Capítulo siete #3
—Eso pensé, al principio —sus ojos color caramelo me acariciaron el rostro y bajaron hasta mis labios, donde se demoraron—. Pero ya no lo creo. Ya no.
—No has estado mucho tiempo cerca de mí —gruñí, irritado por su seguridad—. ¿Cómo puedes saberlo?
—Acudes en ayuda de desconocidos. Pagas por lo que coges.
No te aprovechas de la gente cuando está en las últimas.
Así que puedes fingir ser un cerdo asqueroso todo lo que quieras, pero no lo eres —hizo una pausa y se mordió el labio inferior, ese labio tan carnoso, durante un segundo o dos—.
¿Y Troy? Solo un recordatorio. No soy tu hermana.
Mi polla palpitó con tanta fuerza que me dolió la cabeza. Apreté los dedos alrededor de la taza mientras luchaba desesperadamente por mantener el control. Levanté el pie del suelo como si aliviara la presión de los pedales del helicóptero. Volaba a ciegas.
Hora de soltar algo de metralla.
Elegí la sonrisa más despiadada y sardónica de mi catálogo social y me la planté en la cara.
—Pequeña, ¿estás intentando ligar conmigo?
Ignoró mi provocación con el «pequeña», ladeó la cabeza y contraatacó con una sonrisa clínica e insulsa.
—¿Y si fuera así? ¿Sería un problema?
Mi polla dio otro salto. Esto no estaba funcionando como debería. No estaba intimidada en lo más mínimo. Ni distraída por mis tácticas habituales.
Reprimí un gemido.
—Marisol...
Me dedicó un arqueo de cejas exasperante.
—¿Sí, Troy?
—No puedo —dije—. No lo haré.
Apretó los labios en una línea recta.
—¿Por qué no?
—Porque... —me pasé los dedos por el pelo, intentando mantenerme en mis trece.
—¿Porque no soy lo suficientemente atractiva? —preguntó, cruzando las piernas de forma provocativa—. ¿Porque soy remilgada, aburrida, empollona y no soy tu tipo?
Esta vez sí gemí.
—No es eso lo que quiero decir.
—Entonces, ¿qué quieres decir, Troy?
Su enfoque frío y calculado era tan directo y racional que me encontré atrapado en su peligrosa turbulencia, girando como un helicóptero fuera de control.
No tenía potencia suficiente para contrarrestar la poderosa corriente descendente de Marisol, el efecto devastador que tenía sobre mi control. La evasión era mi única alternativa.
—Esto no funciona así —señalé entre los dos.
—Oh, ya veo —dejó la taza sobre la mesa y se inclinó hacia delante—. Así que tú puedes ligar conmigo cuando te apetezca, besarme cuando quieras y durante todo el tiempo que quieras, incluso después de que la policía se vaya, pero yo no puedo ligar contigo. ¿Tengo razón?
Que Cristo me proteja de las mujeres con coeficientes intelectuales estratosféricos. Que Dios me salve del ingenio de Marisol. Estaba totalmente perdido.
—Empiezo a entender cómo funciona tu mente —asintió, arrancándome el escudo con su mirada perspicaz—. Te presentas como una persona y sin embargo eres alguien completamente diferente. Tu doble rasero es una forma de control.
Gruñí.
—¡Deja de analizarme!
—Puedo intentarlo, pero es un hábito, así que no te lo prometo —me dedicó una sonrisa que era a la vez inocente y provocadora—. ¿Al menos considerarás mi petición?
Una petición. Sonaba como un formulario de solicitud que hubiera rellenado y firmado.
¿Por qué me alteraba tanto?
Mantuvo esos ojos inquietantes clavados en mí como si yo simplemente debiera cerrar el trato con mi sello de aprobación. Estaba negociando con su cuerpo. Era un intento torpe, como mucho, pero joder, funcionaba. Todo el asunto sería ridículo si ella no fuera tan jodidamente sexy.
Me tragué un gemido de desesperación erótica.
Esta mujer iba a acabar conmigo.
Mantén la concentración. Haz el trabajo. Busca los patrones, busca los cables.
Hora de salir de la barrena.
Me aclaré la garganta y adopté mi mejor modo de abogado.
—Necesitamos más información tuya.
Arqueó las cejas.
—¿Cómo qué?
—Como cómo te metiste en este puto lío en primer lugar.
—Alfonso mató a mi hermana, así que me involucré —se enderezó en la silla y me sostuvo la mirada—. Sospecho que habrías hecho lo mismo si alguien hubiera asesinado a uno de tus hermanos.
No se equivocaba.
—Acláralo —me mantuve en mis trece—. ¿Tenías algún conocimiento previo que sugiriera que Rivera probablemente mataría a tu hermana? ¿Estás segura de que él mató a Desiree? ¿Cómo lo sabes con certeza si no estuviste presente en la escena?
Dejó la taza sobre la mesa de golpe y me atravesó con la mirada.
—Odio cuando me tratas como si fuera un testigo hostil en tu tribunal.
—Y yo odio cuando me tratas como si fuera un virus que puedes diseccionar bajo el microscopio —le espeté—. Responde. Mi. Pregunta.
Se desplomó en la silla, cerró los ojos y respiró hondo. Cuando volvió a abrirlos, su mirada estaba llena de un dolor infinito. Lamenté la pérdida de su descaro. Joder, hasta echaba de menos sus intentos de seducción.
Su dolor me golpeó en el estómago. Por fin, la fanfarronería en mí se apaciguó. El chaleco antibalas que encerraba permanentemente mi corazón cedió un poco. Era el hijo de puta más vil y cruel del mundo por obligarla a enfrentar su jodida realidad.
El abogado que nunca perdía un caso vaciló.
—Quizá podamos hablar de esto más tarde.
—No, no más tarde —apretó los labios, juntó las manos en el regazo y respiró hondo—. Si necesitas saberlo, te lo diré ahora mismo.