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Capítulo 1
—Aquí viene la Sultana.
El pensamiento del anciano escapa por su boca como un fogonazo.
Ha pronunciado las palabras en voz alta, aunque no haya nadie a su lado para escucharlas.
Desde el ventanal de su salón, Teodoro acompaña con la mirada a la mujer desde que la ha visto aparecer por la esquina de la calle.
Al fin algo de movimiento. Empezaba a cansarse de dar vueltas por la casa, con las manos a la espalda, evitando desayunar pronto para que luego la mañana no se haga tan larga.
—Guapa mujer.
Son muchas las que Teodoro ve desfilar cada día por la acera de enfrente, aunque esta es una de sus preferidas. Tez morena y una abundante cabellera de vivos rizos negros. Y siempre bien vestida, con falda y algo de tacón, pero no demasiado. La Sultana, una mujer de las de toda la vida.
Hoy parece más apurada de lo habitual. Lleva cogido de la mano al niño, que remolonea al caminar.
Tira del pequeño y a cada poco le tiene que insistir para que avance.
Teodoro ha descorrido las cortinas por completo y se sienta a la mesa colocada cerca del ventanal.
Desde su primer piso de altura, como si de un anfiteatro se tratara, asiste a la representación de cada mañana.
Mientras, juguetea con una galleta entre sus dedos sin decidirse a comérsela.
La madre ha pulsado el timbre de la guardería y espera a que abran la puerta.
Es de cristal traslúcido y decorada con dibujos de animales, flores, estrellitas…
Todo formas amables y de vivos colores, que se extienden por los muros laterales de la guardería.
Teodoro agradece esa explosión de alegría, destaca entre tanto local gris y sucio regentado por los moros.
Abre una de las chicas que allí trabaja.
A esta, como a sus compañeras, Teodoro también la reconoce.
Todas ellas llevan un mandil rosado a modo de uniforme.
Intercambia unas palabras con la madre y después se pone en cuclillas para hacer una carantoña al niño.
Al principio el pequeño no reacciona, hasta que, de pronto, arroja una vomitona blancuzca que se estampa en el delantal de la muchacha.
A Teodoro apenas le da tiempo a desviar la vista cuando una segunda arcada sacude al chiquillo, que acaba por vaciarse sobre la acera.
—Atiza con el mocoso —dice Teodoro, y deja la galleta en el plato.
El niño llora. La madre le limpia la boca al tiempo que trata de explicar algo a la otra.
Esta sonríe comprensiva, pero sin dejar de negar suavemente con la cabeza.
La muchacha acaba por abrir los brazos y encoger los hombros, como excusándose ante la madre por alguna razón.
Se ha quitado el mandil y ha hecho un gurruño con él.
«Lo siento», parece decir a la madre, y retrocede hasta la puerta, que al momento está cerrada de nuevo.
«Lo que son las cosas», piensa Teodoro. En cierta ocasión, en la mili, también él lo echó todo sobre las botas de un sargento. En la misma puerta del cuartel. A diferencia del crío, a él no solo le hicieron entrar de inmediato, sino que, una vez dentro, estuvo arrestado una semana. Qué tiempos.
Contempla a la Sultana, en mitad de la acera con el chaval.
Se agacha y pone su mano en la frente, luego en la mejilla.
A continuación se abre para dejar que el niño se resguarde entre sus brazos.
Están unos segundos así hasta que ella se incorpora para marcharse y entonces choca con un hombre.
Su bolso cae al suelo. Teodoro se fija en el tipo: barba cerrada y pelo aceitoso, el rostro cetrino, o medio sucio.
Uno de tantos que Teodoro lleva años viendo en el barrio y, sin embargo, la cara de este…
El tipo se agacha y coge el bolso. La espalda de Teodoro se arquea.
El moro le da el bolso. Ella se lo agradece y se va con su hijo por donde ha venido hace unos minutos.
El otro se queda inmóvil frente a la puerta de la guardería, la observa como si pudiera traspasar el cristal grisáceo.
Después vuelve la cabeza y mira hacia el edificio donde se encuentra Teodoro, rastrea las ventanas y por un instante los ojos de ambos se alinean.
El teléfono móvil del anciano suelta entonces un trino desde el otro extremo de la casa.
Un mensaje. A los pocos segundos otro igual y, al momento, otro más.
—Ya empezamos.
Maldice tener que ir hasta el dormitorio a buscarlo.
Más cuando sabe a la perfección de quiénes se trata y de lo que hablan.
No se equivoca. «Todos los viejos de la ciudad estamos ya despiertos», piensa al ver la cantidad de mensajes del grupo.
Por desgracia, su respuesta hoy sigue siendo un «No, imposible, ojalá pudiera ir…
». Solo le falta ingeniar una justificación creíble.
En mala hora a su hija Lourdes se le ocurrió liarle en aquello.
Más interés le produce saber si el tipo sigue ahí, pero cuando regresa al salón en la acera de enfrente solo está una de las chicas de la guardería.
Arroja un cubo con agua sobre los restos y pasa la fregona.
Teodoro consulta con desgana el viejo reloj de pared.
A punto de dar las nueve y cuarto. Todavía.
Mordisquea la galleta y, a su pesar, comienza a leer los mensajes recibidos.