UMBRAL La niña
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La niña

Valentina Rivas llevaba siete minutos frente a la estación San Pablo y ya había contado cuatro maneras de entrar. Ninguna era la suya.

Los pasajeros apoyaban la tarjeta y cruzaban sin bajar la velocidad.

Los trabajadores pasaban una credencial por un lector gris y la puerta lateral se abría antes de que llegaran a ella.

Un hombre con una caja de fruta la golpeó dos veces con el pie y le abrieron desde adentro.

Una señora con carro de feria entró por el costado ancho, donde el guardia estaba mirando para otro lado.

Ningún letrero decía dónde tenía que presentarse una practicante.

Eran treinta practicantes y al final quedaba uno. La práctica no pagaba.

En el bolsillo del pecho, donde debía estar la tarjeta, había un pan con queso envuelto en una servilleta. Su mamá entraba al liceo a las seis. Lo había dejado ahí antes de salir.

Junto al acceso lateral había una mujer de unos cincuenta años, el pelo oscuro tomado y la radio prendida al hombro. Valentina caminó hacia ella.

Antes de que llegara, la mujer levantó el brazo y lo dejó cruzado en la boca del acceso.

—Un momentito, por favor.

La fila se apretó contra su brazo. Un hombre reclamó por lo bajo.

Valentina miró hacia adentro. Los torniquetes giraban, el pasillo estaba despejado, no venía nadie.

Después miró hacia arriba. En el paradero se detuvieron dos buses del Transantiago, de los dobles, uno detrás del otro, y por la escalera empezó a bajar la gente de la feria con las bolsas.

La mujer bajó el brazo.

—Ya. Circulen.

Los que salían pasaron primero. Los que entraban, después. No se tocaron.

Valentina miró el teléfono. Ocho cincuenta y seis.

—¿Cómo supo? —dijo Valentina.

—¿Qué cosa?

—Que venían los buses.

—Porque a esta hora llegan de a dos.

—Yo llevo siete minutos acá y no había llegado ninguno.

La mujer la miró de otra manera, un segundo, y volvió a la fila.

—¿Y eso queda anotado en alguna parte? —dijo Valentina.

—¿Anotado qué?

—Lo que usted acaba de hacer.

—Anotado queda si alguien se cae, mijita. —Se corrió para dejar pasar un carro—. Lo que no pasa no lo anota nadie.

—Ando buscando a don Juan Salgado.

La mujer la miró de arriba abajo. Valentina no tenía credencial, ni uniforme, ni una carpeta que probara que pertenecía ahí.

—¿De parte de quién?

—Valentina Rivas. Hoy empiezo la práctica.

La mujer tomó la radio.

—Atento, Jefatura Uno. Acceso San Pablo.

La respuesta llegó entre dos golpes de estática.

—Adelante.

—Tengo acá a Valentina Rivas. Busca a don Juan.

—¿De dónde viene?

La mujer la miró otra vez.

—La niña viene por algo de los datos.

—Ah, ya. Que espere. Don Juan está abajo.

La mujer se colgó la radio del hombro.

—Media hora, mijita. Póngase ahí, contra la muralla, que ahí no la pasan a llevar.

Valentina se puso contra la muralla y miró.

A las nueve cuatro volvió a pasar. Dos buses arriba, la gente bajando por la escalera, y al mismo tiempo un tren de la Línea 5 vaciándose abajo.

Las dos corrientes se encontraron en la mitad del pasillo y se quedaron quietas, hombro contra hombro, durante casi un minuto.

Un tipo levantó una bolsa por encima de las cabezas para que no se la aplastaran.

La mujer de la radio no estaba ahí. Estaba en el otro extremo, abriendo una fila.

A las nueve doce pasó de nuevo.

Valentina sacó el cuaderno que había comprado el jueves y anotó las tres horas, una debajo de la otra. Al lado de cada una anotó los buses y el tren de la Línea 5 que los había precedido. Entre una y otra había ocho minutos.

A las nueve dieciocho fue hasta donde estaba la mujer.

—Se va a tapar el pasillo a las nueve veinte.

La mujer no dejó de mirar la fila.

—¿Y usted cómo sabe?

—Usted lo paró a las ocho cincuenta y seis. A las nueve cuatro no estaba acá y se tapó. A las nueve doce tampoco. Vienen los buses y baja un tren de la línea cinco casi al mismo tiempo.

A las nueve veinte se tapó.

Duró un minuto y medio. La mujer se metió al medio con los dos brazos abiertos, hablando fuerte, y a los dos minutos el pasillo caminaba otra vez. Volvió con el pelo pegado a la frente.

—Si usted cierra la entrada de la calle veinte segundos, no se topan —dijo Valentina—. Suben los de abajo y después baja gente de la calle.

—¿Y la gente que queda parada arriba?

—Veinte segundos.

—Veinte segundos con dos buses y la feria al lado. —La mujer se secó la frente con el antebrazo—. Se me juntan en la vereda, al lado de la pista. Ahí sí me llaman por radio.

Valentina no había pensado en la vereda. Desde donde estaba parada no se veía.

—¿Y entonces qué se hace?

—Se abre el torniquete del extremo y se manda a la gente por ahí. —La mujer se acomodó la radio en el hombro—. Pero eso también hay que pedirlo.

—¿A quién?

—Al jefe de estación.

—¿Y usted se lo pidió?

—Yo lo hago y después lo cuento.

Se metió otra vez entre la gente.

Valentina anotó eso también.

A las nueve treinta y dos la mujer le abrió la puerta lateral.

—Sigue los letreros de combinación a Línea 1. Antes de bajar al andén hay un pasillo de servicio. Ahí preguntas.

—Gracias.

—No sigas a la gente que va saliendo, porque terminas en Neptuno. Y no entres a ninguna puerta que diga restringido.

—¿Aunque esté abierta?

La mujer la miró.

—Sobre todo si está abierta.

Adentro, el ruido de la calle se cambió por trenes y radios. Había olor a frenos, a polvo y a un limpiapisos de limón. Los focos del pasillo se prendían de a tramos, con retraso entre uno y otro. Al fondo, una escalera mecánica arrancó sola y siguió andando sin nadie encima.

Un altavoz sonó dos veces.

«Señores pasajeros, por su seguridad, permanezcan detrás de la línea amarilla».

Desde donde estaba no se veía ninguna línea amarilla.

La oficina estaba detrás de una escalera. En la puerta había papeles pegados encima de otros papeles: PLAN DE EVACUACIÓN, TURNOS SEPTIEMbrE 2018, REGISTRO DE INCIDENTES, PROHIBIDO INGRESAR CON ALIMENTOS. Golpeó dos veces. Nadie contestó. Golpeó de nuevo.

—Está abierto.

Juan Salgado estaba frente a tres pantallas, con el teléfono entre la oreja y el hombro, escribiendo con dos dedos. Camisa celeste, corbata oscura, y en el respaldo de la silla una chaqueta institucional azul sin mangas. Levantó una mano para que esperara.

—No, si ya lo informamos. Sí. A las ocho cero tres. Está en el correo… Porque si lo mando de nuevo van a quedar dos versiones… Ya. Ya, lo mando de nuevo.

Colgó y miró la hora antes de mirarla a ella.

—¿Tú eres la practicante?

—Valentina Rivas.

—Toma asiento.

La única silla tenía tres archivadores encima. Valentina los levantó.

—En el suelo no más.

Los dejó contra la pared. Sacó el convenio de la mochila, dentro de una funda plástica. Juan revisó la primera página y después la última.

—Cuatro meses. No es pagado, eso ya lo sabes. Al final queda uno.

—¿Quién decide?

Juan levantó la vista.

—Yo escribo un informe. Después no depende de mí.

Dio vuelta la hoja.

—Vas a hacer un catastro. Todo lo que esta estación registra. Cuatro columnas: fuente, periodo, formato y responsable.

—¿Y para qué lo van a usar?

—Primero necesitamos saber qué tenemos.

Valentina se quedó con el convenio en la mano.

—Recién, en el acceso, la guardia cerró el paso antes de que llegaran dos buses de los grandes. Como medio minuto. Después la gente entró sin toparse con la que salía.

Juan la miró.

—¿Quién lo informó?

—Nadie. No pasó nada.

—Entonces no pasó.

Volvió a la pantalla del medio, donde una lista se refrescaba sola.

La llevó hasta un espacio separado por un tabique. Un escritorio angosto, una silla con un corte largo en el respaldo y un computador gris que ya era viejo cuando Valentina estaba en el colegio. Sobre la pantalla, pegado con cinta, un papel amarillo.

NO APAGAR.

Subrayado dos veces.

—No lo apagues.

—¿Por qué?

—Porque después no prende.

Apretó una tecla. El monitor demoró en darse por enterado.

Desde la oficina llegó una risa. Un hombre de pelo gris apareció en el tabique con una taza de plástico. Era bajo y ancho y llevaba un llavero colgando del cinturón.

—Mauro Rojas.

—Valentina.

—Sí. La niña de los datos.

—¿Cómo sabe?

—Radio.

Se agachó, sacó un pedazo de cartón de abajo del escritorio y lo calzó en el corte de la silla.

—El agua caliente está en la puerta de al lado. El hervidor es de todos. La taza es mía.

—Mauro sabe dónde está casi todo —dijo Juan.

—Casi —dijo Mauro—. Si supiera dónde está todo, me harían responsable de todo.

Juan señaló las carpetas del escritorio.

—Haz el catastro. Después vemos qué sirve. Y no borres nada.

—No iba a borrar nada.

—Todos dicen eso el primer día.

Salieron los dos. Valentina se sentó. La pantalla se aclaró por partes. Primero el fondo, después la barra de abajo, y al final una carpeta llamada PARTES DIARIOS.

Abrió el del día.

09:05 — CONTENCIÓN ACCESO NORTE — SIN NOVEDAD.

Valentina abrió el cuaderno en la página donde lo había anotado.

Nueve veinte.