17
El viernes por la mañana comenzó a circular el rumor de la expulsión de Jayden y sus amigos. A última hora Olivia y yo ya recibimos varias miradas perspicaces al salir del instituto.
Ninguna de nosotras agachó la cabeza. Nos daba igual lo que pensara la gente. La decisión de la directora había sido la correcta y, quien no estuviera de acuerdo, no merecía ni una pizca de nuestra atención.
No había podido dejar de darle vueltas al tema durante toda la semana.
Por más aliviada que me sintiera de que Nash y los otros alumnos afectados se hubieran librado de aquel infierno, seguía carcomiéndome la culpa por no haber actuado antes.
Por no haber sabido ver las señales. Por no haber insistido más para que Nash me diera nombres.
¿De verdad iba a dejarme salir con Jayden?
¿Cómo había sido capaz de escucharme cuando hablaba tan bien y con tanta ilusión sobre él sin saber la clase de persona que era en realidad?
¿Cómo había aguantado verme caer en sus mentiras?
Aunque, pensándolo bien, ¿yo no debería haberlo sospechado? Jayden había tenido actitudes que no encajaban desde el principio. El problema era que yo tenía la mala costumbre de confiar demasiado en la gente.
Solo había que fijarse en lo que había ocurrido con Grace.
Grace, que se suponía que era mi amiga y que, aun así, había acabado montando un complot contra mi asociación.
Por un chico. Nunca debería haber quedado con Jayden, eso estaba claro.
Fui tonta y me dejé manipular. Debería haber hablado con ella desde el principio, pero los rumores sobre su infidelidad me habían disuadido.
Ahora, conociendo a Jayden, empezaba a dudar incluso de si aquello había sido verdad.
Quizá se lo había inventado todo.
No me sorprendía que estuvieran juntos. Estaban hechos el uno para el otro. Ambos eran igual de retorcidos.
Esa tarde Olivia y Scott mandaron un mensaje por el grupo de WhatsApp en el que estábamos los cuatro para proponernos ir a una fiesta de cumpleaños.
Se organizaba para un tal Noah Carter, un chico que estudiaba en un instituto cercano.
Solo lo conocía Scott, pero el organizador (el primo del cumpleañero, que al parecer era el quarterback del equipo de ese centro) quería que fuera un fiestón, así que le había dado vía libre para invitar a todo el que quisiera.
Nash no respondió. Yo escribí a Olivia por privado para decirle que no me apetecía salir.
Esa noche mamá había quedado con sus amigas, Dylan dormiría en casa de su novia y Devon iba a llevar a Lizzie al cine, así que me quedaría sola en casa. No sabía si eso era lo mejor, pero sí lo único que me apetecía hacer. Les dije a todos que tenía que estudiar para librarme de sus preguntas.
Mi madre estaba al tanto del problema que Nash había tenido en el instituto y de toda la polémica con Grace y Jayden.
Se lo conté omitiendo algunos detalles, como el de la pelea física.
Durante unos días temí que la directora la llamara y terminara descubriendo el resto; por suerte, eso no ocurrió.
Desahogarme con ella me sentó muy bien. Necesitaba escuchar la opinión de un adulto que me ayudara a ordenar todo aquello y a saber cómo gestionarlo.
Aun así, tenía la sospecha de que mamá se olía que había algo que no le había contado; algo menos relacionado con Jayden y los suyos y más con el hecho de que no dejaba de revisar el móvil cada cinco minutos.
Había pasado casi una semana desde lo del parque y Nash todavía no me había escrito.
Yo tampoco le había escrito a él.
Ese silencio entre nosotros era extraño, como si estuviéramos yendo contra el sentido natural de las cosas.
Nos habíamos cruzado alguna vez en los pasillos, pero no habíamos hablado directamente desde el día de la pelea.
No entendía por qué me sentía tan decepcionada, si las cosas ya estaban así antes.
Supongo que en el fondo esperaba que algo hubiera cambiado.
Que me escribiera para saber cómo estaba.
Que me llamara. Que, al menos, respondiera en el grupo que teníamos con Olivia y Scott.
¿Y si le había contestado a Olivia por privado para que yo no lo viera? ¿Y si estaba en la fiesta con ellos? ¿Y si estaba intercambiando mensajes con Julie?
¿Y si, quizá, solo estaba esperando a que yo diera el primer paso?
—Nos vamos —anunció Devon desde la puerta del salón mientras yo repasaba historia en el sofá. Dylan y Lizzie iban detrás—. Ánimo estudiando un viernes por la noche, hermanita.
—No sé cómo puedes ser tan responsable —declaró Dylan alucinado.
—Está claro que no salió a nosotros.
—Espero que apruebes, Eleonor —me deseó Lizzie con su voz dulce. Me obligué a devolverle la sonrisa.
—Vas muy guapa —la halagué. Se había puesto su jersey de flores favorito—. Y eres bastante más aplicada que tus hermanos mayores.
—¿Sabes qué? Yo espero que suspendas —terció Devon—. Hay que aprender a gestionar el fracaso.
—Estoy de acuerdo —lo apoyó Dylan.
—Y no con cualquier nota. Un cuatro no nos vale.
—Eso. Tiene que suspender con un dos y medio. O mejor, con un cero.
—Será un cero en historia que recordaremos por los siglos de los siglos.
—Amén.
Puse los ojos en blanco.
—Que os den.
Los tres salieron de casa entre risas. En cuanto se fueron, todo se quedó en silencio. La vivienda estaba a oscuras, salvo por la luz tenue de la lámpara del salón. Empezó a parecerme demasiado grande y solitaria. Me estiré para coger el móvil del otro lado del sofá. No tenía mensajes nuevos.
Entré en WhatsApp y busqué el chat de Nash.
Me entraron ganas de dejar de esperar a que él tomara la iniciativa y hacerlo yo.
El problema era que no sabía qué quería decirle.
O cómo empezar la conversación. ¿«Hola, qué tal estás»?
¿«Oye, has oído lo de la expulsión»? Llegué incluso a redactar el mensaje.
Lo borré porque era ridículo: claro que se había enterado.
Abrí Spotify, entré en una de las playlists que me había enviado, elegí una canción al azar y le hice una captura de pantalla.
Pensé en enviársela. «Mira, sigo escuchándola.
Aunque no hablemos, sigo pensando en ti.
Pienso en ti todo el tiempo». Luego me planteé qué pasaría si lo hacía y él nunca contestaba.
Dejé el móvil.
Me levanté del sofá. Pensé en ir a la cocina a por algo de beber. En dejar de estudiar y poner una película. Quizá pedir algo de cenar. Cualquier cosa con tal de mantener la cabeza ocupada. Y entonces llamaron a la puerta y fui a abrir convencida de que a mis hermanos se les habría olvidado algo.
Pero no eran ellos.
—Hola —dijo Nash.
Llevaba su anorak rojo, las manos en los bolsillos y la cara enrojecida por el frío. Me miraba como quien no sabe cómo va a reaccionar la otra persona al verlo.
A mí me dio un vuelco el corazón.
—Hola —respondí.
Hubo uno, dos segundos de silencio.
Hablamos a la vez:
—¿Qué haces aquí? —Yo.
—¿Podemos hablar? —Él.
Enseguida se dio cuenta de que mi cuestión tenía más peso que la suya y retrocedió, algo avergonzado.
—Perdona. Quizá debería haberte avisado antes de presentarme así.
—No, tranquilo. Pasa. Mi familia no está.
Me aparté para dejarlo entrar. Nash lo hizo con aire inseguro.
Cerré la puerta y, mientras se desabrochaba el anorak, aproveché para acomodarme rápidamente el pelo frente al espejo.
Agradecí habérmelo lavado esa mañana, aunque me había pillado con ropa de estar por casa.
Yo también sentí vergüenza: si hubiera sabido que vendría, me habría preocupado por tener mejor aspecto.
Luego me volví hacia él, vi su pelo revuelto y su cara llenísima de pecas, y esos pensamientos se esfumaron de mi mente.
Era Nash.
¿Desde cuándo tenía yo que fingir con Nash?
—Lo siento —volvimos a hablar a la vez.
Pese a la tensión, a los dos se nos escapó una sonrisa.
—¿Por qué te disculpas tú? —preguntó.
—Por lo de Jayden.
—No, yo lo siento por lo de Jayden.
—Jamás habría hablado con él si hubiera sabido lo que te hacía —insistí.
«Jamás habría hablado con él si te hubiera conocido antes».
«Si hubiera sabido que tú existías, no habría podido mirar a otra persona».
—Lo sé. Por eso soy yo el que tiene que disculparse. Debería habértelo contado desde el principio. —Tragó saliva—. También tenías razón con lo de hablar con la directora. Tendría que haberme atrevido antes.
—Lo importante es que lo has hecho. —No tenía sentido que se torturase, aunque había cosas que yo seguía sin entender—. No sé cómo lo soportabas —añadí.
Entendió que no me refería solo a los abusos de Jayden.
¿Cómo había aguantado vernos juntos?
Nash se encogió de hombros. Aunque trataba de ocultarlo, yo vislumbraba el dolor en sus ojos.
—Me consolaba pensando que serías feliz.
—Jamás habría sido feliz con alguien así.
—Ahora lo sé —dijo—. Te mereces a alguien mucho mejor.
«¿Como tú?».
Regresó el silencio.
Yo me abracé a mí misma, no para poner distancia, sino para sentirme más protegida de los sentimientos y la intensidad que vibraban a nuestro alrededor. Nash desvió la mirada hacia el salón; sobre la mesa estaban esparcidos mis libros del instituto.
—¿Qué estudiabas? —preguntó.
—Historia. No tengo exámenes ni nada. Solo quería tener la cabeza ocupada para no pensar en todo lo que ha ocurrido estos días.
—Es fuerte que los hayan expulsado.
—Es lo que se merecen.
—¿Cómo estás? Después de lo de Grace.
—Estaré bien. Los amigos de verdad se cuentan con los dedos de una mano.
Eso era lo que me había dicho mi madre. Era normal que la pérdida de Grace me doliera, pero tenía muchos amigos de verdad; amigos que jamás me traicionarían como me había traicionado ella. Eso era lo importante.
Estaba mejor teniéndola fuera de mi vida.
—No me esperaba eso de ella —reconoció Nash—. Me alegro de que hayamos visto su verdadera cara. Y de que ya hayamos solucionado lo del rumor. No pudo con nosotros.
—¿Cómo estás tú? —Mi mirada se desvió, casi de manera automática, a la herida que tenía en la ceja, cortesía de un puñetazo del imbécil de Eric.
—Bien. Ya casi no me duele.
No me creía que eso fuera verdad.
—Me alegro —respondí de todas formas.
Nos quedamos callados, de nuevo.
—He venido porque yo también necesitaba dejar de darle vueltas a todo —confesó Nash entonces—. Estaba solo en casa, y he decidido vestirme y salir a pasear...
—¿A pasear con este frío?
—Caminar me ayuda a despejar la cabeza.
Lo entendía. A mí me ocurría lo mismo.
—Y, sin saber cómo, he acabado aquí —prosiguió, mirándome a los ojos—. Necesitaba verte. Y que hablásemos. No solo sobre lo de Jayden, sino...
Dejó la frase en el aire. Comprendí que se refería a lo del parque.
Sentí cierto alivio —o ilusión, miedo, terror— al descubrir que no era la única que no podía sacárselo de la cabeza.
Me aclaré la garganta. No supe qué decir.
De pronto me parecía que la calefacción estaba demasiado alta y que empezaba a ahogarme.
—A mí también me gusta caminar —tercié al final—, aunque haga frío.
Un destello de esperanza brilló en los ojos de Nash.
—¿Subes a abrigarte mientras te espero aquí? —propuso.
Asentí y me dirigí a la escalera.
Dos