CAPÍTULO 22
La Familia Reyes
El teléfono sonó a las nueve de la noche, justo cuando Nathan terminaba de guardar el papel de regalo sobrante en un cajón de la cocina, satisfecho, casi ridículamente satisfecho, con el resultado final de la bicicleta rosa envuelta con globos plateados que esperaba, lista, junto a la puerta de su apartamento para el día siguiente.
Reconoció el número en la pantalla antes incluso de que el segundo timbre terminara de sonar —ese prefijo particular, esa combinación de dígitos que llevaba memorizada desde la adolescencia, asociada de manera casi física a un nudo instantáneo en el estómago— y por un segundo consideró, seriamente, dejar que sonara hasta el buzón de voz.
No lo hizo. Nunca lo hacía, por mucho que quisiera.
—Madre —dijo, contestando, apoyándose contra la encimera de su cocina con esa postura defensiva, casi militar, que reservaba exclusivamente para las llamadas de Eleanor Reyes.
—Nathaniel. —Su madre nunca usaba el diminutivo, ni siquiera en la más tierna infancia de Nathan; consideraba los apodos una forma de vulgaridad que la familia Reyes no podía permitirse—. Espero no interrumpir nada importante.
—Estoy bien, madre. Gracias por preguntar —respondió Nathan, con la ironía apenas disimulada de quien lleva toda una vida sosteniendo la misma clase de conversación en círculos, sin que el destino final cambie jamás—. ¿Cómo estás tú? ¿Cómo va todo en la costa?
—Como siempre. Tranquilo, aunque el clima ha estado insoportablemente húmedo esta semana.
—Un silencio breve, calculado, el tipo de pausa que Nathan había aprendido, décadas atrás, a identificar como el preámbulo de lo que realmente motivaba la llamada—.
Te llamo porque Priscilla Hart me comentó algo el otro día, en una de nuestras llamadas semanales, y confieso que me dejó bastante inquieta.
Ahí estaba. Nathan cerró los ojos un instante, sintiendo el peso familiar de una conversación que, sin necesidad de que su madre pronunciara ni una sola palabra más, ya sabía exactamente hacia dónde se dirigía.
—¿Qué te comentó Priscilla?
—Que te han visto, en repetidas ocasiones, en compañía de una mujer.
Con una niña pequeña. En parques públicos, en mercados nocturnos, en fin, en lugares bastante...
informales, diría yo, para alguien de tu posición.
—La voz de Eleanor Reyes mantenía ese tono uniforme, cuidadosamente pulido, que Nathan reconocía como la superficie tras la cual su madre ocultaba, casi siempre con éxito, cualquier emoción que considerara indigna de mostrar en voz alta—.
Naturalmente, me pareció importante preguntarte directamente antes de que los rumores se descontrolaran más de lo debido.
—Se llama Nora —dijo Nathan, midiendo cada palabra, sintiendo cómo la irritación empezaba a subirle por el cuello con la misma rapidez familiar de siempre—. Y sí, la he estado viendo. A ella y a su hija, Kayla. Mañana es su cumpleaños, de hecho. Voy a ir a la fiesta.
—Ya veo. —Otro silencio, más largo esta vez, cargado de un peso que Nathan podía sentir incluso a través del teléfono, como si su madre estuviera, del otro lado de la línea, reorganizando cuidadosamente su artillería antes de continuar—.
¿Y qué sabes exactamente de esta mujer, Nathaniel? ¿De su familia? ¿De su procedencia?
—Sé lo suficiente —respondió Nathan, aunque incluso mientras lo decía sintió el peso incómodo de la mentira, porque en realidad sabía sorprendentemente poco de Nora, mucho menos de lo que cualquier persona razonable consideraría "suficiente" después de meses de conocerla—.
Es diseñadora. Es una madre excelente. Y no veo por qué esto debería importarte tanto, madre.
—Me importa porque soy tu madre, y porque he pasado toda mi vida velando por el bienestar de esta familia, y porque, con franqueza, ya hemos vivido esto antes.
—La voz de Eleanor se afiló, apenas, lo suficiente para que Nathan notara la grieta bajo la compostura—.
Una mujer aparecida de la nada, sin apellido conocido, sin conexiones, con una historia que nadie puede verificar del todo. ¿No te suena familiar, Nathaniel?
El nombre no llegó a pronunciarse —Eleanor Reyes jamás lo pronunciaba, ni siquiera después de siete años, como si el simple acto de decirlo en voz alta pudiera invocar de vuelta un fantasma que consideraba, con toda comodidad, definitivamente enterrado—, pero no hacía falta.
Nathan sintió que el nombre de Mireille llenaba de todos modos el silencio del apartamento, tan presente como si su madre lo hubiera gritado.
—No te atrevas a compararlas —dijo, con una voz que ni él mismo reconoció del todo, cargada de una rabia contenida que llevaba siete años fermentando—. No tienes ningún derecho.
—Tengo todo el derecho del mundo —replicó Eleanor, sin alterar el tono, lo cual, de alguna manera, resultaba todavía más desconcertante que si hubiera gritado—.
Soy tu madre. Y recuerdo perfectamente cómo terminó la última vez que dejaste que el corazón gobernara por completo tu juicio.
Recuerdo el dolor que sufriste, Nathaniel.
El duelo del que tardaste años en recuperarte, si es que alguna vez lo hiciste del todo.
No pienso quedarme de brazos cruzados viendo cómo te expones, de nuevo, al mismo riesgo, solo porque una mujer bonita con una hija encantadora ha decidido despertar en ti la misma ceguera de siempre.
Nathan sintió que las manos le temblaban ligeramente, no de tristeza sino de una furia contenida que llevaba años aprendiendo a controlar en presencia de su madre, porque gritarle a Eleanor Reyes nunca había servido de nada; ella se limitaba a esperar, con la paciencia gélida de quien siempre ha tenido la última palabra, a que la tormenta ajena se agotara sola.
—Mireille murió, madre —dijo, con la voz baja pero firme, cada palabra pesando como una piedra—.
No fue "ceguera". Fue amor. Y perderla no fue un error del que debiera "recuperarme" como si hubiera sido una mala inversión.
Fue la peor tragedia de mi vida, y todavía hoy, siete años después, sigo sin entender por qué esta familia jamás se permitió ni una sola gota de compasión hacia lo que perdí.
—Porque el amor sin criterio es la ruina de las familias como la nuestra, Nathaniel.
—La voz de Eleanor, por primera vez en toda la llamada, dejó traslucir algo parecido a una emoción real, aunque Nathan no lograra determinar del todo si era rabia o, de manera mucho más incómoda, algo cercano al miedo—.
Yo hice lo que consideré necesario para protegerte.
Y volvería a hacerlo, si fuera preciso, porque este apellido, este patrimonio, esta posición que ocupamos, no son caprichos míos.
Son la herencia de generaciones enteras, y no pienso ser yo quien permita que se desmoronen por una infatuación pasajera.
Nathan se quedó en silencio un momento, procesando esas palabras con una atención distinta a la habitual, porque algo en el modo en que su madre las había pronunciado — "hice lo que consideré necesario para protegerte" — resonó en su cabeza con una frecuencia extraña, como una nota disonante en una melodía que llevaba escuchando toda la vida sin prestarle demasiada atención.
Había algo ahí. Una grieta diminuta en la superficie impecable de la versión oficial de los hechos que Nathan había aceptado, sin cuestionar demasiado, durante siete años enteros: que Mireille había muerto en un accidente, sin más, una tragedia aleatoria del destino que ninguna intervención humana había provocado.
—¿Qué quieres decir con "lo que consideraste necesario"?
—preguntó, con una lentitud deliberada, sintiendo que el corazón empezaba a latirle de una manera distinta, más alerta, más parecida al instinto clínico que empleaba cuando un paciente describía un síntoma que no encajaba del todo con el diagnóstico esperado.
Hubo un silencio del otro lado de la línea, más largo que cualquiera de los anteriores, y por un instante Nathan pudo jurar que escuchó, apenas perceptible, el sonido de su madre conteniendo la respiración.
—Nada en particular —dijo Eleanor finalmente, con una rapidez que a Nathan, entrenado durante años para detectar la mentira más sutil en el rostro de un paciente asustado, le sonó absolutamente forzada—. Me refiero, en términos generales, a los consejos que te di en su momento. Nada más.
—No suena a "nada más" —insistió Nathan, incorporándose de la encimera, con todo el cuerpo tenso de pronto, como si algo profundamente dormido dentro de él acabara de despertar de golpe—. Madre, ¿hay algo que no me has contado sobre lo que pasó con Mireille?
—Nathaniel, se está haciendo tarde, y mañana tienes esa fiesta a la que, por lo visto, estás decidido a asistir sin importar lo que yo opine —dijo Eleanor, con una brusquedad repentina que contrastaba de manera evidente con la frialdad medida de toda la conversación anterior—.
Voy a colgar. Piensa bien lo que estás haciendo, hijo. Es todo lo que te pido.
Y antes de que Nathan pudiera formular una sola pregunta más, antes de que pudiera insistir, presionar, exigir una respuesta clara a la sospecha que acababa de instalársele en el pecho con la fuerza fría de un diagnóstico que nadie quiere confirmar, la línea se cortó, dejándolo de pie en medio de su cocina, con el teléfono todavía pegado a la oreja y el silencio del apartamento cerrándose a su alrededor como una habitación que de pronto se hubiera quedado sin aire.
Se quedó inmóvil un largo rato, repitiendo mentalmente cada palabra de la llamada, deteniéndose una y otra vez en esa frase que su madre había pronunciado casi sin darse cuenta — "hice lo que consideré necesario" — y que ahora, en la quietud posterior, le parecía cargar un peso muy distinto al que Eleanor había pretendido darle.
Pensó en Nora, en su miedo desproporcionado, en la advertencia de Aiden sobre heridas que solo ella podía decidir cuándo mostrar.
Pensó en la familia Reyes, en su historial de intervenir sin escrúpulos en cualquier cosa que amenazara el prestigio del apellido.
Y por primera vez, con una claridad que le heló la sangre entera, Nathan se permitió considerar una posibilidad que hasta ese momento jamás se había atrevido a formular del todo, ni siquiera en el terreno más privado de sus propios pensamientos:
¿Y si la muerte de Mireille, siete años atrás, no había sido en absoluto un accidente del destino?
¿Y si, de alguna manera que todavía no lograba comprender, su propia familia había tenido algo que ver?