Troy (Romance militar de héroes alfa nº 3) Capítulo tres #2
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Capítulo tres #2

Me removí en el asiento, con la respiración entrecortada y el pulso martilleándome en los oídos. —¿No crees que deberías dejar el coche encendido, por si tenemos que huir?

—Hace frío —dijo—. El escape se condensaría, saldría flotando y nos delataría.

Debería haber pensado en eso, pero el frío no era lo mío. Las enfermedades transmitidas por mosquitos que estudiaba solían darse en climas cálidos y tropicales. Le lancé otra mirada a Troy. Por una vez me alegraba de no estar completamente sola en esto.

Era un pensamiento estúpido y egoísta. Necesitaba alejarme de Troy, y pronto.

Tenía que cumplir con mi hermana. Debía proteger a nuestra familia, lo que significaba seguir en movimiento.

Diez días. Era todo el tiempo que tenía para despistar a Alfonso y llegar a mi contacto.

Después de eso, mis probabilidades de éxito, ya de por sí bajas, se reducirían a cero.

Uno de los coches patrulla giró y subió por la calle. Se me heló la sangre. El resplandor azul de un portátil en la consola iluminaba a los dos agentes sentados en el vehículo, que giraban la cabeza mientras escudriñaban la zona.

—Oh, Dios.

Eché mano a la puerta con un siseo, como un animal salvaje atrapado en una trampa.

—Tranquila.

Troy me sujetó el brazo justo cuando la patrulla se detuvo en la esquina y el agente del asiento del copiloto miró directamente hacia el túnel de lavado.

—No te muevas —ordenó Troy en un murmullo, mientras sus dedos se apretaban alrededor de mi codo.

Me quedé rígida, con los músculos tensos y listos para salir corriendo, el pecho agitado mientras luchaba por respirar con bocanadas superficiales.

—Nos verán —susurré, casi sin mover los labios.

—No necesariamente —murmuró—. Aquí dentro está oscuro y el ojo humano busca movimiento. Si nos quedamos quietos, tenemos una oportunidad.

Me quedé tan rígida que me dolía el cuerpo. El pánico me chillaba en los oídos y mi respiración frenética llenaba el coche con el sonido del terror. Me clavé los dientes en el labio y recé.

Troy me apretó suavemente el brazo, pero mantuvo la mirada fija en los policías. Su agarre era lo único que me mantenía en el coche.

Me frotó la parte interior de la muñeca con el pulgar, trazando círculos lentos y tranquilizadores. Nunca había sabido lo sensible que era mi piel en ese punto. Una oleada de calor emanó de su contacto y descongeló parte del terror que había sido mi compañero constante.

Recordé las reglas que me había impuesto y que me habían mantenido viva hasta entonces. Concéntrate en lo bueno. Segundo a segundo. Visualiza un resultado positivo.

Por un momento, cerré los ojos e imaginé que éramos solo nosotros dos, sentados en un reservado de The Lion, envueltos en un capullo de cuero fino. Él bebía su cerveza y yo llevaba un vestidito negro sexy, o quizá uno rojo, de esos que rara vez me ponía.

Casi podía sentir el movimiento mientras me llevaba la mano a los labios, rozaba mis nudillos con esos labios tan bien formados y me escrutaba con sus ojos negros, pidiéndome permiso en silencio.

—¿Marisol? —su voz grave me acarició los oídos, un murmullo íntimo que me hizo sentir un hormigueo en el bajo vientre ante la pura intensidad de su contacto—. ¿Puedo besarte?

—Por supuesto —dije, como si me hubieran besado un millón de veces.

—¿Marisol? —esta vez su susurro fue serio, urgente y preocupado, acompañado de un tirón firme del brazo—. ¿Estás bien?

Abrí los ojos y me encontré no en el reservado, sino en el McLaren, con sus ojos oscuros escrutándome, no para pedirme un beso, sino para evaluar el estado de mi cordura.

—Estoy bien —mentí.

Si hubiera estado sola, a estas alturas estaría corriendo como una loca. Intenté controlar la respiración pese a la ansiedad. Los policías seguían parados en la esquina, como si esperaran que me acercara con las manos en alto y me entregara.

Ni en sueños.

Hundí las uñas en el cuero sintético del bolso e intenté con todas mis fuerzas fingir que el miedo no me afectaba, aunque el pánico se me había metido hasta los huesos y el pavor me sacudía entera.

—Déjame contarte una historia —el murmullo bajo y suave de Troy me calmó—.

Una vez, en Afganistán, entramos a extraer a un equipo de fuerzas especiales, pero se retrasaban.

Aterrizamos para ahorrar combustible. Justo entonces, los muyahidines inundaron las colinas, muchos armados con Stingers portátiles.

Esas cosas pueden ser letales para un helicóptero.

—¿Y qué hicisteis? —pregunté, curiosa.

—Echamos las redes de camuflaje sobre el helicóptero y nos ocultamos en la maleza. Fue una jugada desesperada. Estaba convencido de que nos iban a freír. No hay nada más vulnerable que un helicóptero en tierra o despegando. Pero el enemigo pasó a menos de doce metros de nosotros y no nos vio.

Estaba paralizada, sin atreverme a moverme, pero por el rabillo del ojo observé su perfil en la oscuridad. —¿Conduces helicópteros?

—Corrección —sus labios se curvaron—. Piloto helicópteros.

—¿Y fuiste a Afganistán?

—Sí, volé para el Ejército —dijo con voz despreocupada, sin apartar los ojos del coche patrulla—. Fui un Night Stalker del SOAR, el 160.º Regimiento de Aviación de Operaciones Especiales.

—¿No es eso el Aerotransportado?

Me dedicó una sonrisa relajada. —¿Has oído hablar de nosotros?

—¿Quién no?

Puede que pasara mucho tiempo fuera de Estados Unidos, pero era una adicta a las noticias.

Los Night Stalkers eran la unidad de apoyo aéreo de élite del ejército.

Se especializaban en la inserción y extracción de fuerzas especiales en zonas de guerra complicadas y tenían fama de volar al amparo de la oscuridad.

No era de extrañar que Troy estuviera tan sereno ante el peligro. Seguramente había sobrevivido a situaciones peliagudas en el pasado.

Sin apenas moverme, le eché otra mirada, un poco sorprendida de que un hombre tan atractivo fuera también tan versátil, por no hablar de valiente. Había que tener agallas para ser un Night Stalker, ¿no?

Y hasta ahora, había demostrado tener nervios de acero.

—Muy bien, se han ido —Troy me dio un último apretoncito en el codo y me soltó.

No sé por qué, pero en cuanto rompió aquel contacto reconfortante, me sentí vacía por dentro, desconectada de la única fuente de fuerza a la que había logrado aferrarme en meses.

Entonces volví a enfadarme, conmigo misma. Era fuerte por mí misma. Competente. Fiable. No necesitaba a Troy ni a nadie más para sobrevivir.

Parpadeé varias veces para disipar el vacío, frotándome el codo, todavía añorando el contacto de Troy. Durante unos preciosos momentos, me había olvidado de la policía. Me había olvidado de que Alfonso Rivera me perseguía y de lo que le había hecho a mi hermana.

Lancé otra mirada furtiva a Troy. Él lo había provocado, y si no me equivocaba, lo había hecho con plena premeditación y un objetivo claro.

Maldita sea, Marisol, no te hagas esto, no ahora.