Un amor bajo otro nombre CAPÍTULO 41
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CAPÍTULO 41

El Regreso

Nathan se quedó dos días más con su duda, dándole vueltas como quien examina una herida antes de decidir si va a dejar que cierre.

No fueron dos días de parálisis, exactamente.

Fueron dos días de una quietud extraña, casi ceremonial, en la que su apartamento —ese espacio impecable, ordenado, tan parecido a un quirófano como a un hogar— se convirtió en el escenario de una negociación consigo mismo.

Se sentaba en el borde del sofá, con los codos en las rodillas y la mirada fija en un punto de la pared que no tenía nada de particular, y dejaba que las mismas preguntas dieran vueltas una y otra vez, como un bisturí que no termina de encontrar el corte correcto.

¿Podía perdonar siete años de ausencia? ¿Podía perdonar un secreto tan grande que había cambiado la forma de su propia vida sin que él lo supiera?

¿Podía mirar a Mireille —a Nora, a las dos mujeres que ahora sabía que eran la misma persona— y no sentir, en algún rincón todavía crudo, la sombra de la traición?

Pero había otra pregunta debajo de todas esas, una que empezaba a pesar más que las demás cada vez que la dejaba subir a la superficie: ¿podía seguir viviendo sin ella?

La respuesta llevaba ahí desde el principio, en realidad. Solo que Nathan había necesitado el testimonio de Aiden —esa voz sin nada que ganar, esa honestidad árida y sin adornos— para dejar de discutir con ella.

Pensó en las palabras de Aiden en la cafetería, en la imagen de Mireille cosiendo la ropa de su hija a mano porque no le alcanzaba para comprarla, en las dieciséis horas de trabajo seguidas de una noche entera cuidando una fiebre.

Pensó en el trauma del parto de los gemelos, en la pérdida que ella había cargado sola, sin nadie que le sostuviera la mano en la sala de partos.

Pensó en su propia familia —en su madre, en su padre, en el apellido Reyes que durante toda su vida había sido un privilegio y que, para Mireille, se había convertido en una amenaza con nombre y apellido— y sintió una vergüenza que no era exactamente culpa, pero se le parecía mucho.

Y entonces, en algún momento de la segunda noche, sin ningún parlamento interno especialmente dramático, sin una epifanía de las que se ven en las películas, Nathan simplemente dejó de discutir.

La duda no desapareció del todo —sabía, con la misma certeza clínica con la que diagnosticaba a sus pacientes, que las dudas de esa magnitud no se disuelven de la noche a la mañana—, pero dejó de ser el centro de gravedad de sus decisiones.

Se corrió a un lado. Y en el espacio que dejó libre, se instaló algo más simple, más terco, más antiguo que cualquier argumento racional: la necesidad de volver.

Se levantó del sofá casi sin darse cuenta de que lo hacía. Tomó las llaves del auto de la mesa de la entrada, y por primera vez en días, no dudó frente a la puerta antes de salir.

—

El trayecto hasta el apartamento de Nora no era largo —quince minutos, tal vez veinte con tráfico—, pero Nathan lo sintió como uno de los recorridos más largos de su vida, no por la distancia, sino por todo lo que se acomodaba dentro de él mientras conducía.

Las calles se sucedían con esa indiferencia urbana de siempre: los semáforos cambiando de color, la gente cruzando con prisa, un vendedor de flores en una esquina recogiendo su puesto para la noche.

Nathan apenas los veía. Su mente estaba ocupada construyendo, palabra por palabra, todo lo que llevaba siete años sin decir.

Quería decirle que la había buscado en cada rostro de mujer que se le pareciera remotamente durante años, sin saberlo, sin admitírselo a sí mismo, hasta que ese hábito se había vuelto tan parte de él como respirar.

Quería decirle que el día que despertó en su apartamento, aquella "noche equivocada" que él mismo se avergonzaba de recordar, algo en su cuerpo había reconocido lo que su mente todavía tardaría meses en aceptar.

Quería decirle que entendía —no del todo, tal vez nunca del todo, pero sí lo suficiente— por qué había elegido desaparecer antes que arrastrarlo a una guerra con su propia familia.

Quería decirle que lamentaba, con una profundidad que no sabía cómo articular, que su apellido, su sangre, hubiera sido la razón de tanto dolor.

Y quería decirle, sobre todo, que estaba listo para ser padre.

No en abstracto, no como una idea todavía sin forma, sino de manera concreta: listo para las noches de fiebre, para las alergias que había que vigilar en cada etiqueta de comida, para los cumpleaños en parques con decoración de temporada, para todo lo que había estado a punto de perder sin siquiera saber que existía.

Un semáforo en rojo lo obligó a detenerse, y en ese instante de pausa forzada, Nathan sintió que el pecho se le llenaba de algo que hacía mucho no experimentaba con esa intensidad: no era felicidad, todavía no —eso vendría después, si es que venía—, sino algo más parecido a la determinación.

Una calma firme, casi física, como si por fin hubiera dejado de nadar contra la corriente y se hubiera permitido que esta lo llevara.

Pensó, fugazmente, en Serena. En el peso que ella había tenido, sin que él lo supiera, en los últimos siete años de su vida.

En la traición que todavía no terminaba de asimilar del todo.

Pero incluso ese pensamiento, esa herida más reciente, pasó por su mente sin detenerse, como un auto que cruza un cruce sin necesidad de frenar.

Ya habría tiempo para eso. Esta noche no era para Serena. Esta noche era solo para Mireille.

El semáforo cambió a verde. Nathan avanzó.

—

El edificio de Nora apareció al final de la calle con esa fachada tan poco pretenciosa que Nathan, la primera vez que la había visto, jamás habría imaginado que tras esas ventanas iluminadas vivía la mujer que llevaba siete años buscando sin saberlo.

Estacionó el auto casi sin mirar, apagó el motor, y se quedó un momento sentado, con las manos todavía en el volante, sintiendo el silencio repentino después del ronroneo del motor.

No era miedo, se dijo. O tal vez sí lo era, pero un miedo distinto al que había sentido en el hospital, en la sala de espera, en la calle donde Aiden le había contado la verdad completa.

Era el miedo de quien está a punto de decir algo que no puede deshacerse una vez dicho.

El miedo de las decisiones que, una vez tomadas, redefinen todo lo que viene después.

Bajó del auto. El aire de la noche tenía esa temperatura suave, casi tibia, que a veces sorprende en las últimas horas del día, como si la ciudad misma hubiera decidido darle una tregua.

Cruzó la calle. Subió los pocos escalones de la entrada del edificio, saludó con un gesto breve al portero que ya lo reconocía de las visitas anteriores, y tomó el ascensor hasta el piso de Nora con una calma que, de haberla sentido una semana antes, ni él mismo se habría creído capaz de sostener.

El pasillo del apartamento estaba en silencio.

Una luz cálida se filtraba por debajo de la puerta —la misma puerta ante la que se había disculpado, meses atrás, por una borrachera y una noche que ninguno de los dos había sabido explicar del todo en su momento—.

Ahora, de pie frente a ella, Nathan sintió que toda la distancia de siete años se condensaba en esos pocos centímetros de madera.

Levantó la mano. La dejó suspendida un instante, no por duda, sino por la necesidad casi reverente de sentir el peso completo del momento antes de dejarlo pasar.

Y entonces, justo cuando estaba a punto de tocar, escuchó voces al otro lado de la puerta.

La de Mireille, tensa, más baja de lo habitual.

Y otra voz, masculina, que Nathan no lograba reconocer del todo, pero que llevaba en su tono algo urgente, algo que no encajaba con la calma que él había construido durante todo el trayecto hasta ahí.

Nathan bajó la mano a medio camino, la respiración detenida, y por primera vez desde que había salido de su apartamento, la determinación que lo había sostenido durante todo el viaje se tambaleó ante una sola pregunta que no esperaba tener que hacerse esa noche:

¿Quién más está ahí dentro con ella?