El tiempo que nos debíamos
Envío a mi marido a comprar rosas blancas porque son muy significativas y quiero que esta noche estén presentes.
Mientras Logan acude a la floristería más cercana yo me coloco un conjunto ideal de ropa interior de seda y encajes en color marfil.
Me recojo mi larga melena y me maquillo un poco.
Me coloco los dos anillos que Logan me regaló, el collar de diamantes y decido subirme a los tacones más altos que tengo en el vestidor.
Quiero sorprenderlo cuando regrese con el ramo de flores.
Tengo listo el baño con velas, y el agua en su temperatura perfecta, con sales aromáticas.
Después de esta noche tengo toda la intención de que el próximo baño juntos me lo suplique mi marido porque haya perdido todos sus miedos a sumergirse en una bañera con agua.
Le dejo a Logan una nota en el salón en la que le indico que lo espero en el baño de mi cuarto y que lleve las flores con él.
Lo espero sentada en el borde de la bañera con las piernas cruzadas y una amplia sonrisa en mis labios pintados de rojo.
Esta noche tengo todas las intenciones de provocarlo y llevarlo al límite.
Cuando Logan aparece por la puerta, me ve y descubre el ambiente que nos rodea, sonríe. Está tan increíble con el ramo de rosas en la mano que tengo que hacer un gran esfuerzo para no correr hasta él y comérmelo a besos.
Me repasa con su mirada y de inmediato siento el hambre de mí en ella. Esto me provoca un tirón en el vientre y que mi corazón se acelere por mucho que trato de dominar la situación. Esta noche me he propuesto llevar el mando.
—Bienvenido a nuestra noche de cita en casa, señor Kessler. Te preguntarás por qué te envié por flores —le indico levantándome y cogiéndole el gran ramo de sus manos—. Las rosas blancas son parte de nosotros. Y esta noche todo lo que somos nos rodea.
Logan clava sus ojos en mí. Aprecio que observa ambos anillos en mis manos y el collar en mi cuello. Me acerco a él y le doy un breve beso, dejándolo con ganas de más. Es la intención. Mi marido aspira mi aroma y sé que reconoce mi perfume.
Me detengo a contar las rosas y hay dieciocho exactamente. Sonrío y le murmuro:
—Una por cada año de casados.
—Qué lista es mi mujer. —Intenta acercarse para besarme, pero le hago la cobra de forma intencionada y me dirijo hacia la encimera del baño para dejar las flores.
Logan se pega a mi espalda, pasa las manos por mi cintura y frente al espejo, mientras ambos nos contemplamos, me dice:
—Me has puesto duro como una piedra con solo verte. Estás increíble. Nunca había tenido un recibimiento así.
—Me alegro. El plan es sorprender a mi esposo.
—Objetivo conseguido.
—Queda mucha noche por delante.
—Me tienes a tu completa merced.
—Desnúdese para mí, señor Kessler —le ordeno sentándome en el borde de la bañera y admirándolo—. Es justo que lo desee y entre en el mismo estado en el que usted se encuentra —lo reto con descaro.
Logan se queda sorprendido ante mi petición.
—Joder, Maggie —susurra con picardía en la sonrisa que me dirige, comienza a desnudarse de forma lenta, sin apartar los ojos de los míos ni un solo instante.
Estamos en silencio, pero nuestras miradas hablan y es lo más mágico del momento que vivimos.
Cuando lo tengo delante desnudo y empalmado por completo trago con dificultad.
—Magnífico —susurro al mismo tiempo que me levanto, voy hacia él y le acaricio el pecho.
Siento cómo la respiración de Logan se agita y sus pulsaciones se disparan con mi contacto.
Bajo hasta su ombligo, continúo hacia más abajo y le acaricio el miembro al mismo tiempo que expulsa aire con dificultad y observo que aprieta los dientes con fuerza.
Cuando voy a colocarme de rodillas, prevé mi intención, me toma por la cintura, impidiéndolo.
—Estoy a punto de estallar, Maggie. En cuanto pongas tu boca en mí me voy a correr como un adolescente inexperto. Será mejor que nos metamos en la bañera —propone.
Lo miro con una sonrisa ardiente y satisfactoria por haberlo llevado a ese punto de excitación mientras que observo que mi marido no lo está pasando nada bien y no es debido a meterse en la bañera de agua, sino a todo lo que le he provocado.
Me deshago de mi ropa interior y de mis zapatos de tacón bajo su atenta mirada y le extiendo la mano para que entremos en la bañera.
Yo doy el primer paso y cuando estoy dentro lo animo a que se reúna conmigo.
Lo miro a los ojos esperanzada en que tenga el valor de hacerlo.
Logan mete un pie con cuidado, se toma su tiempo para comprobar la temperatura y luego introduce el otro pie.
En ningún momento dejo de agarrarle la mano con fuerza.
Lo ayudo a sentarse, quiero que esté cómodo, tira de mi mano y me siento a horcajadas sobre él.
Le acaricio el rostro en silencio, mientras nos miramos a los ojos y me acerco a sus labios como pidiendo permiso.
Necesito que me confirme que está bien y podemos hacer esto.
Me besa, me agarra por la cintura con fuerza y se introduce en mí en una estocada profunda. Suspira con los ojos cerrados.
—¿Estás bien? —le pregunto sintiéndolo duro y caliente como el acero en mi interior. Le tengo colocadas ambas manos en sus mejillas e intento que abra los ojos y me mire.
—Estoy en mi lugar preferido en el mundo —susurra moviendo sus caderas a conciencia. Le sonrío, lo beso y se apodera de mis labios de una forma hambrienta—. Voy a follarte como si no hubiese un mañana —adelanta, como pidiéndome permiso.
—Lo estoy deseando —lo animo. Se que esto va a ser sexo duro. Lo tengo al límite y me siento orgullosa y poderosa de haberlo llevado a ese estado.
Logan comienza a entrar y a salir de mí con ímpetu.
El agua de la bañera se desborda, pero no nos importa, me agarra fuerte por las caderas, entra y sale de mí sin piedad mientras siento que me voy a romper en dos, pero no quiero parar.
Es increíble. Gemimos, gritamos y nos dejamos ir a la misma vez.
Termino derrumbada en sus brazos mientras él me acaricia la espalda y hunde su rostro en el hueco de mi garganta.
—Te amo, Maggie —susurra.
—¿Qué tal la experiencia? —me atrevo a preguntar mirándolo con una sonrisa pícara.
—Voy a mandar a poner un jacuzzi en nuestra habitación. —Suelto una enorme carcajada y lo abrazo.
—Quédate con estos recuerdos —le suplico, intentando que olvide lo que pasó por culpa de mi padre.
—¡¿Cómo no hacerlo?! Ha sido explosivo. ¿Estás bien? —murmura.
—Increíblemente bien. Te amo, Logan Kessler. En todas tus facetas. Cuando me haces el amor de una forma lenta y delicada y cuando me follas así. Lo quiero todo contigo.
Nos relajamos en la bañera, abrazados, en silencio, mientras nuestras caricias y miradas hablan.
Sorprendo a mi marido con una exquisita cena que disfrutamos en el comedor de nuestra casa vestidos con ropa informal, haciendo planes de futuro y decidiendo dónde queremos viajar.
Luego hacemos palomitas y vemos una película. Me quedo dormida a mitad de ella y mi caballeroso marido me lleva en brazos hasta la cama, me despierto y termina la noche haciéndome el amor de una forma lenta, casi torturadora.
La siguiente semana es igual de intensa en el trabajo. Logan pasa más tiempo en su empresa los dos últimos días y apenas lo veo. Lo extraño a mi lado, trabajando y dando órdenes.
A la hora de comer se me ocurre hacerle una visita a mi marido en su empresa. Deseo sorprenderlo y de paso, si puede, almorzar juntos.
Kevin me recibe y me indica que Logan ha salido ya a comer. Le pregunto por Helena, por suerte, aún está en su despacho y le propongo almorzar juntas. Hace días que no hablamos.
Cuando salimos del edificio a la calle le pregunto a mi amiga:
—¿Sabes de algún sitio cerca al que podamos ir a comer? Hace bastante que no me muevo por esta zona de Nueva York. Muchas cosas han cambiado. Y cuando salgo a comer es Logan quién siempre elige.
—Podemos ir a ese sitio de comida tailandesa que nos gustaba tanto, sigue estando abierto. Es a un par de manzanas. ¿Vamos? —propone Helena.
—Claro.
—Voy a llamar para que nos reserven una mesa.
De camino allí Helena llama, nos montamos en el coche que me espera en la puerta del edificio de la empresa de mi marido, lo cierto es que echo de menos caminar por las calles, pero hacerlo con dos guardaespaldas detrás me incomoda, prefiero ir en coche.
Llegamos al restaurante, reconocen a Helena, se disculpan por no podernos ofrecer el reservado porque está ocupado y nos sientan muy cerca de este lugar.
Cuando desvío la mirada admirando el interior del local reparo en que es mi marido quién está en el reservado con una mujer.
Reconozco de inmediato a Katie, la novia que tenía Logan y me dijo que había dejado.
Ellos ya han terminado de comer, aprecio como él le extiende un cheque, se guarda la chequera en la chaqueta, ambos se ponen en pie y la mujer lo abraza con familiaridad.
Helena se ha sentado, está de espaldas a ellos, repara en mí y todo lo que debe revelar mi cara y dice:
—¿Te encuentras bien?
—No. Acompáñame al baño. Me estoy mareando. —No quiero que Logan me vea.
Helena se levanta con prisa y caminamos hacia el baño.
Cuando llego siento ganas de vomitar. Ver a Logan con esa mujer me ha revuelto el estómago. Mi amiga me echa agua en la nuca y en la frente. Se preocupa por mí y quiere llevarme a un médico o llamar a Logan.
—Estoy así porque he visto a mi marido con Katie en el reservado. Comían juntos —revelo con un nudo en la garganta—. También he visto cómo le extendía un cheque y se abrazaban.
—Maggie… —susurra Helena con sorpresa.
—¿Qué sabes de esa relación? —le pregunto de frente, seria.
—¡¿Cómo?! —inquiere un poco descolocada.