Un acuerdo con el diablo Capítulo 44
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Capítulo 44

Epílogo

Cole

Siete años después

—¡¿De verdad?! —me quejo—. No me podéis hacer esto, joder.

—Cole, mi amor, la niñera ha sufrido un accidente esta mañana, estará de baja médica unas semanas —me explica mi madre.

—Os vais de viaje un mes, un mes —repito alzando la voz mientras conduzco en dirección a mi ático. Hace tres años que me independicé y esta noche tenía una cita con una mujer con la que llevo saliendo algunas semanas.

—Hijo, te enviaré una lista y te organizaré las entrevistas, solo tienes que elegir a una nueva niñera y supervisarla. Te trasladas a casa por ese tiempo, tampoco creo que te suponga tanto —intenta convencerme mi madre.

—¡¿No?! Me estáis pidiendo que cambie mi vida por un mes entero.

—Cole, sabes que este viaje de negocios por Europa lo teníamos programado tu madre y yo desde hace mucho tiempo. Salimos de viaje esta misma tarde y Sharon ha tenido un accidente esta mañana —intercede mi padre.

—Vaya suerte la mía. Me dejas al mando de Kessler por un mes y de mis hermanas —bufo—. ¿Algo más?

—Te compensaremos, hijo —asegura mi madre.

—Pues no sé cómo. Un mes completo lidiando con mis hermanas me van a matar. Cada vez que me ven solo me quieren pintar las uñas, maquillar y que juegue a ser el príncipe de sus muñecas —me quejo.

—Blair y Harper te aman —dice mi madre con orgullo.

—Y yo amo mi independencia —les recuerdo—. Iré al ático a por ropa y me trasladaré a vuestra casa, qué remedio —accedo. No puedo negarme.

—Gracias, Cole —agradece mi padre.

—Te amo, hijo, sabía que podía confiar en ti.

Sabes que no me iría tranquila si no eres tú quién cuidas y supervisas con quién estén tus hermanas.

Eres como un padre para ellas. Te estoy enviando los datos de las niñeras.

Las convoco para que vayan mañana a casa a horas diferentes y las entrevistas. Confío en tu buen criterio.

—¿No puedes elegir a la niñera tú? Odio hacer entrevistas —susurro, exasperado.

—Necesito que hables con ellas y determines si son idóneas y de confianza, y eso solo se consigue en una charla de tú a tú —explica mi madre.

—Vale, le pediré ayuda a la abuela.

—No la molestes mucho que ya está mayor —apostilla mi padre.

Genial, un mes viviendo en casa de mis padres, cuidando de mis hermanas de nueve y siete años, se han convertido en unas terremotos y, para colmo, tengo que escoger a una niñera óptima.

Cancelo la cita que tenía para esta noche, hago una maleta con varias mudas y me marcho a casa de mis padres. Cuando Blair y Harper me ven llegar se ponen muy contentas, ya mi madre, antes de marcharse, les ha explicado que estaré con ellas todo este mes y buscaré a una nueva niñera.

—Voy a echar de menos a papá y a mamá. Nunca se han ido tanto tiempo —dice Harper un poco triste.

—¿Te podemos llamar papá mientras no están? —plantea Blair a modo de broma.

—¿Queréis que yo sea como papá cuando os castiga y se enfada porque hacéis trastadas? —pregunto, sonriente.

—Nos vamos a portar muy bien. Y tú nos vas a consentir en todo —determina Blair.

—Eso espero, sino os llevaré a un internado hasta que venga mamá y os rescate —bromeo.

Pedimos pizza, comemos palomitas y veo una película de princesas con mis hermanas. Vaya plan de viernes por la noche en comparación con el que tenía planeado.

Por la mañana mis hermanas me despiertan temprano, las dos insistieron en dormir conmigo, me convencen para que vaya a comprarles cruasanes recién hechos, y yo, como buen hermano, acudo a por ellos. Si el problema está en que las quiero tanto que no les niego nada. Las consiento en todo.

Estoy en la cola de la cafetería esperando mi turno cuando una chica llega corriendo, se mete detrás de la barra y comienza a ponerse el delantal con prisa.

—Brooke, estás despedida. ¿No ves la cola que hay? Llegas tarde de nuevo, te lo advertí la última vez —le dice el jefe a la chica a voces, de malas formas, sin importarle hablarle así delante de todo el local lleno.

—Por favor, Harris, no volverá a suceder. Esta semana mi madre ha estado muy enferma, murió hace dos días, he tenido asuntos que solucionar —explica la chica apurada.

—Me tienes cansado. Fuera, Brooke. Llevas un año así. Se acabó —la echa de malas formas.

La mujer se deshace del delantal, aparta varias lágrimas de su rostro con rabia y se marcha corriendo.

El dueño del local me sirve una bandeja de cruasanes, coloco un billete de cien dólares encima de la barra y le digo:

—Es un completo desgraciado por cómo ha tratado a esa chica, quédese con el cambio. —Alguien tenía que ponerlo en su lugar.

Cuando voy a montarme en el coche observo a la chica sentada en la parada de autobús, cabizbaja, y aprecio que sigue llorando. Me acerco a ella y le pregunto:

—¿Estás bien? Estaba dentro en la cola y he visto cómo te ha despedido. No debió tratarte así.

—Sí. Lo siento —se disculpa—. Ahora tendré que buscar otro trabajo —susurra cabizbaja, apenada.

Me quedo pensativo y le pregunto de golpe:

—¿Tienes experiencia con niños?

—Sí. Algunas noches me encargaba de cuidar a niños, pero desde que mi madre cayó enferma me di de baja en la agencia porque no podía pasar las noches fuera de casa.

—Necesito a una niñera con urgencia para cuidar de dos niñas, una de nueve años y otra de siete. Si te ves capacitada y les gustas a ellas el puesto puede ser tuyo. Te voy a pagar muy bien.

La mujer me mira algo reticente, evaluándome.

—Mi nombre es Cole Kessler —me presento extendiéndole la mano a la misma vez que sujeto la caja de cruasanes con la otra.

—Brooke Sullivan —me corresponde con una sonrisa forzada. Está claro que hace un esfuerzo por aparentar normalidad cuando está rota entre la muerte de su madre y que la acaban de despedir.

—¿Cuándo comenzaría? —pregunta con la voz cortada.

—Ahora mismo, puedes venir conmigo —le ofrezco.

—Eh… si me da la dirección puedo ir por mi cuenta —dice algo reticente.

Esbozo una sonrisa y le indico:

—Soy de fiar. Puedes decirle a una amiga o alguien de confianza que vienes con Cole Kessler a su casa. Si te asesino sabrían que soy yo —bromeo.

Ella suelta una carcajada y me alegro de ser yo el que la haya provocado. Tiene una sonrisa increíble.

—Está bien —accede, se coloca en pie.

—Pues vamos, tengo el coche ahí mismo. Y mis princesas me esperan para desayunar.

Cuando Brooke observa que vamos a montarnos en mi Aston Martin DB12 lo hace como si fuese un coche cualquiera. Es la primera mujer que entra en él y no se impresiona. Esto me llama la atención.

Coge la caja de cruasanes sobre sus piernas y pongo el coche en marcha.

—Es una casa grande, con jardín y piscina —le explico de camino—. No está muy lejos.

—¿Cuáles serían mis funciones con las niñas? —se interesa.

—No sé, lo que suelen hacer las niñeras.

Cuidarlas y esas cosas. Su madre estará fuera un mes y necesito ayuda con ellas.

Tendrías que vivir en la casa con nosotros.

Por supuesto, habrá una habitación para ti, pero olvídate de ningún día libre hasta que su madre regrese. Como te dije antes, te pagaré muy bien.

—Vale.

—Si les gustas a Blair y Harper el trabajo es tuyo.

—Señor Kessler, puede pedir referencias con respecto a mí a la agencia con la que trabajaba. Le pasaré los datos.

—No te preocupes, Brooke, investigo a fondo a todas las personas que trabajan para mí. Hoy mismo encargaré un informe sobre ti a mi personal, si me confirman que eres apta tendrás trabajo. Como comprenderás no meto en mi casa a cualquiera.

—Lo entiendo, señor Kessler.

—No me llames señor, por favor. Cole está bien.

—Vale.

Llegamos a casa y en cuanto Brooke se baja del coche advierto asombro en sus ojos al pasear la mirada por el exterior de la propiedad. Creo que está apreciando lo rico que soy ya que mi coche le ha sido indiferente.

—Por aquí —le indico. Entramos por la puerta de la cocina. Estoy seguro de que mis hermanas me esperan ahí.

—Por fin —gritan a la vez cuando me ven aparecer—. Cruasanes, qué ricos, nuestros preferidos.

—Gracias, papá —dice Blair sonriente, guiñándome un ojo. Recuerdo que estas diablas me dijeron que me llamarían papá en ausencia del nuestro y justo tienen que hacerlo ahora.

—Os presento a Brooke, vuestra nueva niñera —digo de golpe, me da igual que no les guste. Es lo que hay.

—Hola —dicen Blair y Harper a la vez, mirándola con atención.

—Eres muy guapa —comenta Harper mirando a Brooke al detalle.

—Me gusta tu pelo negro. Es muy bonito —le indica Blair—. Quiero tenerlo así de largo, liso y brillante.

—Hola, vosotras sí que sois guapísimas. A mí me encantaría tener los ojos de una de vosotras.

—Yo los tengo como mamá —dice Blair— y Harper como papá.

Brooke me mira y siento que compara los ojos de mi hermana pequeña y los míos. Lo cierto es que somos iguales y nadie negaría que puedo ser su padre.

Las niñas se centran en comer los cruasanes y Brooke me pregunta en un susurro:

—¿No se suponía que ellas tenían que aceptarme?

—Le has gustado, ¿no ves que les ha encantado tu pelo? —justifico y esboza una media sonrisa—. ¿Puedes quedarte con ellas? Tengo que hacer una llamada.

—Claro, sin problema, creo que me las arreglaré.

***

Maggie

—Logan, cariño, creo que cuando cerremos las negociaciones debemos de volver a casa —comento mientras volamos en el avión privado en dirección Londres.

—Ni lo sueñes —dice de inmediato levantando la cabeza del ordenador en el que trabaja.

—Me preocupa el tema de la niñera —susurro con culpa.

—Confía en Cole, está perfectamente capacitado para contratar a una y lidiar con sus hermanas por un mes —manifiesta de forma despreocupada.

—Me siento muy mal por haberle mentido. Estas firmas solo nos llevarán diez días entre Londres y Zúrich.