TURN BACK THE TIME, BABE. VIII
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CAPÍTULO I
THE HELL YOU’VE MADE
AMANDINE
—La chica del picahielos ha despertado.
Tenía un regusto a metal entre los dientes y el pómulo me ardía insoportablemente.
En realidad cada parte de mi cuerpo estaba picándome y fui a rascarme por instinto y me percaté de que mis manos estaban atadas por las muñecas a ambos lados de mi cabeza.
Con la vista aún algo nublada traté de incorporarme y comprobé que mis piernas también se encontraban atadas por los tobillos y abiertas al máximo formando una V.
Me encontraba totalmente desnuda sobre una estrecha cama.
Mi primer feroz instinto y supongo que el de cualquiera era cubrirme, ocultar mi rotunda desnudez pero eso no me era posible.
Ante mi inmovilidad forzada lo siguiente que hice fue gritar a todo pulmón pidiendo auxilio.
Entonces apareció una figura recortada de pie a unos centímetros de mí.
Mis pupilas se dilataron inútilmente intentando discernir de quien se trataba.
—Desátame, por favor. Te daré todo el dinero que quieras, lo que me pidas. Te lo ruego...
—No estoy aquí para ayudarte sino para vigilarte. Si sigues chillando, tendré que amordazarte así que tranquilízate.
La voz sonaba grave y ronca. Mis fosas nasales se inundaron del olor a vino barato y cigarros. Al instante refrené mis náuseas.
—¿Quién eres? ¿Eres el hombre que me secuestró?
No hubo respuesta alguna y seguí preguntando. Debía hacer algo para calmar mi nerviosismo porque no quería que el pánico se apoderara de mí.
—¿Por qué estoy así en esta postura con toda la ropa quitada?
—Así lo quiere Sally. Solo cumplimos órdenes.
—¿Dónde está Sally? Dila que venga, dijo que hablaríamos.
—O sea que tú me estás mandando a mí, ¿eh? Es curioso...
Supongo que cada persona era un mundo a la hora de reaccionar ante una situación tan espeluznante como la que estaba viviendo en aquellos momentos.
Sin duda me habían inyectado algún tipo de droga para tenerme dormida durante un tiempo y prepararme del mejor modo posible para no oponer resistencia y verse obligados a agredirme.
Pero en realidad yo no sabía absolutamente nada de lo que planeaba aquel monstruo.
Por eso necesitaba verla y daba órdenes a su cancerbero sin ser consciente de ello.
Estaba en shock. No tenía claro cómo iba a reaccionar en adelante.
Era demasiado aterrador y prefería no dejarme llevar por el miedo.
La estancia estaba prácticamente en penumbras y hasta cierto punto eso me daba un pequeño respiro.
Al menos parecía que la oscuridad ofrecía una suerte de extraña intimidad a mi cuerpo sobreexpuesto en aquella postura anti natural y totalmente obscena.
No era ningún secreto la clase de monstruo que era Sally y la facilidad que tenía para colarse en tu mente para buscar tus miedos e inseguridades.
Sabía muy bien la naturaleza de mi enfermiza timidez y lo insoportable que me resultaría verme así de vulnerable.
Encontrarte de esa guisa al despertarte hubiera supuesto un shock para cualquier chica.
Tímida o no. En mí el efecto se sobredimensionaba, estaba claro.
Jugar con las debilidades de la gente supongo que era el punto fuerte de aquella peligrosa psicópata.
Como si en aquellos momentos su esbirro me leyera el pensamiento procedió a abrir las cortinas de dos pequeñas ventanas.
La luz incidió en mi rostro aún entumecido y entrecerré los ojos con un leve gemido de angustia e incomodidad.
Cerré los ojos un instante aunque no me sentía ni de lejos lo suficientemente relajada para dejar mis párpados descansar.
Estaba demasiado tensa por tener delante a aquel extraño matón a sueldo, viendo a placer mi sexo abierto.
—¿No puedes taparme? Esto es sencillamente asqueroso y humillante.
—Las órdenes de Sally son tajantes y estimo mucho mi vida para contradecirlas.
—Tengo frío. Voy a coger una pulmonía —alegué en un intento desesperado por convencerle para permitir que me tapara algo. Aunque mis temblores eran reales, no estaba sobreactuando.
—Llevaré tus quejas ante Sally. Mientras tanto, bebe algo de agua.
—¿Puedes desatarme las manos para que coja yo misma la botella?
Me estaba sorprendiendo mucho yo misma de mi relativo autocontrol en esta situación tan al límite pero mi cerebro no podía parar de funcionar en busca de alguna solución rápida para huir de allí.
Me daba igual que la persona que me custodiaba me triplicara en peso.
No iba a rendirme tan fácil. No podía dejarme llevar por el terror porque paralizarme no serviría de nada.
—Buen intento. Te pondré yo la botella en la boca, no te preocupes.
—¿Tiene algún tipo de droga para volver a adormecerme?
—No, es solo agua. Sally te quiere hidratada.
Cualquier cosa que procedía de ella tenía un tinte macabro y mantenerme hidratada también me sonaba increíblemente mal.
Al menos sabía que no pretendía matarme a corto plazo si tenía tanto interés porque bebiera.
Erguí el cuello con cierta dificultad y di dos generosos tragos al agua porque realmente me estaba muriendo de sed.
Tenía tanta ansia por beber que el reguero de agua corrió libremente por las comisuras de mis labios aún hinchados por el zarandeo contra el asfalto.
Me dolía y me picaba buena parte de mi cuerpo y encontrarme así atada sin tener la oportunidad de aliviarme rascándome, era una de las mayores torturas que había experimentado nunca.
Supongo que nada era al azar. Que todo había sido planeado escrupulosamente por la mente enfermiza de aquella mujer.
—Pídeme que te rasque y yo lo haré —comentó el esbirro gordo con media sonrisa malvada mostrando unos dientes desiguales y amarillentos.
—¿Me habéis colocado sobre un colchón lleno de pulgas?
—Al parecer los antiguos dueños de la roulotte eran unos grandes amantes de los perros. No lo descarto.
Con incredulidad vi cómo se colocaba en cuclillas a mi lado y pasaba con mucha suavidad por una de mis piernas la hoja afilada de mi picahielos.
—¿Ves? Ahora tu arma es la mía. Pero yo soy bueno, y solo la estoy utilizando para aliviarte los picores.
—Aparta eso de mi piel. ¡He dicho que lo apartes!
Colocó la punta afilada ahora justo sobre mi tráquea y dejé de chillar al instante.
Le miré con los ojos espantados por la furia y el terror mientras volvía a descender y con mucha lentitud comenzó a dar vueltas sobre la areola de mi pezón.
Una oleada de asco y rabia subió por mi garganta, obligada a refrenar mis gritos por lo que pudiera pasar.
Obligada a no moverme demasiado bruscamente o podía pincharme con mi propia arma.
Me sorprendió a mí misma el ansia incontenible que tuve en aquellos instantes de matarle con mis propias manos.
Si hubiera podido lo hubiera hecho. De pronto, ese instinto asesino fue tan natural para mí.
Pero si hubiera podido tener la oportunidad, ¿hubiera sido lo bastante osada para hacerlo?
—¿Qué está pasando aquí? ¿Qué estás haciendo?
—Sally, solo la estaba rascando.
—¿Con un picahielos, cretino? No te he permitido aún jugar con ella así que dame eso. Reunión de chicas. Fuera.
Al fin aparecía el monstruo. Me agité inútilmente en la cama como si así pudiera obtener algo de compasión de ella.
Los picores me estaban volviendo loca pero quería controlarme.
Era lo más difícil del mundo. Sally me observaba con media sonrisa malévola acariciando el picahielos en sus manos de forma reflexiva.
Sabía que no habría piedad, lo sabía muy bien.
Apreté los dientes. Tenía que arreglármelas para encontrar las fuerzas como fuera.
—Espero que colmes mis expectativas y no me pidas que te drogue para aguantar el suplicio.
—Dime qué es lo que pretendes —me las arreglé para pronunciar estas palabras, intentando ignorar su horrible mensaje.
—Muchas cosas. Creo que ya me conoces muy bien. No me conformo solo con una. Aunque he de reconocer que atraparte era uno de mis más fuertes deseos.
—Quiero que me digas lo que has hecho con Rudi.
Sally sonrió satisfecha mientras observaba cada centímetro de mi cuerpo agitándose en vano con las intermitentes mordidas de las pulgas.
El único alivio que podía encontrar era restregarme la espalda contra el colchón pero no era suficiente.
Sentía mi cuerpo ardiendo. Este tormento hacía cada vez más difícil permanecer entera.
—Rudi, ¿eh? Él ha sido la llave para llegar a ti. Todo ha salido como lo había planeado.
—¡Dime lo que le has hecho, joder!
—Tranquilízate, está vivo. Tu Rudi está vivo. ¿Ahora me quieres un poco más?
—¿Cómo podría fiarme de tu palabra?
—Rudi está perfectamente. Al parecer ella se llama Greta. ¿Puede ser ese su nombre? Ella se está encargando de cuidarle como se merece. Es demasiado guapo para andar por ahí solo.
La rabia y la decepción me estrangularon por dentro las palabras.
Pero supongo que mi rostro, en aquellos momentos sudoroso por el estrés, no podía ocultar que sus palabras me habían herido en lo más hondo.
"Es una mentirosa, Amandine. Lo hace para añadir una tortura más".
Pero podría perfectamente ser verdad. Él podía hacer con su vida lo que quisiera y la última vez que hablamos fui bastante clara con él y él conmigo.
Si quería volver con Greta tampoco era tan descabellado aunque a mí me afectara y no pudiera hacer nada contra ello.
Está vivo, Amandine. La historia está a salvo. Una parte de ti está a salvo.
—¿Qué es lo que quieres de mí?
—¿Aún no lo adivinas?
Las rozaduras en muñecas y tobillos debido a mis continuos movimientos para intentar liberarme, añadían una incomodidad añadida a los picotazos que laceraban sin piedad cada centímetro de mi cuerpo desnudo.
Los ojos de Sally se clavaban inmisericordes en los míos absorbiendo con placer mi tortura continua.
—Haz un esfuerzo y dímelo tú misma.
—NO ESTOY DE HUMOR PARA ACERTIJOS, HIJA DE PUTA. DÍMELO TÚ.
—¿Ya estás perdiendo el control? ¿Tan pronto? Es increíblemente pronto. Creía que eras bastante más fuerte.
Mantuve las lágrimas de impotencia a raya al borde de mis ojos mientras seguía agitándome, sin importarme las feas heridas que me estaba haciendo debajo de las ataduras. Las ampollas debido a los constantes picotazos eran como tortuosas lenguas de fuego devorándome.
—Desde que posé mis ojos en ti supe que acababa de dar con mi aliada. Con mi hermanita pequeña.
—¿De qué estás hablando?
—Lo sabes muy bien. Nos ahorraríamos todo esto si fueras honesta contigo misma y te analizaras profundamente. Veo quién es importante para ti y quién no lo es. Tú también matarías para librarte de todas esas personas que son una carga.
—No hay nadie que considere una carga en mi vida.
—¿Ves de lo que hablo? Aún no estás preparada para confesarlo ante mí. Supongo que te avergüenza o te aterra o ambas cosas.
—¿Quién crees que es una carga para mí?
—Hay tres personas que te sobran ahora mismo aunque pueden ser más. Tienes un gran odio y resentimiento dentro de ti. Eres alguien cosido por las cicatrices que necesita liberarse y dejar de actuar como una persona civilizada. Ambas sabemos que no lo eres.
—Quiero que me digas quiénes son esos tres.
No quería que me lo dijera en realidad porque ya lo sabía y eso me daba escalofríos. En algún momento especialmente exigente de la misión había pensado de forma negativa en ellos aunque jamás pensé en su muerte. Y mucho menos en matarles.
—De acuerdo, te lo diré. La primera Elideth, luego Arlene y por último Farrokh. Quisieras que no existieran, ¿me equivoco?
Sabía cómo torturar y añadía un nuevo tormento a todos los demás que estaba sufriendo.
En algún punto de desesperación recordaba que había deseado que no formaran parte de la vida de Freddie.
Pero habían sido solo pequeños relámpagos de mi cerebro cuando me había visto acosada y maltratada injustamente por alguna de ellas.
No deseaba su muerte. Y Farrokh... ¿Cómo podía aquel bonito error ser mi enemigo cuando me había aportado tantas cosas e indirectamente me había ayudado tanto en la misión?
—Ya es suficiente por hoy. Te dejo con tus atormentados pensamientos. Mañana hablamos.
—Sally, no te vayas aún...
En unos minutos hizo entrar a su gordo esbirro otra vez pero antes se las arregló para que sus órdenes me llegaran perfectamente audibles.
—Cúrale el labio y el pómulo. No te duermas y deja que se relaje. Luego puedes jugar con ella. Pero atente a las reglas o me enfadaré.