en la posproducción de la película.
—Por favor, Del... —murmuró con la respiración acelerada—. Vamos a intentarlo esta vez.
Con un movimiento veloz y tierno al mismo tiempo, Ronan encajó sus dos manos en mi cuello. Unió nuestras frentes y nuestras narices se acariciaron.
—Somos la persona del otro. —Su aliento me calentó los labios cuando habló.
—Quizá en otro universo.
Estábamos a punto de besarnos. La promesa de un beso a veces era más intensa que la propia hazaña de besar.
Respirar la esencia de alguien en ese instante previo podía significar más que el sabor de una boca.
Más que caer en la tentación. Más que tocar el cielo.
A veces, quedarnos a las puertas nos hacía clavarnos la gran estaca de lo que podría haber sido.
Y aquello sí que no obedecía al olvido. Sentía la menta en el paladar, su cuerpo apretando el mío contra la suave tela de mi vestido y sus ojos rogándome una oportunidad.
Sentía todo su amor tan profundo, tan dentro de mí, que la emoción me tiraba de la punta de los dedos.
Me gritaba que uniera nuestros labios. Y nada más.
Pero la madurez era eso. Entender que había cosas imposibles, más bien improbables.
Entender que la vida seguiría, que se abriría paso de nuevo.
Y que él siempre sería mío. Porque estaba encerrado en todos los momentos que habíamos vivido y en todos los que no compartiríamos jamás.