Tronos y Corazones (Un Trono de Rosas y Espinas 4) Capítulo 47
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Capítulo 47

He creado un mundo especialmente para ella.

Para ella y sus tormentos.

Extracto del diario de Attilus

J adina

De alguna manera, esperaba encontrarme de nuevo en una cueva oscura o en una habitación tenebrosa tras atravesar el espejo, pero este lugar era todo menos aterrador y negro.

A mi alrededor se extendía un paisaje de colinas verdes que bordeaba un denso bosque. El sol brillaba cálido sobre mi piel y podía oler la primavera en el aire.

La hierba húmeda amortiguaba cada uno de mis pasos bajo mis botas. Era un lugar tan silencioso y, al mismo tiempo, tan lleno de vida. Los pájaros cantaban en los árboles del bosque y los insectos se deleitaban zumbando entre las flores y las briznas de hierba.

Así era como siempre había imaginado nuestra tierra, antes de que la maldición lo convirtiera todo en desierto y montañas. Antes de que le quitara toda la fertilidad al suelo.

Todo a mi alrededor parecía estar envuelto en paz y, sin embargo, sentía un peligro subyacente.

Con el arma aún desenfundada, corrí hacia la colina más cercana. No dejaba de mirar a mi alrededor, pero en ninguna parte descubrí una flor que se pareciera a las rosas que guardaba en mi mochila.

Por fin llegué a la cima de la colina y miré hacia abajo, al valle que se extendía ante mí. Se me cortó la respiración al ver la cabaña y el lago que había junto a ella, justo debajo de mí.

Sin pensármelo, me agaché y me tumbé boca abajo en la grama.

¿Quién vivía aquí? ¿Attilus? ¿Sería posible?

Mi pulso se aceleró en mi pecho y apenas me atreví a respirar.

¿Qué debía hacer? Fuera lo que fuera, tenía que bajar.

No me extrañaría que guardara la última rosa cerca de él.

Además, estaba el trato con Garmaan, el rey dragón.

Le prometí entregarle el libro de magia negra que el mago llevaba consigo.

Tenía que llegar a la cabaña sin que me viera . Por los dioses, que no esté allí. Pero entonces no podría conseguir ese maldito libro. Un gruñido de frustración se escapó de mi garganta. ¿En qué me había metido?

Volví a mirar a mi alrededor y mi vista se posó en el bosque, que descendía hacia el valle junto con la colina y luego se acurrucaba cerca de la casa.

Con mucha suavidad y aún sin levantarme, retrocedí para seguir la cresta de la colina hasta el bosque; luego me deslicé entre los árboles, densamente alineados, y sus sombras no tardaron en envolverme en la oscuridad.

Tan silenciosa como pude, seguí un pequeño sendero que serpenteaba hasta la cabaña y el lago. Cada crujido y cada pequeño movimiento en las ramas me hacían sobresaltar, y me escondía detrás de uno de los gruesos troncos con mi arma en ristre.

Tardé una eternidad en llegar al pie de la colina. Sin embargo, el sol seguía alto en el horizonte. ¿Aquí nunca anochecía? Era extraño. ¿En qué mundo vine a parar? ¿O era una de las ilusiones de Attilus?

Pero, ¿cómo podía ser una ilusión si incluso podía saborear el aroma del bosque en mi lengua?

Avancé a través de la espesura hasta el borde del bosque y me escondí allí detrás de la vegetación. Justo delante de mí se encontraba la cabaña de madera, y el lago junto a ella brillaba de una manera inquietante y tranquila bajo el sol.

Una sensación incómoda se apoderó de mí, pero la reprimí con rapidez. Intuí qué monstruo lo asecharía y también de lo que era capaz. Al fin y al cabo, me encontraba en su mundo, el que él creó mientras dejaba que el nuestro se hundiera.

A sangre fría y sin ningún remordimiento.

En ese momento descubrí que una de las ventanas estaba abierta. Era mi oportunidad. Quizás la única que tendría.

Así que reuní todo el valor que pude y salí casi sin hacer ruido entre los árboles para recorrer los pocos pasos que me separaban de la cabaña sobre el suave musgo.

Una vez allí, me pegué con la espalda contra la madera.

El miedo me oprimía la garganta y, por temor a que me oyeran dentro de la vivienda, respiraba tan superficialmente que casi me mareaba.

Así avancé poco a poco hasta la ventana abierta. ¿Podría atreverme a echar un vistazo dentro?

No tenía de otra. Sería la única oportunidad de encontrar y recoger la última rosa.

Pasara lo que pasara y por mucho miedo que le tuviera al mago, tenía que aprovechar este momento.

Aunque eso pudiera significar mi muerte.

Porque de eso estaba más que segura. Attilus haría todo lo posible para que no sobreviviera a un segundo ataque suyo.

Apretando los dientes, me acerqué a la ventana y miré con cuidado a través de la abertura. Vi un mobiliario escaso, que solo incluía lo necesario. Una cama, una mesa con su silla, un lavado y una chimenea encendida, en la que colgaba una olla de la que salía vapor.

Solo las numerosas estanterías con libros gruesos y delgados daban a la cabaña un aire acogedor. ¿Estaría entre ellos el libro que Garmaan deseaba? ¿O es que Attilus lo llevaba consigo?

El habitante no se veía por ninguna parte, pero no podía estar lejos, ya que un aroma especiado a guiso me llegó a la nariz desde la cacerola que estaba sobre el fuego.

Pero entonces, ¿dónde estaba? ¿Y dónde estaba esa maldita rosa?

Tenía que seguir adelante. ¿Quién sabía cuánto tiempo me quedaba antes de que regresara?

Una vez más me agaché bajo la ventana y cerré los ojos un momento, mientras me pegaba a la madera que tenía a mi espalda. Solo entonces seguí avanzando hasta el final de la pared de la casa.

Mi pulso latía demasiado fuerte en mis oídos y contuve la respiración. Con ambas manos agarré mi espada; no me serviría de mucho en un encuentro con Attilus, pero me daba una sensación de seguridad. Algo a lo que aferrarme mientras el resto de mí se precipitaba en un profundo abismo de miedo.

Muy lentamente, miré a mi alrededor. El sudor brotaba de mi frente y la primera gota me cosquilleó en la sien. Pero no dejé que eso me distrajera. En cambio, concentré mi mirada en la parte delantera de la casa y en el lago, que desde cerca parecía más grande que desde la colina.

No vi a nadie por ninguna parte. Lo único que me llamó la atención fue una mesita delante de la casa, sobre la cual había un libro abierto.

Se notaba que había sido manejado muchas veces y que sus páginas habían sido hojeadas en incontadas ocasiones.

Un libro antiguo. ¿Podría ser? ¿Sería el tomo que necesitaba para el trato con Garmaan?

Volví a examinar los alrededores, pero seguía sin haber nadie a la vista. Así que me acerqué con sigilo a la mesilla, al amparo de la sombra del tejado de la casa, y eché un vistazo a las primeras líneas de la página abierta.

Solo con leer esas pocas palabras, mi magia se tambaleó, se retiró asustada y se retorció gimiendo. Tragué saliva y reprimí el impulso de agarrar el libro y arrojarlo al fuego de la chimenea de la cabaña. Todo en esa obra era falso.

Intentando tocarlo lo menos posible, lo cerré con el pulgar y el índice y observé la gastada cubierta de cuero. Al mirarlo más de cerca, se podían reconocer algunas palabras del título anterior y dos destacaban más que las otras: Magia negra.

Sin dudarlo, metí el tomo en mi bolso, sintiendo cómo se volvía más pesado.

El contenido de ese volumen latía opresivamente contra mi cuerpo a través de la tela y creí sentir un deseo repentino que se enroscaba en mi conciencia como una serpiente.

Un sentimiento de anhelo por ese poder que sin duda encontraría entre sus páginas.

¿Intentaba seducirme? ¿Impulsarme a darle vida a uno de los hechizos negros que contenía?

¡Podría encontrar una contramaldición en ese libro y resolver así todos nuestros problemas!

¡No, no, no! No debía permitirme tener esos pensamientos. Estaba allí para encontrar la rosa. Solo ella podía ayudarnos a destruir la maldición. No otro de esos oscuros portadores de desgracias.

Concéntrate en tu tarea, repetí como un mantra y, al mismo tiempo, bloqueé los tirones y empujones del libro en mi conciencia.

Volví a pegarme a la pared de la casa. Sin perder de vista mi entorno. ¿Dónde podía estar esa maldita rosa?

Como atraída por una fuerza invisible, mi mirada se deslizó de nuevo hacia el lago y gemí por dentro. Estaba harta de ellos y otras masas de agua. Pero aquí no había nada más, salvo hierba y algunas flores de colores, ninguna de ellas azules.

Agachada, corrí hacia un gran árbol cuya copa proporcionaba suficiente sombra hasta la orilla. La corteza nudosa se clavaba en mi espalda mientras, jadeando, miraba hacia las colinas y el borde del bosque. No se veía ningún movimiento. Al parecer, seguía estando sola.

Debería probar con el libro y olvidarme de la rosa.

¡Argh! Esos pensamientos no eran míos y, sin embargo, sentí cómo el solo hecho de pensar en esa posibilidad hacía que una sensación de satisfacción fluyera por todo mi cuerpo.

De alguna manera tenía que protegerme de la influencia de ese libro.

Quizás un escudo protector interno podría ayudar.

Es cierto que entonces brillaría como una antorcha en la oscuridad, pero si eso ayudaba, al menos no caería en la tentación de destruir toda nuestra misión por otra maldición.

Mi magia dudó al principio cuando le pedí que se manifestara. Se había retirado a lo más profundo en mi interior que me costó localizarla. El peligro de la magia negra la ahuyentó. ¿O quería protegerme de mí misma? Al fin y al cabo, la necesitaría para lanzar una de las maldiciones mágicas.

Necesito tu ayuda para protegernos del libro , le hice saber. Pero debemos darnos prisa, porque sus acciones son cada vez más agresivas.

Imágenes de un Eclaria unida, conmigo como poderosa reina, se deslizaron por mi mente. Ambos pueblos se alineaban hombro con hombro en el camino hacia el palacio de Eclaria y me vitoreaban con entusiasmo. Todos parecían tan felices.

Maldita sea, ese libro era muy bueno en lo que hacía.

Por favor, ayúdame antes de que sea demasiado tarde. Quizás un escudo protector pueda detenerlo, o al menos debilitarlo.

Entonces sentí cómo se disparaba bajo mi piel a una velocidad insospechada. Con un cosquilleo, calor y un latido regular, desplegó su poder en mí y, en menos de un latido, un escudo se extendió por todo mi cuerpo, dejando solo la bolsa al descubierto.

Respiré aliviada cuando el tirón subliminal cesó y los deseos de poder absoluto en mis manos se desvanecieron.

Como no sabía si el libro tenía los medios para romper un escudo así, eché un último vistazo a mi alrededor y luego corrí hacia el lago.

Me detuve en la orilla e intenté ver qué había bajo la superficie del agua. Pero no encontré nada llamativo.

Suspirando, entré en el pequeño embarcadero de madera que conducía justo al centro. Ahora estaba expuesta a la vista de cualquiera que se acercara a la cabaña. Saberlo me impulsó a apresurarme y literalmente volé sobre las tablas, con la mirada fija en el líquido.

Poco antes de llegar al final del camino, me detuve y miré al agua con incredulidad.

Bajo la superficie lisa descubrí mi rostro. No, en realidad no era el mío, pero se parecía mucho a mí. Y ¿ese era el rostro de Kayden a mi lado? Me agaché con cuidado para poder ver mejor. Lo que vi me impactó como un golpe.

Justo debajo de la superficie del agua flotaban los cuerpos de dos personas: la reina Adayla y el rey Ryland. Pero había algo más que llamó mi atención. Entre ellos se encontraba una flor en pleno esplendor. ¡La última rosa azul!