Troy (Romance militar de héroes alfa nº 3) Capítulo diecinueve
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Capítulo diecinueve

Troy

La noticia me revolvió las tripas. Marisol se había fugado con la hija de Rivera.

¿Qué demonios?

Me costó horrores mantener la cara inexpresiva, pero estaba entrenado para jugar al póquer con los mayores capullos del mundo. Así que puse mi cara de póquer mientras luchaba por poner orden en mis turbulentos pensamientos.

Todo encajaba a la perfección. Los miedos de Marisol. Su insistencia cuando nos conocimos en que tenía que irse y podía esconderse sola. Sus intentos de convencerme para que la dejara marchar. La distancia que había puesto entre nosotros. El desastre de anoche, cuando me arrancó las entrañas.

Joder. ¿Cómo no lo había visto antes?

Marisol había robado algo más que información a Rivera. Había arrancado a la hija de Desiree de sus garras y, de algún modo, se había salido con la suya.

¿Cómo demonios lo había conseguido? ¿Estaba Tee al tanto? ¿Cómo había logrado burlar al ejército privado de Rivera y salir del país con una niña a cuestas? ¿Y dónde narices estaba la niña ahora?

Esa mujer tenía agallas de acero. El milagro era que siguiera viva. Y no iba a ser fácil que siguiera estándolo. Rivera iba a por su hija. No pararía hasta recuperarla.

Sus derechos parentales tenían prioridad, y como diplomático, el gobierno estaba obligado a ayudarlo a encontrar a su hija. Y una vez que la encontrara, Marisol sería historia, probablemente acabaría en una tumba no muy lejos de la de su hermana.

Se me heló hasta el último hueso del cuerpo.

Entonces llegó la rabia. Podría habérmelo contado. Había tenido tiempo de sobra cuando matábamos las horas en Le Chalet, o incluso después, en el rancho. Debería haber sido sincera conmigo, haberme contado lo de la niña, haber confiado en que yo haría lo correcto.

¿Pero lo había hecho?

Y una mierda. Ni siquiera lo había intentado.

Me destrozaba no merecer su confianza. No podía quitarme de encima la sensación de que me había traicionado, de que me había usado para sus propósitos como todas las demás mujeres de mi vida que alguna vez habían significado algo para mí.

Marisol era terca de cojones. La conversación que teníamos pendiente iba a ser intensa.

Jax me dio un golpe con la rodilla. Rivera. Cierto. Primero tenía que ocuparme de él.

—Tiene una hija —dije con voz neutra—. Y Marisol se la llevó. Cuesta creerlo.

Sobre todo porque nuestra investigación no había encontrado ninguna prueba ni noticia de esa magnitud.

Aunque, por otra parte, Max se había topado con un apagón informativo sobre Rivera, y el cabrón se esforzaba por mantener a su familia en las sombras dentro de un país donde la verdad había muerto junto con la democracia.

—Marisol secuestró a mi hija —dijo Rivera entre dientes—. Mi gobierno y yo lo hemos mantenido en secreto. Estoy seguro de que entiende por qué.

Lo entendía. Rivera operaba en un submundo oscuro y violento. Se esmeraba en mantener su vida privada y a su familia lejos de los focos. Que hubiera logrado ocultar la existencia de su hija a Max y al resto de nosotros era una prueba más de su paranoia extrema.

Había otra razón por la que Rivera había mantenido en secreto la desaparición de su hija.

Quedaría como un débil ante amigos y enemigos si no era capaz de proteger a su hija en su propia casa.

Y su gobierno quedaría como un incompetente si se supiera que se la habían llevado del país en sus propias narices.

Además, alguien con sentido de la justicia y tirria a Rivera podría enterarse de lo que había hecho Marisol, investigar la muerte de Desiree y presentar cargos contra él.

Sí. Entendía por qué Rivera había mantenido en silencio todo el asunto del secuestro.

Eso también explicaba por qué el rastreo cibernético de Max no había encontrado ningún rumor al respecto, y por qué no había mención del secuestro de la niña en la orden de arresto de Marisol.

—Soy un padre desesperado —Rivera se llevó la mano al corazón—. De hombre a hombre, seguro que lo entiende. Necesito recuperar a mi Lulu.

Una actuación digna de un Óscar. Rivera intentaba tocarme la fibra sensible. Pero no me lo tragaba. ¿Él y yo? Puede que fuéramos del mismo sexo y especie, pero él pertenecía al clan de los imbéciles primitivos.

Eso sí, me presentaba un problema espinoso.

El derecho de familia no era mi especialidad, pero la posición legal favorecería a Rivera.

Un padre tenía derecho a su hija, pero el padre de Lulu era un monstruo que había matado a su esposa a golpes.

Marisol tenía buenas razones para temer por su sobrina.

¿Podía culparla de verdad por haber sacado a la niña a escondidas, lejos de su padre?

—Quiero enseñarle algo —Rivera se dio unas palmaditas en el bolsillo del pecho—. ¿Me permite?

Asentí y metió la mano en la chaqueta. Moviéndose despacio, con los ojos yendo de mí a mis hermanos, sacó un fino fajo de papeles doblados. Uno por uno, los fue colocando sobre la mesa. La foto de Marisol encabezaba cada página.

Todos eran carteles de búsqueda y captura. FBI. Scotland Yard. Interpol. Ameripol. Europol. Rivera había usado su influencia diplomática para no dejar ningún cabo suelto. Recogí las hojas y las estudié. Fuera donde fuera Marisol, correría el riesgo de que la atraparan.

—Se ha tomado muchas molestias para una simple disputa familiar —doblé las hojas y las deslicé por la mesa hacia Rivera.

—¿Una simple disputa familiar? —Rivera torció el gesto, interpretando el papel del padre indignado—. Marisol se escapó en plena noche con mi única hija. Sacó a Lulu de mi país sin mi autorización. Trajo a la niña aquí. Con el tiempo suficiente, Marisol podría poner a mi hija en mi contra.

Lo más probable era que, si la niña había presenciado el maltrato a su madre, ya odiara a su padre. Pero, joder, menudo lío. Iba a necesitar tiempo para desenredar este desastre y elaborar un nuevo plan. Intercambié una mirada rápida con mis hermanos. Estaban de acuerdo.

Me encogí de hombros con indiferencia. —Todo esto es nuevo para mí.

Rivera esbozó una sonrisa burlona que me cantaba el farol. —Me imaginé que no se lo había contado.

—Pero sigo sin entender qué quiere de mí.

—Quiero a Marisol —Rivera recogió los carteles de búsqueda y captura y se los guardó en el bolsillo interior.

—De acuerdo —dije—. Yo le entrego a Marisol y usted me da... ¿qué?

—Ahora llegamos al meollo del asunto —dijo Rivera con los ojos brillantes—. Creo que puedo convertir esto en un intercambio justo.

Jax gruñó.

—¿Justo? ¿Cómo?

—Un nombre —dijo Rivera—. Puedo daros el nombre del hombre al que tú y tus hermanos lleváis persiguiendo casi un año.

Tuve que controlar mi voz, temiendo que delatara la conmoción que me invadió.

—¿De qué estás hablando exactamente?

—Una oferta que no podréis rechazar.

Observé al hombre que tenía delante. Se había esfumado la historia lacrimógena, el padre afligido, el cuñado agraviado.

En su lugar estaba el tiburón seguro de sí mismo, el señor de la guerra feroz que no dejaba testigos a su paso, el asesino despiadado que siempre conseguía lo que quería, como Marisol había señalado acertadamente muchas veces.

Rivera esbozó su sonrisa salvaje.

—A cambio de entregarme a mi cuñada, os daré la identidad del misterioso enemigo que lleva intentando destruir a vuestra familia y vuestro imperio, esa figura esquiva a la que llamáis Zero Tango.

***

Marisol

Avancé a buen ritmo. Caminé toda la noche, parando solo para comer y beber sin detenerme, y alcancé la última cresta a media tarde. Me detuve en la cima de la colina, cansada, con los pies doloridos, pero decidida.

Me dolían los ojos de todas las lágrimas que había derramado por el camino.

Mi estado de ánimo sombrío teñía el paisaje de una bruma azulada.

Un sol débil y amarillento ya había comenzado su descenso hacia el oeste, proyectando sombras sobre la carretera que serpenteaba entre las montañas más abajo.

Tres, tal vez cuatro millas por recorrer.

Si mantenía el paso, podría llegar a la carretera al anochecer.

Me obligué a bajar por el sendero empinado, con cuidado de no tropezar con las rocas y raíces que sobresalían del camino irregular. No necesitaba añadir un tobillo roto a mis desgracias.

Altos árboles de hoja perenne y álamos desnudos presenciaron mi paso en silencio espectral.

Echaba de menos los sonidos del rancho, el relinchar de los caballos, el mugido de las vacas, las risas y conversaciones que llenaban la casa principal.

Sobre todo, echaba de menos a Troy, sus brazos fuertes rodeándome por la noche, su voz grave susurrándome palabras cariñosas y sensuales al oído, aunque no las mereciera.

Con un gesto furioso, me sequé otra lágrima de la cara. Basta de llorar. No necesitaba añadir la deshidratación a las emociones que me consumían el alma y ya estaban agotando mi resistencia. Tenía que llegar hasta Lulu antes de que fuera demasiado tarde.

Un sonido metálico me sobresaltó, sacándome de mi marcha forzada. Me detuve y agucé el oído. Algo tintineó. Voces resonaron desde abajo. Me aparté del sendero a toda prisa y me agaché detrás de un grupo de árboles.

Ya no estaba sola en el bosque.

***

Troy

Aterricé en el rancho en medio de un caos total con las comunicaciones.

Al parecer, mientras nos reuníamos con Rivera, las comunicaciones se habían caído y nadie había tenido noticias de la gente del rancho en un buen rato.

Ninguna de las balizas de emergencia se había activado, pero aquello no me daba buena espina.

Había volado al rancho a toda velocidad. Max y Jax me contactaban cada dos minutos, más ansiosos de lo que los había oído nunca. Estaban preocupados por Lexi, Emme y los niños.

Quizás el fallo de comunicaciones explicaba por qué nadie de mi equipo de tierra había aparecido en el helipuerto. Y sin embargo, no podía ignorar la urgencia que me retorcía las tripas. Algo iba mal, lo sabía.

Apagué el helicóptero, salté fuera y, Beretta en mano, corrí hacia la casa principal.