Un amor inventado 15. COMO LA SEDA
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15. COMO LA SEDA

COMO LA SEDA

Ronan

Llevábamos una semana de rodaje y todo iba como la seda.

Los plazos se cumplían. El equipo de cuarenta y siete personas funcionaba como un verdadero engranaje bien engrasado, se entendían entre ellas y habían establecido conmigo, el director, una relación cercana.

Todos remábamos en una misma dirección. Todos perfectamente compenetrados.

Todos entregados a la historia que queríamos contar.

La cantidad de horas que le había dedicado al proyecto en los últimos meses había merecido la pena.

Porque estaba rodando Leyes del submundo y se estaba convirtiendo en la mayor terapia para comprender la soledad y el vacío que me había dejado mi madre al morir.

Estaba transitando un viaje que hablaba del duelo y también de cómo la compañía de las personas adecuadas podía empujarte a superarte cada día.

Había dejado atrás el temor y la desconfianza provocados por la inexperiencia y sencillamente estaba haciéndolo .

Tirándome a la piscina con el riesgo de estrellarme.

Lo hacía con dudas. Lo hacía con inseguridad.

Lo hacía con miedo. Lo hacía con el corazón expuesto a constantes imprevistos y sobrecargado por las emociones.

Pero lo hacía, al fin y al cabo, y me sentía orgulloso cuando cada noche caía exhausto sobre la cama.

Pero entonces, Delilah había llegado al set y todo se había enredado dentro de mí.

El equipo la había acogido con un cariño directamente proporcional a como ella los trataba en el día a día.

Su puñetera profesionalidad me ponía los pelos de punta a cada instante.

Sus ojos conquistando cada plano que yo observaba a través de mi pantalla me hacían sumirme en un estado de embriaguez difícil de sobrellevar.

Porque sí. A cada día que pasaba, yo la deseaba aún más. Yo la quería aún más .

A pesar de que ella no hubiera intercambiado ninguna palabra conmigo desde aquella madrugada.

En los últimos días, solo habíamos cruzado un par de comentarios técnicos dentro de la marabunta que era la grabación de una película: «Sí», «Muy bien», «Esa toma ha estado increíble», «Cuidado con ese foco al pasar», «Muchas gracias, Del».

En cada una de las escenas, ella estaba llevando a cabo un trabajo magistral.

Todos nos encontrábamos encandilados por cómo estaba afrontando su personaje, por cómo lo habitaba.

Cómo a veces no tenías ni idea de a quién te estabas refiriendo cuando hablabas: si a Delilah o simplemente a Mona.

Y eso en parte me preocupaba, porque ella siempre solía salir del personaje cuando la cámara dejaba de grabar.

Pero esta vez... esta vez yo sabía que había algo diferente.

Aunque al final todo se terminaba escondiendo detrás de la increíble actuación que nos estaba ofreciendo.

Porque cuando un actor se transformaba en otro ser, sabías que había encontrado la grandeza.

Y yo me sentía feliz. Feliz por ella. Por su regreso.

Por la enorme pasión que Delilah experimentaba por la interpretación.

Pero eso no impedía que mi corazón sufriera por su indiferencia.

Ella se mantenía lo más alejada posible de mí.

En casa, ni siquiera desayunaba conmigo, sino que bajaba a una cafetería del barrio.

Tampoco habíamos compartido ninguna película más.

Quizá Delilah las seguía viendo en su habitación.

Yo, desde luego, no lo hacía. Y en el set simplemente se había encargado de apoderarse de cada rincón y de no quejarse cuando las cosas costaban un poco más y perdíamos demasiado tiempo entre secuencias.

Y de establecer las mejores de las relaciones con Declan, el otro gran protagonista de la película.

Declan era el niño de diez años que interpretaba al hijo de Mona.

Dicho de otro modo, me interpretaba a mí cuando era pequeño.

Lo había elegido entre los miles de participantes que asistieron al casting que habíamos llevado a cabo para la película.

Su picardía y la tremenda fotogenia de un rostro infantil plagado de pecas, combinado con la profundidad de su mirada, habían puesto las cosas fáciles a la hora de decidir.

Él no había actuado nunca, por lo que todo aquello le parecía algo descomunal y desconocido.

Así que yo había dedicado la mayor parte del tiempo a hablar con el chico, a ofrecerle las instrucciones como si se trataran de auténticos juegos, a explicarle una y otra vez las escenas más difíciles de enfrentar.

Había entablado una relación estrecha con él, y también con su familia, para que todo fuera más cercano.

Pero había llegado Delilah y se había convertido de la noche a la mañana en su favorita.

Ella se había implicado en ayudar al niño a dar lo mejor de sí, a que aquello no pareciera un trabajo, sino un lugar al que ir a pasarlo bien.

Como el buen profesional que también era, yo ya le había dado las gracias por ello.

Lo cierto era que mantenían una dinámica que ayudaba a reflejar con realismo esa relación especial entre madre e hijo en la pantalla.

Resultaba que Delilah también había demostrado ser una experta en eso.

Pero quizá ese día me habían echado sal a mi primer café, porque, en medio de un descanso de menos de una hora para preparar el siguiente decorado, me escamaba de un modo distinto que ni Declan ni Delilah tuvieran ojos para mí.

Los dos se encontraban en una esquina de la estancia jugando a piedra, papel o tijera, y alardeando de su buena relación.

Y yo solo era un puto viejo cascarrabias sentado en su silla de director, colocándose a cada tanto las gafas sobre el puente de la nariz.

¿Estaba celoso de un niño de diez años? Probablemente.

Llegó un momento en el que el cansancio de las semanas me cayó encima como una plaga de langostas.

—¡Eh! ¡Del! —la llamé alzando la voz por encima del ruido que provocaba el equipo al trabajar—. ¿Puedes acercarte un momento?

Ella ni siquiera tuvo la decencia de mirarme, pero debió de escucharme alto y claro porque en dos segundos se plantó frente a mí.

—¿Y bien? —preguntó.

Los ojos gigantes, el pelo echado hacia atrás, las marcadas ojeras que eran características de su personaje y los labios pintados de rosa. ¿Con quién tendría el placer de hablar esta vez?

—Sabes que no tienes por qué estar todo el rato con Declan, ¿verdad? Dispone de un asistente de dirección que está pendiente de él todo el tiempo.

—No me molesta, Ronan. Quiero hacerlo.

—Cuando hay un descanso, tú también tienes que descansar —la informé—. Veo lo duro que estás trabajando, Delilah. Es increíble, de verdad, pero afloja un poco el ritmo. Aprovecha los espacios de tiempo para desconectar. Es un personaje difícil.

—¿Ya has terminado? —me preguntó, con una sonrisa plantada en la cara.

Y ahora sí que parecía que era el propio personaje el que hablaba—.

Voy a estar en la sala del fondo jugando al ajedrez con Declan.

Seguro que te has dado cuenta del bien que nos hace mantener esta relación cercana para que la cámara capture la verdad.

—No es necesario, Del. Te lo digo en serio.

—Tú a lo tuyo, que yo me encargo de lo mío, director —remarcó dándose media vuelta y mirándome por encima del hombro.

—¡Mi trabajo también es velar por ti y por todo el equipo! —exclamé trepando por la silla—. ¡No lo olvides, Del!