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10 Zoe Mason

Zoe + Mason

«…ahora sé una buena chica y ponte de rodillas…»

La voz de mi narrador favorito resuena por los altavoces de mi coche, un escalofrío de placer recorre todo mi cuerpo.

He descubierto que es lo único que me mantiene despierta cuando tengo que conducir a las dos de la madrugada después de otro lanzamiento agotador, un buen audiolibro, de esos que te atrapan, te provocan… y no te dejan cerrar los ojos.

Llego a casa en el momento exacto en el que el capítulo más excitante de todo el libro acaba.

Siento un calor incontenible en lo más profundo de mí, estoy segura de que solo con un toque podría llegar a explotar.

Es curioso cómo, a pesar del cansancio acumulado de todas estas semanas preparando la gira de firmas del libro, mi cuerpo sigue reaccionando de esta manera ante ciertos estímulos auditivos.

Mis amigas dicen que tiene sentido: mi marido y yo nos comunicamos en lengua de signos y nunca he escuchado su voz.

Él sí ha escuchado la mía, lo suyo no es una cuestión auditiva, más bien su voz se apagó cuando era muy pequeño, el silencio se convirtió en su refugio.

Los profesionales lo llaman mutismo selectivo tras un trauma; sus amigos, «hacerse el interesante delante de las tías».

Yo no creo que sea este el motivo de mi obsesión con ciertas voces masculinas.

Sinceramente, me encanta comunicarme con él en el modo que lo hacemos.

Lo siento íntimo, casi sagrado; algo nuestro, a lo que no todo el mundo tiene acceso.

Y puede llegar a ser muy sensual. El movimiento de sus manos, acompañado de su profunda mirada de un azul infinito y esa sonrisa de anuncio… no lo cambiaría por nada del mundo.

Aparco el coche en el garaje y me dirijo hacia la puerta de entrada.

Al ver que todas las luces están apagadas siento una gran decepción.

Hay noches que Mason me espera despierto y tenía la esperanza de que esta fuera una de esas.

Siento la desgarradora necesidad de que alguien apague este fuego que tengo entre las piernas, ¿quién mejor que mi bombero particular?

Su especialidad es el rescate técnico; es tan bueno en su trabajo que han adaptado todo el equipo para poder comunicarse efectivamente con él.

Seguramente sus casi dos metros de altura y 110 kg de peso ayudan en la tarea, pero hay mucho más detrás de ello.

La pasión y dedicación que pone en su trabajo lo convierten en el mejor, y su equipo lo sabe.

Enciendo la linterna de mi teléfono y voy directa a mi habitación, estoy deseando meterme en la cama y dejar que sus enormes brazos me aprisionen contra su cuerpo, siempre tan caliente.

Cuando abro la puerta, apunto ligeramente la luz hacia la cama, mi corazón me da un vuelco cuando no lo veo en ella.

Normalmente me escribe si hay alguna emergencia, no puedo evitar ponerme en lo peor.

Giro rápidamente la linterna para salir por la puerta de nuevo cuando veo lo que parece una bota negra militar que no reconozco en el fondo de la habitación.

Me paralizo sin saber qué hacer. El corazón me va a mil por hora porque estoy segura de que he visto que esa bota estaba pegada a una pierna.

Cuando logro reunir el valor suficiente para volver a apuntar hacia la bota, confirmo que no es solo una pierna, sino un cuerpo entero sentado en mi butaca, piernas totalmente abiertas, brazos apoyados sobre los muslos, dejando caer las manos desinteresadamente.

Está vestido en lo que es una especie de uniforme militar negro, lo que le ayuda a camuflarse perfectamente en la oscuridad de la noche.

Mi respiración se acelera cuando continúo iluminando la cabeza del cuerpo misterioso.

Un pasamontañas negro, abierto en la zona de los ojos, pero cubierto en la zona de la boca, la mandíbula de una calavera blanca adorna la parte baja de la máscara.

Cualquier persona en su sano juicio habría salido corriendo, pidiendo ayuda desesperadamente.

Yo, en cambio, intento reprimir una sonrisa de oreja a oreja; pues, a pesar de sus intentos por camuflarse en la oscuridad, reconocería esos hombros anchos en cualquier lugar; esas manos que, cada día, me dicen lo preciosa que soy y lo mucho que me quieren; esos ojos azules que me miran con un amor y pasión que es imposible no reconocer.

Una emoción inmensa inunda mi cuerpo cuando asimilo la situación.

Llevo meses hablándole de esta idea de probar a comprar una máscara.

Estás loca. Me decía Mason. No me vas a arrastrar en tus locuras, mujer de gustos sospechosos…

Dejé de insistir porque pensé que no era lo suyo, no le atraía la idea de transformarse por una noche y probar lo desconocido.

Lo había leído tantas veces en mis libros que, sinceramente, me parecía algo de lo más normal.

Mil versiones de la misma historia se repetían una y otra vez y yo las devoraba una detrás de otra.

Era mi sueño recrearlo con la persona que más amo en este mundo, pero respetaba totalmente que a él no le gustara.

Sin embargo, Mason nunca dejará de sorprenderme.

Siento el corazón a punto de salirse del pecho, no sé si del amor que siento por él o la emoción por la anticipación de lo que va a pasar esta noche.

Creo que estoy preparada para lo que pueda llegar; llevo años… documentándome.

El desconocido alarga la mano hacia la lámpara de pie que se encuentra a su lado, encendiéndola.

Una luz tenue ilumina la habitación y por fin entreveo más claramente a la persona delante de mí.

Siento mi centro pulsar inmediatamente ante la visión.

Mason es el hombre más sexy que he visto nunca, ¿pero vestido así?

Quita. El. Aliento. Absolutamente nada que envidiar a todos esos enmascarados que inundan las redes sociales con fotos y vídeos sugerentes.

Un par de océanos infinitos me observan intensamente desde el otro lado de la habitación y siento cómo la electricidad se apodera del ambiente.

Tiene una postura desenfadada, apalancado en la butaca con las piernas abiertas, una encima del brazo de esta.

Sus brazos apoyados en esos muslos anchos y musculosos.

La boca se me hace agua, pero yo no reacciono, sigo inmóvil en la puerta de la habitación.

No es posible que Mason se haya metido tan bien en su papel y yo esté aquí petrificada, sin aportar absolutamente nada… ¡Espabila, Zoe!

Cuando veo que sus manos se alzan y comienzan a moverse, suelto un respiro entrecortado de alivio. Por supuesto él tiene que salir en mi defensa y ayudarme a salir de este estúpido bloqueo…

¿No sales corriendo? pregunta, signando de un modo marcado, muy lentamente.

—Se ve que no me infundes suficiente miedo, hombre enmascarado —digo, pronunciando las últimas dos palabras exageradamente.

Mason baja la cabeza, negando. Respira profundamente y entonces se alza de la butaca lentamente.

Cuando empieza a caminar hacia mí, siento que me flaquean las piernas.

Los casi dos metros de hombre enmascarado se posicionan delante de mí y algo parecido a lo que podría ser el miedo empieza a invadirme.

Me siento aún más diminuta de lo normal a su lado.

Con casi 40 cm de diferencia y pesando la mitad que él, yo diría que es más que justificado.

Sus ojos se clavan en los míos de manera que podría incluso leer mis pensamientos.

Esa boquita tuya te meterá en problemas algún día, pequeña.

Sus dedos tocan ligeramente mi boca mientras signa.

Solo ese toque enciende algo dentro de mí, que será muy, muy difícil de apagar.

Se me seca la boca; su presencia embriaga todos mis sentidos y siento una necesidad enorme de tocarlo.

No sé ni qué responder, lo está haciendo tan bien que no quiero interrumpirle.

Así que simplemente le devuelvo la mirada, respirando entrecortadamente.

Buena chica, quítate la ropa. Ahora.

Por un momento dejo de respirar. ¿Habrá leído alguno de mis libros? ¡Nunca me había llamado buena chica!

No me obligues a repetir, Zoe. Signa, esta vez poniendo mucho más énfasis, casi de un modo brusco. No lo reconozco.

En ese momento se da la vuelta, volviendo hacia la butaca, donde se sienta de nuevo cómodamente.

Sus ojos se clavan en mí, expectante. Yo doy gracias internamente a la ducha que me di hoy al salir del trabajo.

He usado incluso el champú que tanto le gusta a él, miel y lavanda; estoy segura de que lo ha notado.

Empiezo a quitarme la chaqueta, seguida por la camiseta y después los pantalones.

Desde lejos, veo cómo su respiración se empieza a entrecortar, noto cómo traga saliva y parece que sus ojos se vuelven de un azul más oscuro.

Cuando voy a quitarme el sujetador, alza una mano, haciendo que me pare al instante y comienza a signar.

No. Quiero quitártelo yo. Ven aquí.

Mis piernas no reaccionan, mi cerebro está más ocupado en imaginar los mil escenarios que me esperan.

Ven aquí, Zoe.

El modo en el que signa mi nombre hace que me estremezca.

Cada minuto que pasa, siento que me meto aún más en el papel.

La persona que está delante de mí no es Mason, es alguien a quien no conozco.

Y ¿yo? Otra perfecta desconocida. Por fin, la señal llega a mis piernas y me acerco a él.

Pasos cortos, pero decididos, no quiero mostrar debilidad, aunque no estoy segura de si lo estoy logrando.

Sus ojos no se apartan en ningún momento.

Cuando llego a su altura, él se echa hacia delante, apoyando los codos en las rodillas.

Ahora sus ojos recorren todo mi cuerpo; el mero acto hace que un escalofrío recorra mi columna.