18
El frío me golpeó en cuanto puse un pie fuera de casa.
Me abroché el abrigo mientras bajábamos la escalera.
Solo había tardado unos minutos en ponerme los vaqueros, las botas y un jersey y, cuando volví al salón, Nash estaba esperándome justo donde lo había dejado.
Había sonreído al verme, tratando de disimular unos nervios que se le notaban más de lo que él creía.
—Voy a matarte —refunfuñé cuando una corriente de aire helado hizo silbar a los árboles—. ¿No podrías haber venido a buscarme antes de que se hiciera de noche?
Divertido, él abrió la puerta de la verja y me dejó pasar primero.
—Es viernes por la noche, no hay ni una sola nube en el cielo y yo he venido a sacarte de casa. Deberías darme las gracias.
—Creí que habrías ido a la fiesta con Olivia y Scott.
—No estaba de humor para fiestas —respondió—. Aunque habría ido a buscarte si tú hubieras estado allí.
Empezamos a caminar. No era muy tarde; apenas las ocho, pero el invierno hacía que ya estuviera completamente oscuro.
Las luces navideñas, que aún no habían quitado, iluminaban las calles y los árboles como si estuviéramos dentro de un cuento de Navidad.
La conversación tardó un poco en surgir con naturalidad.
Nash empezó hablando del instituto, casi como si necesitara caminar por terreno seguro; de ahí pasamos a su hermana y a sus clases de teatro y después volvimos a lo que había ocurrido con Jayden y Grace.
El tema del parque seguía pendiente, suspendido entre nosotros como una espina clavada que ninguno era capaz de arrancar de raíz.
Pasamos cerca del lugar donde se celebraba la fiesta, el cumpleaños de ese tal Noah.
Nash pasó de largo y yo lo seguí, convencida de que él también caminaba sin rumbo, hasta que la música empezó a oírse cada vez más lejos.
Avanzábamos tan pegados que nuestros dedos se tocaban de vez en cuando, de manera casi inintencional, arrastrados por la inercia de nuestros brazos.
Quería entrelazar nuestras manos. ¿Pensaría él lo mismo?
Ninguno se atrevió a dar el paso. Pero Nash no se apartó y yo tampoco.
Cada roce me enviaba descargas eléctricas por todo el cuerpo.
Pasados unos minutos, empezó a aminorar el paso.
—¿Dónde estamos? —pregunté.
Nos había llevado a una calle apartada, llena de casas unifamiliares con amplios jardines.
—Esa de ahí es la casa de mis abuelos.
Seguí su mirada hacia la vivienda de ladrillo rojo. Sin embargo, aquello no resolvía mis dudas.
—Quiero enseñarte una cosa —agregó dirigiéndose a la puerta de la verja—. Vamos, mis abuelos no están.
—¿Te han dejado las llaves?
Asintió mientras abría. Un rato antes me había contado que estaba muy unido a sus abuelos paternos, aventureros por naturaleza; ese enero estaban en Europa haciendo el Camino de Santiago.
Entramos en el jardín delantero y mis nervios regresaron.
Ahora sí que estábamos a solas de verdad.
Nash no subió al porche para entrar en la casa; en su lugar, me hizo un gesto para que lo siguiera hacia el jardín trasero, rodeando la vivienda.
Cruzamos un sendero de baldosas de piedra que asomaba entre el césped, casi a oscuras, iluminados solo por la luna y las casas vecinas.
Nash se adelantó y desapareció un segundo para encender la luz.
Entendí qué quería que viera.
El jardín trasero tenía dos grandes árboles, uno a cada lado, decorados con hileras de luces y farolillos en distintas tonalidades de naranja. Junto a la casa estaban la mesa de pícnic y la barbacoa. Había arriates con flores, macetas y plantas trepadoras por todas partes.
—Mis abuelos me dejan venir siempre que quiera a cambio de que mantenga regado el jardín —me explicó—. Saben que este lugar me inspira mucho para escribir. —Cuando se giró hacia mí, lo noté nervioso y expectante por mi reacción—. Es bonito, ¿verdad?
A mí solo me salió preguntar:
—¿Tenéis una casa del árbol? —Estaba en el árbol de la derecha; las luces rodeaban la barandilla de la terraza de madera—. Siempre he querido subir a una.
Nash sonrió.
—Estoy seguro de que aguantará nuestro peso.
Extendió la mano hacia mí y yo se la cogí.
La suya era fina, de dedos largos, y hacía que la mía pareciera más pequeña de lo que realmente era; pero encajaban como si estuvieran hechas justo para eso.
Me condujo hacia la casa del árbol y, mientras observaba cada cosa que había a mi alrededor, empecé a notar que todo estaba demasiado bien colocado.
Había llovido no hacía mucho. Nadie se marchaba de una casa y lo dejaba todo tan expuesto.
¿Había ido allí antes para prepararlo todo?
¿Eso era lo que quería enseñarme?
—Sube tú primero. Yo iré después —me dijo Nash cuando llegamos a la escalera.
Me giré para mirarlo. Él pareció adivinar lo que se me había pasado por la cabeza, porque sus mejillas se sonrojaron al instante.
—Prometo no mirar —juró.
Sentí vergüenza por un lado y diversión por otro.
Fui primero, cuidando de agarrarme bien para no resbalar.
Nash dejó una distancia prudencial antes de seguirme.
Encendió una lamparita portátil y por fin pude ver bien lo que nos rodeaba.
La casa del árbol era sencilla y acogedora; había un colchón de felpa al fondo lleno de muñecos y un par de sillitas con una mesa de madera.
Dibujos infantiles colgaban de las paredes.
—Sidney y yo subíamos mucho aquí cuando éramos pequeños —me contó Nash, observándolo todo también a su alrededor; se había sentado al otro lado del hueco de la escalera de mano, en el suelo, como yo—.
Cuando ocurrió... el accidente, mi padre pensó en desmontarla.
La había construido él, para nosotros y para mis primos.
Fue Sidney la que se negó. Dijo que le traía buenos recuerdos y que ya era demasiado mayor para subir, de todas formas.
Mantuve la vista fija en él, en la sonrisa pequeña y triste que había en su rostro.
—Es muy bonita —dije.
—De pequeño, mi parte favorita era la terraza. Es por aquí atrás. Ten cuidado.
Salimos al balconcito, desde donde se veía todo el jardín.
Era lo bastante amplio para que pudiera sentarme a su lado si Nash se pegaba a la barandilla.
Sobre nosotros, la brisa agitaba las ramas de los árboles.
La luna, en cuarto menguante, se abría paso entre las nubes.
Había tanto silencio que, si me concentraba, podía oír el murmullo de la música que habíamos dejado atrás.
—No me extraña que a Sidney le gustase tanto este sitio —comenté, porque era justo como la casa del árbol que había soñado con tener de pequeña, o la que me gustaría que mis hijos tuvieran algún día; incluso había muñequitos de papel colgando de las ramas.
—Le tiene bastante más cariño que yo. Estuve un tiempo sin poder subir —admitió Nash.
—¿Hicisteis estos dibujos vosotros? —Toqué uno de los papeles, amarillento por el paso del tiempo.
—Sí. Me sorprende que sigan aquí. —Se fijó en el techo, que los protegía de la lluvia—. Es curioso lo rápido que crecemos, ¿verdad?
Solté el muñequito. Nash estaba con sus largas piernas envueltas en los vaqueros estiradas a lo largo. Las hojas de los árboles formaban sombras en su rostro.
—¿Hacía mucho que no subías?
—Bastante. Normalmente me quedo abajo, con el ordenador.
—Tú siempre tan poco aventurero —me burlé.
Me miró de reojo, sonriendo.
—Es una suerte que ahora tú estés aquí.
Sus palabras me provocaron cosquilleos en el estómago. Ajeno a mi reacción, continuó:
—En las vacaciones de primavera, mi hermana pasará unos días fuera de la ciudad, en casa de nuestros tíos.
Mi padre y yo queremos desmontar la cabaña y construirla de nuevo ahí abajo, en algún rincón del jardín, antes de que vuelva.
Ya será mayor para jugar, pero se merece tener el mismo acceso que yo a todos estos recuerdos.
La calidez me inundó el pecho.
—Es una idea maravillosa. Sidney es muy afortunada al teneros. —Dudé. Las palabras se me atascaron en la garganta—. Ojalá mi padre hubiera sido así.
Me arrepentí al instante de haberlo dicho y observé el jardín para no tener que sostenerle la mirada a Nash.
No quería que la comparación le pesara; él no tenía la culpa de haber crecido con algo que a mí me había faltado.
El único culpable era mi padre, que nunca nos quiso.
Que no nos construyó una casa del árbol.
Que se largó una noche y no volvió a llamarnos nunca, ni siquiera en nuestros cumpleaños.
Que nos obligó a mis hermanos y a mí a crecer demasiado rápido y a mamá a abarcar todo lo que podía y más.
Habíamos aprendido a cuidarnos entre todos.
A tapar las grietas que su ausencia había dejado.
Nash me conocía; aunque nunca había entrado en detalles sobre mi padre con él, sabía que nos había dejado y que no me gustaba hablar del tema.
Me puso una mano en la rodilla, con cuidado, como pidiendo permiso.
Llevé mis dedos hasta los suyos. Luego me incliné para apoyar la cabeza en su hombro y durante un rato no hizo falta que dijéramos nada más.
Estar así con él me parecía correcto, como si lo hubiéramos hecho siempre, como si hubiéramos tenido que empezar a hacerlo antes.
Al cabo de un par de minutos, se recolocó y la madera crujió bajo nosotros.
—¿Seguro que soportará nuestro peso? —dije preocupada, torciendo el cuello hacia él.
—Esperemos que sí. Aunque, si se cae, mi padre y yo nos habremos ahorrado trabajo. —Sonrió ampliamente—. No tendremos que desmontar la casa.
Me eché a reír. No entendía cómo había conseguido barrer de un plumazo toda la tristeza que llevaba encima.
—Serás idiota —me quejé divertida.
—¿Qué? Es verdad.
—Idiota —repetí, sin dejar de reírme.
—Tienes razón.
—¿Qué?
—Soy un completo idiota.
Leí lo que se escondía entre líneas.
Había llegado el momento de tener la conversación.
Comencé a negar con la cabeza.
—Nash...
—He sido un imbécil muchas veces —continuó—.
Lo fui cuando falté a las primeras sesiones.
Cuando no te conté lo de Jayden. Cuando me negué a hablar con la directora.
Y lo fui en el parque el otro día. ¿Qué clase de idiota tiene a la chica más inteligente, interesante y guapa del instituto diciéndole lo que siente por él y. ..
—Para —le supliqué, pero no me escuchó.
—... no tiene la valentía suficiente para decirle que él siente lo mismo? —Negó con la cabeza, reprochándoselo todo—. Solo yo.
Hubo un silencio en el que no me atreví a decir nada.
Notaba el corazón palpitando contra las costillas.
—Lo siento —confesó—. Siento lo mismo. Siento más.
Me paso el día con ganas de hablar contigo, de saber cómo estás, de que me cuentes cada detalle sobre lo que te interesa y lo que no y los sueños que tienes y lo que quieres hacer mañana.
Todo lo que tú crees que no le importa a nadie, a mí sí me importa.
No puedo dejar de pensar en ti. Incluso cuando no estás yo te sigo viendo en todas partes.
Noté que el pecho se me quedaba pequeño, como si todas mis emociones se hubieran arremolinado en torno al corazón sin saber por dónde salir.
—Escribo sobre ti —añadió. Parecía sentir la necesidad de llenar mi silencio—. En mi diario. En mis cuentos. Escribo todo lo que siempre me muero de ganas de decirte y nunca me atrevo a pronunciar en voz alta. Me gustas, Eleonor —terminó—. Me gustas mucho.
Por fin encontré mi voz, allá donde se hubiera escondido.
—Qué suerte —dije—. Tú también me gustas a mí.
Nash me dedicó una sonrisa tímida. Extendió la mano despacio para apartarme el pelo de la cara. Sentí cómo los nervios me recorrían la columna, multiplicando cada sensación: su hombro contra el mío, el roce de sus dedos, nuestras respiraciones entremezclándose, igual de agitadas.
Se inclinó hacia mí y susurré:
—Nunca he hecho esto.
Me salió en un hilo de voz, consecuencia de los nervios, del miedo o de la expectación. Había una parte de mí —aquella a la que le costaba tanto mostrarse vulnerable— que siempre creyó que, el día que diera mi primer beso, el chico no lo sabría.
Pero confiaba en Nash.
Frunció un poco el ceño, extrañado, aunque en su mirada no había ni rastro de burla.
—¿Nunca has besado a nadie?
Negué.
—Me alegro de que el primero vayas a ser tú —admití.
—Yo también.
No lo decía como si fuera un logro, sino como si le hubieran confiado algo frágil e importante.
—No pasa nada si estás nerviosa —me tranquilizó en voz baja—. Cierra los ojos.
Los cerré.
Y todo se intensificó.
Cada crujido de la madera, la brisa moviéndome el pelo, el roce de nuestras rodillas. Sentí cómo Nash se acercaba despacio, dándome la oportunidad de apartarme si quería.
No me moví.
El primer contacto fue breve, suave, cauteloso, como si estuviera midiendo hasta dónde podía llegar.
Sus labios se posaron sobre los míos y sentí una descarga inmediata, un latigazo que me recorrió entera y me dejó anclada en ese momento exacto.
Nash se detuvo muy cerca, tanto que podía seguir notando cómo su respiración se mezclaba con la mía, esperando. Esperándome.
Fui yo la que se echó hacia delante.
Y las dudas desaparecieron .
El segundo beso no tuvo la inseguridad del primero.
Fue lento pero decidido. Había dejado de contenerse.
Sus labios regresaron con firmeza. Llevó una mano a mi cintura y yo me deslicé hacia su cuerpo por inercia, guiada por una necesidad que nunca antes había sentido.
El beso se alargó. Se volvió más profundo.
La casa del árbol crujió otra vez, con un sonido seco que me recordó dónde estábamos, aunque no consiguió romper el momento.
Cuando Nash se separó, fue lo justo para apoyar su frente contra la mía. El silencio se prolongó unos segundos.
Ambos sonreímos.
—¿Qué? —preguntó, con la voz baja y algo ronca, al ver que empezaba a reírme.
—Nada —dije, aunque no podía parar.
Me ardía la cara. Me ardía todo el cuerpo. Juntos irradiábamos felicidad e iluminábamos la ciudad más que las luces navideñas.
—¿No ha sido un buen primer beso?
—Creo que sí, pero tampoco tengo nada con lo que compararlo, así que...
Chillé cuando me clavó los dedos en el estómago para hacerme cosquillas y, de pronto, tenía la mano en su cuello y sus labios estaban sobre los míos otra vez.
Notaba los latidos de su corazón tan fuertes como los míos.
Fuera las nubes cubrían todo el cielo. Había empezado a llover y las gotas me salpicaban el jersey, pero el mundo ya no existía.
Había vuelto a reducirse solo a nosotros.
Uno