Tú a Chicago, yo a Nueva York (Un sports romance muy ardiente 1) Capítulo 20
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Capítulo 20

Elara

Comparto una clase con Joss. Le queda una de primero y dos de segundo. El resto son de tercero, y, por lo que he descubierto, le gusta estudiar y es muy inteligente.

Aun así, ninguno de los dos parece feliz en clase. Solo lo veo contento cuando entrena.

Este fin de semana tiene el primer partido y quiere que vaya.

La gente sigue murmurando que lo nuestro no terminan de creérselo y no sé qué piensa hacer Joss para subir el nivel. Eso hace que, cada vez que lo tengo cerca o me roza, se me acelere la respiración.

El jodido lo sabe y sonríe de medio lado.

Esta mañana me susurró en la cafetería, cuando nos vimos y se puso a mi lado:

—Pronto sabrás qué tengo preparado para ti.

—Como si me importara —respondí, pero mi sonrojo me delató.

—Los dos sabemos que estás deseando que te muerda y te marque con mis dientes. —Puse los ojos en blanco y me pareció ver como sonreía.

Cogió su café y se fue con sus amigos.

No me siento con ellos, porque paso de volver a vivir lo de aquella noche con sus amigas. Unas amigas que me miran como si fueran brujas y estuvieran conjurando mi muerte. Cuando las pillo observándome, siempre las saludo con la mano, como si fuéramos superamigas. Les jode mucho y por eso lo hago.

Diría que he hecho algún amigo…, pero mentiría. La mayoría, o son hijos de papá, o pasan de mezclarse con hijos de papá y yo, aunque no lo parezca, soy considerada uno de ellos. Por lo que la gente con la que me siento identificada ni me mira a los ojos.

Nada está saliendo como tenía preparado. Echo de menos la casa de Lia. Mi casa, no, porque vivir con mi madre siempre fue complicado. Una madre de la que apenas sé nada.

Le mando mensajes para saber cómo está y siempre me dice que sigue viva y que deje de tratarla como a una niña.

Esos mensajes hablan de su inmadurez. La madre es ella y no debería quejarse porque yo me preocupe por su seguridad.

No puedo ir detrás de ella. Por una vez, tengo que ser egoísta, porque ahora mismo no puedo con tanto.

Nunca he sido fuerte para romper el lazo que me une a ella, a pesar de tener motivos fuertes y duros…

Llego a casa con el tiempo justo para ir al partido de Joss.

Tras darme una ducha, como algo de lo que he ido comprando a hurtadillas y trayendo en la mochila, para que mi padre no lo vea por las cámaras ni nadie le informe de mi dieta.

He llegado a pensar que parece que estoy en una secta anticalorías.

Como temo que me revisen la papelera, me guardo los envoltorios para tirarlos cuando esté en el estadio.

Llaman a mi puerta y es uno de los conserjes.

—Un regalo de Joss.

Lo cojo y, tras darle propina, cierro la puerta.

Aquí todos dan propina. De hecho, mi padre me mandó dinero en un sobre para las propinas de los conserjes.

Abro el regalo y veo una camiseta de Joss. Su nombre está detrás. Es de color negro, con detalles en violeta. No es con la que juega, sino la que usan para ir a los entrenamientos.

No dudo en ponérmela, porque sería raro que no la llevara, siendo pareja.

Hay una nota al fondo:

Ven a los vestuarios al acabar el partido.

Dejo la nota, preguntándome si será ahí donde subirá el nivel de lo nuestro.

Siempre puedo no ir y mandar esto a la porra. Dejar que mi padre me empareje con otro peor… Al menos, con Joss sé lo que hay, pero mi padre dejó caer el otro día al llamarme que, si lo mío con Joss no salía bien, me presentaría a un candidato mejor.

Es horrible que no entre en su cabeza la opción de dejarme libre para vivir mi vida.

Estar aquí hace que comprenda mejor la frialdad de Everly. Me hace preguntarme si ella es así porque desde niña supo que no tenía derecho a elegir su camino.

Yo lo estoy descubriendo ahora, pero ella ha sido educada para ser la hija perfecta de un Rivera.

Salgo de casa con unos vaqueros y la camiseta.

El chófer me espera nada más salir de edificio y me abre la puerta de atrás para que pase.

Entro y sabe a dónde voy sin que le tenga que decir nada.

Cierro los ojos y cuando los abro, observo la ciudad pasar por mi ventanilla. Nací aquí, pero aún no he tenido tiempo de disfrutar de este lugar como siempre imaginé. Espero que el plan de Joss funcione, porque pienso pedirle tiempo libre para recorrer la ciudad como una turista.

Entro al pabellón y me pongo cerca de donde está el equipo local. Joss me dio las entradas.

Lo busco entre los jugadores y lo veo junto al entrenador.

Se nota que se respetan. Claro que Joss es el capitán y es importante que hablen de todo.

Tomo aire y, cuando Joss clava sus ojos verdes en mí, lo contengo, pensando en qué será lo que ha tramado para luego.

Por un segundo, me planteo huir, pero aquí sigo, por la emoción de volver a sentir su boca sobre la mía y olvidarme del mundo.

Joss

Observo a Elara con mi camiseta y no me disgusta verla con esa prenda. Remueve algo en mi interior que no esperaba.

Aparto la mirada y me centro en el entrenador.

—Primer partido de temporada. Tenemos que ganar esta liga si quieres que esto te sume para tu carrera.

—Lo sé.

Da unas palmadas en mi espalda y me explica las jugadas. Luego, vamos hacia mis compañeros y los ponemos al tanto de todo.

Llevo varios días estudiando al equipo contrario, viendo vídeos, para saber cuáles son sus mejores jugadas.

El equipo ha cambiado un poco de un año a otro, pero siendo el mismo entrenador, utilizará las mismas técnicas.

No como hace mi entrenador. Se pasa todo el verano pensando técnicas nuevas para sorprender y, aunque de vez en cuando usamos las que mejor nos salen, no caemos en el engaño de creer que, porque las tenemos controladas, hay que utilizarlas siempre.

Tras ponerme el casco y el protector de dientes, cojo el stick y vamos hasta el centro de la pista para empezar el juego.

Tomo aire y noto como el hielo del ambiente se mete en mis pulmones.

Cuando juego, solo soy Joss. Aquí nadie me ha regalado nada.

Mi padre podría meterme en el equipo, pero no hacerme el mejor.

Lo soy porque me lo he currado cada día desde hace muchos años.

Aquí dejo de ser un King y solo soy el capitán.

El partido empieza y escucho a la gente gritar en las gradas por la emoción.

Me pasan el disco y me muevo con él, esquivando uno a uno a todos mis adversarios. Muchos de ellos son los mismos del año pasado y me tienen muchas ganas. La gente odia perder. Sé que, a la mínima, buscarán una confrontación o tirarme contra la cristalera.

Anoto el primer tanto y miro hacia Elara.

Se ha levantado y aplaude emocionada. Me gusta que ella esté aquí, aunque me recuerdo que todo es mentira.

Algo que la gente sospecha, ya que yo suelo comportarme de forma diferente con las mujeres que me interesan.

Pero es que con las otras solo me dejaba llevar, sin mentiras.

Con Elara hay una mentira de por medio y un deseo que no debería estar ante una farsa.

Seguimos el partido y tratan de hacerme varias faltas.

Al final, me acorralan contra la pared y voy contra ellos, cansado de sus gilipolleces. Empezamos una pelea y el árbitro me sanciona dos minutos en el banquillo.

—Si quieres llegar lejos, debes refrenar tu ira —me dice Ramires, el entrenador.

—¡Lo sé! ¡Joder! —Tiro el palo contra el suelo y me siento agitado, por lo idiota que he sido al caer en su juego.

Cuando vuelvo al partido, estoy nervioso y soy letal con el contrario. Anoto tres veces antes de que finalice la primera parte.

Cuando se reanuda el juego, soy letal con mis adversarios y mi equipo gana con bastante diferencia.

Debería estar contento, pero estoy nervioso, como cuando luchas una batalla y luego te queda el subidón de haber sobrevivido a una larga pelea.

El entrenador nos felicita, pero nos recuerda que esto solo acaba de empezar.

Poco a poco mis compañeros se van duchando y vistiendo mientras yo sigo sentado, sin la camiseta, esperando tener de nuevo el control de mi cuerpo.

—¿Joss?

Alzo la mirada y ahí está Elara, como le pedí.

Esperaba haber recuperado antes la respiración y tener el control de mi cuerpo.

Se pone ante mí.

Me levanto y la acorralo entre las taquillas. Miro su boca y no lo pienso: la beso, acelerando aún más mis latidos.

Su primer gemido me enciende hasta perder la cordura.

Acerco más mi cuerpo al suyo. Alzo su pierna para que la enrede en mi cintura.

Elara se restriega contra mi dura polla mientras mi lengua devora la suya.

La reclamo mientras su cuerpo se mueve contra el mío.

Subo mi mano por su camiseta y la dejo en su cintura, notando su suave piel.

Muerde mi boca y gruño, apretando mis dedos en su piel, como si quisiera detenerme y a la vez no pudiera parar. Cojo su labio inferior con mis dientes y lo muerdo antes de succionarlo.

Echa la cabeza hacia atrás e invado su cuello. Su perfume me vuelve loco.

Subo mi mano hasta el bajo de sus pechos y la dejo ahí un segundo, antes de pasar el pulgar por su pezón, sobre el encaje de su sujetador.

Jadea y sé que, si no me detengo, la follaré aquí mismo. No es el momento.

—Espera fuera.

Me mira aturdida y luego asiente. Se marcha como si nada; como si el beso no la hubiera dejado tan fuera de juego como a mí.

Es mejor no olvidar que solo estamos fingiendo, aunque, cuando la beso, me olvido de que todo esto no es más que una mentira.