Los perros
A las ocho y cuarto de la noche, Valentina entró a la casa de Pudahuel con el mismo cuidado de siempre, como si llegar hiciera ruido.
La casa tenía su orden de todas las noches: Camila viendo tele en el living —que también hacía de sala de estar y tenía la mesa de comedor—, el hervidor a medio calentar sobre la cocina, un plato tapado con otro plato.
Dejó la mochila en la silla. Adentro, en el bolsillo con cierre, quedaba lo que no se había gastado del día.
Metro no pagaba la práctica. Daba una asignación para el almuerzo y una tarjeta bip!
con algo de carga para movilización. Valentina había aprendido a almorzar barato —un pan con algo, agua de la llave— para que al final del día sobraran un par de monedas.
No era mucho, pero era la diferencia entre pedir y no pedir.
No pensaba decir que la práctica no tenía sueldo. Su mamá igual iba a poner cara de orgullo, y de preocupación, las dos cosas juntas, y Valentina prefería ahorrarle la segunda.
Teresa entraba a las seis de la mañana a hacer aseo en un liceo de Estación Central, y desde que Valentina tenía memoria, su mamá se acostaba a una hora en que el resto del mundo todavía estaba despierto.
En la mesa había dejado su plato servido y tapado, como cada noche, sin ninguna nota.
Valentina lo destapó —arroz con un huevo, la comida de los días en que había que estirar— y lo volvió a tapar para después.
Se sabía las manos de su mamá mejor que su cara: los dedos gruesos, las uñas cortas, la piel gastada de cloro y de agua fría, las manos que habían sostenido la casa cuando lo demás se vino abajo.
Teresa nunca decía todo lo que le costaba.
Servía el plato y lo tapaba con otro, y eso era todo lo que se permitía decir.
—Llegaste tarde —dijo Camila desde el sillón, sin darse vuelta.
—¿Y tú cómo sabís?
—Porque ya terminó el capítulo y va en el resumen del otro.
Camila siempre adivinaba la hora, casi mejor que un reloj.
Tenía veinte años. Esa noche estaba ordenando unos stickers por color en una carpeta, despacio, con una concentración que no admitía ayuda ni conversación de más.
Era algo suyo. Valentina había aprendido hacía mucho a no meterse: Camila no necesitaba que la ordenaran, necesitaba que la dejaran ordenar.
—¿Querís un té?
—No. Estoy en el amarillo.
—Ya.
—La señora del frente colgó la ropa en otro orden hoy —dijo Camila, sin levantar la vista—. Empezó por los calcetines. Siempre empieza por las toallas.
Valentina no supo qué contestar. Le pasaba seguido con Camila: soltaba un dato exacto, raro y verdadero, y se quedaba esperando —no una respuesta, sino que alguien le confirmara que el mundo tenía un orden y que ella lo había visto bien.
—A lo mejor andaba apurada —dijo Valentina.
—A lo mejor —contestó Camila, sin convencerse, y volvió al amarillo.
Valentina se sirvió su té y se sentó en la punta de la mesa, mirándola de reojo. Le gustaba verla así, absorta, a salvo. Camila era autista. El diagnóstico había llegado tarde, cuando ya llevaban años arreglándoselas sin ponerle nombre a lo que le pasaba.
Teresa apareció en la puerta de la cocina con el pelo tomado y cara de no haber dormido.
Eso fue lo primero raro.
Lo segundo estaba sobre la mesa, al lado del azucarero: un sobre abierto, con el logo de un banco, y la hoja doblada en tres.
—¿Y tú por qué estái despierta?
—Estaba esperando que llegaras.
Teresa se sentó. Puso la mano encima del papel y no la sacó.
La casa era lo único que había quedado del abuelo. Teresa había pedido el crédito para comprarles la parte a sus hermanos y quedarse con ella entera, y Valentina no sabía cuánto faltaba por pagar porque nunca había preguntado.
—Son cuatro cuotas —dijo Teresa—. Yo pensé que las iba a poder juntar. —Se secó las manos en el delantal—. En esta pura cuadra hay dos casas con la misma carta.
Valentina alcanzó a leer una línea del medio, de las que están escritas para entenderse una sola vez: si no se regularizaba el monto vencido dentro del plazo indicado, la institución podría ejercer las acciones judiciales correspondientes para hacer efectiva la garantía hipotecaria.
Podían perder la casa.
—¿Y con la pega nueva te pagan este mes? Aunque sea para poner una parte.
Valentina se demoró un segundo de más.
—No es pega todavía. Es práctica.
—Ya, pero algo te darán.
—No me pagan.
Teresa se quedó con la mano encima del sobre.
—Ah.
Lo dobló siguiendo los pliegues que ya tenía.
—No importa, mijita. Preguntaba nomás. Yo veo cómo lo hago.
Llevó la taza al lavaplatos, la enjuagó y la dejó boca abajo. Antes de salir de la cocina le pasó la mano por la cabeza a Valentina, una vez, como cuando tenía diez años.
Valentina se quedó en la mesa con el sobre cerrado adelante. Lo abrió, buscó el monto vencido y la fecha del plazo, y anotó los dos números en la última página del cuaderno. Más abajo, en letra chica, estaba el saldo que faltaba del crédito. Era más de lo que nunca había tenido. Anotó ese también.
Sacó el teléfono y buscó la nota que había escrito en su primer día en la estación.
Dos horas, dos números. El registro de Seguridad marcaba las 18:17:06.
La gente había dejado de avanzar a las 18:16:23.
Cuarenta y tres segundos entre lo uno y lo otro.
Entre que el problema empezaba y que alguien lo decía en voz alta.
Afuera empezaron los perros.
Primero el del pasaje de al lado, que ladraba por cualquier cosa.
Después el de los Muñoz, más grave, más lento.
Después dos que no ubicaba, y al final toda la cuadra, en una cadena que subía, bajaba y volvía a subir, como una ola que no terminaba de romper.
Valentina dejó el té a un lado. No era el ruido lo que la detenía. Era el orden.
Porque de chica había aprendido a leer ese orden.
Cuando su papá tomaba, volvía borracho caminando desde el paradero, y los perros lo anunciaban antes de que doblara la esquina.
Ella no necesitaba verlo ni oírlo. Le bastaba la secuencia y la intensidad: primero el del pasaje, después los del fondo, y por último un silencio corto, raro, justo antes de que sonara la reja.
Ese silencio era el peor, porque quería decir que ya estaba cerca.
En ese silencio, Valentina hacía todo. Bajaba el volumen de la tele para no darle motivos.
Llevaba a Camila a la pieza que compartían y le ponía los audífonos, o le inventaba un juego para que se quedara ahí, callada, sin entender muy bien por qué.
Le dejaba a su mamá una mirada —una sola, sin palabras— como para darle ánimo.
Tenía diez años y ya sabía repartir un minuto entre tres personas.
Se acordaba de una noche, aunque en el recuerdo todas las noches se parecían.
Los perros empezaron temprano y ella entendió la secuencia antes de terminar de oírla: tenía, calculó sin calcular, medio minuto.
Lo usó entero. Apagó la tele, que estaba fuerte —el ruido le molesta—.
Sacó de la mesa la cuenta de la luz, que llevaba tres días ahí y que esa noche él no tenía que ver.
Metió a Camila en la pieza, le puso los audífonos, le dejó una lámina para pintar.
Enderezó los zapatos del pasillo, porque una vez había sido por los zapatos.
Cuando sonó la reja, la casa estaba lisa: nada fuera de lugar.
Su papá entró, paseó los ojos por la pieza buscando de qué agarrarse, no encontró, y el aire que había traído cargado se fue desinflando solo. Se sentó. Comió. Se durmió.
Nadie supo nunca que esa noche no pasó nada porque ella se había encargado de que no pasara.
Otras noches no venía borracho, o no venía, y ella igual apagaba la tele y enderezaba los zapatos. El cuerpo no distinguía. Se preparaba siempre.
Con el tiempo su papá empezó a llegar menos, y un día dejó de llegar.
No hubo pelea grande, ni portazo, ni maleta en la puerta.
Se fue de a poco, como queriendo que no se notara: primero faltó él, después fue faltando la plata.
Un mes desapareció la caja de herramientas que tenía en el patio; Valentina nunca preguntó si la había vendido o si se la había llevado, y nadie se lo dijo.
Teresa empezó a comprar menos y en cantidades más chicas: pasaron del supermercado al negocio de la esquina, del pago en efectivo al fiado amable de la señora Eliana, que anotaba el monto en una libreta debajo del mesón.
El hervidor se había enfriado. Afuera, los perros de la cuadra ya se estaban callando, uno por uno, en el orden inverso al que habían empezado: primero se calló el del fondo, al final el del pasaje. Nadie venía. Hacía años que nadie venía, y aun así Valentina había esperado el silencio.
Volvió a la nota del teléfono. Debajo de los dos números escribió una línea más: tiempo entre la primera señal y el aviso. Y debajo, otra: tiempo disponible para hacer algo. Esa quedó sin número, con el cursor parpadeando al final, esperando una cifra que ella todavía no sabía calcular.
De niña, ese tiempo solo le había alcanzado para esconderse. Para apretar una mano en la oscuridad y aguantar.
Metió la hoja en el sobre y lo dejó al lado del azucarero, donde lo había encontrado. Después destapó el plato y se comió el arroz frío.