Capítulo 32
Nunca podré olvidar el día
en que violé todos los límites éticos de mi don mágico.
En el que le quité los recuerdos a alguien.
Por orden de mi rey.
De los registros del comandante de la escuadra de jinetes de dragones reales
J adina
Las palabras de Gronus me llegaron muy lentamente. Como el agua que se abre paso a través de la roca, la comprensión de lo que el viejo rey acababa de decir se fue abriendo paso en mi interior.
—¿La maldición? ¿En Kayden? —balbuceé, y solo pude mirar al tirano, que por primera vez era más que eso. Pero al mismo tiempo empecé a encajar todas las piezas del rompecabezas. Sin embargo… no encajaban.
—Kayden me contó una historia muy diferente sobre su cicatriz —dije al fin, sin mencionar la magia curativa de Elara. No sabía hasta qué punto el viejo rey estaba al tanto de ello.
—Solo pudo contarte lo que sabía —respondió Gronus con cansancio—.
Le quitamos la flecha con cuidado y la herida se cerró con el tiempo, pero después su magia cambió.
Se volvió impredecible, oscura y peligrosa.
Ese poder brotó de él y atacó a los que estaban a su alrededor.
Cuando yo quería animarlo a ser más fuerte y poderoso que todos los demás, me vi obligado a frenarlo, a mantenerlo a raya y a prohibirle que utilizara sus poderes.
En algún momento tuve que alejarlo por completo de su magia.
Así que lo dejé entrenar demasiado joven para las pruebas de jinete de dragón, que se podían superar sin magia, como tú misma lo has demostrado.
—Su mirada se volvió despectiva, pero yo quería que continuara, así que lo dejé estar.
Suspirando, se inclinó hacia delante y apoyó los codos en los muslos para colocar las manos entrelazadas bajo la barbilla, como si estuviera rezando.
—Después de que se convirtiera en jinete, se me ocurrió una idea.
Una solución al problema. Poco antes de la ceremonia de vinculación, dejé que Kayden volara con un escuadrón leal a mí en una misión para visitar a los cazadores.
El líder de la escuadra tenía el poder de manipular los recuerdos.
No era muy pronunciado, pero suficiente para nuestros propósitos.
Volvió a clavar una flecha en su vieja herida y le quitó todos los recuerdos de lo sucedido antes de eso y de la flecha maldita.
Así lo llevó medio muerto a los dragones en medio de la ceremonia de unión.
Sabía que Elara poseía una magia curativa especial.
Era una apuesta arriesgada, pero esperaba que se vinculase a él y lo curase.
Kayden se estaba desangrando, lo que requería una acción rápida.
Además, había lanzado un hechizo sobre la maldición para que ella no la descubriese.
Después de la curación, había tanta magia suya en Kayden que cubrió la de la maldición.
—Una fea sonrisa convirtió su rostro en esa mueca que me resultaba tan familiar—.
Los dragones son seres sentimentales que, contrariamente a su reputación, prefieren salvar vidas antes que quitarlas.
Su relato me mareó. Solo por Mascha me mantenía en pie. ¿Estaba diciendo la verdad? Por desgracia, no pude evitar creer cada una de sus palabras.
—¿Y la magia de Kayden? —pregunté, y pude oír lo frágil que sonaba mi voz.
—Gracias a la magia de dragón que hay en su cuerpo, pudo volver a usar sus dones, pero aún no al máximo de su potencial. Le encargué a su maestro de magia que lo entrenara solo en la magia del viento. Pero solo hasta cierto punto. Le prohibí usar su segundo don. Tanta magia habría acabado con él.
Kayden había sacado todo el partido posible a su magia del aire en la cueva donde encontramos la primera rosa, y recordé el temblor, que no encajaba en absoluto con ese don. ¿Era posible que también tuviera magia de la tierra?
Gronus se rio sin humor.
—Bueno, ahora sí que lo ha destruido.
—No —protesté. A pesar de su historia, no quería ni podía renunciar a mi marido—. Aún no está perdido. Podemos salvarlo.
—¿Salvarlo? —Ahora soltó una risa cruel—. Tú, pequeña rata del desierto, eres tan impotente contra la maldición como todos nosotros. Si hubiera sabido lo inútil que serías, ni siquiera habría mandado buscarte.
Sus ojos se volvieron penetrantes mientras se levantaba del sofá.
Pude ver claramente el cambio en él. Mientras se colocaba frente a mí, recuperaba cada uno de los gramos de su crueldad y su fuerza.
Las llamas detrás de mí se dispararon y, en un abrir y cerrar de ojos, unas bolas de fuego floraron sobre las palmas de sus manos.
Yo también invoqué dos bolas de luz y me preparé para repeler su próximo ataque.
—Solo te queda un propósito. —Inclinó la cabeza, como un animal salvaje que observa a su presa. El padre preocupado había desaparecido—. Me darás la salvación. Con tu muerte. Los cazadores me quitaron la esperanza, así que es justo que yo les quite la suya.
Di un paso atrás, con Mascha todavía aferrada a una de mis piernas.
—¿Cómo puedes estar tan seguro de que fue un cazador quien le disparó a Kayden?
—Era una flecha de la guardia real de cazadores. Solo los cazadores de alto rango poseían esos proyectiles especiales. Llevaban el escudo de la familia real de Eclaria —gruñó, y el odio hacia mi pueblo, que había guardado en su interior desde aquel día, brotó de sus fríos ojos.
Entonces, todo sucedió muy rápido. Gronus nos lanzó bolas de fuego mientras levantaba un muro a nuestro alrededor. Solo pude crear un escudo protector alrededor de Mascha y de mí, de lo contrario también habríamos ardido en llamas.
—La niña es inocente, Gronus. Es una de los tuyos. ¡Déjala ir! —grité por encima del crepitar del fuego.
—¿Para que aproveches la oportunidad para escapar? ¿Por quién me tomas? La pequeña no importa. —Oí cómo su voz se movía a nuestro alrededor, casi como si nos estuviera rodeando. Buscando un punto débil en el escudo.
Rápidamente revisé mi red. Era estable. No había ningún punto débil. Nayda y Jarok habrían estado orgullosos de mí.
¡Jarok!
—Necesito ayuda —grité a través de nuestra conexión. Sin embargo, parecía que mis palabras no encontraban apoyo y se desvanecían como pompas de jabón al viento—. ¿Jarok? —lo intenté de nuevo, pero fue en vano. No obtuve respuesta, ni pude sentir su presencia en mis pensamientos.
—Llamas a tu dragón en vano —me informó el antiguo rey con una risa maliciosa—. He protegido la sala con un escudo mágico. La magia de los dragones está bloqueada aquí.
¿La biblioteca estaba protegida contra la magia de dragón?
Entonces me di cuenta que solo pude leer los sentimientos de Gronus por sus expresiones o en su postura, pero no con el don que recibí de Jarok.
Ese don que había interiorizado tanto que ya no tenía que pensar en él cuando lo usaba.
Por eso, solo ahora me percaté que ni una sola vez se había formado una niebla de colores sobre su cabeza que hubiera revelado sus emociones.
Ahora también entendía por qué me invadió una sensación tan extraña al entrar en la habitación.
Gronus no estaba fanfarroneando. Decía la verdad. Jarok no podía oírme y tampoco podría acudir en mi ayuda.
El viejo rey daba por sentado que no me defendería y que por eso me atrincheraba tras un escudo protector porque era demasiado débil, pero nada más alejado de la realidad.
Me hubiera encantado dar rienda suelta a mi magia y doblegarlo con ella.
Pero temía dañar a la niña en el camino; por eso me contenía.
Estaba subestimándome. Pero tal vez eso no fuera malo, porque la arrogancia lo hacía descuidado. ¿Arrogancia? Conocía a alguien que dominaba esa personalidad a la perfección. Caronte.
No me gustaba ponerme en contacto con él. Prefería mantenerlo lejos de mis pensamientos. Pero esta vez no tenía más opciones.
—¡Caronte!
Nada.
—¡Caronte!
De nuevo, no hubo respuesta. ¿De verdad no me oía? ¿O le divertía escucharme llamándolo?
El círculo de llamas detrás de mi escudo se acercaba cada vez más y Mascha se aferraba incluso más fuerte a mi pierna. Cuando Gronus lanzó bolas de fuego contra el escudo, la niña se estremeció con cada impacto sibilante.
—¡Caronte! — le grité al dios. Ese cabrón seguramente se estaría divirtiendo con mi situación y mi voz que se volvía cada vez más aguda por llamarlo.
Suspiré molesta y puse los ojos en blanco antes de empezar a hablar. Necesitaba un nuevo enfoque. Guantes de seda en lugar del látigo.
—Caronte, tú, el poderoso, y… — ¿Qué apodo fue el que pidió? —. Tú, el hombre más hermoso del mundo… —Ignoré su otro apodo. Sin embargo, me sentí mal—. Por favor, ven a salvarme. Es algo que solo tú puedes hacer.
Cada palabra sabía a agua estancada, pero sabía que no me quedaba más remedio que superar mis miedos si quería sacar a la pequeña Mascha sana y salva de aquí. Se lo había prometido a su madre.
—Por favor, por favor, por favor , Caronte —le supliqué con la voz más amable que pude reunir.
Pero ni siquiera entonces respondió. Era un arrogante idiota .
Mientras tanto, los ataques de Gronus se volvían cada vez más agresivos.
Bombardeaba el escudo con bolas de fuego y las primeras grietas comenzaban a aparecer.
Una vez más volví a tejer mi magia. Si no recibía ayuda pronto, tendría que lanzar un ataque contra ese tirano y eso podría resultar peligroso.
Mirando a Mascha, pensé en ponerla debajo de la mesa y cubrirla con un escudo protector.
Aunque la idea de hacerle eso me inquieto. Y tampoco sería seguro para ella.
—¡Caronte, mueve tu arrogante trasero divino hasta aquí y ayúdame! — le grité enfadada a través de la conexión. En ese momento, me rozó una suave risita.
—Si lo pides de esa forma tan amable — ronroneó divertido en mis pensamientos—, ¿cómo voy a decir que no? Aunque preferiría un « trasero divino y sexy » en lugar de un « arrogante trasero divino ». Pero no voy a ser tan quisquilloso.
¡Oh! ¡Esa arrogancia divina! ¡Increíble!
Entonces, una luz brillante me deslumbró y sentí cómo mi magia protectora se expandía.
El poder que ahora presionaba desde dentro de sus muros era tan enorme que, por un instante, el mundo se vio sacudido.
El frío fluyó como lava sobre mi piel y sentí cómo mi escudo se tambaleaba en sus cimientos.
Solo con toda mi concentración pude evitar desmayarme, así como el colapso de nuestra cúpula protectora.
Temblando y sudando, me cubrí los ojos con las manos para mirar con ira al hombre que apareció frente a mí, saliendo de la luz.
Mascha gimió en voz baja y yo le acaricié el cabello para tranquilizarla.
—¿Por qué no respondías? —le espeté—. Te llamé varias veces.
—Ah, ¿te referías a mí? —respondió con un tono tan inocente como el de un niño al que acaban de pillar robando caramelos.
—No te hagas el tonto. Me escuchaste.
Pero Caronte ya no prestaba. En cambio, miraba a su alrededor confundido.
—¿Por qué te escondes en esa burbuja en lugar de destruir a ese pavo real engreído que está ahí fuera? —me preguntó, levantando una ceja con desdén.
—Porque no estoy sola —respondí con simpleza, señalando en silencio a la niña, que seguía agarrada con fuerza a mi pierna.
—Nunca he entendido por qué le dan tanta importancia a la vida de sus hijos. —Puso los ojos en blanco de forma ostensible—. De todos modos, se morirán algún día.
Respiré hondo. No debía dejar que me provocara.
—¿Serías tan amable de sacarnos de aquí? —le pregunté con toda la paciencia del mundo.
—Dame un segundo. Es lo único que necesito para destruir al gusano que hay ahí fuera. Sus bolas de fuego me sacan de quicio y me dan dolor de cabeza.
—No, Caronte —dije con más severidad de la que pretendía—. Se lo merece, pero nosotros dos no somos quienes para juzgarlo.
Kayden era quien había sufrido los terribles actos de su padre y era quien debía decidir qué hacer con él.
—Qué pena —respondió con un puchero, solo para empujarnos un momento después hacia una luz deslumbrante que casi me dejó ciega.
Entre el rugido de las llamas que dejábamos atrás, creí oír el grito furioso de Gronus.