Troy (Romance militar de héroes alfa nº 3) Capítulo Uno
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Troy (Romance militar de héroes alfa nº 3)

Troy (Romance militar de héroes alfa nº 3)

Por Anna del Mar

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Capítulo Uno

Troy

La mujer que irrumpió por las puertas de The Thirsty Lion disparó mis alarmas como un blanco en el radar. Algo en ella no encajaba.

Quizás eran sus hombros rígidos y la mandíbula apretada.

O tal vez la forma en que iluminaba la sala, como un rayo de sol ardiente atravesando las nubes en un día de tormenta.

Aunque lo más probable era que tuviera que ver con las enormes gafas de estrella de cine que le ocultaban los ojos y al menos la mitad del rostro.

¿Quién demonios llevaba gafas de sol de noche?

Con el pelo oculto bajo un gorro de punto y las gafas de sol reflejando a la multitud, recorrió la sala con la mirada. La ansiedad le tensaba la boca y le aceleraba el paso, pero un atisbo de duda la detuvo al borde del salón, donde vaciló sobre unos tacones rojos de infarto.

Me obligué a rebajar mi nivel de alerta.

Los tacones rojos estaban de muerte, además de ser todo un espectáculo, pero la mujer que los llevaba parecía bastante inofensiva: bajita, menuda y bien abrigada contra el frío.

En su ajustado abrigo rojo no cabía ni un artefacto explosivo ni un AK-47.

En cambio, la prenda ceñida se amoldaba a su figura de reloj de arena, revelando una perfección exuberante en formato pequeño.

Así que Caperucita Roja había crecido y desarrollado unas curvas de escándalo y un par de piernas espectaculares.

Sonreí para mis adentros. La forma en que contoneaba las caderas al caminar me despertaba el lado pícaro.

Aun así, parecía joven, de unos veinticinco quizás, sin duda demasiado joven para mi ecuación, que exigía una variable femenina de treinta para arriba.

Ese era yo, con mi lado racional afilado al máximo.

Una segunda mirada reveló que el abrigo estaba algo raído de tanto uso.

No había nada malo en ser pobre. Dios sabía que yo lo había sido la mayor parte de mi vida, hasta que Battle Brothers Inc.

despegó. Y aun así, algo de Caperucita Roja me roía por dentro.

No debería disparar mis alarmas. Pero lo hacía.

Últimamente andaba tenso como la cuerda de un violín.

Mis años pilotando helicópteros de ataque tienen la culpa de mis instintos afinados. Puede que ahora no esté en servicio activo, pero el Night Stalker que llevo dentro nunca se rinde. Hay quien llama a la hipervigilancia un síntoma de estrés postraumático. Yo no.

No había sobrevivido a una infancia miserable, a una adolescencia de mierda atrapado en el llamado sistema de justicia juvenil, ni a guerras en algunos de los puntos más violentos del planeta sin desarrollar un agudo instinto de supervivencia.

La vida civil no había hecho más que confirmar mi necesidad de estar siempre alerta. Mi carrera como litigante implacable mantenía mis reflejos a punto. La sala del tribunal no era más que otra zona de combate, y de las sangrientas.

Por si todo eso no bastara para mantener a un tipo alerta, mis hermanos y yo estábamos en el punto de mira de un enemigo misterioso que no desaprovecharía ninguna oportunidad de eliminarnos.

Ya lo había intentado dos veces y casi lo perdimos todo.

Con un apellido como Battleson, el éxito solo llegaba tras batallas encarnizadas y sobrevivir era un trabajo a jornada completa.

Lo que explicaría por qué mis alarmas seguían disparadas.

Tranquilo, piloto.

Me aparté de la luz de la lámpara Tiffany y, oculto en la penumbra, estudié a la mujer un poco más.

No era una habitual, de esas abogadas de alto nivel que poblaban el juzgado de enfrente y se reunían en el pub después del trabajo para rumiar los últimos cotilleos.

Tampoco era de aquí. Ningún colorado que se preciara se arriesgaría a romperse la cadera llevando tacones en una noche helada de noviembre como aquella.

Una forastera, entonces.

¿Nueva en el ambiente?

Con el enorme bolso aferrado bajo el brazo, sacudió la cabeza y desprendió parte del aguanieve que brillaba en su gorro de punto. La energía nerviosa chisporroteaba en su pequeña figura, electrificando el aire. Si alguna vez había visto a alguien a punto de estallar, era ella.

Apretaba un paquete contra el pecho como si le fuera la vida en ello. Di un sorbo a mi cerveza y sonreí. Ah, ser ese sobre manila, tan íntimamente pegado a la única parte de ella que mostraba algo de abundancia.

Imbécil.

Achaqué mi reacción infantil al largo y agotador día. La presión me estaba pasando factura.

Mi necesidad de desahogo explicaba por qué me había quedado esa noche. Mojar en The Lion no era cuestión de si, sino de cuándo. Los abogados litigantes éramos gente fogosa, y como Battleson de pura cepa, llevaba el deporte en la sangre.

Me recordé que no todos los que cruzaban esas puertas venían a comprar en el mercadillo de carne de The Lion. El pub era donde todos los peces gordos de la escena legal de Denver venían a cerrar tratos de todo tipo: legales, de negocios, sexuales.

Por alguna razón, sabía que ella no estaba allí por lo último. Por eso destacaba. Eso, y la etiqueta del precio que aún le colgaba del abrigo, que tenía que ser de segunda mano.

¿Qué hacía la oveja en la guarida del león?

Se acercó poco a poco a la barra, maniobrando entre la multitud, y se puso de puntillas para llamar la atención del camarero.

Imposible. Tenía agallas, pero los abogados hacía rato que habían abandonado toda civilidad y las copas corrían sin parar.

La apartaron de la barra a codazos más rápido de lo que gira un rotor.

La frustración le cerró las manos en puños y le marcó dos pequeñas arrugas entre las cejas. Se subió las enormes gafas de sol por el puente casi inexistente de la nariz y se quedó allí plantada, con cara de ciervo deslumbrado por los faros.

Fue entonces cuando me fijé en que, abrigo aparte, temblaba como una hoja. Aquella mujer tenía frío. O estaba estresada. O muerta de miedo.

Olía a problemas con P mayúscula.

Fruncí el ceño al notar la turbulencia en mis entrañas. No tenía ni idea de por qué, pero su apuro despertaba un instinto protector que no sabía que tenía. Y para colmo, los tiburones de la sala empezaban a rodearla, oliendo carne fresca.

Un abogado particularmente repugnante se le acercó por detrás y le susurró algo al oído. Por el rubor intenso que le encendió las mejillas, debió de ser un comentario obsceno o una proposición directa. Ya estaba girando sobre los tacones cuando el cretino le dio una palmada en el culo.

A tomar por culo. Me levanté de un salto.

Necesitaba un amigo. O una copa. O las dos cosas.

Con la mandíbula apretada, fui directo a la barra y me interpuse entre la mujer y el hijo de puta borracho.

Lo agarré por las caras solapas y lo alcé hasta la altura de mis ojos, a metro noventa y tres del suelo.

Las puntas de los pies apenas le tocaban el suelo.

Arriesgándome a emborracharme solo con olerle el aliento, le gruñí.

—Las manos quietas. La señorita no quiere que la manosees, imbécil. ¿Me has entendido?

El pedazo de mierda estaba tan sumido en su coma etílico que lo único que pudo hacer fue balbucear gilipolleces. Hice un gesto con la cabeza y los porteros se apresuraron a quitarme al imbécil de las manos. Me metí los puños en los bolsillos, separé las piernas y lo vi marcharse.

Limpiar la escoria era uno de los pocos privilegios de ser dueño de The Lion. En treinta segundos, el idiota estaría en un Uber, de camino a casa con su pobre y desafortunada esposa.

Alpha Mike Foxtrot: adiós, hijo de puta.

—Iba a ponerlo en su lugar —anunció una voz melodiosa detrás de mí—. Pero gracias de todos modos.

Me volví hacia el origen de aquel sonido tan agradable.

Caperucita Roja se quitó las gafas de sol y me deslumbró con el resplandor de unos grandes ojos marrones, brillantes como turmalinas.

La coronilla apenas le llegaba a mi barbilla, pero alzó el rostro para encontrar mi mirada.

Levantó esa barbillita obstinada, dejando a la vista las largas líneas de su garganta expuesta y el pulso, que le latía demasiado rápido en la base del cuello.

—Eres alto, muy alto. —Su mirada luminosa ascendió de abajo arriba: pecho, cuello, rostro—. Casi quiero preguntarte qué tiempo hace allá arriba.

—¿Pero lo harás?

—Nah. —Agitó una manita en el aire y dejó caer las gafas de sol en el bolso—. Apuesto a que te lo han preguntado un millón de veces.

—Te agradezco que no sea un millón y una. —Le dediqué una sonrisa y clavé en ella mi mirada descarada—. Pero por si te interesa saberlo, las vistas desde aquí arriba son estupendas.

—Alto, moreno, guapo y con labia. —Sacudió la cabeza y sus ojos se oscurecieron con irritación—. Debe de ser mi noche de suerte. Lo siento, soñador, no tengo tiempo para tonterías.

¿Tonterías?

¿Quién demonios decía «tonterías» hoy en día?

Se alejó de mí, ofreciéndome una buena panorámica de su espalda rígida como una vara, las curvas de su generoso trasero y las puntas vaporosas de un cabello rubio platino tieso que contrastaba con los tonos cálidos de su piel.

¿Una peluca?

Sin prestarme la menor atención, inspeccionó el lugar con un barrido decididamente clínico. No estaba acostumbrado a que me dieran calabazas de entrada. Ni en ningún momento, caí en la cuenta de pronto.

Desde luego, no era de las que frecuentaban The Lion.

—Oye, señorita. —Me acerqué a ella con paso tranquilo—. ¿Por qué tengo la sensación de que no encajas aquí?

—Porque no encajo. —Su pecho se elevó con una bocanada de aire valiente—. Tuve que venir, pero tienes razón. Esto no es lo mío, para nada.

Un destello de determinación le iluminó la mirada. Esos ojos luminosos cambiaban como camaleones según su estado de ánimo. Habían pasado de caramelo a chocolate y vuelta en un instante.

Me ignoró y cruzó los brazos protectoramente sobre el sobre que apretaba contra el pecho. Su mirada siguió recorriendo la multitud. Estaba enganchado. Era una pista de algún rompecabezas que tenía que resolver.

Tocaba cambiar el ángulo de aproximación.