Un amor en la casa del acantilado (Amores del Cantábrico 1) Prólogo
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Un amor en la casa del acantilado (Amores del Cantábrico 1)

Un amor en la casa del acantilado (Amores del Cantábrico 1)

Por Emily Jacobsen

© inepub.com

Prólogo

Las máquinas llegaron a las seis y diez de la mañana.

Sara las oyó antes de verlas: un rugido grave que subía por la carretera de la costa, entre la niebla, como un animal que no tiene prisa porque sabe que la presa no puede huir.

Dos excavadoras amarillas. Un camión góndola.

Una furgoneta blanca con el logotipo de una constructora de Madrid.

Y detrás, un coche negro con los cristales tintados.

Estaba de pie frente a la verja de Villa Arístegui, con la gabardina empapada y los zapatos hundidos en el barro. No había dormido. No recordaba cuándo había comido por última vez. En el bolsillo, el móvil vibraba cada pocos minutos.

Catorce llamadas perdidas. Todas del mismo número.

No contestó.

La primera excavadora se detuvo a tres metros de ella.

El conductor asomó la cabeza y le gritó algo que el viento se llevó.

Sara no se movió. A su espalda, la casona se recortaba contra el cielo gris con sus balcones oxidados y sus ventanales altos, los mismos desde los que un viejo le había dicho una vez que aquella casa era lo único que le quedaba en el mundo.

Se abrió la puerta del coche negro. Bajó un hombre con abrigo de cachemir y un paraguas que otro le sostenía.

—Señorita Valdés —dijo Bernardo Salcedo, con la amabilidad de quien ya ha ganado—. Tiene usted una orden de desalojo, una denuncia por fraude y ningún trabajo. Yo, en su lugar, me apartaría.

—Usted no está en mi lugar.

Él sonrió y miró el móvil que vibraba en su bolsillo.

—No. Pero él sí lo estuvo, ¿verdad? Y la vendió a la primera oportunidad.

Sara apretó los puños. Tres meses atrás habría tenido una respuesta. Tres meses atrás todavía creía que sabía distinguir a los enemigos de los aliados, que el poder se ganaba con paciencia y que el amor era un lujo que una mujer como ella no podía permitirse.

Se había equivocado en todo.

Menos en una cosa: no pensaba apartarse.

La excavadora avanzó un metro. Luego otro.

Y entonces, desde la curva, llegó el motor de un segundo coche. Venía demasiado deprisa.