Capítulo veintidós #2
—Pero podría haber pasado —dijo Jax, una verdad que dolía más que mi cabeza—. Marisol os puso en peligro a ti, a los niños, a Lexi, a todos. ¿Y si Lexi se hubiera hecho daño y hubiera perdido al bebé?
—Venga ya —Lexi agitó la mano con desdén—. Una caminatita no iba a hacerme daño ni a poner en peligro al bebé.
—Max igual tiene algo que decir al respecto —dijo Jax.
—Gracias por venderme, Mayhem, pero ya que lo sacas... —Max fulminó a Jax con la mirada antes de ladear la cabeza y clavar su único ojo en Lexi—. Deberías haberte quedado donde estabas. No quiero ser un cavernícola yo tampoco, pero llevas un bebé dentro. Corriste un riesgo innecesario.
—¿Un riesgo innecesario? —se burló Lexi—. Las mujeres llevan pariendo desde el principio de los tiempos. Para que lo sepas, estoy embarazada, no enferma. Mi cuerpo está hecho para esto. Tienes que asumirlo.
Todos se pusieron a discutir a la vez.
—¿Asumirlo? —graznó Max—. ¡Ese es mi bebé cocinándose en tu horno!
Lexi jadeó.
—¡Pero es mi horno el que cocina tu bebé!
—Eh, parad un momento —Apollo hizo el gesto de tiempo muerto con las manos—. Estamos gruñendo todos como cavernícolas.
—Marisol es peligrosa —Kass me señaló con el dedo en plan moralista—. Es un vicio del que tienes que librarte.
—¡No soy una inválida! —Emme fulminó a Jax con la mirada—. Puede que tenga alergia al sol, pero también formo parte de este equipo.
—No me escuchas —Jax estaba a punto de perder los estribos—. ¡Lo único que intento es que sigas viva y sana!
Me apreté el puente de la nariz. Tanta discusión me dolía más que la conmoción cerebral.
—No hace falta pelear hasta la muerte por esto —murmuré, pero nadie me oyó.
Todos estaban demasiado ocupados defendiendo sus propios argumentos. Ahí estábamos, montando una bronca familiar múltiple en plena calle en mitad de la noche. A Zero Tango le encantaría ver esto. Las disputas solo empeoraban mi dolor de cabeza.
—Callaos —sentí que la cabeza me iba a explotar—. ¡Callaos de una puta vez!
Mi voz retumbó en la noche, poniendo fin a las múltiples discusiones. Todos alzaron la vista, con cara de sorpresa. Todos se quedaron en silencio, excepto Kass, por supuesto.
—Marisol es un lastre —siguió con su argumento, el imbécil implacable—. Puso en riesgo todas nuestras vidas cuando desactivó la torre y cortó las comunicaciones con el rancho.
—Resulta que esa última parte puede que no sea cierta.
Me giré y vi a Trev sentado en su silla de ruedas, apostado junto a las puertas abiertas de El Taj. Nos miraba con el ceño fruncido, sus ojos marrones brillando con decepción.
—¿Qué has dicho? —exigí.
—Si insistís en montar una pelea en Main Street, allá vosotros —dijo—. Hay gente en este pueblo durmiendo, pero a vosotros, pandilla de chimpancés alborotadores, parece que os da igual. Y ya que estáis discutiendo como hienas en la noche, me veo obligado a aclarar algo.
—¿Aclarar qué?
—Hiciera lo que hiciese, Marisol no desactivó la torre de comunicaciones del rancho.
Me invadió la sorpresa, junto con una sensación de alivio.
—¿No lo hizo?
—No —dijo Trev—. Lo hizo un dispositivo de interferencia, un inhibidor de señal grande, pesado y sofisticado instalado de forma profesional en lo alto de la torre. Rastreé su número de serie.
Hizo una pausa, pero le insté a seguir.
—¿Y?
—El inhibidor lo compraron en una empresa llamada Security Services en Denver hace dos días —informó Trev—.
Un hombre alto y rubio con acento ruso y documentación falsa que respaldaba una tarjeta de crédito también falsa se llevó el costoso juguetito.
Y ahora, ¿podríamos hacer el favor de continuar esta discusión dentro para evitar una neumonía colectiva?
Subí las escaleras de El Taj arrastrando los pies y entré en el vestíbulo de mármol ajedrezado, escarmentado como todos los demás.
La presión nos estaba pasando factura. Nuestro equipo se tambaleaba, perdía el norte, perdía el tiempo dándole vueltas a discusiones inútiles.
En algún rincón de mi cabeza, oí a Zero Tango carcajeándose.
Me froté la cara. El cansancio me pesaba en los hombros, sumándose a los dolores y molestias que despertaban por todo mi cuerpo. Me sentía como una mierda por haber pensado lo peor de Marisol cuando también había visto lo mejor de ella.
Nos reunimos al pie de la escalinata. Contemplé el atrio de techos altos, las elaboradas barandillas de hierro forjado, los azulejos relucientes de las paredes que habíamos restaurado con esmero cuando renovamos el Taj.
El edificio era más que un montón de mortero y piedra artísticamente resucitado. Era un recordatorio de que nosotros también habíamos conseguido echar nuevos cimientos y reconstruir nuestras vidas.
Había costado un montón de trabajo duro, determinación férrea y sudor a raudales que un puñado de desesperados jodidos saliera del agujero de mierda, desafiara su destino y se impusiera contra todo pronóstico.
Battle Brothers, Inc. era mucho más que un negocio.
Era un sueño, una causa y una misión, todo en uno.
Éramos un buen equipo, joder, uno inquebrantable.
No iba a permitir que nadie nos destruyera.
Trev cerró la puerta y giró la silla para quedar frente a nosotros.
—No podemos permitirnos el lujo de pelearnos entre nosotros. Tenemos demasiados enemigos en el radar. ¿Queremos actuar como una manada salvaje despedazándonos por las sobras?
Se hizo un silencio avergonzado.
—Trev tiene razón —gruñí—. Tenemos que mantenernos unidos.
—Gracias por activar el cerebro —la mirada de Trev recorrió a los demás—. Quizás el resto hagáis lo mismo. He demostrado que Marisol no tuvo la culpa de que se cortaran las comunicaciones. De eso se encargó Orlov.
—¿Cómo demonios descubrió Orlov que estábamos en el valle? —me estrujé el cerebro buscando respuestas—. ¿Cómo supo dónde encontrar a Marisol y cómo anticipó que yo iría a por ella?
—La respuesta es sencilla —dijo Trev—. Orlov tenía información privilegiada.
—¿Alguien se lo contó? —la frente de Apollo se arrugó en tres pliegues profundos—. ¿Lo del rancho?
—No necesariamente —caí de repente—. Orlov supo dónde encontrarnos desde el principio: cuando huíamos de Le Chalet, en el rancho, incluso cuando Marisol salió del valle.
Kass frunció el ceño. —¿Estás diciendo que la rastreó?
—¿De qué otra forma? —pensé en voz alta—. No puede ser una coincidencia.
El recuerdo me asaltó de golpe. Nuestra primera noche en Le Chalet. Llevaba a una Marisol achispada a la Suite Roja. Alice estaba en el pasillo. Salía de nuestra habitación, para traer un juego extra de toallas, según dijo.