La pieza
Teresa planchaba en la cocina, con la tabla apoyada entre la mesa y una silla, porque en esa casa nunca había tenido un lugar propio.
Eran pasadas las nueve. En las noticias había una marcha sin volumen.
—¿Comiste, Vale?
—En la estación.
—Eso no es comer.
Valentina se quedó de pie junto a la mesa.
—Encontré un departamento. O sea, es una pieza.
Teresa terminó una manga antes de preguntar.
—¿Dónde?
—En Quinta Normal. A seis cuadras del Metro.
Teresa esperó.
—Cerca del taller de la Cami.
Teresa dejó la plancha parada.
—¿Con baño?
—Compartido.
—¿Y cuánto?
Valentina le dijo. Teresa hizo la cuenta con la cara.
—¿Desde cuándo?
—El primero.
—Faltan doce días. Vas a necesitar sábanas. Y una olla. Las ollas nadie te las presta.
Camila estaba en la pieza, sentada en el suelo, ordenando figuras de greda sobre una caja. Compartían ese dormitorio desde que ella había nacido. La mitad de Valentina era la de la ventana; la de Camila, la del clóset. La línea entre ambas la había marcado una alfombra que ya no existía.
—Me voy a ir a vivir sola —dijo Valentina.
—¿Cuándo?
—El primero.
Camila puso una figura al lado de otra.
—¿Te vai a llevar el velador?
—No sé. ¿Lo querís tú?
—No. Pregunto para saber dónde va a quedar el espacio.
Valentina se sentó en el borde de la cama.
—¿Te molesta?
—Va a quedar más grande.
Camila terminó de ordenar. Después, sin mirarla:
—Los martes igual tengo taller.
—Ya sé.
—Y tú vai a los de fin de trimestre.
—Voy a ir a todos.
—Ya. Eso quería saber.
Camila corrió la caja de las figuras dos centímetros hacia el lado de la ventana y se quedó mirándola, calculando.
Valentina se paró de la cama antes de que terminara.
El último sábado del mes hizo las maletas, dos cajas de cuadernos y el velador.
En el cajón estaba la tarjeta bip! que Camila le había devuelto, roja, gastada en una esquina, con lo que quedaba de esa semana todavía adentro. Debajo, el papel con las cuatro estaciones en orden que ella había impreso, todavía doblado en cuatro, sin una sola marca.
Valentina los tuvo un rato en la mano.
Los echó al bolso.
Teresa apareció con una bolsa del supermercado.
Adentro había una olla, una sartén, un colador, un paño y fósforos.
—Mamá, voy a tener mis propias cosas.
—Ya sé. Pero el primer día no vai a andar buscando dónde comprar un colador.
El domingo Valentina la encontró en el sillón, en bata, con el diario abierto en las páginas del medio.
Se quedó en la puerta de la cocina.
Eran las once.
—¿No tenís turno?
—Ahora hago un puro domingo al mes.
—¿Desde cuándo?
—De marzo.
Teresa dio vuelta la página.
Almorzaron las tres. Camila explicó por qué una pieza de greda se había rajado y por qué la culpa era del horno. Teresa reclamó por el precio del pollo.
—¿Y los domingos? —dijo Camila.
—¿Qué cosa?
—Si vai a venir los domingos.
Teresa no levantó la vista del plato.
—Voy a venir los domingos —dijo Valentina.
—Ya.
Camila siguió comiendo.
Nadie habló de la mudanza.
Se fue el martes en la camioneta de un compañero del taller de Camila. Antes de bajar la última caja, se quedó en el pasillo mirando la mancha de humedad que su papá había prometido arreglar y el enchufe que ella había aprendido a no tocar con las manos mojadas.
Teresa la acompañó hasta la reja y le acomodó el cuello de la chaqueta aunque no hacía frío.
—Llámame cuando llegues.
—Ya.
—Y come.
Valentina abrió la puerta de la camioneta.
—Falta una caja —dijo Teresa.
Volvió a subir.
Camila ya había movido su cama contra la pared de la ventana. Del rectángulo claro que había dejado la cama de Valentina solo quedaba una franja.
El espacio no había esperado a que ella se fuera.