UMBRAL Prólogo
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Por Felipe de Santiago

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Prólogo

El aviso entró a las once cuarenta y tres.

Entró como entraban todos.

El jefe de turno de la estación Lo Prado acusó recibo y se lo pasó a su guardia por la radio del acceso, sin cambiarle una palabra: cerrar el acceso norte cuatro minutos, dar vuelta la escalera mecánica y después soltar a la gente de a poco.

—¿Quién lo pide? —preguntó el guardia del acceso.

—Rivas.

El guardia se plantó en la boca del acceso con el brazo levantado.

—Un momento, por favor.

La fila se apretó contra su mano. Una señora preguntó si había pasado algo. Arriba descargaban dos buses juntos, y desde la feria entraba gente con bolsas.

A los cuatro minutos bajó el brazo. La gente entró sin toparse con la que salía. Abajo, en el andén, nadie se enteró de nada.

El jefe de turno cerró el parte a las doce: sin novedad.

A las once cuarenta y tres, la mujer cuya firma venía en esa orden estaba parada en el pasto de un cementerio, mirando bajar un ataúd. El teléfono lo llevaba en el bolsillo del abrigo. No lo sacó en toda la mañana.

Al día siguiente la llamaron de Lo Prado para agradecerle.

Valentina buscó la maniobra en el registro. Era casi exactamente la que habría ordenado ella.

Casi.

Ella habría esperado treinta segundos más antes de cerrar.