UMBRAL El jefe
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El jefe

La radio de Juan seguía sobre el escritorio de Valentina.

Se la había pasado en octubre, el día de la escalera —«quédatela hasta que termine el turno»—, y el turno no había terminado nunca. Ella la recargaba todas las noches, aunque ya casi no la usaba: ahora las cosas le llegaban por otras vías.

En mayo la invitaron al comité de operaciones.

La sala del piso doce tenía una mesa larga, agua en botellas de vidrio y la clase de silencio que arriba llamaban puntualidad.

Alfonso presidía. Carlos, Rodrigo, los gerentes de línea y tres jefes de estación representando a las jefaturas.

Juan estaba entre ellos, con la corbata de las reuniones de arriba.

Valentina fue directo a la propuesta.

Su prueba era abril: nueve minutos contra cuarenta. Proyectó una frase de la frecuencia común.

«Tengo dos instrucciones. ¿Cuál ejecuto?»

—Esa pregunta se hizo con novecientas personas dentro de un tren a oscuras —dijo—. Duró tres segundos. Lo que propongo es que no vuelva a existir.

Los gerentes asintieron. Alfonso anotó. Rodrigo ya parecía estar calculando la infraestructura.

Cuando ofrecieron la palabra, Juan habló desde su silla.

—El nueve de abril, Rivas ordenó contener todos los accesos de la línea.

La orden estaba bien. Yo habría dado la misma.

Pero si la ejecuto como venía, dejo a doscientas personas de la textil apiladas contra una reja, porque a las seis quince termina ese turno y todos entran juntos por el poniente. Ese dato no estaba en la base.

—¿Qué hizo? —preguntó un gerente.

—Abrí el poniente hacia el entrepiso y los fui soltando. No fue inteligencia. Fue conocer mi estación.

Cada jefe de esa mesa tenía su propia textil: el dato que sabía y que todavía no existía para el sistema.

Juan apoyó un dedo en la carpeta cerrada.

—No estoy en contra de Valentina. La he visto trabajar desde el primer día y trabaja mejor que todos nosotros. Estoy en contra de que la instrucción venga mala y nadie abajo pueda pararla. Porque el error no lo aguanta el que lo firmó. Lo aguanta el que está en el andén.

—¿Valentina? —dijo Alfonso.

—Ese dato ya está cargado —dijo Valentina—. Los turnos de la textil están en el sistema desde abril.

—¿Y el próximo que no esté? —preguntó la jefa de Baquedano.

—Mientras el modelo aprende, lo corrige el que está en el andén.

Lo escuchó salir de su propia boca.

La jefa asintió. Alfonso cerró la libreta.

—El protocolo centralizado queda en estudio. Se mantiene el veto de las jefaturas.

No hubo más discusión. Pasaron al presupuesto de aseo de los baños de la Línea 2.

En el pasillo, Carlos la alcanzó junto a los ascensores.

—Consigue el apoyo de las jefaturas y lo repongo en tabla.

—Las jefaturas son Juan.

—Por eso.

Valentina volvió a San Pablo al final de la tarde. Juan revisaba el libro de novedades, línea por línea.

No alcanzó a llegar a la oficina. Desde el entrepiso, Rosa llamó a Juan por la radio: el ascensor accesible se había detenido entre pisos y en la base de la escalera había una mujer con un coche, un hombre con andador y una fila creciendo detrás de ellos.

En la pantalla de Valentina, San Pablo seguía verde. La densidad era normal. El ascensor figuraba fuera de servicio, que era cierto, y el flujo todavía no superaba ningún límite.

Juan cerró el libro y bajó. No pidió una medida a Operaciones.

Le hizo una seña a Mauro, que apareció con el llavero antes de que terminara de llegar.

Abrieron la puerta de contratistas, cruzaron a la mujer y al hombre por el pasillo de servicio y los devolvieron al sector accesible más allá de la escalera.

Rosa sostuvo el coche; Juan caminó junto al andador, a la velocidad del hombre.

La fila se desarmó apenas desaparecieron los dos obstáculos. En la pantalla, la carga bajó tres puntos y volvió al mismo verde de antes.

—Puedo cargar el estado del ascensor —dijo Valentina cuando regresaron.

Juan dejó el llavero sobre el mesón para que Mauro lo guardara.

—Claro.

—Y la ruta alternativa.

—También.

—Entonces el sistema puede resolverlo.

Juan miró hacia el pasillo por donde se habían ido la mujer y el hombre.

—Puede saber que el ascensor está malo. Puede saber que existe esa puerta. Lo que no sabe es quién quedó abajo ni cuánto se demora en caminar. Para eso alguien tiene que estar mirando.

Volvió al libro de novedades y buscó la línea donde había quedado.

—Estuviste bien —dijo.

—Perdí.

—Se puede estar bien y perder. Es lo más común que hay.

Cerró el libro.

—Sigo orgulloso de ti. Eso no cambia. Pero ya no bajái al andén.

—Estoy mirando toda la red.

—Ese es el problema.

No lo dijo con rabia. Lo dijo como una dirección, por si ella quería ir.

El correo de Alfonso llegó a las nueve y media.

SE MANTIENE LA AUTONOMÍA DE LAS JEFATURAS DE ESTACIÓN EN CONTINGENCIAS.

En estudio: donde las cosas iban a no morirse del todo.

Antes de cerrar el registro vio una contención emitida el domingo a las siete, con sus parámetros y bien dimensionada. La dio por suya. Últimamente trabajaba tanto que ya no recordaba la mitad de lo que hacía.

Abrió el archivo del problema.

VARIABLE A OPTIMIZAR: TIEMPO DE DECISIÓN EN CONTINGENCIAS.

OBJETIVO: MINIMIZAR.

RESTRICCIONES:

Escribió:

VETO DE JEFATURAS.

El cursor quedó parpadeando debajo, esperando la línea siguiente.