Un marido complicado #3
—Me alegro, Trevis, que se haya dado cuenta de que mi esposa es una mujer muy especial. Y, aun así, se casó conmigo —le deja claro mientras lo miro reprendiéndolo por el comentario. Ahí está de nuevo, recordándole a otro hombre que soy su mujer.
—Me gustan los retos imposibles —murmuro mirando a Logan con el mentón alto. Estoy cansada de que me reclame como suya, como si fuese un objeto—. Mi marido es un poco difícil —le indico a Trevis con una sonrisa forzada.
—Lo difícil ha sido vivir todos estos años sin ella —responde Logan mirando a Trevis. Me toma por la cintura y comenzamos a marcharnos.
—¿A qué ha venido eso? —lo reprendo por su actitud cuando estamos lo suficientemente lejos de Trevis, de camino al coche que nos espera.
—No ha dejado de mirarte en toda la noche.
—Tampoco lo han hecho las mujeres del musical y yo no he montado ningún numerito.
—¿Consideras que dejarle claro a Trevis que eres mi mujer es un numerito? —inquiere en tono molesto.
—Lo que considero es que te comportas de una forma muy infantil.
—Infantil —bufa a modo de queja mientras entramos en la limusina.
Permanecemos en un tenso silencio mientras el vehículo recorre las calles de Los Ángeles de noche. Nunca había estado aquí y no dejo de mirar por la ventana de mi lado del coche mientras ignoro por completo a Logan Kessler.
Cuando aprecio que la limusina se para delante de un lujoso hotel y mi marido comienza a bajarse pregunto con sorpresa:
—¿Y ahora dónde vamos?
—A dormir, querida. ¿No estás cansada? —dice mientras sostiene la puerta de la limusina y me extiende su mano para que me baje de ella.
—¿No volvemos al avión?
—El piloto tiene que descansar, y nosotros. Volveremos mañana. Pasaremos la noche en este hotel.
Nos dirigimos hasta la recepción mientras aprecio que todas las personas con las que nos cruzamos, incluido el personal, nos miran con suma atención. Logan y yo parecemos dos estrellas de cine sacadas de la alfombra roja.
Pasamos por recepción, ya estamos registrados, nos dan la bienvenida llamándonos señores Kessler, algo que me recuerda al hotel en Las Vegas cuando nos casamos, y nos informan de que nuestros equipajes ya están en la suite.
—Gracias —dice Logan.
Cuando subimos solos en el ascensor le pregunto:
—¿Solo una habitación?
—Sí. No queremos levantar sospechas.
—Estamos en la otra punta del país —me quejo.
—Nunca se sabe con quién nos vamos a encontrar o quién nos sigue. Estando siempre juntos los guardaespaldas nos protegen mejor.
—Solo espero que haya dos camas —murmuro mientras Logan abre la suite con la tarjeta.
Entramos en la amplia habitación y Logan dice:
—Creo que vamos a tener que compartir cama. —Lo miro y me da la impresión de que disfruta con esta situación, quizás porque siente mi incomodidad y le encanta molestarme.
—¿Una suite tan lujosa y cara y no tiene un sofá? ¿Solo dos sillones pequeños delante de una chimenea? —me quejo. Estaba dispuesta a dormir en el sofá con tal de no estar cerca de Logan. No estoy preparada para tenerlo tan próximo durante toda una noche.
—Puedes poner una queja por la mañana, querida —siento que se burla de mí.
Logan se dirige hacia la cama y comienza a desvestirse como si de verdad fuésemos un matrimonio. Se queda en calzoncillos y me mira.
—Nada que no hayas visto ya, ¿no? —inquiere haciendo referencia a su cuerpo.
Se mete en la cama, coloca ambas manos sobre la cabeza y me mira. Esperando que sea yo quien dé el próximo paso.
Tomo una fuerte bocanada de aire y me meto en el baño.
Tardo más de lo normal en desvestirme y desmaquillarme, salgo envuelta en un albornoz blanco y cuando observo a Logan está completamente dormido.
Me permito acercarme y mirarlo con detenimiento.
Incluso me siento en la cama y disfruto el momento de tenerlo así, en calma, sin sentir esa mirada penetrante que me castiga a menudo.
Me tumbo a su lado y paso bastante tiempo con la mirada clavada en él hasta que el sueño me vence.
Me despierto entre ardientes besos y unas manos que se pasean por mi cuerpo a su antojo. Tengo el albornoz abierto y Logan me besa los pechos con pasión.
Tomo conciencia de la realidad mientras que no dejo de estremecerme por cómo me besa y mordisquea los pezones. Hace tanto tiempo que no sentía nada igual…
De repente, advierto que Logan está muy caliente, y no tiene nada que ver con el estado de excitación en el que nos encontramos ambos. El sudor de su frente, sus labios y sus manos desprenden un calor raro. Me incorporo y susurro:
—Logan. —Llevo mis manos hacia su rostro y hago que me mire. Tiene los ojos muy brillantes. Le toco la frente y compruebo que está ardiendo en fiebre—. ¡Joder! Tienes la temperatura muy alta —le indico, asustada.
—Así me pones tú —susurra con una mirada perdida y temo por él.
Lo ayudo a tumbarse en la cama, él no deja de acariciarme el abdomen mientras intenta besar mis labios. Voy al baño, mojo una toalla en agua fría y se la paso por la cara y el pecho. Se queja ante el contacto frío.
—Voy a llamar a un médico.
—Yo nunca me pongo malo —susurra arrastrando las palabras.
—No eres ningún superhéroe. Las personas caen enfermas.
Cojo el teléfono de la mesita de noche, llamo a recepción y les digo que mi marido necesita que lo vea un médico.
Me indican que en quince minutos vendrá alguien.
Me visto con la ropa que encuentro perfectamente colgada en mi lado del armario y vuelvo junto a Logan que se retuerce en la cama mientras habla en voz alta, la fiebre le está haciendo esto.
—Es mi mujer. Haré lo que sea por ella. Antes dejaré que me matéis que firmar esos malditos papeles —defiende con coraje, al mismo tiempo que varias lágrimas recorren mis mejillas al comprender que está inmerso en una pesadilla y debe de ser cuando le obligaban a firmar los documentos de nuestro divorcio.
Un médico de mediana edad toca a la puerta y examina a Logan. Tiene cuarenta de fiebre. Me entrega unos analgésicos y me recomienda que le dé un baño de agua bien fría. También me recomienda que procure que descanse unos días. Posiblemente el estrés lo haya llevado a este cuadro.
Cuando el médico abandona la suite me dirijo a la cama y con grandes esfuerzos saco a Logan de ella. Lo llevo hasta el baño y lo meto en la ducha. Apenas se sostiene por sí solo, por lo que decido meterme con él. Lo desnudo mientras que yo permanezco vestida y empapada.
—Estoy en desventaja, esposa mía —susurra con los ojos entornados.
—Te tiene que bajar la fiebre.
—La fiebre me sube cada vez que te tengo cerca. Ninguna mujer me ha calentado tanto como tú. A ninguna he deseado tanto como a ti. Desde que regresaste me despierto todas las mañana sudoroso y empalmado, soñando como te follo sin descanso, recuperando los años perdidos.
—Estás delirando.
Lo saco de la ducha, lo seco, lo siento sobre el borde de la bañera y me deshago de mi ropa antes de poner todo perdido.
Me enfundo de nuevo en el albornoz y lo llevo a la cama.
Lo tumbo ahí desnudo mientras no puedo evitar repasar todo su cuerpo al detalle y desearlo con todas mis ganas.
Es magnifico. Su amplio y musculado pecho, sus brazos, sus piernas y su miembro.
Fijo la mirada en él y lo deseo con todas mis fuerzas en mi boca.
De inmediato sacudo la cabeza y salgo de la habitación para coger una botella de agua y darle a Logan el analgésico.
Pasa el resto de la noche dormido mientras que no me despego de su lado, comprobando cada rato su temperatura, pero no vuelve a tener la fiebre tan alta. Entre el baño y la pastilla se controla.
Cuando amanece pido algo de desayuno, pero no quiere comer. Está un poco más consciente, le explico que anoche lo visitó un médico, no lo recuerda y le aconsejo que se quede en la cama durante todo el día.
—Yo tenía otros planes —susurra arrastrando las palabras, le cuesta hasta hablar.
—Pues vas a tener que pagar esta cara suite por otra noche más, hasta que te pongas bien.
—No tienes por qué quedarte. Puedes volver a Nueva York.
—Me quedaré a tu lado hasta que te recuperes —le indico firme y segura.
Mis palabras hacen que abra los ojos y me mire con sorpresa—.
¿No se supone que es lo que hacen las esposas enamoradas de sus esposos?
Mantengamos el listón en esta farsa, como tú bien dices, no sabemos quién nos puede ver o seguir.
Que todos digan que Maggie Kessler cuidó de su marido sin dejarlo solo ni un instante.
—Supongo que debo darte las gracias por lo que haces —susurra con pesar.
—No me las des; ya me lo cobraré —bromeo, dedicándole una sonrisa.
—¿Sabes que tengo una cuenta bancaria muy saneada? —me sigue la broma, sonriente. Me alegra comprobar que está mejor.
—¿Quién te ha dicho que me lo cobraré de esa forma? —Le guiño el ojo, le sonrío de forma coqueta y me marcho al salón de la suite a desayunar. Puede que Logan no tenga hambre, pero yo me muero por un café caliente y unos huevos revueltos.
Pasa el resto del día en la cama, de vez en cuando voy a ver cómo está y lo obligo a comer algo. Me llama pesada, pero le sonrío.
A media tarde siento que le está subiendo la fiebre un poco. Le preparo un baño de agua tibia y lo llevo para meterse en este. Protesta de inmediato y le contesto:
—Yo pensé que Logan Kessler era un hombre que podía con todo.
—Con todo menos con un baño de agua fría. Fue una de las torturas a las que me sometieron los matones de tu padre. Nunca más he vuelto a entrar en una bañera —confiesa y lo miro con lágrimas en los ojos.
En un impulso me abrazo a él y susurro:
—Lo siento, lo siento tanto. No sabía nada.
—Será mejor que me dé una ducha —dice deshaciéndose de mi abrazo de golpe. Lo miro a los ojos y se me parte el corazón en dos. El gran hombre de negocios que se muestra siempre está muy lejos de la persona vulnerable que tengo delante.
—¿Te ayudo? —me ofrezco cuando siento que se tambalea un poco cuando se va a deshacer de los calzoncillos.
—Igual no puedes resistirte a mis encantos —bromea y no puedo evitar soltar una carcajada. ¿Cómo puede ser capaz de pasar de un estado a otro en una décima de segundo?
—No voy a descubrir nada nuevo —le recuerdo—. Además, anoche te desnudé y te metí en la ducha.
—Espero no haber decepcionado a mi mujer —susurra.
Me acerco, lo ayudo a quitarse los calzoncillos, evito mirar sus partes y sus ojos. Lo guio para entrar en la ducha y cuando me voy a marchar tira de mi brazo, me estampo contra su duro pecho y compruebo que no está tan débil como me ha hecho creer hace poco.
—¿Has fantaseado con mi cuerpo esta noche? —susurra en mi oído mientras me mantiene pegada a él. Abre el grifo y nos comienza a caer agua desde arriba.
Grito. Está muy fría. Intento salirme de la ducha, pero Logan no lo permite.
—Respóndeme. —Me obliga a mirarlo mientras el agua cae con fuerza sobre nosotros.
—¿Por qué tendría que fantasear contigo?
—Porque hace años estabas loca por mí, te encantaba mi cuerpo y ahora estoy mucho más bueno —reconoce sin pudor alguno.
—Vaya, tu arrogancia no tiene límites. También tienes más años —intento herir su ego.
—Te puedo demostrar todo lo que he mejorado con los años —susurra muy cerca de mi boca.
—Ya no somos los mismos. Estás acostumbrado a mujeres más jóvenes y seguro con una experiencia que me superarán con creces.
—¿Pones en duda tu experiencia? Recuerdo que tuviste a un gran maestro en tus inicios en el sexo.
—Pongo en duda poder complacer a alguien como tú. Estoy segura de que tus gustos ya no son los mismos que hace diecinueve años.
—Igual puedo volver a ser tu maestro —resuelve mientras me besa el cuello.
—Mejor lo dejemos por hoy, no vaya a ser que entre los analgésicos y la fiebre no des la talla y tu ego se hunda al subsuelo y necesites terapia psicológica.
Le doy un leve empujón, logro descolocarlo con mis palabras y me salgo de la ducha escabulléndome entre sus manos que intentan alcanzarme.
Me cambio de ropa, pido algo de cena y cuando Logan aparece en el salón lo espero sentada a la mesa con una suculenta comida delante.
—Vaya, qué apetecible todo —comenta con los ojos clavados en mí.
Cenamos mientras me revela que sus intenciones en el día de hoy eran enseñarme Los Ángeles, se lo agradezco, me promete que volveremos y cuando nos metemos en la cama me giro y le doy la espalda.
Después de lo que ha pasado en la ducha no quiero mirarlo a la cara en un espacio tan íntimo en el que ambos compartimos.
Me despierto abrazada al cuerpo de Logan. Él entreabre los ojos, intento alejarme un poco, pero no lo permite.
—Hagamos por unos segundos como que el tiempo no ha pasado entre nosotros. Soñemos un poco, Maggie —susurra en una especie de súplica.
Me quedo pegada a él, sintiendo su piel junto a la mía y el sonido de nuestros corazones que laten demasiado deprisa.
El teléfono de Logan suena, se rompe el hechizo y volvemos a la cruda realidad. Le ordena al piloto que esté listo en tres horas y volamos a Nueva York preparando la agenda y reuniones de la próxima semana, dejando a un lado todo lo que ha pasado entre nosotros en este viaje.