3 Gabriela Jace
Gabriela + Jace
Pero aquí estoy, como tantas noches desde que irrumpió en mi vida, con la mano entre las piernas, imaginando cómo sonaría su voz susurrándome mientras me mete los dedos, cómo se vería su cara mientras le lamo, sintiendo cada reacción suya…
y cómo me miraría con esos ojos negros encendidos en deseo.
Y lo más humillante es que siento que él lo sabe.
Cada vez que me mira... es como si leyera todos mis deseos ocultos y la vergüenza me invade al pensar si percibe todas las reacciones que provoca en mí…
Su mirada me atraviesa y cada encuentro solo aumenta el caos que siento por dentro.
Desde la primera vez que cruzamos miradas en aquella reunión, supe que estaba jodida.
No solo por esos labios que dibujan una sonrisa capaz de desarmarte y condenarte en un segundo, ni por esos brazos fuertes y marcados que revelan una potencia contenida, tampoco es su espalda ancha y firme que desafía a cualquiera que se cruce en su camino, ni siquiera ese maldito reloj, ajustado con precisión quirúrgica, sobre esa mano hecha para sostenerte el cuello contra la pared…
es, sobre todo, porque todo él es un recordatorio silencioso de quién maneja cada situación con absoluto poder y control.
Y aquí estoy yo… atrapada en su órbita sin posibilidad de escape.
Para él no existe el esfuerzo, todo le sale con una facilidad irritante.
Su presencia llena la sala antes de que hable, y su tono grave y medido hace que todos callen, sin necesidad de alzar la voz.
Y a mí… la consultora con más clientes desde hace meses, un talento y valor indiscutible en esta empresa, una mujer que siempre domina la sala y está segura de cada palabra y decisión… me consume.
A su lado me descubro pequeña, como si toda esa seguridad se desmoronara en un instante.
Cada vez que me increpa con esa fría corrección profesional, me desmonta...
y el otro día... cuando me interrumpió frente al cliente más importante por ese dato que estaba dando mal, me pilló tan desprevenida que no pude evitar que mi cuerpo reaccionara.
Sentí el calor subirme al rostro, un temblor incontrolable, casi pierdo el control y noté claramente cómo me palpitaba la entrepierna...
Por su puñetera culpa estoy aquí perdiéndome la despedida de soltera de Lena. ¡Que le jodan!
Revivo su mirada clavada en mí y el placer vuelve a encenderse, lento, imparable, como una corriente que se empieza a propagar por todo mi cuerpo.
Acelero el ritmo, mis dedos se mueven con urgencia sobre mi clítoris, húmedos, resbalando sin esfuerzo.
La tensión se acumula entre mis piernas y una oleada caliente empieza a crearse en mi vientre, irradiando hacia mi columna.
Mi respiración se descontrola, mi vista se nubla y ya solo escucho su voz en mi cabeza, solo imagino sus dedos empujándome más allá, esa mirada clavada entre mis piernas.
Y me dejo ir… me corro ahogando un gemido, y mientras dejo de temblar, me asalta la duda de si lo que siento es alivio...
o maldita dependencia… porque este hombre se ha colado en todos mis orgasmos.
Respiro hondo, me recompongo y cierro las piernas.
Me obligo a volver a este plano de mi existencia donde seguimos siendo dos desconocidos.
Mañana tengo que presentarle la propuesta final.
Él es el último filtro, el mánager estrella que todos quieren en su proyecto, el líder indiscutible de esta mierda de retiro en un apartamento corporativo de lujo.
Y, para colmo, me han asignado la habitación contigua a la suya.
¿Y si… me ha escuchado? No… seguro que no.
Necesito descansar, no doy para más. Pero sigo pensando en cómo estará ahora mismo en su cama, seguramente con poca ropa, a menos de dos metros de mí. ¡Para!, me ordeno. Como siga así, voy a empezar otra vez.
Llevo treinta y seis horas luchando por no fijarme en sus labios cada vez que habla.
Quince desde que discutimos por una maldita frase sin importancia en el informe, y el enfado volvió a mezclarse con la excitación.
Tres desde que me atrapó mirándole las manos mientras imaginaba todo lo que podría hacer con ellas. Y así no hay forma de dormir.
Me levanto, decidida a buscar agua en la cocina; necesito una distracción que calme estos pensamientos que no aflojan.
Salgo descalza para no hacer ruido. Estoy cogiendo un vaso cuando una corriente eléctrica me recorre la nuca.
Mierda… no estoy sola, y, para colmo, en pijama, sin sujetador y con el pelo hecho un desastre.
—Vaya… ¿no puedes dormir? ¿Pensando en la próxima discusión conmigo?
Me giro lentamente, sabiendo exactamente a quién voy a encontrar. Escucharle me ha erizado la piel como un escalofrío y noto que la tensión se enrosca dentro de mí. Si él supiera de verdad en lo que estoy pensando… en cómo todo mi ser reacciona con su cercanía.
—Eh… no… solo quería un poco de agua… ya me voy…
—No sé si me pones más así, desprevenida… o cuando me llevas la contraria.
Está apoyado en el marco de la puerta. Camisa remangada, sin corbata, el pelo algo revuelto, tiene un aire desaliñado que, en él, resulta aún más atractivo que su porte impecable habitual.
Me está observando con la intensidad de siempre...
pero hay algo más, algo distinto... sus ojos arden y noto en él un deseo casi tangible.
No respondo, la garganta se me ha cerrado y un nudo se ha instalado en el estómago.
Estoy atrapada en esa mirada, incapaz de articular palabra.
Sonríe despacio, con esa seguridad fría que da forma a todos mis sueños más oscuros y al mismo tiempo me saca de quicio.
Me muerdo el labio, buscando pensar con claridad, ganar tiempo.
Joder, esto está pasando, y yo tengo que salir de aquí, pero, ¿es eso lo que quiero?
Da un paso, y luego otro, cada movimiento calculado, sin prisa. Me encierra con sus brazos apoyados en la encimera, bloqueando cualquier escapatoria. Mis latidos se disparan y siento el pulso por todas partes.
—¿Sabes cuántas veces te has mordido el labio hoy mientras me llevabas la contraria?
—¿Qué? —No soy capaz de decir nada más… ¿pero qué está pasando ahora mismo...?
—Doce. Solo hoy.
—¿De verdad te dedicas a contar cada vez que me pongo nerviosa? No es difícil hacerlo cuando alguien te acorrala así, y está siempre pendiente de cualquier paso en falso. ¡Aparta!
—No. Me dedico a imaginar qué pasaría si te lo muerdo yo la próxima vez.
Y entonces ocurre.
Jace. 3 días antes.
La reunión va a ir para largo. Café frío, una pasarela de egos sin sustancia y ni una puta idea que justifique el tiempo que estoy perdiendo. Hasta que escucho su nombre, le toca presentar… allá vamos, esto se pone interesante.
Está sentada tres sillas más allá, sin mirarme.
La mujer que discute todo lo que digo, incluso cuando sabe que tengo razón.
La que llega tarde con esos malditos labios rojos y el portátil sin batería.
La que me hace perder el hilo de una presentación con solo cruzar las piernas.
La misma que he imaginado arrodillada frente a mí más veces de las que querría admitir.
La que ahora mismo está explicando una métrica… mal.
—Ese dato no es correcto —la interrumpo sin levantar la voz.
Gira la cabeza con esa mezcla de furia y orgullo herido, esa mirada que me hace querer follármela contra la mesa en este mismo instante.
—La cifra de conversión real es 17,4. No 14,9. De nada —añado, con una sonrisa que no me esfuerzo en ocultar.
Se muerde el labio, como cada vez que está a punto de perder el control. Yo sí que estoy a punto de perder el mío.
—Gabriela —dice el jefe, sin levantar la vista—. Necesito que vayas al retiro de este fin de semana, trabaja esa parte con Jace, sé que tenías un compromiso personal, pero te pido que intentes cambiarlo. Tienes buena intuición estratégica, pero hay que afinar los datos. ¿De acuerdo?
Ella asiente, sin protestar, y, por un segundo… se cruza nuestra mirada. Mi corazón se para, mi polla no. Dios bendiga las cifras mal dichas.
Nos odiamos, o eso quiere creer ella, yo ya he dejado de fingir lo que pienso cuando la veo.
Hace semanas que me masturbo pensando en cómo sonaría mientras gime mi nombre, cómo se movería con mis dedos dentro, cómo sabría su coño en mi lengua, cómo se vería con mi polla entre sus labios.
Y ahora tengo tres días con ella… tres días conviviendo con mi mayor deseo, tres noches enteras en las que intentar no hacer lo que llevo semanas soñando. Que empiece la distracción.
Jace. 1:52 am Estoy en la habitación sin poder dormir…
Todos los niñatos que han encerrado en esta puñetera versión de Gran Hermano se han ido a emborracharse como si mañana no tuvieran doce horas de reuniones y coordinación para sacar adelante el proyecto.
Menos ella… que está exactamente a dos metros de mí... ¿con qué ropa dormirá?
Escucho unos pasos que interrumpen mis divagaciones. ¿Dónde va a las dos de la mañana? Mi curiosidad se enreda con mi excitación, creando un nudo imposible de deshacer que se instala en mi pecho… esa boca afilada, ese puto carácter… A la mierda, voy a ver qué hace.
Está en la cocina, distraída, preciosa sin esfuerzo con ese pijama y el pelo suelto.
Tiene un aire despreocupado que me enloquece más que todos sus trajes de marca juntos.
Me acerco sin hacer ruido y me apoyo en el marco de la puerta, la miro y noto cómo se me acelera el pulso por la invasión que estoy cometiendo observándola sin permiso, solo puedo pensar en lo mucho que la deseo.
Quiero hacerla mía y quiero hacerlo ahora.
Estoy a punto de mandarlo todo a la mierda y las palabras escapan sin que pueda frenarlas.
—Vaya… ¿no puedes dormir? ¿Pensando en la próxima discusión conmigo?
Se queda helada, balbucea una excusa al girarse mientras traga saliva y se muerde. El puto. Labio.