CAPÍTULO 40
Lo Que Sabe Aiden
Nathan llevaba tres días sin contestar el teléfono.
No era una decisión consciente, o al menos eso se repetía cada vez que veía la pantalla iluminarse con un nombre que ya no sabía cómo leer —¿Nora?
¿Mireille? ¿Las dos mujeres viviendo dentro del mismo número de contacto, como si una hubiera sido siempre un disfraz de la otra?
—. Simplemente dejaba que el teléfono vibrara sobre la mesa hasta quedarse quieto, y después volvía a mirar por la ventana de su apartamento, donde la ciudad seguía moviéndose como si nada se hubiera roto.
Fue Aiden quien lo encontró, no al revés.
Lo esperaba apoyado contra la pared exterior del hospital, con las manos hundidas en los bolsillos de una chaqueta que no parecía abrigar lo suficiente para el frío de la mañana.
Nathan lo vio desde lejos, en el instante en que salía del edificio tras otra visita fugaz a Kayla —entraba a verla dormir, nada más, sin cruzar palabra con Nora—, y algo en su estómago se tensó.
Aiden. El hombre que durante semanas había sido, en su cabeza, el rival, el amante, el ladrón silencioso de una vida que Nathan ni siquiera sabía que le pertenecía.
—Necesito una hora de tu tiempo —dijo Aiden, sin rodeos, cuando Nathan estuvo lo bastante cerca—. Solo una. Después no voy a pedirte nada más.
Nathan quiso decir que no. Tenía el cuerpo cansado de tanto sentir, la cabeza llena de un ruido que no lograba ordenar en frases completas. Pero había algo en la voz de Aiden —una llaneza, una falta total de artificio— que le impidió simplemente girarse y marcharse.
—Una hora —repitió Nathan, como si necesitara ponerle límites al desastre en que se había convertido su vida—. Está bien.
Caminaron sin hablar hasta una cafetería a dos calles del hospital, un lugar pequeño y sin pretensiones, de esos que no figuran en ninguna reseña pero que sobreviven año tras año porque alguien, en algún momento, decidió que el café ahí sabía distinto.
Se sentaron junto a la ventana. Afuera, la gente pasaba con la indiferencia habitual de quienes no saben que a pocas calles de distancia hay una niña de seis años luchando por respirar, un hombre que acaba de descubrir que es padre, y una mujer que lleva siete años siendo un fantasma con nombre falso.
Aiden pidió dos cafés sin preguntar. Cuando llegaron, envolvió la taza con ambas manos —un gesto que a Nathan, de pronto, le resultó devastadoramente familiar, porque era el mismo gesto de Nora.
De Mireille. El mismo gesto que él había visto cientos de veces sin entender por qué se le clavaba en el pecho.
—Voy a empezar por decirte algo que no vas a querer escuchar —dijo Aiden, sin levantar la vista del café—. Y es que durante mucho tiempo, te odié.
Nathan no dijo nada. Esperó.
—No al principio. Al principio ni siquiera existías para mí más que como un nombre que Mireille decía dormida, cuando el dolor del parto y la pérdida de su hijo la tenían tan destrozada que ya no le importaba guardar secretos.
Pero después, cuando entendí quién eras, cuando até los cabos...
te odié. Te odié por algo que ni siquiera hiciste tú.
—Levantó por fin la mirada—. Te odié por tu familia.
Le contó entonces, con una calma que a Nathan le pareció casi cruel en su precisión, los primeros meses.
Mireille embarazada de gemelos, sola en una ciudad que no era la suya, escondida en un apartamento pequeño porque la familia Reyes había dejado muy claro —a través de abogados, de amenazas veladas, de una sola visita que Aiden describió con los dientes apretados— que si ella volvía a aparecer cerca de Nathan, encontrarían la manera de destruir todo lo que él y su padre habían construido.
Que la carrera médica de Nathan, el prestigio de la familia, el nombre Reyes entero, se vendría abajo si ella insistía en quedarse.
—Ella no se fue porque dejara de quererte —dijo Aiden, y su voz se quebró apenas, lo suficiente para que Nathan sintiera el peso real de cada palabra—.
Se fue porque te quería tanto que prefirió desaparecer antes que verte perderlo todo por su culpa.
Y luego, cuando nació uno de los gemelos sin vida...
Se detuvo. Nathan sintió que el aire de la cafetería se volvía espeso.
—Cuando pasó eso —continuó Aiden—, ella dejó de pensar en sí misma por completo.
Se convirtió en una persona distinta. La vi renunciar a trabajos que le encantaban porque el sueldo no alcanzaba para los tratamientos del corazón de Kayla.
La vi coser ella misma la ropa de su hija porque no podía costear otra cosa.
La vi trabajar dieciséis horas seguidas y luego pasarse la noche despierta cuidando una fiebre, sin quejarse una sola vez, como si quejarse fuera un lujo que ya no le correspondía tener.
Nathan cerró los ojos. Pensó en los siete años que él había pasado creyendo que lloraba a una muerta, mientras ella, en algún lugar, había estado librando esa guerra sola, capa tras capa, sin nadie que le dijera que no tenía que hacerlo sola.
—¿Por qué nunca me buscaste tú? —preguntó Nathan, con una voz que no reconoció como propia—. Si sabías todo esto. Si sabías que yo estaba ahí, deshecho, creyendo que ella había muerto...
Aiden tardó en responder. Cuando lo hizo, había algo distinto en su tono: no defensa, sino una especie de arrepentimiento tardío.
—Porque yo también estaba enojado. Y porque, durante mucho tiempo, no confié en ti.
Pensé que si te encontraba, ibas a elegir a tu familia otra vez.
Que ibas a repetir la historia. Así que hice lo que Mireille me pidió: guardé el secreto, la ayudé a esconderse, y cada vez que sentía la tentación de contactarte, me convencía de que estaba protegiéndola.
—Hizo una pausa—. Pero la verdad es que también me protegía a mí.
Odiar a los Reyes era más fácil que confiar en uno de ustedes.
El silencio que siguió no fue incómodo. Fue, de alguna manera extraña, el primer silencio verdaderamente honesto entre los dos.
—Sé lo que pensaste de mí y de ella —dijo Aiden entonces, con una media sonrisa cansada—.
Lo vi en tu cara cada vez que nos veías juntos.
Pensaste que yo era... —dejó la frase en el aire, casi con humor amargo—.
Nathan, soy su primo. La conozco desde que ambos usábamos pañales.
La única razón por la que siempre estuve tan cerca de ella y de Kayla es que no tenían a nadie más.
Yo era la única familia que les quedaba después de que la tuya las echara de la suya.
Nathan sintió que algo en su pecho, algo que llevaba semanas apretado como un puño, empezaba a aflojarse. No era alivio —todavía no—, pero era el principio de algo parecido a la claridad.
—Ella nunca te habría contado esto —añadió Aiden, bajando la voz—.
Es demasiado orgullosa, o demasiado protectora, o las dos cosas a la vez.
Preferiría que pensaras que te abandonó sin más antes que dejarte ver lo que en verdad costó sobrevivir.
Por eso vine yo. Porque alguien tenía que decírtelo, y yo no tengo nada que ganar contándotelo.
No busco tu perdón, Nathan. No lo necesito.
Solo quiero que, cuando decidas qué hacer con todo esto, lo decidas sabiendo la verdad completa.
Toda. No solo la parte que cabe en una confesión de pasillo de hospital.
Nathan miró su café, ya frío, sin haberlo tocado.
Pensó en Nora sirviendo comida con el terror silencioso de quien vive esperando una tragedia.
Pensó en la alergia de Kayla, en la desconfianza inicial, en cada gesto que ahora, visto desde este ángulo, dejaba de parecer extraño y empezaba a parecer sencillamente el idioma de una mujer que había aprendido a sobrevivir sola.
—¿Por qué me lo dices ahora? —preguntó por fin—. ¿Por qué no antes de la fiesta, antes de todo esto?
Aiden sostuvo su mirada un largo instante, como si sopesara cuánto de la verdad estaba dispuesto a entregar.
—Porque hasta hace tres días, yo tampoco sabía que ibas a quedarte a escuchar hasta el final.
Se levantó, dejó unos billetes sobre la mesa y se puso la chaqueta con un gesto lento, como si le costara físicamente terminar la conversación. Antes de irse, se detuvo junto a la silla de Nathan.
—Hay algo más —dijo, y su voz cambió, se volvió más baja, casi reticente—. Algo que Mireille tampoco te ha contado todavía. Y no me corresponde a mí decírtelo. Pero cuando lo sepas, Nathan... vas a entender por qué todavía tiene tanto miedo de confiar en ti del todo.
Salió sin esperar respuesta, dejando a Nathan solo frente a dos tazas de café frío y una pregunta que se quedaría clavada en su pecho durante el resto del día, mucho después de que la campanilla de la puerta dejara de sonar.