Capítulo Cinco
Troy
—Vaya, vaya, pero si es el mismísimo Troy Battleson —dijo Alice con su sonrisa más pícara—. Bienvenido, guapetón. ¿Vienes a unirte a la diversión?
Me guiñó un ojo, agarró la punta de su larga coleta platino y se la echó sobre el hombro mientras me hacía ojitos con sus pestañas cargadas de rímel.
—Hola, Alice —le tendí la mano y se la estreché, con intención de mantener un tono profesional, pero ella me acarició la palma con el dedo corazón y ensanchó su sonrisa.
—Ya sabes cómo funciona esto —me guiñó un ojo—. Di la palabra y dejo el turno.
La mirada atónita de Marisol pasó de Alice a mí.
Su boquita carnosa se abrió. Con un barrido metódico, observó la sonrisa seductora de Alice y las generosas curvas de sus pechos, que tensaban el botón de la camisa hasta el punto de que, según mis cálculos, podía saltar en cualquier momento.
Luego Marisol miró más allá de Alice y clavó la vista en el letrero detrás del mostrador.
Le Chalet. Solo para socios.
Los labios carnosos de Marisol —los mismos labios que había estado besando tan a fondo hacía apenas veinte minutos— se apretaron en una línea severa. Casi podía oír los engranajes de su mente científica girando, sacando sin duda todo tipo de conclusiones, algunas acertadas, otras erróneas.
¿Podía culparla?
Le Chalet no era precisamente el tipo de lugar que atraería a alguien tan formal como ella.
Tampoco era un Holiday Inn Express. Y no había ayudado el hecho de que hubiéramos entrado por la puerta de atrás y atravesado el club nocturno.
Era viernes por la noche y el bar y la pista de baile estaban a tope.
La mayoría de los clientes iban vestidos —o quizás debería decir desvestidos— para la ocasión, una noche salvaje de temática fetichista.
—Necesito hablar con Rey —mantuve la mirada fija en el rostro de Alice, ignorando tanto su escote como sus intentos de seducirme, aunque era una coqueta incorregible—. Cuanto antes, mejor.
—Puede que Rey esté ocupada, pero le diré que estás aquí.
Alice tecleó un mensaje en su ordenador, hizo clic en enviar y se dedicó a lo suyo, que en este caso consistía en mirarme el paquete y pasarse la punta de la lengua por los labios rojo rubí.
—Mientras tanto, ¿hay algo más en lo que pueda ayudarte? —dijo, demasiado ansiosa—. ¿Lo que sea?
—No —soltó Marisol, sobresaltándonos tanto a Alice como a mí, antes de que se le subieran los colores y se tapara la boca con la mano, ahogando un torrente de murmullos—. Yo... eh... quiero decir, no, gracias.
Alice observó a Marisol y luego me dedicó una sonrisa de suficiencia.
—Veo que te has encontrado una fierecilla con la que jugar. ¿Vienes en plan BYOB, Trae Tu Propia Zorra, esta noche?
Marisol se irguió tan tiesa que corría el riesgo de partirse la columna por la mitad. Lo juro, creció al menos dos centímetros. La temperatura del vestíbulo se disparó. Estaba cabreada.
No tenía ni idea de qué pasaba por la cabeza de esa mujer.
Mejor no intentar adivinarlo.
—Necesitamos una habitación —dije, y Marisol me fulminó con otra mirada asesina.
—Solo lo mejor para Troy —los dedos de Alice volaron sobre el teclado—. La suite de lujo para ti y tu pequeña amiga.
—No soy su pequeña amiga —masculló Marisol.
Si las miradas matasen, tanto Alice como yo habríamos quedado vaporizados en el acto.
—Claro, cariño, lo que tú digas —Alice insertó una tarjeta programable en la ranura y le dedicó a Marisol una amplia sonrisa—. ¿Quieres ir arriba? Adelante. A mí me da igual. Al fin y al cabo, Le Chalet es tu puerta al placer, y la de él también. Y la mía, si le interesa.
La furia de Marisol me golpeó como una ola nuclear. Me bajé la cremallera de la sudadera, notando el calor. Para ser tan menuda, llevaba mucha rabia acumulada. Tenía que sacarla de allí antes de que saltara el mostrador y le arrancara los ojos a Alice.
—Alice, no necesito una suite —dije—. Con una habitación normal me vale.
—Lo siento, chico de ensueño, pero es viernes por la noche —Alice deslizó la tarjeta llave en la funda y la dejó sobre el mostrador—. Los fines de semana se reservan con meses de antelación. Tienes suerte de que Rey guarde una suite para VIPs y para su Battleson favorito.
Eso me ganó una mirada aún más fulminante de Marisol.
Joder, preferiría enfrentarme a un misil tierra-aire. Tenía las habilidades para esquivar un Stinger y mejores probabilidades de éxito.
¿Marisol?
Daba auténtico miedo cuando te miraba con esa cara.
—¿Te acuerdas del camino? —Alice tamborileó con sus largas garras rojas sobre la funda de la tarjeta—. O... estaré encantada de enseñártelo.
—No hace falta —agarré la llave, alejé a una rígida Marisol del mostrador y dije por encima del hombro—: No te olvides. Dile a Rey que necesito hablar con ella, ya.
—Ya será —Alice me miró con lascivia—. Aunque yo preferiría hacértelo largo y lento...
Cerré la puerta a nuestra espalda y, tirando de Marisol, me dirigí hacia el ascensor.
—Esa mujer... —Marisol me lanzó una mirada envenenada de reojo—. Así que tú y ella...
—No —pulsé el botón de llamada—. No es lo que piensas.
Dando golpecitos con el pie en el suelo, Marisol cruzó los brazos y soltó un bufido que dejaba claro que no se creía ni una palabra. Se me encogió el estómago. ¿Por qué demonios me molestaba tanto?
Quizás se había hecho una idea equivocada por el beso improvisado junto al bar irlandés. Quizás había olvidado que la besé porque aquellos polis venían directos hacia nosotros. Nada como una pareja cachonda para distraer, confundir y despistar.
Ya, claro.
Como si hubiera tenido que besarla durante cinco minutos completos después de que la policía pasara junto a nosotros. Como si hubiera tenido que explorar su boca con mi lengua y su cuerpo con mis manos para fingir que me gustaba.
Y una mierda fingir.
Los besos habían sido ardientes. Había disfrutado saboreando esos labios deliciosos. Y ella había reaccionado ante mí con fuerza, con pasión, no como la científica lógica que decía ser, sino como el ser primitivo y sexual que ocultaba tras su fachada profesional.
Su cuerpo compacto había encajado a la perfección en mis brazos. Mis palmas se habían deslizado sobre sus curvas, ansiosas por colarse bajo su ropa. Cada centímetro de mi cuerpo recordaba la visión de esas sexy braguitas rojas ciñéndose a su trasero.
Mis dedos se habían muerto por acariciar sus generosos pechos bajo el suéter. Mi polla había estado totalmente a favor todo el tiempo. La había deseado tanto que había pensado en llevármela al callejón trasero y tomarla allí mismo entre las sombras.
¿Qué coño me pasaba?
Incluso ahora, frente a ella en el ascensor, mi polla estaba dura como una viga de hierro. Me di la vuelta y me la coloqué. Jodidamente incómodo.
Esto no me pasaba a menudo. De hecho, no recordaba haber estado tan cachondo por una sola mujer. Normalmente era expeditivo a la hora de satisfacer mis necesidades. Cuando surgía la necesidad, echaba un polvo. Nunca había tenido problemas con eso. Ni con conseguir lo que necesitaba.
Pero Marisol era demasiado remilgada y correcta como para ofrecerse a meterse en mi cama. Además, sus miradas hablaban por ella. Se había dejado llevar por los besos, pero no le gustaba realmente lo que había visto hasta ahora de cómo vivía mi vida.
Quiero decir, en serio, ¿por qué había desarrollado un capricho carnal por la única mujer que había destrozado mi tapadera y había desenmascarado a Troy Battleson Esquire desde el primer momento?
Tee.
Esto era culpa suya. Apreté los molares y ordené a mi erección que bajara. Si Marisol hubiera llegado a través de cualquier otro conocido, ni me habría fijado en ella.
¿Estás seguro de eso, aviador?
Por supuesto que estaba seguro. ¿Por qué me había obsesionado tanto con unos cuantos besos si no era porque las travesuras de Tee estaban haciendo estragos en mi lógica?
Claro, Tee lo había negado. Pero aún tenía mis dudas.
La posibilidad de que tal vez Tee hubiera enviado a Marisol para mí —de la misma manera que había enviado a Emme para Jax y a Lexi para Max— era un auténtico follón mental.
Me tentaba y provocaba, haciendo saltar mi lógica como un rayón en un CD.
Por lo visto, también afectaba a mi cuerpo. Mi polla parecía francamente convencida de que ella era para mí.
No.
Ya había hablado con Tee sobre esto. Marisol no era para mí. Era solo una mujer en apuros y yo no era más que una herramienta para mantenerla a salvo.
Apreté la correa del petate. Esta trayectoria de vuelo no llevaba a ninguna parte. La incomodidad física solo empeoraba las cosas. Por el rabillo del ojo, me atreví a echar un vistazo rápido. Mierda. Incluso su ceño feroz era sexy.
¿Por qué estaba tan enfadada conmigo?
¿Podría ser que estuviera... celosa?
No estaba celosa. Estaba horrorizada, cansada y aterrorizada.
Ojalá pudiera decir algo para borrarle el ceño fruncido, pero temía que cualquier cosa que dijera desencadenara una explosión monumental.
Como si las cosas no fueran ya bastante incómodas, el dispensador de placer nos dio la bienvenida al vestíbulo del tercer piso.
Era una enorme máquina expendedora, bien surtida con una variedad de condones, juguetes sexuales explícitos y artículos de temática erótica cuidadosamente expuestos tras el cristal. La coronaba un letrero de neón parpadeante que rezaba —cómo no— Dispensador de Placer.
La visión de aquello no hizo más que agudizar el silencio furioso de Marisol.
—Escucha —dije mientras pasaba la tarjeta por la cerradura, abría la puerta y encendía las luces—. No es que tuviera una larga lista de opciones para encontrarnos un lugar seguro esta noche.
Pasó junto a mí y entró en la habitación con paso firme, ignorándome por completo. Quizás debería haberla advertido, pero ya era demasiado tarde.