Tronos y Corazones (Un Trono de Rosas y Espinas 4) Capítulo 17
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Capítulo 17

El conocimiento es poder y los libros son conocimiento.

Todas las bibliotecas del mundo poseen tesoros incalculables,

que yacen ocultos entre las páginas de sus libros.

Solo hay que saber encontrarlos.

De las notas de Dex,

jinetes de dragones de la primera temporada

J adina

Fely y yo disfrutamos del agua caliente en silencio durante un rato más, hasta que decidimos que queríamos ir a buscar a los demás.

Poco después, recién bañadas y vestidas con ropa prestada pero limpia, nos paramos frente a la casa de baños y miramos a nuestro alrededor. Incluso Limycu estaba despierto, sentado en mi hombro.

La siesta en el asentamiento había terminado y la actividad se reanudaba en todas partes: hombres y mujeres salían de sus cabañas y los niños corrían gritando unos detrás de otros.

—¡Jadina! ¡Felycitia!

Ida vino corriendo. Detrás de ella, Eline intentaba seguir el ritmo de la vivaz cazadora. Llegó jadeando cuando Ida ya estaba delante de nosotras riendo.

—¡Ja! Lo del baño fue una buena idea —dijo esta, y Eline, que aún no podía articular palabra, solo asintió con entusiasmo—. Vengan, les enseñaré el resto de edificios y sus cabañas.

Miró detrás de nosotras, como si buscara a alguien, y luego frunció el ceño.

—¿Dónde están los demás?

—Lenn volvió al salón en busca de otra comida. Dex está buscando la biblioteca y Nayda quería ir al campo de entrenamiento para…

—¡Oh, no! —Al oír mis últimas palabras, Ida abrió mucho los ojos y me agarró de la mano para llevarme con ella—. ¡Vamos, rápido! ¡Antes de que alguien salga herido!

La seguimos, y la respiración de Eline se convirtió cada vez más en jadeos debido al rápido ritmo.

Ida se dirigió al campo de entrenamiento y, desde lejos, pude ver por qué estaba tan preocupada.

Nayda estaba al borde del campo frente a Jako, y ambos sostenían un lado de un arco. Mientras tiraban cada uno de su lado, se gritaban el uno al otro.

—Sin mi permiso… —gritó Jako. Su cara estaba completamente roja y se le veía una vena marcada en la frente.

—¡Idiota presuntuoso! ¡Devuélveme el arco! —gritó Nayda con voz aguda. Miró a su oponente con los ojos entrecerrados.

—No sabes manejarlo —oí gritar al cazador. Ida soltó mi mano y echó a correr.

—¡No tienes ni idea! ¡Sé manejarlo, maldita sea!

—No lo creo…

—¡Me importa un carajo lo que creas o no! ¡Quiero entrenar ahora y no voy a dejar que un idiota como tú me lo impida!

En ese momento, Ida llegó hasta ellos y les arrebató el arco con energía, colocándose entre ambos.

—¿Qué está pasando aquí? —preguntó con voz severa. No esperaba que pudiera mostrarse tan resuelta.

Los dos contendientes cruzaron los brazos sobre el pecho y se miraron furiosos.

—Solo quería entrenar con el arco y las flechas y entonces llegó tu hermano estúpido y…

—Solo aquellos que hayan recibido formación con esta arma pueden entrenar con ella, además de mi…

Nayda dio un paso hacia él y Jako hizo lo mismo. Parecía como si los dos se hubieran olvidado de la pobre Ida.

—Mi permiso —repitió Nayda imitando al cazador y terminando la frase por él.

—¡Cuidado con lo que dices, mujer! —gruñó él y dio otro paso hacia mi amiga. Ida saltó a un lado. Nayda también acortó la distancia entre ambos. Ahora estaban tan cerca que las puntas de sus botas casi se tocaban.

—¿O qué? —siseó Nayda—. ¡Y no vuelvas a llamarme mujer ! —espetó, solo para seguir mirándolo con fijeza.

—Por los dioses —susurró Fely a mi lado y se rio—. Solo espero que se lancen el uno sobre el otro. Esta tensión es insoportable.

Sorprendida, me volví hacia ella.

—¿Qué quieres decir?

—Mira cómo se miran. Como si quisieran arrancarse la ropa. —La vile se rio.

Aún sorprendida por sus palabras, volví a mirar a los dos contendientes para observarlos más de cerca.

¡Maldita sea! Fely tenía razón. Había una tensión casi palpable entre ambos; el fuego que ardía en sus ojos no se debía solo a su ira, sino sobre todo a una cierta atracción.

Me reí entre dientes, tapándome la boca con la mano.

—¿Qué… es… tan gracioso? —quiso saber Eline, sin aliento.

—Nada —respondí, haciendo todo lo posible por volver a poner cara seria.

Ida, que aún sostenía el arco en sus manos, se interpuso de nuevo entre Nayda y Jako y con todas sus fuerzas, los separó el uno del otro.

—¿De quién es este arco? —quiso saber.

—Mío —respondió Nayda, levantando la barbilla. Ida la miró con admiración. No sabía si era por el arco o por la perseverancia con la que discutía con su hermano. O quizá fuera por ambas cosas.

—Mientes —siseó Jako—. Estoy seguro que lo robaste en una de tus incursiones en las aldeas de cazadores.

—¿Ah, sí? —espetó Nayda con frialdad—. Entonces dime, ¿de dónde sacaste la daga con el escudo del rey dragón? ¡Seguro que se la arrancaste de las manos a un jinete asesinado!

¿Dónde había visto Nayda esa arma? Debía haberlo examinado muy detenidamente, porque, a primera vista, no encontré ninguna daga con ese emblema.

—¡Ya basta! —ordenó Ida con severidad—. Este problema solo se puede resolver si Nayda demuestra que sabe manejar el arco y las flechas. Si es así, tendrá permiso para entrenar en la plaza. —Le tendió el arco a mi amiga. Esta le dedicó a Jako una sonrisa agridulce y lo tomó.

—Pero… —volvió a intentar el cazador, dando un paso adelante para agarrar el arma. Pero Nayda fue más rápida.

Esquivó a Jako con un giro y, al mismo tiempo, con un movimiento ágil, sacó una flecha del carcaj que llevaba a la espalda y disparó al blanco al otro lado de la plaza.

Con la boca abierta, miré la flecha que se dirigía hacia su objetivo. Un objetivo tan lejano que solo un cazador experimentado podría alcanzarlo. Sin esperar a ver si su proyectil daba en el blanco, Nayda se volvió hacia Jako.

—Entreno todas las mañanas y todas las tardes —le informó, sin dejar de sonreír—. Nos vemos mañana al amanecer.

Con estas palabras, se echó el arco al hombro y abandonó el campo en el momento en que la flecha se clavó en el centro de la diana y se quedó allí.

—¡Ja! —exclamó Ida perpleja, mientras Jako se limitaba a mirar en silencio el proyectil en la distancia.

Un instante después apretó la mandíbula con tanta fuerza que parecía que se le iban a romper los dientes.

Al parecer, Nayda siguió practicando sin mí.

La observé mientras se dirigía hacia el edificio en el que habíamos comido.

No pude evitar sonreír y sentir una cálida sensación de orgullo por mi amiga.

—Entonces está claro, hermano —dijo Ida sonriendo y le dio una palmada en la espalda a Jako.

—Vamos, vamos a buscar a los demás para que enseñarles el resto del asentamiento —nos dijo, guiñándonos el ojo con aire cómplice. Sin duda disfrutando de la manera en que mi amiga le dio una lección a su hermano.

No obstante, después de recoger a Nayda y Lenn en el comedor, no volvió a mencionar el tema.

En su lugar, habló sin parar sobre el origen del asentamiento, las tareas de cada habitante y la rutina diaria.

Finalmente llegamos a la biblioteca, una sala que no era muy grande, pero que estaba repleta de libros.

Me recordó mucho a la casita de Horacio en la Ciudad Dorada.

¿Volvería a ver alguna vez al consejero de la reina Thalie? El anciano me había caído muy bien.

A Dex, al parecer no le molestó la falta de espacio y el caos. En su lugar estaba sentado en una silla que parecía a punto de romperse bajo su peso, con un libro en la mano y otros cinco apilados a sus pies.

Ida corrió hacia él con una sonrisa radiante en el rostro.

—Este es mi libro favorito —le dijo, señalando con el dedo índice el borde de la cubierta, que apenas podía contener las páginas. O era un libro muy popular o Ida lo había leído muchas veces.

Dex levantó la vista y dejó el libro en su regazo.

—El tema es muy interesante. ¿Has leído el cuarto volumen de la Enciclopedia de los seres mágicos ? También se habla de ello allí.

Ida acercó un taburete y se sentó.

—No, pero me devoré Las maravillas de la magia antes de la Gran Guerra . ¿Conoces ese libro?

—Sí, y creo que es mejor que…

—Ey… Todavía estamos aquí —les recordó Nayda.

Las ratas de biblioteca nos miraron parpadeando hasta que Ida sonrió disculpándose.

—Lo siento, pero cuando se trata de libros, me olvido de todo lo demás. En realidad, no hay nada más que mostrar ni que contar sobre el asentamiento. —Se dirigió a Eline—. ¿Puedes enseñarles sus cabañas? Yo llevaré a Dex a la suya más tarde.

—Con gusto —dijo Eline y comenzó a sacarnos del lugar cuando Ida nos gritó—: ¡Nos vemos en la cena!

—¿Dónde está Flavia? —quiso saber Nayda mientras nos dirigíamos hacia dos cabañas que no estaban lejos de las de Eline—. Tengo cosas que hablar con ella.

—Flavia todavía está en su cabaña. Puedo llevarte a verla ahora mismo.

Pero primero les mostraré dónde se quedarán.

Lenn, esta cabaña es para ti y Dex, y esta otra es para Jadina, Nayda y Fely.

Se ha preparado un campamento provisional para cada uno de ustedes.

Todo lo demás lo encontrarán en los baños o en el comedor.

Nos sonrió con ternura.

—Gracias, Eline. Es maravilloso —dije en nombre del grupo. Esa noche no tendríamos que dormir en el duro suelo, expuestos a los elementos o fogghouls. Sin duda nos vendría bien.

—La cena se servirá dentro de una hora. No lleguen tarde, porque en cuanto caiga la noche, todos deberán estar en sus cabañas.

—La mujer regordeta se dio la vuelta para marcharse, pero en el último momento se volvió hacia nosotros—.

Ah, sí, antes de que se me olvide. Después de cenar, no se olviden de darse un baño rápido y usar el retrete, ya que por la noche estarán cerrados.

—¿Y qué pasa con el comedor? —quiso saber Lenn—. ¿Para tomar un tentempié nocturno?

Eline se rio.

—Aunque no se puede salir del alojamiento por la noche, el comedor y los demás edificios no se cierran. Solo la casa de baños.

La miré con sorpresa.

—¿Sabes por qué se hace así?

—No. Simplemente es así —respondió y asintió con la cabeza a Nayda—. Vamos. Te llevaré con Flavia.

Perdida en mis pensamientos, las vi entrar en uno de los alojamientos antes de seguir a Fely al nuestro. Algo de lo que Eline nos dijo me dejó intranquila.