Un amor inventado 1. EL TIEMPO PARA SANAR
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1. EL TIEMPO PARA SANAR

EL TIEMPO PARA SANAR

Delilah

Dos años daban para mucho. Daban para empezar otra vida.

Daban para acostumbrarse al silencio del campo por las noches y hacer de él un hogar.

Daban para que el trabajo del día a día te confirmara que eras capaz de muchas cosas, a pesar de no haberlo imaginado jamás.

Daban para que te creciera una segunda familia.

La de los trabajadores que ayudaban a mantener tu proyecto a flote y que eran totalmente ajenos a un mundo que aquí no tenía cabida.

Daban para que aprendieras de ellos y para conocerlos un poco más cada día.

Dos años también eran suficientes para experimentar muchas primeras veces.

Sencillas, pero también complejas. Dos años daban para que te convirtieras en una buena cocinera y en una repostera excelente.

O para jugar partidas de ajedrez cada martes por la tarde con Simón, el jefe ganadero.

Daban para que comprendieras que el significado de la vida en ocasiones se encontraba en terminar un libro que te había llegado a lo más hondo del corazón y en el que seguramente pensarías varías noches seguidas.

Esos veinticuatro meses alejada de todo también habían servido para afianzar las amistades verdaderas. Para conversar con Jane, por teléfono, de temas que iban más allá de las citas programadas en un calendario o del último diseñador que estaba causando furor en las pasarelas.

Dos años de pausa daban para crear una rutina sostenida en el tiempo con tu abuela, que no era otra que conducir cada dos viernes hasta su casa en los Hamptons y pasar el fin de semana viendo sus películas favoritas de cine clásico.

Y ya sabía que ese sería el mayor legado que me dejaría: todo el tiempo compartido y esas escenas que le anegaban los ojos y que a mí se me grababan en la retina.

Dos años también daban para derrumbarte, una y otra vez, y caer en diques oscuros que ni siquiera conocías.

Pero también daban para levantarte y alzar la cabeza, para estar agradecida por quién eras, para espaciar las sesiones cada vez más con tu psicóloga.

Y para que, cuando una mañana de abril te confesara un «Estoy orgullosa de ti», te sintieras con la fuerza de quererte un poco más.

De mirarte en el espejo con una sonrisa y decir por fin: «Esta soy yo. Esta seré».

Dos años en los que te permitiste la pausa para poner tu mundo en orden.

Lo importante, lo superfluo y lo esencial.

Dos años daban para encontrar en el aburrimiento un acto de absoluta rebeldía ante una vida que no se detenía, pero que tampoco dejaba poso.

Dos años daban para pasar con Hepburn todo el tiempo posible, y para hacer excursiones a la playa con ella para que corriera a su antojo por la orilla.

Daban para contemplar más y más atardeceres que no eran más que eso, atardeceres.

Dos años también era tiempo suficiente para comprender que la relación con mi madre nunca había sido sana.

Y que no había perdido algo que nunca llegué a tener: su amor.

Que muchos de mis miedos habían nacido de ahí, de mi niñez y de la falta de ella.

Pero ese tiempo resultaba también necesario para que todos esos miedos que acumulaba en mi interior se fueran apaciguando, perdiendo su intensidad a medida que los cuestionaba y hurgaba en ellos.

Dos años sangrando y curando la herida.

Dos años para aprender que podía salvarme a mí misma. Que siempre podría.

Dos años para sanar.

Setecientos treinta días en los que había echado de menos algo: actuar.

Y también a él .

Un sonido me devolvió al presente. Era un cubierto chocando contra una copa de cristal.

Cuando levanté la cabeza y alejé mis pensamientos, la expresión cálida de Bruce Brown, el padre de Jane, me dio la bienvenida.

Estaba de pie, ataviado con un jersey navideño y presidiendo la mesa en la que se reunían los familiares más cercanos de mi mejor amiga.

Sus dos hermanos mayores con sus mujeres y un par de niños a cada lado con la cabellera castaña.

Y, al otro extremo de la mesa, la triada de hermanas de la señora Brown, las tres solteras, las tres con el mismo tinte pelirrojo y el mismo cardado en el flequillo.

Miré hacia el frente y me encontré con la imagen más amorosa de los últimos tiempos, la de Jane hablándole al oído a Jason, el novio de instituto con el que terminó, a pesar de estar enamorada de él, por perseguir sus sueños profesionales.

Mi decisión de retirarme había precipitado la de Jane de regresar a su pueblo.

Al principio solo fue para descansar una temporada y disfrutar de la familia y de las cosas que echaba de menos.

Pero luego Jason apareció en la ecuación y decidieron darse una segunda oportunidad.

Yo lo había celebrado desde mi casa y, ahora, casi un año después, era una satisfacción ver la felicidad reflejada en el rostro de mi amiga.

—Atended un momento, familia —nos pidió Bruce volviendo a hacer sonar la copa—. Solo quiero daros las gracias por elegir este lugar en Nebraska para pasar la Navidad.

—¡Papá, solo vivimos a dos horas y media de aquí! —exclamó Ronnie, uno de los hermanos de Jane.

—¿Por qué eres tan egocéntrico, Ron? ¿Acaso crees que todo lo que digo va por ti? Sé educado y compórtate, hijo mío. Hay que darle las gracias a nuestra querida Dellie por acompañarnos hoy...

—¿Y nosotras qué? —preguntó desde el otro lado la pelirroja que tenía la expresión más ceñuda de las tres hermanas.

—Y a vosotras también, por supuesto, Connie, Cristie y Flitie... —añadió dejando en evidencia que lo suyo no era actuar.

Una ristra de carcajadas sobrevoló la mesa, pero Bruce no se sintió intimidado.

—Es de bien nacido ser agradecido, amigos —celebró con su copa en alto señalándome directamente a mí—. Gracias, Dellie, por estar aquí con nosotros hoy. La señora Brown te ha preparado esos sándwiches de runza que tanto te gustaron la última vez.

—Gracias, señora Brown —le agradecí a la mujer que estaba sentada a mi derecha.

—¡Eh! —gruñó Jane—. ¡A mí también me gustan!

—Lo sabemos, cariño. —Bruce se sentó a la mesa y posó su mirada en el banquete que teníamos ante nosotros—. Pero ya sabes lo que dicen... Hay que mimar a las hijas pequeñas...

—¡Tu hija pequeña soy yo!

—Desde que Dellie entró en nuestras vidas, no.

Dellie . Así era como me llamaban en esa casa en la que me habían aceptado desde el principio.

Ya era la tercera Navidad que pasaba allí.

La primera vez había llegado cargada de regalos para cada miembro de la familia.

Así que me gané, con bastante facilidad debo decir, eso de ser la amiga mimada de su brillante hija.

Aquellos padres le profesaban un amor a Jane con el que yo solo podía fantasear.

Observándolos y viéndolos interactuar, por fin comprendí lo que significaba ser una familia.

Ese era el principal motivo por el que había decidido visitarlos más veces. Y los señores Brown estaban encantados con la decisión.

—Me parece genial que Dellie se haya convertido en tu consentida, papá, pero... ¿podemos comer ya? —vociferó Nate hincando el tenedor en la fuente de patatas fritas que tenía delante.

—¡Todos a comer! —nos apremió Bruce—. Hasta dentro de quince minutos por lo menos no podéis hablar. Aunque, si queréis, podéis hacerlo con la boca llena.

La cena transcurrió entre recuerdos y anécdotas cada cual más rocambolesca de las navidades de la familia.

Nos comimos todos los entrantes repartidos por el centro de la mesa y rebañamos las tres fuentes de pavo asado que Telma había cocinado.

Siempre era agradable sentirse parte de algo, a pesar de ser una forastera entre toda aquella gente.

Cuando Jason comenzó a recoger los platos, varias voces escalaron hasta llegar a los gritos como si se estuviera cometiendo un asesinato y descuartizando el cuerpo delante todos.

«¡No hagas eso!». «¡En esta casa no se recoge hasta las dos de la mañana!». «¡Herejía!». «¡Es más importante conversar que recoger!».

No tuve más remedio que unirme a las risas. Pero, poco después, todos nos quedamos en silencio cuando observamos a Jason arrastrar su silla y ponerse en pie.

—¡Lo que digáis! —exclamó—. Que sepáis que quería hacer esto en otras circunstancias, pero mira qué coincidencia..., nuestro aniversario es hoy.

El novio de mi amiga se colocó frente a ella, la observó desde arriba con los ojos llenos de amor y plantó una rodilla en el suelo.

—¿Qué haces? —murmuró ella con la piel del mismo color que las flores de Pascua que adornaban el centro de la mesa.

—¿A ti qué te parece? —Jason le devolvió la pregunta.

—¡No me jodas! —gritó una de las hermanas de la señora Brown. ¿Se trataba de Flitie?

También se oyó cómo alguien se atragantaba con el vino. Y carraspeos. Muchos carraspeos. Sin embargo, yo me quedé petrificada ante los ojos llenos de orgullo y cariño de Bruce, que observaban la escena desde detrás de una capa de lágrimas.

—Jane, este último año ha sido el más feliz de mi vida. Te juro que tenía un discurso preparado, pero estoy muy nervioso, cariño... Solo quiero darte las gracias por darnos otra oportunidad y...

Silencio.

Emoción.

Esos eran los momentos de la vida que tenía el placer de compartir con ellos.

—¿Quieres casarte conmigo, Jane? —preguntó por fin Jason.

Mi amiga no contestó. Lo que sí hizo fue ejecutar un placaje sobre el pecho de su novio y tumbarlo en el suelo. Luego, todos los presentes escuchamos un nítido y entusiasmado:

—¡Sí!

Nadie pudo contener las ganas de levantarse de sus asientos y correr a tumbarse encima de los prometidos, que estaban tirados en el suelo. Y noté cómo las lágrimas se despertaban y me humedecían las mejillas. Eran lágrimas de felicidad.

Después de sacar la basura, me había quedado sentada en el balancín que los Brown tenían en el porche.

Embutida en un anorak de plumas y con mi gorro de lana en la cabeza, miraba al cielo.

Observaba el titilante brillo que las estrellas trazaban en el firmamento aquella noche, preguntándome por qué mi pecho se contraía como si estuviera agonizando ante una muerte inminente.

Cada vez que era testigo de un gesto de amor sincero, el recuerdo de su cuerpo encajado en el mío y sus palabras susurradas a través de su aliento me partían por la mitad.

La puerta se abrió y por ella apareció Jane con dos tazas humeantes en la mano. Se sentó junto a mí y me sonrió como si fuera una niña y estuviera saltándose alguna regla importante.

—Ahí dentro ya te echan de menos... —me avisó antes de dar un sorbo a su infusión.

Volví a alzar la cabeza hacia la inmensidad oscura que era el cielo.

—¿Cómo estás, Jane?

—Pues... Voy a casarme... Y eso es algo que nunca había entrado en mis planes. —Boqueó fijando la mirada en un horizonte imaginado solo por ella.

—Por eso te lo pregunto. Pero te veo más feliz que nunca. Estoy muy contenta por ti. Jason es un buen hombre y te trata con un cariño inmenso, Jane.

—Lo sé. Lo sé. Voy a casarme con él. ¡Joder! ¡Voy a casarme con el tío que no paraba de tirarme bolas de papel en la secundaria para llamar mi atención!

Compartimos una risa que desembocó en un silencio espeso que nos alentó a acercarnos más. Su cabeza cayó sobre mi hombro.

—Pero también echo de menos vivir en Nueva York. Y trabajar contigo, Lilah. Yo también estoy muy orgullosa de ti, ¿sabes?

—Jane.

—Dime.

—He estado pensando...

—¿En qué?

—Pues que quizá algún día me gustaría impartir clases de actuación.

Jane estiró el torso y se irguió para mirarme muy fijamente.

—¿Sí?

—Tal vez. Es solo una idea que lleva un tiempo rondándome por la cabeza. Me encantaría que los niños contaran con un lugar seguro en el que poder actuar si les apetece y no verse obligados a ello solo por tener talento.

Sus ojos se llenaron de un brillo que solo podía significar una cosa. Mi amiga también se alegraba por mí. Y por eso dijo:

—Si vas a meterte en un nuevo proyecto, cuenta conmigo, ¿vale?

A pesar de la distancia, a pesar de todo.

Tengo muchas dotes para trabajar telemáticamente, ya lo sabes.

—Su arrogancia solo era fingida. Debajo de ella percibía su interés y también su entusiasmo, y eso me reconfortó—.

Sabes que siempre voy a remar a tu lado y creo que serías la mejor profesora del planeta.

—Puse los ojos en blanco—. ¡Lo digo muy en serio!