Capítulo veinte
Marisol
Las voces llegaban desde más adelante en el sendero.
No podía dejar que me vieran en ese momento.
Abandoné el camino y me abrí paso con cuidado a través del extenso campo de rocas que cicatrizaba la ladera.
Oculta entre las piedras, observé colina abajo.
Un grupo de cuatro hombres vestidos con uniformes de combate y con una carga pesada subían a buen ritmo.
Eran un equipo eficiente que se movía con determinación. No eran simples excursionistas. ¿Leñadores, quizá?
Poco probable, me di cuenta, cuando se desviaron hacia un pequeño claro y empezaron a sacar su equipo, que consistía principalmente en... ¿armas?
Se me encogió el estómago con un mal presagio. ¿Serían cazadores?
No creía que fueran operativos de BB, pero por si acaso, lo mejor era rodearlos sin que me descubrieran.
Me moví en silencio y volví a subir la colina, buscando un camino para rodearlos. El terreno empinado me obligó a cruzar por encima del grupo. Acabé arrastrándome por una cornisa a unos diez metros sobre ellos.
Casi había terminado de cruzar cuando el sol poniente proyectó un pálido rayo sobre una figura vagamente familiar. Un hombre permanecía en el claro, con un rifle en una mano y la vista fija en un dispositivo que sujetaba con la otra.
De pronto, alzó la cabeza de golpe y sus ojos escudriñaron la colina donde me escondía. Me dejé caer boca abajo y entrecerré los ojos contra la luz de la tarde. ¿Tendría un sexto sentido? ¿Sabría que estaba aquí?
Fijé la mirada en la bufanda a cuadros que llevaba al cuello.
Se me secó la garganta. Había visto esa bufanda y al hombre que la llevaba una vez antes, en lo alto de un tejado frente al callejón trasero de Le Chalet.
Había sido una mirada fugaz, robada a riesgo de recibir una bala en la cabeza cuando Troy no miraba. Pero había bastado.
El hombre. La bufanda. El arma que sostenía en la mano. Mi memoria eidética confirmó los detalles. El hombre en la loma era Orlov. ¿Y el enorme rifle en sus manos? Era el mismo que había matado a Alice e intentado matarnos a Troy y a mí.
El frío se expandió en mi pecho. ¿Qué demonios hacían Orlov y sus hombres aquí, a kilómetros de Res y del rancho?
Orlov gesticuló hacia sus hombres como dándoles instrucciones. Estaban ocupados preparando algo. Orlov soltó su rifle y cogió otra arma mucho más grande. Se la echó al hombro con esfuerzo y pegó el ojo al visor como si la estuviera probando.
¿Qué era esa cosa?
Un momento. Había visto esa arma antes, en las noticias, y también en África, entre los señores de la guerra y las milicias con las que me había cruzado.
¿Por qué estaba Orlov aquí, ahora, jugando con un RPG?
Whopwhopwhop.
El golpeteo distante de las aspas captó mi atención. El hielo se extendió a mis extremidades y me heló la sangre.
Troy.
¿Cómo demonios me había encontrado?
No tenía ni idea y, sin embargo, sabía que venía a por mí. De alguna manera, el mercenario ruso había sabido dónde encontrarme y había anticipado los movimientos de Troy.
El corazón se me disparó a la garganta. Troy venía y Orlov lo esperaba al acecho.
***
Troy
El punto en mi radar cambió de dirección de repente: se alejaba de la carretera y volvía a subir la colina a una velocidad impresionante para una mujer menuda a pie.
Fruncí el ceño ante la pantalla y ajusté el rumbo para interceptarla. ¿Adónde demonios iba ahora?
Pasé sobre la cresta justo cuando la figura familiar de Marisol salía de entre los árboles a la carrera, colina arriba. Había anticipado que se mantendría en el bosque e intentaría evadirme para llegar a la carretera, pero parecía estar haciendo exactamente lo contrario.
Atravesó imprudentemente un extenso desprendimiento de piedras, trepó a lo alto de un montón de rocas, se plantó en la cima y agitó los brazos frenéticamente hacia mí.
¿Qué demonios?
Rodeé la cresta a baja altitud, buscando un lugar para aterrizar, sin perder de vista a mi presa.
Ya te tengo.
Los rotores del helicóptero le arrancaron la gorra y le azotaron la coleta, lanzándole el pelo contra la cara. La boca se le movía. Las manos señalaban lejos de la colina.
Apreté los dedos en torno a la palanca. Si pensaba que podía disuadirme de aterrizar y perseguirla a pie si hacía falta, estaba muy equivocada.
Acababa de dar la vuelta por segunda vez y sobrevolaba a baja altura un pequeño prado encajado en la ladera cuando las alarmas de la cabina se dispararon. La última vez que había oído esa advertencia en particular, estaba en Siria, esquivando fuego enemigo.
Bum.
El helicóptero se sacudió. Las chispas saltaron de la cola como fuegos artificiales. Escombros en llamas llovieron sobre el suelo mientras el panel se iluminaba.
Fallo del rotor de cola.
Un vistazo confirmó que la cola del helicóptero había saltado por los aires.
Bajé el colectivo y accioné los pedales para entrar en una maniobra de autorrotación de emergencia mientras buscaba desesperadamente un lugar donde posar el helicóptero en medio de un giro violento.
Pero el suelo se acercaba demasiado rápido.
—Mierda.
La gravedad nunca pierde, y lo mejor que podía esperar era un empate.
Iba a caer.
***
Marisol
El helicóptero giró en el aire, con los rotores chisporroteando, silbando y rugiendo mientras descendía en espiral hacia la tierra, arrastrando una columna de humo negro.
Se inclinó en el último momento y los patines de pronto parecieron orientados hacia el suelo.
Contuve la respiración y me atreví a esperar un aterrizaje duro en lugar de un accidente.
Pero todas mis esperanzas murieron cuando los bordes de las aspas principales rozaron la ladera y mordieron la tierra, esparciendo rocas y terrones que salieron disparados como proyectiles. Solté un gruñido, me tiré al suelo y me cubrí la cabeza.
Se me escapó el aliento cuando los escombros pasaron volando.
Grumos de grava y tierra cayeron sobre mí.
Un nuevo estruendo ensordecedor reemplazó la cacofonía del golpeteo de las aspas y anunció el momento en que el helicóptero golpeó el suelo.
La tierra tembló con el choque atronador y los últimos chirridos del metal al retorcerse resonaron en el prado.
—No, no, no —gemí mientras me incorporaba apoyándome en los codos.
Una gran nube de humo me impedía ver y se aferraba a la ladera de la montaña. Columnas de humo negro y blanco brotaban de los restos del aparato y ascendían hacia el cielo. Una serie de explosiones menores rompió el silencio espectral de la montaña.
Entrecerré los ojos escudriñando el lugar del accidente, intentando desesperadamente ver a través de las nubes de humo que flotaban a la deriva.
Chispas rojas comenzaron a prender, tiñendo el humo de manchas rojizas.
Pequeñas llamas crepitaban, llenando el prado de altura con sus perversas risitas.
Aparte del humo y los pequeños focos de fuego, nada más se movía.
Me puse de pie y eché a correr, saltando de roca en roca y luego a toda velocidad por la ladera de la montaña para llegar al helicóptero estrellado. Atravesé el humo y encontré el helicóptero humeante tumbado de costado como una bestia herida, rodeado de escombros en llamas.
Atragantándome con el hedor acre del humo y la gasolina, grité:
—¡Troy!
Alcé los brazos y, con un salto impulsado por la adrenalina, me agarré a uno de los patines. Me icé hasta el borde de la cabina y me arrastré sobre el aparato, boqueando de pánico.
—¡Troy, por favor, respóndeme!
La puerta estaba caliente, pero la abrí de un tirón de todos modos. Con un chirrido terrible, giró sobre sus bisagras y cayó al suelo.
Troy seguía sujeto a su asiento, desplomado hacia un lado, con la cara ensangrentada, el cuerpo inerte, los ojos cerrados detrás de las monturas torcidas de sus gafas de aviador.
—No, no, no —gemí histérica, metiendo la mano en la cabina y tirando de su arnés.
La hebilla no cedía.
—Troy, por favor, despierta.
Le quité las gafas rotas y le sostuve la cara ensangrentada entre las manos.
—¡Troy!
Sus párpados aletearon. Un gemido salió de su garganta. Estaba vivo.
El silbido de un nuevo fuego prendiendo llegó desde la parte trasera del helicóptero. Mi pulso, ya acelerado, se disparó. Voces. Gritos. Miré por encima del hombro. Orlov y sus hombres subían la colina a la carrera, armas en mano.
—Troy, cariño, tenemos que irnos.
—¿Qué? —parpadeó varias veces y entrecerró los ojos.
—Es Orlov —tiré del estúpido arnés con todas mis fuerzas—. ¡Viene hacia aquí!
La noticia devolvió algo de brillo a su mirada. Se limpió la sangre de la cara y miró colina abajo.
—¿Orlov? —murmuró—. ¿Está aquí?
—Está aquí —repetí—. Derribó tu helicóptero con un lanzagranadas.
Troy gruñó un vicioso «Hijo de puta».
Sus manos se unieron a las mías, forcejeando con el arnés. Pero estaba atascado. El olor picante del fuego me inundó las fosas nasales. El humo negro llenó la cabina, cegándome y asfixiándome.
—Vete —ordenó Troy.
—No voy a dejarte atrás.
—En cuanto el fuego llegue al depósito de gasolina, esto va a explotar —me empujó—. ¡Vete!
Tropecé con el fuselaje, perdí el equilibrio y caí de culo al suelo. Intenté pensar pese al pánico que me chillaba en la cabeza. Los gruñidos de Troy me llegaban distantes. Probablemente estaba luchando por salir de su asiento.
Ayuda. Necesitaba ayuda.
Me quité la mochila, rebusqué en el bolsillo delantero y saqué el cuchillo que había robado de la cocina.
Antes de darme cuenta, había trepado de nuevo por el costado del helicóptero a base de uñas, soltando una letanía de maldiciones y «ayes» cada vez que tocaba el metal caliente.
Seguí adelante hasta que volví al borde de la cabina.
Los ojos de Troy se abrieron de par en par.
—¿Qué demonios?
—No voy a dejar que mueras —me apoyé en el fuselaje, deslicé el cuchillo bajo el arnés y, empujando la hoja lejos de Troy, corté las correas del hombro.
—Maldita sea, Sol —se estiró hacia atrás y buscó algo a tientas—. Tus cojones van a hacer que te maten uno de estos días.
—Pero a ti no —terminé de cortar el arnés—. No voy a hacer que te maten.
Troy sacó un arma del asiento trasero y la lanzó fuera del helicóptero. Parecía aturdido y hacía muecas al moverse, pero con mi ayuda, logró salir del asiento. Juntos salimos tambaleándonos de los restos, nos deslizamos por el fuselaje y caímos al suelo.
—Vamos —dije, ayudándolo a ponerse de pie—. Tenemos que irnos.
Por un momento, se tambaleó. Parecía que iba a desmayarse. Pero entonces agarró el arma, se la colgó al hombro y se puso de pie.
—Vamos.
Avanzamos tambaleándonos por la ladera, alejándonos de los restos humeantes. Con cada paso, Troy siseaba de dolor, con el rostro crispado. Miré hacia abajo y jadeé horrorizada. Un trozo retorcido de metal le sobresalía del costado.
—¡Estás herido!
—No importa —me empujó hacia delante—. Sigue.
Una bala pasó silbando junto a nosotros, seguida de más. Miré por encima del hombro. Orlov y sus hombres ya estaban a tiro.
Acabábamos de llegar al campo de rocas cuando una explosión sacudió la montaña.
Lo que quedaba del helicóptero estalló y nos lanzó hacia delante.
La explosión resonó entre los picos. Un silencio absoluto me invadió la cabeza antes de que los oídos empezaran a pitarme con saña.
Un muro de fuego nos ocultó la vista del prado.
Troy cojeó hacia el campo de rocas, sujetándose el costado, apoyándose en las piedras gigantes para no caer. Se tambaleó hasta un pequeño hueco escondido tras un montón de rocas, se dejó caer al suelo y se desplomó.
Hizo un gesto hacia el suelo.
—Agáchate.
Me agaché junto a él, sin aliento.
—¿No deberíamos estar corriendo?
—No puedo correr más —miró su mano ensangrentada y maldijo—. No puedo creer que ese hijo de puta me derribara.
Se arrancó el casco, lo estrelló contra el suelo y se limpió la sangre que le brotaba de la herida sobre la oreja. Apretando los dientes, se frotó los ojos y parpadeó, como si intentara enfocar la vista.
—No veo una mierda.
Me asomé por encima de las rocas. Se me cayó el alma a los pies. El corpulento mercenario emergía del humo, arma en mano, seguido de sus secuaces.
—Viene hacia aquí —graznó—. Es como el puñetero Terminator.
—Pues habrá que terminarlo.
Troy se sacó la pistola de la espalda y me la dio.
—Toma. Quiero que salgas pitando de aquí. Agáchate. Usa el campo de rocas como cobertura. Muévete rápido. Si alguno de los hombres de Orlov te persigue, no lo dudes. Dispara. Ve hacia el sur rodeando la cresta, baja hasta la carretera y gira al norte hacia Res.
Miré fijamente el arma en mi mano y alcé la vista hacia su rostro.
—¿Y tú?
—Voy a hacer que estos cabrones se arrepientan de haber nacido.
Sacó varios cargadores del chaleco y los alineó con cuidado en el suelo, ajeno a la sangre que le manaba del costado y le empapaba la camisa.
—Dijiste que no podías ver.
—Puedo ver lo suficiente.
Hizo una mueca de dolor al incorporarse sobre una rodilla. Con esfuerzo, alzó la carabina, introdujo un cargador y lo aseguró. Apoyó el cañón en la roca y pegó el ojo a la mira.
—Vete ya.
—No me voy.
Emitió un gruñido grave.
—Sol...
Me arrodillé junto a él y, sujetando el arma, apoyé el codo en las rocas.
—Me quedo contigo.
Gruñó con rabia.
—¿Por qué ibas a querer quedarte con una infección viral?
Se me oprimió el pecho.
—Troy...
—Vas a seguir mis instrucciones.
Su tono severo no admitía discusión.
Cuando dudé, ladró:
—¿No has causado ya suficiente daño por hoy?
Dios mío. Tenía razón. Yo lo había metido en esta situación.
—Siento mucho lo de tu helicóptero —empecé—. Nunca quise que...
—Me mentiste, Sol —gruñó mientras ajustaba el rifle—. Huiste de mí y no me dijiste que te habías llevado al hijo de Rivera. Por eso hay órdenes de arresto contra ti en todas las putas partes.
Se me escapó el aire de los pulmones.
—¿Lo sabes?
—Lo sé.
Sin apartar el ojo de la mira, su boca se torció en una mueca amarga.
—Supongo que la honestidad era pedir demasiado. Ahora vete. Te refugiarás con mis hermanos. ¿Entendido? Es una orden. Si no te largas ahora mismo, conseguirás que nos maten a los dos.
Sus palabras me desgarraron. Las balas habrían dolido menos. Pero tenía razón. ¿Por qué debería confiar en mí cuando había hecho semejante desastre?
Un plan empezó a formarse en mi cabeza, un plan para mantener a Troy con vida.
—No te atrevas a morirte, Troy Battleson.
Le agarré de la manga y le planté un beso en la mejilla cubierta de hollín y manchada de sangre.
—Si lo haces, iré a buscarte y te atormentaré por toda la eternidad.
Me lanzó una mirada de sorpresa que quedó interrumpida por el chasquido seco de una bala al impactar en la roca.
—¡Vete!
Giré sobre mis talones y, agachándome, le di la espalda al hombre al que amaba.