UMBRAL Anotado en mí
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Anotado en mí

A las cinco cuarenta de la mañana la estación estaba encendida por partes: primero el entrepiso, después los accesos, después la ventilación, que arrancó detrás de los muros como un animal grande cambiando de postura.

Juan subía la cortina de la boletería con una manivela. Las últimas vueltas le costaron.

—Una estación no se abre —dijo—. Se despierta.

Colgó la manivela de un clavo y le pasó un block cuadriculado.

—Antes del cambio de turno quiero saber cuántas fuentes usa esta estación para operar. Todas. Y cuál manda cuando dos se contradicen.

—¿Cuál manda?

—Eso quiero que me digas tú.

Se guardó las llaves.

—Y no me traigái doce. Doce las sé yo.

Valentina había salido de la casa a las cuatro y media. El sobre del banco seguía al lado del azucarero, donde ella lo había dejado.

Mauro la esperaba abajo con el llavero en la mano.

La ciudad de abajo empezaba detrás de una puerta gris que Valentina había pasado veinte veces sin verla.

Del otro lado el aire olía a aceite y a fierro viejo.

Había pasillos paralelos a los de los pasajeros, espacios que no aparecían en los planos que le habían entregado y puertas que se abrían con llave, con el hombro o de memoria.

—Una cosa —dijo Mauro—. En ese papel no pongái mi nombre.

—Es un catastro, no una denuncia.

—Igual.

Antes de las siete llevaba doce: validaciones, cámaras, radio, libro de novedades, sensores, partes de seguridad, dos planillas y dos planos que no coincidían.

A Héctor lo encontraron en el andén cerrado de la Línea 5, sentado en un cajón con un termo entre los pies. Ahí abajo la luz venía cada dos tubos. En la pared, un tablero repetía el conteo del andén de al lado: DIECISIETE.

—¿Hay gente allá? —preguntó Valentina.

—No.

—El sensor dice diecisiete.

—Cuando amanece húmedo se le empaña el ojo. Cuenta fantasmas.

El número bajó a catorce, subió a diecinueve y volvió a nueve.

—¿Y cómo sabe que está equivocado?

Héctor miró la boca del túnel.

—Todavía no ha parado ningún tren. Cuando pare, la escalera me dice cuánta gente baja. Suena distinto con peso. Si el número calza con el tren, es gente. Si no, es humedad.

—¿Eso está anotado en alguna parte?

—Está anotado en mí.

El primer tren descargó unos minutos después. Héctor ladeó la cabeza sin levantarse.

—Ciento cuarenta, más menos.

El sensor, ya seco, se quedó en ciento cincuenta y dos. La cámara dio ciento cincuenta.

—Cuando está seco sirve —dijo Héctor—. El asunto es saber cuándo creerle.

Valentina abrió el block y escribió. Héctor estiró el cuello.

—¿Qué pusiste?

Ella se lo leyó: SENSOR ANDÉN 5. CON HUMEDAD, NO CONFIABLE. CORRIGE: HÉCTOR.

—Sácame de ahí.

—Es para el catastro no más.

—Sácame igual.

Se sirvió del termo y no tomó.

—El año pasado vino uno con un tablet a preguntarme por las escaleras.

Le conté por qué la del acceso norte hay que partirla en vacío y por qué la otra suena raro tres días antes de cortarse.

Quedó escrito, bonito, con dibujitos. —Sopló la taza—.

En marzo entró una empresa a hacer la mantención y a mí me mandaron para acá hasta que se les acabe el contrato.

Miró el andén: la barrera, los tubos apagados, el borde sin nadie.

—Acá no para ningún tren.

—Yo no decido eso.

—Nadie decide, mijita. Igual pasa.

El tablero marcaba once. Ninguno de los dos lo miró.

—¿Y si un día usted no viene y el sensor dice cuarenta con neblina?

—Le van a creer al sensor.

—Por eso lo quiero anotar.

—Y por eso yo no quiero.

Héctor tomó un sorbo por fin.

—Anota el sensor no más.

Valentina miró el nombre que ya había escrito. No lo borró. Cerró el block.

Cerca del mediodía, en el comedor, Rosa tenía el teléfono apoyado contra un vaso y los audífonos puestos. El café de máquina seguía entero al lado.

—Vale. ¿Tú tenís Netflix?

—La Cami.

—¿Cómo la Cami?

—Usa la cuenta de la mamá de una amiga.

—Ah, qué buena. —Le pareció suficiente—. Tenís que ver Luis Miguel.

En la pantalla un tipo rubio cantaba frente a gente que se sabía la canción entera.

—No me gusta mucho Luis Miguel.

Rosa se sacó un audífono.

—¿Y qué sabís tú de Luis Miguel?

—Nada.

—Entonces cómo no te va a gustar.

Valentina abrió la servilleta con el pan. Rosa le empujó media sopaipilla por la mesa, sin mirarla, como quien corre un vaso.

—Desde el primer capítulo. Y no busquís nada en internet.

—¿Por qué?

—Pa que no te sepái el final, po, niña.

Se puso el audífono de vuelta.

—La gracia es no saberlo todo.

En la tarde apareció el resto. Un manual mandaba abrir la reja del pasillo por el lado izquierdo; desde una reparación de 2016 ese lado la trababa, y el guardia la abría por el otro.

En la sala de guardias había una pizarra con las ferias, las fechas de los partidos de fútbol y una procesión, escrita con plumón y borrada los lunes.

Una planilla de conteos vivía en un pendrive que su dueño se llevaba a la casa todos los días.

Al cambio de turno tenía veintiocho. Valentina se sentó en el escritorio angosto. Dio vuelta la hoja y escribió la que faltaba.

PERSONAL CON MEMORIA DE LA ESTACIÓN.

RESPALDO: NINGUNO.

Juan estaba con la chaqueta puesta y el maletín al hombro.

—¿Cómo te fue?

—Veintinueve.

—¿Y cuál manda?

Valentina le pasó el block. En la última página había una jerarquía empezada y tachada tres veces.

—Depende de lo que esté pasando.

Juan leyó de pie, con el maletín todavía colgando. Se detuvo en la veintinueve.

—Esta no tiene formato ni responsable.

—Es gente.

—¿Cuál gente?

Afuera pasó un tren y los vidrios de la oficina sonaron dos segundos.

—Héctor —dijo Valentina—. El del andén cerrado de la cinco. Sabe cuándo el sensor cuenta mal.

Juan no lo escribió en el block. Lo escribió en una hoja suya, con el apellido.

—¿No puede poner «personal» no más?

Juan levantó la vista.

—Arriba no anotan fuentes. Anotan responsables.

Dejó el block abierto sobre el escritorio, le sacó una foto con el teléfono y se puso a apretar la pantalla con el pulgar.

—¿Y eso?

—Lo están pidiendo de arriba desde marzo.

—¿Quién?

Juan siguió apretando la pantalla.

—¿Se puede sacar después?

Juan esperó a que el teléfono terminara.

—Ya está mandado.

Se colgó el maletín del otro hombro.

—Esto lo voy a poner en tu informe de práctica, Rivas.

Salió. Valentina se quedó con el block. En la página de la veintinueve la tinta se había pasado al otro lado.