Un marido complicado
A la mañana siguiente cuando bajo a la cocina a desayunar encuentro a Logan perfectamente vestido, esperándome.
—Buenos días. Aquí tienes tu café recién hecho. Con leche y dos de azúcar —dice mirándome con atención—. Le dije a Mary que la comprase. No quiero que me califiques de mal marido por no darte todo a lo que estás acostumbrada. —Lo percibo como una pulla, pero no le sigo el juego.
—Gracias —susurro con amabilidad y una sonrisa. Creo que lo descoloco. Logan busca comenzar el día con una pelea.
Después del beso tan pasional que nos dimos anoche no hablamos más, cuando llegamos a casa cada uno se marchó a su habitación sin decir ni una sola palabra.
Creo que para él es más fácil que esté enfadada que mirándolo en silencio mientras me pregunto si siente algo por mí o besa así a todas las mujeres.
—Hoy iremos a mi empresa, quiero que la conozcas —me informa.
—¿Para qué? —pregunto con sorpresa.
—Eres mi mujer desde hace dieciocho años. Resulta que todo lo mío es tuyo. Creo que te tendré que poner al tanto de todo mi patrimonio.
—Logan… yo no quiero nada. Cuando esta situación que tenemos que nos obliga a seguir como marido y mujer termine firmaré lo que me digas. No tengo intenciones de obtener nada de ti. Ni lo quiero ni me hace falta —le dejo claro.
—Si mañana muero todo lo mío es tuyo. No tengo familiares ni hijos. Es justo que sepas los bienes con los que te vas a encontrar.
—No me gusta hablar de estos temas.
—Yo prefiero tenerlo todo bien atado. ¿Nos vamos? —Me hace un gesto con la mano cuando he terminado de beberme mi café.
En la parte trasera del coche, un chófer nos lleva, Logan y yo vamos en silencio hasta que él susurra:
—Cuánto han cambiado las cosas. Ahora tenemos un chófer. Hace años era yo el que ocupaba ese lugar.
—Yo era más feliz hace dieciocho años, pero creo que tú estás encantado con esta vida de hombre supermillonario y poderoso en el que te has convertido —comento con la mirada al frente.
—Hace años que no sé qué es la verdadera felicidad, solo experimento la satisfacción de conseguir lo que deseo —revela en tono neutro, mirando por la ventanilla.
—El dinero no da la felicidad.
—Eso es algo que siempre tuve claro hasta cierto momento de mi vida.
—¿Por qué te empeñas en ser más rico cada día? Compraste la empresa de mi padre con ese objetivo y ahora te encuentras metido en un lío tremendo por eso.
—Porque es mi única motivación en la vida. Solo tengo mi trabajo y mis empresas.
—En todos estos años, ¿no te has casado ni formado una familia? —pregunto, es algo que me intriga muchísimo. La información que tenía desde hace años era que tenía su vida rehecha con una mujer.
—No —contesta de forma seca.
—¿Por qué? —insisto.
—Porque estaba casado contigo —me espeta de malas formas.
—Tú me creías muerta.
—Digamos que ya experimenté lo que fue entregarle todo a una mujer y te aseguro que con una vez fue suficiente. ¿Y tú, te casaste y formaste una familia? Porque de ser así déjame decirte que el matrimonio no es válido.
—En todos estos años no he sido Maggie Wexler —revelo y siento cómo Logan gira la cabeza hacia mí y clava sus ojos en los míos.
—Ahora lo comprendo. Tenías una identidad falsa, por eso nunca te encontré —susurra pensativo.
—¿Me buscaste? —inquiero a la defensiva, sin creer que lo hiciese.
—Durante años. No sabes cómo trabajé para pagar a los investigadores.
—Igual es que estabas distraído —le espeto con rabia.
El coche se para y el chófer anuncia:
—Hemos llegado, señor.
—Bien, venga a buscarnos en dos horas —le indica Logan antes de bajarnos.
Cuando pongo un pie en la acera admiro el edificio ante el que estamos.
—Es mío entero. Tiene cuarenta plantas —revela con orgullo.
Lo miro de arriba abajo, molesta porque le guste alardear de su fortuna y le respondo:
—De los dos, según lo que me has dicho antes. —Comienzo a caminar hacia la entrada del edificio dejando a Logan unos pasos más atrás.
En cuanto pongo un pie en el interior varias personas me reconocen y me saludan llamándome señora Kessler. Al llegar a la última planta el asistente de Logan y varias personas me saludan de la misma forma.
Entramos en el despacho de mi esposo y nada más estar a solas le suelto algo molesta:
—¿Has enviado una circular a toda tu empresa en la que me presentabas como tu mujer? ¿Por qué todo el mundo me conoce y me llama señora Kessler?
—Porque lo eres. No traigo a mi trabajo a mis ligues ni a mis conquistas, que te quede claro. Le dije a Kevin, mi asistente, que comunicase a todos que estaba casado con Maggie Wexler. Supongo que el hecho de que te conozcan es que te hayan buscado por internet.
—Bonito despacho —susurro con ironía—, ¿cuánto te costó la decoración, un millón de dólares? —pregunto en tono molesto ante la opulencia que tengo ante mí.
—Creo que fueron dos, pero no suelo reparar en esas cosas. Contrato a decoradores y mi asistente paga las facturas.
—Pues te estafaron. Es horrible y no pega nada contigo. —Me dedica una sonrisa, descuelga el teléfono y dice:
—Mi esposa está aquí, puedes venir.
—¿A quién llamas? —pregunto con curiosidad.
—Ahora lo verás.
Unos toques en la puerta hacen que mire hacia esta y Logan dice de inmediato:
—Pasa.
—¡Maggie! —exclama con lágrimas en los ojos Helena.
—Helena, amiga —susurro con sorpresa y emoción al mismo tiempo que nos abrazamos con fuerza.
—Oh dios, cómo te he extrañado todos estos años. Te lloré, joder, y mucho. Pensé que nunca más sabría de ti. Cuando Logan me dijo que habías regresado y seguíais casados no lo podía creer —dice mi amiga.
—¡Qué alegría verte! ¿Qué haces aquí? —pregunto con sorpresa mirándolos a ambos.
—Trabajo para Logan desde hace unos años —revela Helena.
—Vaya —susurro mirándolos. Es algo que no esperaba. La familia de Helena tenía mucho dinero.
—No tenía tu teléfono y no sabía si tras los años te iba agradar verme, por ello me aproveché de la confianza con Logan y le pedí verte cuando te trajese por aquí.
—Por supuesto. Eras una de mis mejores amigas junto con Tessa. ¿Qué tal ella?
—Vive en Chicago, se casó y tiene tres hijos.
—Nos tenemos que poner al día —le propongo a mi amiga. Estoy muy contenta de verla. Me he acordado de ellas al regresar, pero no he tenido tiempo de buscarlas.
—Sí, quedaremos un día de estos. Ahora tengo que trabajar porque Logan es un jefe un poco exigente —susurra a modo de confidencia, guiñándome un ojo.
—Te he escuchado, Helena —dice Logan dedicándole una sonrisa que hace despertar todas mis alertas. La complicidad que denoto en ellos llega a molestarme, ¿estoy celosa de mi amiga?
Me despido de Helena tras intercambiar nuestros teléfonos y cuando me quedo a solas con mi marido le pregunto de forma directa:
—¿Por qué trabaja para ti? La familia de Helena tenía muchísimo dinero.
—Cuando llegué a Nueva York se puso en contacto conmigo y me pidió ayuda. Su marido llevó la empresa de su familia a la bancarrota y la maltrataba. Metí a ese hijo de puta en la cárcel y ayudé a Helena económicamente. Tenía dos hijos pequeños, luego le di trabajo para sacarlos adelante.
—¡Joder! —susurro tomando asiento, no estaba preparada para algo así—. Gracias por brindarle tu apoyo —le digo mirándolo con admiración.
—Helena nos ayudó cuando la necesitamos. Nunca olvidé que nos llevó tu documentación para podernos casar en Las Vegas. Solo le devolví el favor —justifica no dándole importancia.
—Hiciste más que eso. La salvaste de un hombre que pudo haberla matado.
—Steve siempre me cayó mal. Desde que te perseguía.
—¿Helena se casó con Steve? —pregunto con sumo asombro.
—¿Tan perdida estuviste que no sabías de la vida de nadie? —inquiere mirándome con atención.
—Dejemos el pasado, ¿para qué estamos aquí? —le digo algo crispada.
—Helena quería verte.
—Y tú pavonearte con tu reciente esposa ante tus empleados —le espeto enfadada.
—Era algo necesario. Callaham tiene ojos y oídos en todos lados —me indica serio y distante—.
Y ya que estás aquí, no estaría mal que te pusieses de acuerdo con mi asistente para preparar mi cumpleaños.
En tres semanas cumplo cuarenta años y me organizan una fiesta.
Ahora que tengo una esposa lo más lógico es que ella se encargue de sorprenderme y todo el mundo hable de ello.
—Cuarenta años —susurro con asombro, mirándolo con una sonrisa.
—¿Qué sucede? ¿Te parezco viejo? —pregunta a la defensiva—. Te recuerdo que el tal Malcolm puede ser tu padre —me espeta enfadado.
—Te organizaré la fiesta, no te preocupes. Te aseguro que nunca habrás tenido una igual —manifiesto, alterada.
—Eres experta en darme lo que nunca he tenido —murmura por lo bajo, pero lo escucho.
—¿Con qué más me va a impresionar hoy, señor Kessler? Apenas son las nueve de la mañana y no doy abasto —le indico de forma mordaz.
Logan abre un cajón de su escritorio y me extiende una tarjeta bancaria a mi nombre.
—Úsala, te corresponde por ser mi mujer. No tiene límite.
—¿Tanto confías en mí? —pregunto en tono de broma.
—Puede que tenga tanto dinero que ni note lo que gastes —alardea de forma despreocupada—.
Estás autorizada en mis cuentas y en mis empresas.
Ahora te pondré al tanto de mis bienes: Soy el CEO de Kessler Holding, controlo edificios y seguridad…
y el fundador de Kessler Capital, compra, absorbe y rescata empresas.
Tengo cinco coches de alta gama, dos motos, el ático en el que vivo, una mansión en Los Hamptons, la de tu padre —revela ante mi sorpresa—, la compré a nombre de una de mis sociedades cuando la puso a la venta porque necesitaba liquidez, otra mansión en Miami, Malibú e Ibiza.
También tengo un avión privado y un yate valorado en cincuenta millones de dólares.
—Lo miro con asombro y susurra—: Puede decirse que las cosas me han ido bien en estos años que estuviste ausente, esposa.
—¿Por qué compraste mi casa en Los Hamptons? —pregunto con interés. No le echo cuenta al resto de sus bienes, no me interesan.