Un amigo gratis 25 #2
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25 #2

Se levantó para ayudar a traer algo más a la mesa y yo noté un calor agradable en el estómago mientras miraba a Nash. Vaya. Conque mi asociación no era lo que más mencionaba de mí.

—¿Por qué tu prima desaparece cada vez que yo llego? —se quejó Mike tomando asiento enfrente de Nash y de mí, al otro lado de la mesa.

Su amigo soltó una risotada.

—¿Tú qué crees?

—Ah, ahí viene. Recuerda nuestro trato, Eleonor —me dijo—. Tú enumeras cualidades, yo doy empujoncitos.

Aroa llegó a la mesa justo cuando Nash centró la atención en mí con el ceño fruncido.

—¿A qué se refiere?

—Ni idea —mentí.

—Aroa —Mike me salvó de tener que dar más explicaciones—, veo que vuelves por fin.

—Hola, Mike —suspiró ella.

Sin embargo, decidió sentarse a su lado en vez de al mío como había hecho antes. Me tragué una sonrisa. Se veía que Nash no había mentido y el interés de Mike era correspondido.

—Te he echado mucho de menos durante estos dos minutos que hemos estado separados —le confesó Mike—. Ha sido muy bonito ayudarte a cocinar antes.

Aroa miró a Nash.

—¿Por qué lo seguís invitando?

—Porque estos momentos me parecen divertidísimos —admitió él. Señaló a Mike con la cabeza—. Te ha preparado un discurso.

A su amigo se le iluminó la cara.

—¡Cierto! ¡El discurso!

—¿Qué discurso? —Aroa parecía aterrada.

—Te he escrito unos versos.

—Tú no sabes escribir poesía.

—¡Mi amor, he aprendido por ti!

Nash soltó una carcajada, me la acabó contagiando y, de manera inconsciente, nos inclinamos el uno hacia el otro hasta que nuestros hombros terminaron pegados.

Casi veía a los duendecillos, felices, sentados junto a nosotros.

Conformes con la jugada. «¡Muy bien!», exclamaban. «¡Por fin! ¡Por fin! ¡Por fin!».

—Esto tiene que parar —sentenció Aroa, solo que no podía contener la sonrisa.

Por lo que Mike continuó:

—No puedo parar. Nunca podré. ¿Acaso no lo ves, Aroa? Tenemos una conexión. Yo lo siento. ¿Sabes dónde? Aquí. —Se tocó el corazón—. Por favor, dime que tú también puedes sentirlo.

—Pero ¿qué...?

—No pienso renunciar a ti. Surcaré montañas y escalaré los mares...

—Es más bien al revés —me susurró Nash. Yo seguí desternillándome.

—... para demostrarte mi amor —continuó Mike—.

No puedo sacarme tu nombre de la cabeza.

Aroa. Aroa. Aroa. Bésame. Deja de resistirte —suplicó con dramatismo, aún con la mano en el corazón.

Era una suerte que los adultos no nos prestaran atención porque nos encontrábamos en la esquina de la mesa.

Mike se mantuvo dentro del papel un momento más, durante el que Nash y yo lo observamos con los labios temblando de las ganas de reír, y regresó a la normalidad como si nada—.

Y eso —dijo girándose hacia el frente— son algunos de los versos que te he escrito.

Luego, si quieres, vamos a dar un paseo y te recito los demás.

Le guiñó un ojo a Aroa y ya no pudimos contener la risa.

El almuerzo transcurrió entre bromas y anécdotas familiares.

Conocí por fin a la abuela de Nash, que, en cuanto me vio y notó que había sido la única a la que su nieto no me había presentado, se levantó para saludarme a mí y darle a él una colleja suave en la nuca.

Después me advirtió que antes de que me marchara tenía que enseñarme los álbumes .

Solo con ver la cara que puso Nash supe que iba a merecer mucho la pena.

A la hora del postre, sacaron una enorme tarta de cumpleaños con el mensaje «¡Felicidades, Sidney!

». Todo el mundo cantó a coro y la niña sopló las velas con los ojos brillantes y una sonrisa de oreja a oreja.

Y llegó la sobremesa y la gente empezó a dispersarse; los niños volvieron a sus juegos, algunos adultos se quedaron charlando en la cocina después de recoger —traté de ayudar, pero nadie me lo permitió— y Mike y Aroa se sentaron juntos en un banco junto a la casa del árbol para charlar.

En un momento dado, el tío John, un hombre fornido que trabajaba como policía, empezó a desenrollar la manguera.

—Lo hace todos los años —me explicó Nash inclinado hacia mí. Éramos los únicos que seguíamos sentados en la mesa. Su cercanía me provocó más escalofríos que pensar en jugar bajo el agua con esas temperaturas—. No hay forma de esconderse cuando se pone a buscar víctimas.

Los niños, en cambio, estaban más que dispuestos a convertirse en sus cómplices.

Observé divertida cómo corrían hacia John y lo rodeaban saltando y chillando mientras este los salpicaba con la manguera.

Pronto no fueron solo ellos los empapados, sino también adultos a los que arrastraban contra su voluntad.

—Vienen hacia aquí —avisé a Nash con humor.

—Qué va —replicó él, aunque les echó un vistazo inquieto—. Hoy me van a respetar.

Evidentemente, no lo hicieron.

Se levantó y no tuvo tiempo ni de echar a correr.

De repente, había dos adultos agarrándolo por los brazos y tirando de él hacia la manguera.

Yo también me puse de pie, pero para esconderme al otro lado de la mesa, lejos de cualquier posible salpicadura.

A Nash no le sirvió de nada resistirse. Acabó igual o más mojado que los demás.

Después se sumó a los cómplices y empezó a colaborar para que todo el mundo tuviera el mismo destino que él.

Con la intención de escaquearme, cogí una fuente vacía de la mesa y la llevé a la cocina.

Era la excusa perfecta para esconderme dentro de la casa.

La dejé sobre la encimera. La mayoría de los invitados habían salido, por lo que daba por hecho que el interior estaría vacío.

Entonces divisé un resquicio de la silla de Sidney en el salón.

Estaba admirando sus regalos, que se encontraban apilados sobre la mesita de café.

—¿Ordenando tus nuevas pertenencias? —bromeé.

—¿Huyendo del tío John y la manguera? —contratacó ella.

Me sonsacó una carcajada.

—Me has pillado.

—¿Por qué te crees que estoy yo aquí dentro? —repuso, también en tono burlón. Sonreí. Señaló la otra punta de la mesa—. ¿Puedes alcanzarme ese, por favor?

Me acerqué para darle el regalo. Era un cuaderno decorado con fotografías suyas. Fuera quien fuese el que se lo hubiese dado, estaba claro que la quería muchísimo, igual que todos en la casa.

—Me alegro mucho de que hayas venido —me dijo.

—Yo me alegro de que tú me hayas invitado.

—Lo hice por mí, pero también por Nash. Sabía que le haría ilusión.

Habla de ti a todas horas. —A través del ventanal, lo veíamos reír con ganas mientras jugaba con los niños—.

¿Puedo preguntarte algo? —añadió Sidney—.

Vas a cuidarlo, ¿verdad? —Había cierta preocupación en su rostro—.

Imagino que te lo ha contado, pero no le fue demasiado bien con la última chica con la que estuvo.

No quiero que vuelva a sufrir así. Mi hermano se merece a alguien bueno, como tú.

—Cuidaré de él —le prometí—. De veras.

Que me brindara su voto de confianza me hacía sentir muy honrada. Sidney me dedicó una sonrisa llena de agradecimiento. Entonces miró hacia la ventana y yo hice lo mismo.

Nash nos había encontrado.

Fui hacia la puerta, en su busca. Se había quitado la sudadera y tenía la camiseta pegada a la piel. No sabía cómo podía no estar tiritando. Hizo el intento de acercarse con los brazos abiertos, pero retrocedí.

—No —le advertí—, ni se te ocurra.

Él puso cara de pena, aunque no pasó del umbral para no empapar el suelo de la casa.

—Vamos, Eleonor. ¿No quieres darme un abrazo?

—No.

—¿Ni aunque te lo pida por favor?

—No.

—Vamos —insistió—, te lo estoy suplicando.

—Luego, cuando estés seco, te daré todos los que quieras.

—No me vale. —Sus ojos me avisaron de que era la última vez que me lo pedía por las buenas—. Ven aquí.

No me dio tiempo ni a volver a negarme.

Aprovechando que me había distraído con la conversación, Nash dio un paso adelante, me agarró de la mano y me impulsó fuera de la casa.

Chillé y traté de resistirme cuando me levantó en brazos.

De pronto tenía la espalda contra su pecho mojado y pataleaba y pataleaba mientras me reía tanto que me dolía el estómago.

Notaba el frío de su piel y de su ropa y el calor que emitía el sol y el que me provocaba la cercanía de su cuerpo, todo a la vez.

—¡Nash! —aullé—. ¡No, a la manguera, no! ¡Nash! ¡Vas a arrepentirte de esto!

Mis amenazas fueron en vano. Me arrastró hasta el centro del jardín y el tío John le cedió la manguera para que fuera él quien me duchase entera.

Acabé tiritando, todavía revolviéndome entre sus brazos, mientras Nash se carcajeaba con ganas. Conseguí girarme y enfrentarlo con el pelo pegado a la frente.

—Idiota —lo insulté dándole un empujón suave. No sirvió ni para que me quitara las manos de la cintura. Verlo sonreír hacía que me costase mucho parecer enfadada.

—Estás preciosa —dijo.

—Suéltame.

—No puedo. Nunca podré. ¿Acaso no lo ves, Eleonor?

—¿Qué?

—Tenemos una conexión. Yo la siento. ¿Sabes dónde? Aquí. —Se dio unos toquecitos en el corazón—. Por favor, dime que tú también puedes sentirlo.

Por fin entendí lo que ocurría.

—Qué tonto eres. —Solté una risita.

—No pienso renunciar a ti. Surcaré montañas y escalaré los mares...

—Los mares no se escalan.

—Aprenderemos. —Y, a juzgar por cómo lo dijo, casi parecía que estaba hablando en serio.

Y la gente corría y gritaba a nuestro alrededor y Nash prosiguió:

—Bésame, Eleonor. Deja de resistirte a mí.

Fue él quien lo hizo. Me dio un beso corto, inocente, que me calentó el corazón y me hizo sentir vergüenza a la vez porque estábamos rodeados de su familia.

Lo aparté tímida y él sonrió y me volvió a besar.

Terminé escondiendo la cara entre su cuello y su hombro mientras Nash me abrazaba riéndose por lo bajo, hasta que estuve segura de que nadie nos miraba.

No sabía cómo se haría eso de surcar montañas y escalar mares, pero me daba la sensación de que, si era juntos, acabaríamos encontrando la manera de conseguirlo.