Capítulo tres
Marisol
Troy se desvió hacia la rampa de salida y abandonó la interestatal.
Apagó las luces del coche y circuló por un laberinto de calles secundarias, serpenteando por un barrio venido a menos que había conocido tiempos mejores.
Tenía el corazón en un puño. Era un milagro que hubiéramos llegado tan lejos con vida.
Hasta ahora, Troy había demostrado ser un conductor increíble. Mientras él conducía en la oscuridad, yo vigilaba, mirando hacia atrás, esperando las inevitables trampas que acabarían conmigo. Tenía los nervios tan tensos que temía que mi entereza fuera a quebrarse en cualquier momento.
Eché un vistazo al hombre sentado a mi lado. ¿Por qué había arriesgado su vida por la mía?
Sin apartar los ojos de la carretera, no dudó en preguntar:
—¿Por qué te persigue la policía?
Tragué saliva y suspiré. El abogado que llevaba dentro había despertado. Nada de mi vida tenía sentido en ese momento. ¿Cómo iba a explicar lo inexplicable?
—¿Y bien? —me instó con la mirada.
—La policía tiene una orden de arresto contra mí —admití a regañadientes.
Sus cejas negras se juntaron en un ceño feroz.
—¿Una orden? ¿Con qué fundamento?
Dudé. No podía contarle toda la verdad, pero tenía que decirle algo.
—Me enfrento a cargos federales de inmigración como extranjera ilegal.
Frunció más el ceño.
—¿Y cómo sabes esto con certeza?
Jugueteé con el bolso que tenía en el regazo, pasando los dedos por la cremallera.
—Un tipo, un agente de ICE, me alcanzó anteayer y me habló del cargo. Intentó arrestarme.
—¿Intentó arrestarte?
—Le di una patada en las pelotas y escapé.
—Ajá.
Troy me lanzó una mirada escéptica y le dio vueltas, mordiéndose los labios.
Probablemente no me creía. Hacía unos meses, había sido una ciudadana respetuosa de la ley. Pero ahora me había convertido en una fugitiva. Cada minuto que burlaba a las autoridades significaba más tiempo de vida.
—Vale, así que eres una rompebolas —dijo Troy finalmente—. Pero ¿no cabe la posibilidad de que el agente solo estuviera haciendo su trabajo?
—No entiendes una mierda, ¿verdad? —gemí, frustrada con la farsa en que se había convertido mi vida, con un mundo donde los inocentes salían perdiendo y el mal siempre ganaba.
Arqueó una ceja negra hacia mí, un gesto que no contribuyó en nada a enfriar la furia que me ardía en el vientre.
—Podría entenderlo si me lo explicaras.
—Vale, bien.
Me enderecé en el asiento y respiré hondo.
—Este supuesto agente de ICE me ha estado siguiendo desde que puse un pie en los buenos y viejos Estados Unidos.
Aunque escapé de él y a pesar de ser todo lo cuidadosa que puedo, me pisa los talones.
Ayer lo vi a él y a algunos de los suyos inspeccionando la estación de autobuses.
Antes de que le enseñara a no meterse conmigo, me dijo que iba a deportarme.
Otra mirada cautelosa del mismísimo señor Escéptico.
—No pueden deportarte sin un proceso legal. Lo sabes, ¿verdad?
—Bueno, por lo visto, este tipo sí puede. Cuando hablé con él, no me dio la impresión de que fuera a seguir ningún proceso legal conocido por la humanidad. Ergo, huí.
Se le crisparon los labios.
—¿Ergo, eh? Muy rebuscado. Como «majadería» o «esfúmate», pero todavía más rimbombante. ¿Estás en el mundo académico?
—Estaba intentándolo —miré por la ventana—. Hasta que pasó esto.
—¿A qué te dedicabas, quiero decir, antes de todo esto?
—Soy científica.
De repente añoré la tranquila reclusión de mi laboratorio, la metodología estructurada de mis estudios de campo y los penetrantes olores clínicos que asociaba con la seguridad y mi vida cotidiana.
—Tengo un doctorado doble en microbiología y epidemiología.
Silbó.
—Hay que ser lista para hacer esa mierda. Y hay que pasarse un montón de tiempo con el culo pegado a la silla. Pareces demasiado joven para tener un doctorado o dos.
—No soy una cría, si es eso lo que insinúas.
Estaba harta de que me excluyeran, me desestimaran y me discriminaran por mi edad, mi género y mi apariencia.
—Quizá simplemente parezco joven. ¿Se te ha ocurrido pensarlo? Quizá tengo un ADN magnífico.
—No te equivocas con lo del ADN magnífico.
Su rápida sonrisa me atravesó como una descarga eléctrica que me sacudió las neuronas y me dejó vibrando, deseando más.
—Pero ¿qué edad tienes? ¿Veintitrés quizá?
Ignorando el efecto devastador que su sonrisa tenía en mi cerebro, resoplé.
—Tengo veintiséis años, casi veintisiete, muchas gracias.
—Aun así, eres joven para tener tantos títulos rimbombantes —observó.
—Entré pronto en la universidad.
Mi tono sonó más hosco de lo que pretendía.
—Se me daban bien los estudios. ¿Vale?
—Una especie de prodigio, por lo que veo, si echo cuentas.
Se le arrugó la frente mientras hacía sus cálculos mentales.
—Habrías tenido... ¿qué? ¿Dieciséis años cuando entraste en la universidad?
Quince, pero alcé la barbilla con orgullo.
—¿Y qué si lo era?
—Oye, no tiene nada de malo ser inteligente.
Su mirada iba y venía entre mi cara y la calle.
—Te estoy haciendo un cumplido, no insultándote.
Solté un suspiro exasperado e intenté procesar mis frustraciones acumuladas. No tenía sentido desquitarme con él. El tema de la edad me tocaba la fibra sensible porque a la gente le encantaba usarlo como excusa para no tomarme en serio.
La mirada de Troy se demoró en mí antes de volver a centrarse en la carretera.
—Supongo que ser más joven que tus compañeros, superinteligente y mujer ha sido todo un reto, ¿no?
—No tienes ni idea, siempre en las nubes —puse los ojos en blanco, pero me impresionó un poco que tuviera la capacidad de ponerse en mi lugar—. La historia de mi vida.
—Ajá —hizo una pausa para darle vueltas antes de volver a hablar—. Tengo curiosidad. ¿Por qué no hacerte médica sin más?
—Soy médica —escupí entre dientes.
Hacía apenas un minuto, me había sorprendido gratamente con su inesperada perspicacia sobre mi vida. Pero ahora volvía de lleno a mi clasificación de bacterias cabezas huecas. ¿Acaso pretendía tocar todos mis puntos sensibles en menos de un minuto?
—Ya sabes a qué me refiero —ignoró mi mirada fulminante—. Médica de verdad, de las que tratan pacientes.
—Si tanto te interesa, cualquier día prefiero los microbios a las personas.
Esa ceja negra como ala de cuervo se arqueó de nuevo. —¿Por qué?
—Porque los virus y las bacterias son fieles a su naturaleza —dije—. No hay duplicidad en ellos.
—Ajá.
Viniendo de él, era un sonido tremendamente irritante.
Me dejaba en espera mientras se tomaba todo el tiempo del mundo analizándome, como si buscara las mentiras que pudieran demostrar que era una impostora o un fraude.
Apreté los dientes y conté sesenta segundos completos antes de que volviera a hablar.
—Apuesto a que tu coeficiente intelectual se sale de las gráficas.
—¿Y qué si lo está? —gruñí—. Solo soy una mujer, un ser humano, como todo el mundo.
—Vale, rayito de sol con un resentimiento del tamaño de Mensa. Ya volveremos a tus complejos más tarde —me provocó con otra sonrisa exasperante antes de ponerse serio—. Volviendo a ese agente de ICE. ¿Cómo se llama?
—Gene Matthews —dije, feliz de dejar atrás el espinoso tema de mí, mi edad y mi vida—. No es un agente de ICE del montón. Está muy arriba en la jerarquía.
—Tendré que investigarlo —giró hacia otra calle oscura—. Quizá podamos aclarar esto.
—No, ¿ves? Ese es el problema —levanté las manos al aire—. Piensas como abogado. Tu mente está limitada por tu concepto de justicia.
—No estoy tan seguro de eso —en la oscuridad, sus rasgos se afilaron en una expresión de halcón que me provocó un escalofrío de temor a lo largo de la columna—. Puedo ser bastante flexible cuando es necesario.
La amenaza que afilaba sus ojos negros como el azabache me dejó entrever al hombre detrás de la fachada suave. Otro escalofrío me erizó la piel, una mezcla extraña de miedo e intriga. Este hombre era peligroso, en más de un sentido.
Pero no, no iba a dejarme intimidar por nadie nunca más.
—Como no he infringido ninguna ley, no tienes que molestarte por mí —un arrebato de ira me ardió en el vientre, tan intenso que bien podría haber escupido fuego—. Nací aquí mismo, en Estados Unidos. Soy ciudadana. Entré al país legalmente, con esto.
Saqué el pasaporte azul del bolso, lo abrí y clavé el dedo en la página con mi foto.
—¿Ves? Que sea morena y mis padres fueran inmigrantes latinos no significa que no sea estadounidense. Diga lo que diga ese hombre, no soy una extranjera ilegal.
—Cálmate, doctora Méndez —su tono tranquilizador me hizo darme cuenta de lo frustrada que estaba con todo esto—. No soy el enemigo. Entiendo por qué estás enfadada. ¿Le dijiste todo eso a Matthews?
—Lo hice y se rio en mi cara —cerré el pasaporte de golpe y lo dejé caer en el bolso con un suspiro de hastío—. Quería confiscarme los documentos. Pero no iba a entregarle el pasaporte ni las identificaciones. No, señor. Por eso estoy bastante segura de que Matthews es uno de los de Rivera.
Sabía que había muchos países donde la ley no significaba nada. Demonios, durante mi trabajo de investigación, había vivido en algunos de esos países durante largas temporadas. ¿Pero ser cazada y perseguida, aquí mismo, en mi propio país?
Eso dolía. Dolía de verdad.
Un destello de luces azules y rojas parpadeó en la noche y me aceleró el pulso. Entrecerré los ojos para mirar entre las casas y divisé un par de patrullas policiales recorriendo lentamente el vecindario por calles paralelas a ambos lados.
Me aferré al bolso, apretándolo contra el pecho. —Ya vienen.
—Ya lo veo —dijo Troy con una ecuanimidad que me irritó—. Quienquiera que esté detrás de esto tiene mucha influencia, por no hablar del acceso a recursos policiales.
—Te lo dije —odiaba cómo el miedo me afinaba la voz—. ¿Qué vamos a hacer?
—Esto.
Giró bruscamente, entrando en la gasolinera abandonada de la esquina. Con sus manos grandes y seguras en el volante, rodeó el edificio decrépito, metió el coche en la vieja estructura destartalada que en su día había sido un túnel de lavado y apagó el motor.