25
Empecé a notar el ambiente festivo en cuanto bajamos del coche. Me rodeé con los brazos, tratando de mantener mis nervios a raya, y giré en torno al vehículo para ir con Mike, que se atusaba el pelo contemplándose en el cristal de la ventanilla.
Volvió a ponerse las gafas de sol y enarcó una ceja al verme.
—Actitud, Eleonor. Recuerda: eres una leona feroz, no un cervatillo asustado.
Lo peor es que obedecí, casi en un acto reflejo. Mike asintió para darme su aprobación.
—Mucho mejor.
Comencé a entender cómo debía de sentirse Nash al ser su mejor amigo.
—Lo siento, estoy nerviosa. —Me volví hacia la casa, a la que seguían llegando personas. Tenía el estómago del revés.
—Comprensible. Pero que no se note.
—¿No será raro entrar ahí y conocer a su familia?
—¿Sinceramente? Será rarísimo.
—Mike, no me consuelas.
—Tampoco quiero mentirte. —Me empujó el hombro con suavidad—. Vamos, anda.
La vivienda era todavía más bonita a la luz del día.
Tenía árboles alrededor, enredaderas que reptaban por los ladrillos y una verja blanca con la puerta abierta, deseosa de recibirnos.
Nada más entrar, una pelota rodó hasta mis pies desde el caminito que conducía al patio trasero y una niña pequeña con el pelo castaño vino a recogerla.
Intercambió una mirada rápida conmigo antes de regresar con los otros.
Tenía los ojos tan azules como los de Nash.
—Menudos genes, ¿verdad? —Mike pareció leerme la mente—. Bienvenida al hogar de los Anderson. No te preocupes, el padre de Nash tampoco tiene los ojos azules. Así te sentirás menos... fuera de lugar con los tuyos.
—Tú también tienes los ojos marrones —repuse.
—Se vuelven verdes con la luz.
Lo observé escéptica y Mike suspiró.
—Voy a ignorar esa miradita y a sonreír solo porque tu novio viene hacia aquí —me advirtió—, pero me duele tu desconfianza. Que lo sepas.
Nash caminaba hacia nosotros por el camino de baldosas que conducía al jardín.
Últimamente no había día que lo mirara y no pensara que estaba incluso más guapo que el día anterior.
Aunque hacía frío, el sol le había permitido quitarse el abrigo y quedarse solo con la sudadera color caoba.
Me recibió con un abrazo que provocó que su dulce aroma me inundara las fosas nasales.
—Hola —habló en voz baja.
Me las arreglé para sonreír también.
—Hola.
A mi lado, Mike se aclaró la garganta.
—Hola, tío. Me alegra ver que también aprecias que yo haya venido.
Me reí mientras también se saludaban con un abrazo.
Agradecí la interrupción de Mike; era necesaria para suavizar la tensión del momento.
Me estaba cambiando de mano la bolsa con el regalo cuando Nash, que no parecía, ni por asomo, tan nervioso como Mike me había asegurado, me pasó un brazo sobre los hombros.
—¿Dónde está Aroa? —preguntó Mike, directo al grano.
—Ni idea. Supongo que escondiéndose de ti.
—¿Os habéis puesto de acuerdo para herir mis sentimientos hoy? —se quejó el chico, y nos miró con una mano en el pecho—. Tu prima Aroa está colada por mí —le replicó a Nash.
Él suspiró.
—Cierto —convino—, pero no le digas que te lo he contado. Está ahí detrás, ayudando a la tía Helen. Asegúrate de felicitar a Sidney antes o no volverá a invitarte.
—Esa niña me adora.
—Si tú lo dices...
—¿Ves cómo me trata? —lo acusó Mike dirigiéndose a mí—. Herido, chicos. Comienzo el día estando triste, enamorado y, sobre todo, herido.
Luego se marchó al jardín trasero y nos dejó a solas.
La pelota rodó hasta la puerta de la verja y el grupo de niños de antes pasó corriendo por nuestro lado.
Me gané la atención de alguno de ellos, solo con mi presencia; estaba claro que sabían que no me habían visto nunca.
Me encogí un poco bajo el brazo de Nash. Ellos siguieron jugando como si nada.
—¿Qué tal el trayecto? —se interesó Nash. Por su tono, intuía que tendría mucho que contarle.
—Interesante —traté de resumirlo. Él se rio.
—Me alegro mucho de que hayas venido.
—Yo también.
Y llegó el momento que tanto había temido.
—Ven. Mis padres están deseando conocerte. —Entrelazó su mano con la mía.
El jardín trasero estaba mucho más decorado que la última vez que había estado allí.
Los farolillos, aunque apagados, seguían colgados de los árboles.
Había varias mesas distribuidas a lo largo de la estancia.
En la zona de la barbacoa, un montón de globos rodeaban una pancarta con el mensaje ¡ FELIZ CUMPLEAÑOS !
que habían colgado en la pared. Ya había gente preparando la comida.
Nash tenía una familia muy grande; había, por lo menos, veinte o treinta personas en la fiesta.
—¡Eleonor! ¡Eleonor! —Localicé a Sidney con un regalo de cumpleaños abierto sobre el regazo—. ¡Has venido!
Esbocé una sonrisa. Cuando el hombre y la mujer que estaban con ella se percataron de mi presencia, se miraron entre sí y sonrieron. Nash me soltó la mano y pasó a ponérmela en la espalda para animarme a caminar.
—Feliz cumpleaños —le deseé a Sidney, que me abrazó con una gran sonrisa.
—¡Gracias por venir!
—Mamá, papá, esta es Eleonor —habló Nash a mi espalda. Me enderecé para mirar a la mujer. Tenía los ojos azules, como los hermanos, y el pelo largo y castaño. Era la viva imagen de su hija Sidney, solo que treinta años mayor.
—Hola, Eleonor. —Pensé que me daría la mano. Lo que hizo en su lugar fue recibirme con otro abrazo lleno de afecto—. Bienvenida. Nash nos ha hablado mucho de ti.
—Y de tu asociación —añadió el hombre, que debía de ser el padre de Nash. Él sí que me estrechó la mano, aunque sus ojos marrones, marcados por la edad, mantuvieron su expresión amable. Tenía la barba y el pelo de un tono bastante más claro que sus hijos.
Una vez más, me quedó claro que Nash y Sidney habían salido a su madre.
—Eleonor ha hecho una labor importantísima en el instituto —les explicó Nash. Sonaba casi como si presumiera. Lo miré de reojo, avergonzada. Él se encogió de hombros como diciendo «¿Qué? Es la verdad».
—No me cabe duda —respondió su madre con dulzura—. ¿Le has presentado ya a la abuela?
—No, acaba de llegar.
—Está deseando verla —dijo su padre.
—¡Sacará los álbumes! —exclamó Sidney.
—Lo sé. —Nash se frotó la cara—. Pienso retrasarlo todo lo que pueda.
—¿Qué álbumes? —pregunté con timidez.
—Los álbumes de fotos de cuando Nash era pequeño. Los desempolva cada vez que trae a alguien nuevo a casa. Ya los verás, te van a encantar —me aseguró su madre. Después se agarró del brazo de su marido—. Vamos, Robert. Tu hermana Helen está a punto de quemar toda la comida en la barbacoa.
Nos quedamos con Sidney. Sentí un alivio inmediato. Ahora que había superado la parte más difícil, conocer a los padres de Nash —Eleonor: 1. Angustia: 0—, me agaché junto a la niña y le tendí la bolsa de regalo.
—Te he traído una cosa.
Sidney rasgó el papel de flores y la sorpresa la hizo reír con alegría.
—¡Es el que me faltaba por leer! ¿Cómo lo sabías? ¿Se lo has dicho tú? —Miró a Nash alucinada.
Él levantó las manos para defenderse.
—Me lo sonsacó ella. Yo al principio no me acordaba ni del título.
Suspiré. Eso era cierto.
—La próxima vez, por favor, asegúrate de apuntarle las cosas a tu hermano. Tiene memoria de pez.
Sidney se rio y me abrazó de nuevo. Entonces se fijó en que había algo que sobresalía del libro.
—Son entradas para una nueva obra de teatro que estrenan en la ciudad. Pensé que te gustaría ir. He cogido dos para que invites a tu hermano, a alguno de tus padres o a cualquiera de tus amigas —le expliqué.
—Es genial. Millones de gracias, Eleonor.
Pronto fue reclamada por otros invitados; aquel era su día y todo el mundo quería felicitarla y llenarla de regalos. Me incorporé mientras Sidney se alejaba con su silla.
Cuando me volví hacia Nash, él me observaba.
—No sabía lo de las entradas —mencionó.
—Me daba miedo que te hubieras chivado de lo del libro. O que alguien ya se lo hubiera regalado.
—Te esfuerzas demasiado.
—Qué va. —Traté de restarle importancia, aunque me había pasado toda la semana buscando el regalo perfecto.
—Es verdad —insistió. Sus labios y sus ojos me sonrieron—. Gracias —añadió.
Otra vez esos sentimientos, los duendecillos, bailando entre nosotros; en la barbacoa, sobre las brasas, quemándose los pies; colgados de los árboles, moviendo los farolillos; deslizándose por el tobogán de la casa del árbol, donde se habían materializado por primera vez.
—¿Dejarás que tu abuela me enseñe los álbumes?
Su expresión cambió de golpe.
—La evitaremos durante todo el día —decretó.
Me reí.
—¿Por qué? Si me muero por verlos.
—Pues justo por eso.
No tardamos en ser abordados por sus tías, que me recibieron con entusiasmo y llamaron a algunos de los niños que jugaban para presentármelos, claramente en contra de su voluntad.
Max, Sylvia..., los nombres se mezclaban y se deshacían en mi cabeza conforme los pronunciaban.
Por suerte, se marcharon a jugar en cuanto pudieron.
A ninguno parecía importarle la desconocida que su primo mayor había llevado a casa, así que, ¿para qué tenía que acordarme de cómo se llamaban?
Repetí sus nombres varias veces en mi cabeza, por si así lograba aprendérmelos, de todas formas.
No conocí a Aroa hasta que llegó la hora de comer.
En medio del caos de padres y madres llamando a sus hijos y del paso de platos llenos de carne, una chica de nuestra edad, también con rasgos similares a los de Nash —pero el pelo de un tono negro azabache—, se dejó caer en la silla de mi lado.
Parecía agotada. Se volvió hacia mí en cuanto intercambió miradas con su primo, que me señaló con la barbilla con disimulo.
—¡Cierto! —exclamó—. ¡Eleonor! Madre mía, mi primo me ha hablado muchísimo de ti.
Sonreí, tratando de ocultar los nervios.
—De mi asociación, supongo.
—Bueno, claro, sí, también.