Troy (Romance militar de héroes alfa nº 3) Capítulo Cuatro #3
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Capítulo Cuatro #3

¿Cómo era posible?

Estaba perdiendo la cabeza. Seguro.

Me pasó el brazo por los hombros y me sacó de debajo del toldo hacia la acera. Mis pies se movían solos. Los rostros se difuminaban ante mis ojos y las risas resonaban en mis oídos. El mundo parecía un lugar nuevo y esperanzador.

Oh, Dios. Tenía que alejarme de Troy, cuanto antes mejor.

Pero había algo que necesitaba saber antes de irme.

—¿Troy? —Lo miré—. ¿Por qué viniste a buscarme?

Me lanzó una mirada irónica. —¿No es obvio? Estás en peligro.

—¿Cómo lo supiste?

—Tee me lo dijo.

Me detuve en seco. —¿Hablaste con Tee?

Asintió mientras sus ojos recorrían la multitud y su mano me instaba a seguir adelante. —Después de que te fuiste de The Lion.

—¿Entonces sabes de qué va todo esto?

—Tengo lo básico —dijo—. Rivera. Tu hermana. Las pruebas del sobre.

—Entonces también sabes que deberías alejarte de mí todo lo posible.

—Tee y yo opinamos distinto.

—Esto es malo, Troy, muy malo —dije—. Tienes que alejarte de mí. Estoy bien ahora. Puedo arreglármelas sola.

—Debes de estar completamente loca si crees eso. —Me apretó más contra él—. Estamos hablando de Alfonso Rivera. No puedes sobrevivir sola a esto.

—Lo he hecho hasta ahora, ¿no? —Mi orgullo se resintió—. Puedo mantenerme viva y oculta hasta que hagas llegar la información a quien corresponda y consigas que acusen a Alfonso, preferiblemente en varios tribunales. Después de eso, él va a la cárcel de por vida y yo soy libre.

—¿Y crees que eso va a pasar fácilmente o rápido? —se burló, sacudiendo la cabeza con incredulidad.

—Troy... —Tenía que convencerlo de que me dejara ir. Una vida inocente dependía de ello—. No quiero que tú y tus hermanos salgáis heridos.

—Todos somos mayorcitos —dijo mientras nos abría paso entre la multitud—. Podemos con ello.

Su desprecio despreocupado por su propia vida me enfurecía casi tanto como su cabezonería.

—Eres un hijo de puta arrogante si crees que puedes derrotar a Alfonso Rivera mientras estoy contigo —dije—. Piénsalo. Mientras estemos juntos, tú eres su objetivo. Te encontrará, te matará, impedirá que hagas llegar la información a las personas adecuadas y vendrá a por tus hermanos.

—¿Y qué harás tú mientras estés huyendo? —contraatacó—. ¿Adónde irías? ¿Cómo te esconderías?

—Eso solo lo sé yo.

—Ajá.

Ahí estaba otra vez, el sonido más exasperante del mundo, seguido de esos sesenta segundos de infierno silencioso que me dejaban suspendida entre la libertad y el cautiverio.

—Tu forma de hablar me resulta muy sospechosa. —Su mirada negra me golpeó, exigiendo una confesión completa—. Casi parece que tienes un lugar adonde ir y que nunca tuviste intención de seguir las instrucciones de Tee.

Pillada.

—Tee te envió a mí por una razón —dijo Troy como si yo fuera una niña y él el único adulto presente—.

Es evidente que está metida hasta el cuello en una mierda seria, y tú también.

No voy a dejar tirada a Tee. Me preocupa su seguridad, sobre todo si esto sale mal.

Tampoco te voy a dejar tirada a ti. Te vas a quedar conmigo hasta que este lío se acabe.

Santa María, lo decía en serio.

—Troy, por favor —dije, deteniéndome—. Deja de ser tan obtuso.

—¿Yo soy obtuso? —me miró boquiabierto—. ¿Y tú? ¿Eres racional? ¿Realista?

—No soy una niña. Puedo cuidar de mí misma. Estamos hablando de mi vida. Quizá deberías hacerle caso a tus instintos esta vez.

Arqueó una ceja negra como el azabache. —¿Qué instintos?

—Los que te hicieron odiarme a primera vista —dije—. Los que te decían que te mantuvieras alejado de mí, pasara lo que pasara.

—Ah, esos.

Negó con la cabeza.

—Escucha, aquello fue otro desastre y me porté como un capullo. Recuérdame que te lo cuente algún día. Puede que hasta te haga gracia. Pero ahora mismo, vienes conmigo.

Me agarró de la mano y tiró de mí.

—No pienso dejarte sola en esto.

Su cabezonería me arrancó un gruñido de frustración. —Lo único que tienes que hacer es llevarle esa información a alguien que pueda actuar.

—¿Y dejarte a merced de los lobos?

Resopló.

—Eso no va conmigo.

Me planté delante de él y le puse las dos manos en el pecho. —No tienes por qué meterte en esto.

—Sí que tengo.

Se abalanzó sobre mí y me robó otro beso, que me dejó cálida y aturdida por la sensación de sus labios mientras me abandonaba a la fuerza de sus brazos.

Podría haberme resistido. Podría haberlo apartado y haberle dicho que no. Bien lo sabía Dios que ya lo había hecho antes. Hasta había abofeteado a algún que otro científico salido que había intentado propasarse conmigo en el trabajo.

Pero no estaba en el trabajo, ¿verdad?

La verdad es que podría haberme zafado de sus brazos y negarme a devolverle el beso. Pero ¿hice algo de eso?

Qué va. No lo hice.

Y como estaba disfrutando tanto de sus besos, arrepentirme no era una opción.

Cuando por fin se apartó de mis labios, soltó un largo suspiro. —¿Quieres saber la verdad?

Me había quedado sin aliento, así que solo pude asentir.

Sus ojos de medianoche me miraron con un brillo intenso y luminoso. —Ya estoy metido en esto.