5 Nora Brice
Nora + Brice
Va a subir en la siguiente parada. Lo sé porque llevo semanas observándole.
Siempre se cuela entre la gente con ese aire distraído, la camisa medio arrugada, la mochila colgada de un hombro como si no pesara nada.
Hoy está lloviendo y no ha debido traer paraguas, porque un mechón mojado le cae sobre la frente.
Tiene ese aspecto de estrella de rock que no sabe que lo es.
Alto, mandíbula marcada, cuerpo fuerte pero sin excesos.
Unos ojos verdes con mil matices y el pelo negro perfectamente peinado, aunque con ese aire de «simplemente me pasé la toalla al salir de la ducha».
Arrebatador sin pretenderlo. Pasa por mi lado y le pierdo de vista. Hoy no es un buen día.
Los días en los que puedo verle leer, inmerso en su libro de ciencia ficción o fantasía, con esa sonrisa torcida que se le escapa cuando algo le atrapa, son los mejores.
Ver esos dedos y esas manos fuertes deslizándose por las páginas me provoca pensamientos inconfesables.
Pero hoy voy a tener que conformarme con este pase fugaz.
Y encima es viernes, no volveré a verle hasta el lunes.
Vuelvo a mi lectura, frustrada. Tendré que seguir con mis ensoñaciones…
—Cuéntame qué te parece cuando termines —dice una voz a mis espaldas—. Ese libro está sin duda en mi top cinco. Divertido y… más que excitante. Tiene una escena con una puerta medio cerrada en un baño que... bueno, yo necesité una ducha fría.
Me congelo. Está sentado justo detrás de mí ahora. Giro la cabeza despacio, como si esto fuera normal, como si no llevara semanas deseando que me hablase.
—Eh, sí… ya sé cuál dices… a mí me pasó algo parecido —respondo con una risa nerviosa.
¿He dicho eso? Me sorprende mi propia voz: firme, divertida, como si no estuviera deshaciéndome desde que lo he visto subir. Él sonríe. Un gesto leve en la comisura que hace que me derrita, y yo solo puedo mirarle ese mechón mojado y contener mis ganas de colocárselo y tocarle la cara… y…
—¿Cómo te llamas? —me pregunta.
—¿Mi nombre real o el que digo en las discotecas cuando dudo de las intenciones de quien pregunta?
—Ok, entendido… empiezo yo entonces...
Saca su móvil y lo apoya en el respaldo de mi asiento, justo al lado de mi cara. La pantalla ya está abierta en Instagram.
@brice.unrated
—Búscame si te apetece.
En la foto de perfil sale con un libro abierto y un cigarro entre los dedos.
Mis ojos escanean y me traicionan, fijándose demasiado tiempo en una imagen de él sin camiseta, en la playa, con una sonrisa perfecta y unos abdominales que parecen haber existido siempre, sin ningún esfuerzo adicional.
Madre mía… este muchacho solo mejora sin ropa, ni todas mis fantasías hacen honor a la realidad.
—Vale —digo, totalmente avergonzada—. Tengo que bajarme… bueno… nos vemos.
—Nos vemos —responde.
Cuando me bajo, siento sus ojos clavados en mí y, al girarme, le pillo dándome un buen repaso sin ningún reparo y casi meto el pie en un charco enorme… por suerte el autobús ya se ha ido y no me ve haciendo malabares para no caerme y llegar empapada al bufete.
Me paso la mañana entera pensando en él mientras trato de concentrarme en el montón de expedientes que tengo que entregar a mi jefe.
A la hora de la comida puedo, al fin, sentarme a mirar cuidadosamente su Instagram para tratar de dejar el menor rastro posible, y sin pensarlo mucho, justo antes de terminar mi descanso le escribo.
Solo un emoji con dos ojitos mirando. Y él responde en segundos:
Brice: Ya era hora.
Me quedo mirando la pantalla, paralizada.
Me sudan las manos. Creo que he dejado de respirar…
Ok, calma… solo es un mensaje, solo está siendo agradable, solo es el chico en el que piensas a diario y que te ha patrocinado más orgasmos que nadie en este tiempo.
Escribo y borro cuatro veces porque no sé cómo hacerme la interesante con un chico que literalmente me tiene a sus pies sin saberlo, y por el que llevo derretida meses, y al final me lanzo con una seguridad fingida que no sé ni de dónde saco.
Nora: ¿Quizá ha sonado un poco dramático? Solo han pasado 4 horas… mi jefe me estaba esperando con una montaña de papeleo nada más verme cruzar la puerta.
Aparto el teléfono de mi vista y me alejo como si fuera a explotar, pero vibra al instante y vuelvo a leerlo con urgencia.
Brice: Solo cuando llevo semanas queriendo hablar con alguien. Por cierto, que hoy además me he dado cuenta de que hueles genial… tenía que haberme sentado más cerca mucho antes.
Me río en voz alta. Estoy completamente sonrojada. Me huelo el pelo.
Nora: No me has olido tan de cerca.
Brice: No tanto como quisiera, desde luego...
No. A ver. No. Esto no puede ser real. Eso no lo ha dicho. Pero antes de que salga de mi burbuja, la pantalla vuelve a iluminarse.
Brice: Voy al mercadillo de libros de segunda mano que ponen en el centro mañana, por si te apetece pasarte.
Socorro… no estoy preparada para esto… voy a decirle que ya tengo planes, que no me van los mercadillos. Mentira, me encantan. Pero mis dedos van a su aire…
Nora: Puede que me pase.
Brice: Allí te espero, a las 10:00. Conozco un café buenísimo donde podemos ir después a disfrutar de las joyas que encontremos.
Llego pronto. Doy vueltas por las calles aledañas mientras los vendedores montan sus puestos.
Llevo despierta desde las seis de la mañana pensando qué pintalabios combina con el abrigo, si debería llevar un libro en la mano, y qué libro sería el más casual para encontrarme con él, como si no lo hubiera pensado todo demasiadas veces.
Ha llovido durante la noche, pero ahora el cielo está despejado.
La acera sigue húmeda y me viene el olor a tierra mojada, a papel viejo mezclado con el del café recién hecho que flota desde las cafeterías que empiezan a llenarse.
Me siento como en una escena de cualquiera de mis novelas románticas favoritas escrita solo para mí.
Una imagen me saca de mi ensimismamiento.
Ahí está. Hablando con uno de los vendedores, despreocupado…
ayudándole con un par de cajas. ¿De verdad puede tener esos ojos verdes imposibles, esos antebrazos perfectos que asoman en su camisa remangada, esa puñetera sonrisa de anuncio…
y ahora esto, chico bueno y colaborador?
Me acerco fingiendo estar distraída y tratando de mantener mis nervios a raya, fracaso estrepitosamente en cuanto escucho su voz.
—Te reservé este strangers to lovers, una edición preciosa —dice sin mirarme, y sonríe justo antes de alzar la vista, y que me impacte su mirada y esa sonrisa que me deshace por completo.
—Oh… me encanta un buen romance… —acierto a pronunciar.
—Perfecto.
Nos reímos, todo se vuelve fácil sin más.
Pasamos más de dos horas hojeando libros, comentando títulos absurdos, descubriendo primeras ediciones que no vamos a comprar y debatiendo sobre si un buen protagonista salva una mala novela.
Me encanta cómo habla, y cómo me mira… como si no se le escapara nada y fuese lo más interesante que ha visto en mucho tiempo.
Después, café. Una terraza pequeña y acristalada, con sillas de hierro forjado y estufas de exterior. Compartimos un bizcocho casero esponjoso de zanahoria y me tomo el mejor capuccino que he probado nunca.
—Vale —dice, después de un silencio sorprendentemente agradable—. Si tu vida fuera un libro, ¿cuál sería la primera frase?
—Uhm… difícil…
Miro la espuma que se queda en los bordes de la taza. Pienso un segundo… y entonces, simplemente sale: —Todo empezó un sábado que olía a lluvia, a café... en el que ella encontró a un guapo desconocido que le hizo una pregunta que no supo responder.
Él sonríe. Una sonrisa lenta, me mira como si también estuviera tratando de encontrar las palabras, procesando…
—¿Y cómo sigue? —pregunta por fin.
—Yo me estaba preguntando lo mismo —digo, escondiéndome tras la taza mientras doy un sorbo y noto cómo su mirada me atraviesa.
—Buen comienzo, sin duda.
Me pregunta por mis libros favoritos y saco toda la artillería…
sé exactamente qué le gusta leer a él porque llevo meses fijándome…
la conversación fluye y una parte de mí quiere que no se acabe nunca, pero otra tiene tanto miedo a que esto se estropee que quiere dejarlo justo aquí, en este momento perfecto.
Terminamos y se ofrece a acompañarme a casa, decidimos volver dando un paseo largo, ninguno de los dos quiere despedirse todavía. Ya en la puerta, se detiene. Me mira con una mezcla de ternura y nervios que me desmonta.
—Me ha encantado.
—A mí también.
Nos miramos. Un segundo. Dos. Y entonces se acerca muy lentamente…
se para a un centímetro de mis labios, robándome por completo el aliento…
y me besa. Me besa despacio, con una dulzura que me parte por dentro.
Tiene los labios más suaves que he probado nunca y lo saboreo mientras su lengua recorre mi boca sin ninguna prisa.
Es un beso lleno de promesas… y cuando rompe la conexión me deja queriendo mucho más con su último roce.
—Hasta pronto —susurra.
Yo no respondo, no tengo palabras, así que solo asiento mientras le miro embobada.
Cierro la puerta despacio y apoyo la espalda en ella…
sonrío como una idiota mientras me toco los labios y me río sola.
Me pongo el pijama y me hago una coleta sin mirarme al espejo, después me envuelvo en una manta porque siento de pronto un frío del que no era consciente y finalmente me dejo caer en el sofá para sacar el teléfono y ver la última foto que hemos hecho con mi móvil: él señalando un libro con cara de indignación. Está un poco desenfocada… es perfecta.