Responsabilidad sin firma
Valentina bajó pensando que sabía a qué iba.
Desde el funeral tenía a Mauro en otra categoría: había visto la corriente de gente que fluía hacia él, los sindicatos, el gerente esperando su asentimiento.
Si alguien podía sostenerla en lo que venía —el sumario, la investigación, las preguntas—, era ese hombre al que toda la empresa parecía conocer.
Pensó que Mauro venía a ponerse de su lado. Lo venía pensando desde la mañana.
El andén vacío tenía la luz de mantención, amarilla y baja. Mauro estaba sentado en el banco del medio, con su chaqueta puesta y las llaves quietas, y eso fue lo primero raro: Mauro y sus llaves nunca estaban quietos al mismo tiempo.
—Siéntate.
Valentina se sentó. Mauro sacó del bolsillo interior una hoja doblada en cuatro y la abrió sobre su rodilla, alisándola con la mano, como quien plancha. Era una hoja de turno, cuadriculada, escrita a mano. La letra era la suya: pareja, apretada, de lápiz pasta.
—Yo anoto mis turnos desde el noventa y uno. Hora de cada cosa importante que pasa por mi radio. —No la miraba a ella; miraba la hoja—. El martes anoté todo, como siempre.
Valentina leyó. La columna de horas bajaba por el martes: la escalera cuatro, el portón oriente, la recomendación de aborto retransmitida por Marcela, la orden de cierre. Entre las dos últimas, la resta que el informe oficial ya no permitía hacer.
—El informe dice otra cosa —dijo Mauro—. Lo leí. Dice recalculada, dice latencia, dice dos eventos. —Dobló la hoja de nuevo, en sus mismos pliegues—. Mi hoja dice una cosa sola.
Valentina respondió con lo que tenía, que era el reflejo de esa semana: le explicó la base horaria, la ventana de asociación, la diferencia entre un evento vigente y uno recalculado.
Era su idioma y lo hablaba bien. Mauro la dejó terminar, sin impaciencia, como se deja pasar un tren que no es el de uno.
—Yo no entiendo de sistemas —dijo—. Entiendo de turnos.
—Mauro…
—Y entiendo otra cosa. —Se guardó la hoja en el bolsillo—.
Llevo cuarenta años viendo qué papeles guarda esta empresa y cuáles deja caer.
Cuando venga la investigación, y va a venir, los gerentes van a llegar con abogados y con autorizaciones que dicen «en estudio» y «según corresponda».
¿Y tú sabís qué vai a tener tú? Órdenes.
Órdenes concretas, ejecutadas, con tu usuario.
Sin cargo, sin resolución, sin firma de nadie más arriba.
Todo lo que pasó, pasó porque tú dijiste.
Y no hay un solo papel que diga que tú podías decirlo.
—Sin mí no pueden operar.
Le salió más rápido de lo que quiso. Mauro asintió despacio, sin darle la razón.
—Eso no es poder.
—¿Entonces qué es?
—Que tu nombre está en todo. —Se miró las manos—. Y el de ellos no está en nada.
El andén zumbaba con los ventiladores del túnel.
Llevaba días pensando cómo pedírselo. Le salió directo.
—Tú conoces a todo el mundo acá.
—Conozco.
—Y te debe.
—Algunos me deben. —Mauro se acomodó las llaves en el cinturón—. Y un favor se paga con otro favor. No hay otra forma de pagarlo.
Valentina esperó.
—El que lo pide elige cuándo —dijo Mauro—. El que lo debe, no.
—¿Por qué me estás mostrando esto? —dijo al fin—. ¿Qué quieres?
—Quiero que pares. —Mauro la miró por primera vez—. Lo que estís armando, la centralización, el control, lo que sea que viene después de esto. Párala tú, antes. Todavía puedes parar antes de que alguien tenga que usar esto.
—¿Usar qué? ¿Una hoja de turno?
Mauro no contestó. Metió la mano al otro bolsillo y sacó una grabadora chica, vieja, de las de periodista, con los botones gastados. Había copiado ahí el tramo del martes. La puso sobre el banco, entre los dos, y la miró un segundo, como pidiéndole permiso a alguien.
—En monitoreo se graban las frecuencias. En local, en cinta, desde antes que existieran tus servidores. Nadie lo apagó nunca porque nadie se acuerda de que está.
Apretó el botón.
Primero estática. Después el sonido de un andén, lejos, debajo de todo: frenos, un anuncio, la respiración de alguien cerca del micrófono.
La voz de Marcela, con fecha y hora cantadas por el sistema.
Ruido. Y entonces una pausa que Valentina reconoció con el cuerpo antes que con la memoria, porque era suya: su propia manera de dejar la frecuencia abierta mientras pensaba, ese medio segundo de aire apretado antes de hablar.
—Valentina, confirma que seguimos abiertos.
Después se escucha la voz de ella:
—Confirmo.
Mauro detuvo la grabación.
—Eso no lo firmé —dijo Valentina.
Mauro no contestó. Guardó la grabadora.