El funeral
La casa de Juan quedaba en Maipú, en una villa de pasajes anchos, y era exactamente la casa que Valentina habría predicho si alguna vez se hubiera permitido adivinar dónde vivía Juan: rejas bajas, un limonero, una camioneta vieja lavada el día anterior.
Las coronas estaban apoyadas contra la reja, con las cintas estiradas para que se leyeran los nombres.
Silvia la recibió en la puerta. Valentina no tuvo que presentarse.
—Tú eres la Valentina. —Le tomó las dos manos—. Pasa, mijita. Qué bueno que viniste.
—Ella es mi hermana.
Silvia le tomó las manos a Camila igual que a ella. Camila se las dejó tomar.
Adentro olía a café y a flores de velorio.
La mesa del comedor estaba corrida contra la pared para que cupiera la gente: un termo grande, tazas que no hacían juego, una de ellas con esmalte rojo en el asa para que la vecina supiera cuál era la suya, y una fuente de sándwiches de miga tapada con alusa.
En la pieza del fondo, arriba la cama, se apilaban los abrigos.
A Valentina le llevaron una silla antes de que preguntara dónde sentarse, y una taza antes de que pidiera nada. Café de la olla, muy dulce.
—Yo puedo ayudar en algo.
—Nada, mijita. Siéntate.
Silvia la llevó del brazo por el pasillo, saludando gente por encima del hombro, y en algún momento, sin soltarla, le dijo lo que Valentina no sabía que estaba esperando y no habría sabido cómo evitar:
—Él hablaba de ti en la casa, ¿sabías? Decía que ibas a cambiar el Metro. «Esta cabra ve cosas que nosotros no vemos», decía. Estaba tan orgulloso.
Lo dijo con la alegría intacta de quien repite un orgullo ajeno.
El cajón estaba en el living, entre cuatro velas altas, cerrado. Estuvo cerrado todo el velorio. Nadie preguntó por qué.
Junto al cajón, en una silla que no era de la casa —plástica, con el nombre de la junta de vecinos, escrito en el respaldo con plumón negro—, estaba la hija de Juan.
No se levantó en toda la mañana. La gente se agachaba hasta su altura para darle el pésame y ella recibía cada abrazo sin devolverlo del todo, mirando un punto fijo de la alfombra.
En algún momento alguien le puso un chaleco sobre los hombros. No pareció darse cuenta.
En el mueble de la entrada había una caja de zapatos abierta. Silvia la vio mirarla.
—Sus credenciales. Las guardó todas, desde el ochenta y nueve. —Sacó la primera, plastificada, un Juan de treinta y dos años con bigote y corbata ancha—. Yo le decía para qué guardai eso, viejo, y él decía que una estación no se entiende sin saber quién la ha cuidado.
Valentina miró la caja: treinta años de un hombre, ordenados por fecha, con la letra de Juan en el borde de cada una. No tocó ninguna.
La casa se fue llenando. Llegó gente de estaciones que Valentina solo conocía como nodos: jefes, guardias, boleteras antiguas, un maquinista jubilado que había manejado el primer tren en que Juan trabajó.
El vecino de al lado cruzó el pasaje con cuatro sillas apiladas y las dejó contra el muro sin saludar a nadie.
En la cocina había dos mujeres lavando tazas sin parar, para que las tazas alcanzaran. Alguien salió a comprar más pan.
Valentina juntó cuatro tazas usadas de la mesa y alcanzó a dar dos pasos hacia la cocina.
—Deja, deja. —Silvia se las sacó de las manos—. Tú no.
Cerca de la ventana, dos hombres de la Línea 2 hacían la cuenta en voz baja: a Juan le quedaban tres años para jubilar, y a la Silvia le iba a quedar la pensión de sobrevivencia no más, que era la mitad, y con eso la casa.
Uno de ellos se acercó a Mauro y le dijo algo al oído. Mauro escuchó mirando la puerta y contestó dos palabras.
Un rato después, una señora le decía a Silvia que el lunes iba a venir alguien a ver lo de la pensión. Silvia preguntó quién. La señora no supo decirle.
—Me quedó debiendo dos lucas del noventa y ocho —dijo un jefe viejo, con el vaso en la mano—. Se las voy a cobrar allá arriba, con reajuste.
Los de al lado se rieron con la risa corta que se ríe en esas casas.
Marcela vino de uniforme, entre turnos. Se sentó al lado de Valentina un rato, sin decir nada, y antes de pararse le tocó la rodilla una vez.
—Hoy no mires el teléfono. Yo estoy pendiente de todo.
Valentina no lo miró. Lo llevaba en el bolsillo del abrigo, y no se sacó el abrigo en toda la mañana.
Rosa andaba por todas partes sin estar en ninguna: enderezó las sillas del comedor, rescató una bandeja que se iba a caer, cerró la ventana del pasillo cuando empezó a correr viento, y no dijo, en toda la mañana, una sola palabra sobre Juan.
Diego llegó con una camisa que le quedaba grande, saludó a Silvia, y a Valentina le esquivó los ojos con tanta aplicación que fue su manera de mirarla.
Un hombre de la gerencia la ubicó al lado de la mesa y le estiró la mano.
—Leí el informe —dijo—. Lo que hiciste ese día fue impecable. Se lo dije a Alfonso.
—Gracias.
—Poca gente aguanta esa presión.
Silvia pasaba con la bandeja y se detuvo a escuchar el final.
—Ay, qué bueno —dijo, y le apretó el brazo a Valentina—. Te voy a traer más café.
A Mauro lo vio de lejos, y lo estuvo viendo toda la mañana.
Estaba cerca de la familia, sin ocupar el lugar de la familia: un paso atrás de Silvia, atento a los vasos y a las puertas.
Y hacia él, durante horas, fue fluyendo una corriente que Valentina no tenía mapeada.
Dos dirigentes sindicales que ella conocía de los diarios lo abrazaron como se abraza a un compadre.
Un contratista de uniforme le habló al oído y Mauro le contestó con dos frases que el otro anotó.
Un gerente de la empresa —uno que a ella le contestaba los correos con una semana de atraso, cuando los contestaba— cruzó el comedor entero para estrecharle la mano y decirle algo en voz baja, y esperó, mientras lo decía, a que Mauro asintiera.
Valentina llevaba un año midiendo la red. Ninguna de sus bases de datos tenía esa información.
Algunos de los guardias del turno del martes la saludaron con la cabeza. Otros no la saludaron. Valentina anotó quiénes, sin querer anotarlo.
Cuando levantó la vista, Camila estaba en el suelo al lado de la silla de la hija de Juan, con la espalda contra la pared. Las dos miraban la alfombra. No se habían dicho nada.
Valentina las miró un rato. Después siguió contando guardias.
Camila se fue antes de la caravana. Valentina la dejó en el paradero y esperó a que se subiera. Camila no se dio vuelta.
Antes de salir de la casa, Valentina se dio cuenta de que todavía llevaba la radio de Juan sujeta al cinturón, debajo del abrigo. Se la sacó en el pasillo y la guardó en el bolso.
Cuando pasó frente a la silla para despedirse, la hija de Juan levantó la vista por primera vez en toda la mañana.
—¿Tú eres la de los computadores?
—Sí.
Volvió los ojos a la alfombra.
—A mi papá no le gustaba.
Al cementerio se fue en la caravana a media mañana.
La empresa había puesto un bus para los funcionarios; partió medio vacío, con los ejecutivos adelante y los asientos del medio sueltos.
Los autos de los trabajadores iban atrás, llenos: cuatro y cinco por auto, ventanas abajo, codos afuera.
Algunos habían escrito con una mezcla de agua y tiza molida, «Vuela alto Juan».
Valentina se sentó en el bus junto a la ventana.
El asiento de al lado quedó desocupado todo el viaje.
En la entrada del cementerio, mientras la caravana se estacionaba, vio a Rosa bajarse del auto de los dirigentes sindicales.
El que manejaba se estiró para abrirle la puerta y esperó, con la puerta abierta, a que ella terminara de contarle algo.
Después le preguntó una cosa. Rosa movió la cabeza y el hombre le hizo un gesto a los otros dos, que se bajaron y entraron detrás de ella.
No le llamó la atención. Rosa conocía a todo el mundo.
Habló un ejecutivo. Dijo «vocación de servicio» tres veces; a la tercera, un guardia se quedó mirando el pasto. Los trabajadores escucharon con las caras corteses y cerradas de la gente que asiste a la traducción de un hombre a un idioma que no era el suyo.
Después habló un jefe de estación viejo, sin papel, y dijo una sola cosa que quedó: que Juan llegaba antes que el primer tren porque decía que una estación no se abre, se despierta.
Diego tomó una de las manillas del cajón. Le quedaba grande la camisa y le quedaba pesada la manilla, y no soltó ninguna de las dos.
Todos se pusieron de pie. La hija de Juan siguió sentada en una silla plástica, y Silvia, de pie a su lado, le dejó la mano en el hombro.
El cajón empezó a bajar a las once cuarenta y tres. Las correas iban cediendo a tirones cortos y los dos hombres del cementerio se hablaban en voz muy baja para calzar el ritmo. Valentina tenía las manos en los bolsillos del abrigo. En uno estaba el teléfono. No lo sacó.
Cuando terminó, la empresa anunció ahí mismo, por el parlante que habían traído para los discursos, que ya había instalado en San Pablo una placa recordatoria.
Valentina fue a verla esa noche, cuando la estación ya estaba cerrada y no quedaba nadie que la viera leerla.
Estaba en el andén, al lado de la salida lateral sur, atornillada al muro con cuatro pernos nuevos: bronce a medio pulir, apurado por alguna imprenta institucional que trabajaba con urgencias.
Valentina sacó de la mochila una vela blanca, de las que venden en cualquier almacén. La prendió, la afirmó en el piso con su propia cera, junto al muro, debajo de la placa. Se quedó un momento en cuclillas, mirando la llama agarrar fuerza.
La vela quedó sola en el andén, moviéndose con el aire que venía del túnel.
La placa decía:
JUAN SALGADOJEFE DE ESTACIÓN1989-2019