Trono de Hielo y Fuego (Saga entre hielo y fuego 5) 28 Eyra
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28 Eyra

EYRA

Algunos encantamientos no tienen nada que ver con la magia.

Patricia Regotar

Esta sala común era enorme, un salón abovedado de piedra negra que no parecía ser de origen natural. Eyra se preguntaba por qué nunca había estado en esta parte de la cueva antes.

Pero si era honesta consigo misma, sabía por qué.

Durante mucho tiempo, evitó tomar la iniciativa y enfrentarse a la gente aquí. Y desde que comenzara a cumplir con sus responsabilidades, simplemente había estado demasiado cansada por las noches para venir a este lugar.

En un hueco a lo largo del borde, un bardo de cabello rojo ardiente tocaba una oscura guitarra retorcida, mientras a su lado un joven con el torso desnudo golpeaba un gran tambor. Sus canciones hablaban de llamas, de calor, de destrucción y renovación. De lo que arde y lo que permanece.

Cestas de fuego ardían en cada rincón, y en el centro, se preparaba comida sobre una fogata.

A pesar de los conductos de aire, la habitación olía a humo, carne asada y a hidromiel dulce que circulaba en grandes jarras.

Los cantos y risas de los juerguistas formaban un denso tapiz de sonidos, ruidoso y exuberante, como si quisieran ahogar el miedo que hervía bajo la superficie.

Era una noche que no solo quería ser celebrada, sino también gritada.

Eyra en verdad esperaba que esta velada trajera la tan necesaria relajación en lugar de un estallido.

Se apoyó contra Lazar y observó a los bailarines.

Las manos aplaudían al ritmo, las botas pisoteaban el suelo rocoso, y donde en los bailes de los elfos invernales se bailaban rondas ensayadas, aquí había un caos salvaje, casi crudo.

Y en medio de todo, Naran hacía girar a Madame Moryena por la improvisada pista de baile.

Como siempre que él reía fuerte y desenvuelto, el corazón de Eyra se hinchaba. El contraste con los días en que la enfermedad de la nieve casi se lo había llevado era casi incomprensible, y en momentos como estos, su recuperación todavía parecía un milagro.

Cuando la canción cambió, él y la bruja se unieron a ellos, con las respiraciones agitadas.

Madame Moryena se abanicó un poco.

—¿Me traerías algo de beber, Naran?

Su hermano desapareció, dejándolas solas. Genial, maravilloso.

—Gracias por llevarme a la batalla contigo.

—¿Por qué quieres estar allí? —preguntó Eyra, sin apartar la mirada de la pista de baile.

—Porque estás haciendo lo correcto y quiero apoyarte.

Eyra no podía creerlo del todo.

—Naran básicamente no me dejó otra opción, así que deberías agradecérselo a él.

—Cuidaré de él. Lo prometo.

Eyra se volvió.

—¿Cuáles son tus intenciones? ¿Qué quieres de Naran? —preguntó, dando un sorbo de hidromiel.

Una sonrisa astuta cruzó el rostro de la bruja, pero desapareció con la misma rapidez

—Me sentiría tentada a iniciarlo en las artes del amor. Pero por respeto a ti, me estoy conteniendo. Especialmente porque acabaría rompiéndole el corazón.

Eyra casi escupió su bebida

—Eres por lo menos diez años mayor que él.

—Ocho. ¿Y a quién le importa eso? A él no, desde luego.

La expresión de Eyra se oscureció al notar que el pecho de Lazar se movía con risa contenida.

—Si Naran descubre por qué ella solo le ofrece su amistad, nunca más te volverá a hablar.

Había algo de verdad en eso. ¿Y quién era ella para vigilar la vida amorosa de Naran?

—Haz lo que no puedas resistirte a hacer. Pero por favor se honesta con él. —Debía estar loca.

—¿De qué hablan? —preguntó Naran, quien asomó detrás de ellos con dos jarras.

—De nada —respondió Eyra.

—Del gran drama que todos llaman amor —dijo Madame Moryena al mismo tiempo.

Naran miró de una a otra. Justo cuando estaba a punto de indagar más, Saul se unió a ellos.

—Dios mío. —Con los ojos bien abiertos, contempló las exuberantes actividades y esquivó por poco el hidromiel que un hombre de fuego casi derramaba sobre su ropa.

Eyra sonrió.

—Pensaba que ya te habrías acostumbrado a la naturaleza salvaje de los seres de fuego.

—Patricia es un poco… —Su mirada se detuvo en el tamborilero semidesnudo y se desvió hacia una pareja que se besaba desinhibida en un hueco—. ¿Qué estaba diciendo?

Noah, que estaba llevando a Fayette hacia la pista de baile, empujó su dedo bajo la barbilla de Saul al pasar y le cerró la boca.

—No te quedes boquiabierto, ¡únete! —gritó por encima del hombro mientras continuaba.

Su hermano dejó escapar una bocanada de aire y miró a su alrededor buscando ayuda.

—¿Dónde está Patricia? —preguntó Eyra, ya que tampoco podía ver a su amiga por ninguna parte.

—Estará aquí pronto. —Por el tono de Saul, esperaba que no tardara mucho más.

Por suerte, en ese momento, su amiga y Lyra emergieron de uno de los pasillos, y él corrió hacia ellas como si estuviera escapando.

—¿Crees que Saul algún día perderá esa rigidez que tiene?

Lazar se encogió de hombros.

—Nació con ella.

—¿Y qué hay de ti? —Le lanzó una mirada desafiante—. ¿Un pequeño baile?

—Soy más bien el elfo invernal taciturno que se queda en la esquina con aire misterioso.

—Ya hemos pasado por eso. Prueba algo nuevo.

—Como Saul, estoy atrapado en mis patrones de comportamiento. —Levantó las manos en señal de rendición—. Lo siento.

—Aguafiestas.

Él se inclinó hacia ella.

—Te lo compensaré. Después —murmuró cerca de su oído.

La anticipación envió chispas revoloteando por su estómago.

—Entonces iré al otro lado de la sala y te miraré con anhelo. Como antes, durante nuestro primer encuentro.

—Nuestro segundo. —Una sonrisa pícara tiró de la comisura de su boca—. Y como si me hubieras mirado con anhelo en aquel baile.

—Es cierto, no lo hice. A diferencia de ti. Quedaste embelesado conmigo desde que me viste.

Él asintió con calma.

—No puedo discutir eso.

Riendo, estaba a punto de alejarse, pero Lazar la retuvo por el brazo, la atrajo hacia él de nuevo y le dio una pequeña muestra de su promesa.

Cuando se separaron, Eyra se tambaleó ligeramente.

—Ya es suficiente. No queremos que a Saul le dé un infarto por nuestra culpa.

—No te preocupes. Está ocupado. —Lazar indicó con un gesto hacia su hermano, que tenía la frente apoyada contra la de Patricia, al parecer perdido en una conversación silenciosa.

—Los únicos que muestran contención aquí son Merkan y Lyra.

La mujer de fuego acababa de unirse a su primer oficial, y ahora estaban de pie uno al lado del otro en silencio, tratando de no mirarse.

—A veces pienso que de verdad le gusta. Y luego vuelve a actuar así cuando está cerca de ella.

—Merkan siempre parece tan serio de todos modos.

—Viniendo de ti, eso es bastante irónico.

Lazar no respondió, pero sus ojos brillaban con diversión.

—Me voy ahora.

Eyra le dio otro beso y luego se dirigió hacia su padre, a quien apenas había visto los últimos días. Sonriendo, él estaba de pie en el borde de la pista de baile con una jarra de hidromiel, observando cómo Sophie hacía girar a su hija en pequeñas piruetas.

Al pasar, Eyra tomó una jarra de una mesa y la levantó en un brindis cuando llegó junto a su padre.

—Por una celebración alegre. —A lo largo de la noche, había notado a hombres de fuego levantando sus copas por su próxima victoria. Pero ella no tenía ganas de brindar por una guerra.

—Esto es lo que tu gente necesitaba.

—Le pasaré ese elogio a Merkan. Fue idea suya.

—Tengo muchos más elogios que definitivamente te corresponden a ti. —Su expresión se volvió solemne—. Estoy orgulloso de ti, Eyra.

Una sensación cálida se extendió por su pecho como miel fluyendo en cada recoveco.

—Gracias. Estoy haciendo todo lo posible.

—Y eso es más que suficiente. —Con movimiento tentativos, le acarició la espalda.

Sin dudarlo, su hija lo abrazó. ¿Siempre había sido tan menudo?

—No sé dónde estaría hoy si no hubieras mantenido el rubí de fuego lejos de mí.

Durante mucho tiempo lo había juzgado con dureza por haberse marchado, pero ahora lo había perdonado. Y sentía una necesidad urgente de quitar toda culpa de sus hombros… en caso de que no regresara.

Con aquello en mente, parpadeó para alejar las lágrimas que sus palabras habían provocado.

—¿Qué tal un pequeño baile? —Dejó su taza.

—Con gusto. —Sin titubear, le entregó su bebida a Marlo mientras él pasaba tambaleándose por su lado y se dejó guiar hasta la pista de baile al lado de la hoguera.

Juntos se movieron al ritmo de la música; cuando su padre perdió el equilibrio, una suave risa escapó de él y ella se unió, ligera y sin amargura. Por un instante, solo existía el calor de su mano, sus pasos rítmicos y la agradable intensidad de la canción que resonaba por la cueva.

La música cambió, se volvió más rápida, el tambor más exigente, y el círculo de bailarines se expandió.

Eyra soltó a su padre, giró sobre sí misma y de repente se encontró frente a Saul, quien la atrapó y con exagerada seriedad pasó a un baile formal de salón, como si estuvieran rodeados por toda una corte real.

—Sé que puedes bailar de otra manera. —En aquel entonces en la calle Senter, él se había movido con la música.

—Así como sé que me pisarás los pies en la primera vuelta, y es mucho más divertido cuando te avergüenzas.

Sonrió y en verdad le pisó el pie.

—¿No tienes una novia a quien puedas molestar?

Él no cambió su expresión, a pesar de que ella había puesto todo su peso corporal en el pisotón.

—Está bailando con Noah ahora mismo.

—Entonces está bien…

Eyra suspiró y permitió que Saul la guiara por la pista. Aunque hacía tiempo que había olvidado todas las secuencias de pasos que Fayette le había enseñado como preparación para la exhibición de pretendientes, Saul era bueno llevando la iniciativa.

Cuando los músicos comenzaron la siguiente canción, él la soltó y el baile se transformó en un juego salvaje.

Primero Noah la hizo girar hasta que Naran tomó el relevo, luego Fayette, Patricia, y ella se movía en círculos.

Las manos se encontraban y se perdían de nuevo; después de cada vuelta, las parejas cambiaban y seguían volando como hojas en el viento.

Era caótico, ruidoso, exuberante… y hermoso.

Luego el tambor calló y emergió una canción más tranquila, con cuerdas pulsadas y una voz profunda que cantaba sobre las brasas después del fuego.

Saul tomó a Patricia en sus brazos, Noah enterró su nariz en el cabello de Fayette, y Naran invitó a Madame Moryena a bailar una vez más con una sonrisa traviesa.

Como Eyra no quería presenciar su cortejo, se dio la vuelta para escabullirse hacia el borde de la sala…

y de inmediato chocó contra un pecho sólido.

Lazar no dijo nada, pero extendió su mano.

Eyra la tomó.

—¿El señor está renunciando a sus principios?

—El señor no podía permitir que su chica se sintiera fuera de lugar.

—Tu chica se las arregla muy bien por su cuenta. Pero está bien, te permitiré tener tu momento caballeroso.

—Ya estoy empezando a arrepentirme. —A pesar de sus palabras, la atrajo hacia su pecho y colocó una mano en su espalda con una caricia suave.

Noah guio a Fayette junto a ellos y le dio una palmada en el hombro.

—¿Está bailando por ti? En serio que lo tienes agarrado por las pelotas, Eyra.

—¡Noah! —le reprendió Fayette, pero su risita despojó a la reprimenda de toda seriedad.

Eyra sonrió con picardía.

—¿Es así, Lazar de Eisenburg?

Él se rio por lo bajo, un sonido cálido y vibrante sin rastro de incertidumbre. Ambos sabían que estaban cautivados el uno por el otro.

Sus cuerpos se movían despacio, casi al ritmo de la música, encajando con naturalidad. Justo a su lado, Saul mecía a Patricia entre sus brazos y la contemplaba de tal manera, como si ella fuera su milagro personal.

Noah y Fayette giraban entre risas, ligeros, con una familiaridad sin esfuerzo. Madame Moryena se dejaba guiar por Naran; ambos mantenían una distancia respetuosa, lo que Eyra notó con aprobación.

Y su padre… Permanecía junto a Sophie, abrazándola con calma mientras observaban el bullicio de los demás.

Eyra se apoyó contra su compañero, cerró los ojos y respiró profundo. El aire todavía estaba impregnado con el aroma de humo e hidromiel, pero otra nota se mezclaba por debajo… quizás un rastro de felicidad.

Si existía algo parecido a un momento perfecto, este lo era.