10 Eyra
EYRA
En tiempos de paz, la lealtad es solo una palabra. Solo cuando todo se desmorona adquiere su verdadero significado.
Moira Arandaris
¡Estaban vivos!
Cuanto más repetía estas palabras, más profundo se hundían en su alma.
Parecía que su padre tenía razón. Habían sido atacados por espíritus de la niebla.
No sabía qué había sucedido en detalle. Noah y ella apenas tuvieron tiempo de conversar, pero al final lo único que importaba era su supervivencia.
Esperaba que todo siguiera yendo bien y que arrojaran las gemas en la Fuente.
Pero no podía concentrarse en eso ahora. Primero, necesitaba contener el caos que había desatado.
Llamas descontroladas surcaban el aire por todas partes, olas de fuego recorrían a través de las Llanuras de Hielo, dejando apenas visibles las siluetas de los jinetes.
Comparados con los cuerpos masivos de aquellas criaturas, los hombres y mujeres de fuego parecían diminutos, y ninguno de ellos parecía capaz de dominar estas fuerzas desatadas.
Cuando intentó moverse, sus piernas amenazaron con ceder bajo su peso.
Naran se apresuró a su lado y la sostuvo.
—¿Dónde está papá?
Su corazón se aceleró ante la idea de que pudiera estar allí afuera entre los dragones enfurecidos. A diferencia de ellos, cuya piel poseía cierta resistencia al calor abrasador, él moriría en el primer ataque.
—Lo llevé a las cuevas. Por eso Merkan llegó antes que yo.
Eyra tragó saliva.
—Gracias.
Buscó a Merkan. Después de ayudarla, se adelantó y se sumergió en el tumulto sin dudarlo. Lo divisó ahora en medio del alboroto. Gesticulaba con los brazos y gritaba órdenes a los jinetes. Quería ayudarlo, pero tuvo que admitir que el estado en el que se encontraba no se lo permitiría.
Por fortuna, la mayoría de los dragones aún no terminaban de liberarse del hielo que los encadenaba al suelo.
Theo se posó en el hombro de Naran, como si no quisiera ser una carga adicional para ella.
Pero el poder de Emberis descendió en ese momento, de modo que el peso del pajarillo no habría supuesto ninguna diferencia.
—Controla a los dragones.
—Si hubiéramos manejado esto de forma organizada, no tendríamos este problema —siseó en sus pensamientos.
—Entonces no habrías tenido suficiente tiempo para preparar el escuadrón para la guerra.
—Gracias a esta locura, no estoy en condiciones.
En respuesta, más magia entró en ella como un rayo.
Eyra jadeó, se inclinó hacia adelante y se apoyó en sus rodillas.
—¿Está bien? ¿Qué puedo hacer por usted? —Theo sonaba asustado, y el agarre de Naran se hizo más fuerte.
—Estoy bien —se obligó a decir mientras luchaba por volver a una posición erguida.
En circunstancias normales habría despreciado tales regalos de Emberis, pero en aquel preciso momento, la magia la beneficiaba, porque por una vez sus intereses estaban alineados.
—Ustedes dos quédense aquí en las llanuras —ordenó a Naran y a Theo—. Y ahora no es momento para objeciones.
Necesitaba encontrar a Belgor y trabajar con él para asegurarse de que ninguno de los dragones escapara.
—¿Ropa? —preguntó Theo, y antes de que pudiera responder, una pila apareció a sus pies.
—Gracias.
Eyra se cambió con rapidez, escaneó los alrededores y divisó a su dragón en el cielo con… Se le cortó la respiración y se quedó inmóvil. ¡Vornyx!
Los dos dragones se rodeaban, ascendiendo en espiral.
De repente, Belgor se abalanzó hacia adelante.
Su cabeza apuntaba a la garganta de su contrincante; pero el otro dragón esquivó el ataque descendiendo apenas unos metros y hundió sus dientes en el vientre de su dragón.
El corazón de Eyra se encogió mientras ambos atravesaban una nube baja.
La cola cubierta de espinas de Belgor azotó el aire y golpeó a su oponente.
Intentó liberarse con un poderoso tirón, pero Vornyx tenía sus mandíbulas cerradas con demasiada firmeza.
Estaban perdiendo altura, y los aleteos de Belgor se debilitaban cada vez más. Su cuello se arqueaba hacia atrás en un ángulo extraño, en un último intento por atacar a su adversario.
Para salvarse del impacto, Vornyx lo soltó. Pero en lugar de huir o amortiguar su caída, Belgor clavó sus garras en el cuerpo de su adversario y lo arrastró durante los últimos metros. El otro dragón batió sus alas, pero no logró estabilizarse.
Un grito quedó atrapado en el pecho de Eyra y el tiempo pareció ralentizarse mientras los dos se precipitaban hacia las Llanuras de Hielo.
Quiso apartar la mirada, pero se obligó a seguir observando.
En el último momento, Belgor giró junto con el otro dragón para que este golpeara el suelo primero.
Las alas de Vornyx se agitaron con frenetismo para amortiguar el impacto, pero su velocidad era demasiado alta y la llanura estaba demasiado cerca.
Con un estruendo atronador, se estrelló contra el suelo y Belgor cayó encima de él.
Juntos se deslizaron por la superficie, dejando un profundo surco.
La nieve y fragmentos de hielo volaron en todas partes mientras las garras de Vornyx arañaban la dura superficie. Finalmente, ambos se detuvieron.
Yacían inmóviles uno junto al otro, sin lanzar ningún otro ataque.
—¿Belgor? —Fijó su mirada en él, esperando alguna señal de vida.
—Envía a Merkan con Vornyx. ¡Ahora! —Incluso en sus pensamientos sonaba sin aliento.
—¿Estás bien?
—Sobreviviré. Ahora date prisa.
Buscó a su primer oficial entre el mar de llamas y lo localizó en el borde, junto a uno de los jinetes. Hablaba a los gritos con el joven, quien miraba temeroso a un dragón que escupía fuego.
—¡Merkan! —gritó ella.
Él se dio la vuelta, buscando la voz que lo llamaba.
—¿Quieres a Vornyx? ¡Entonces ve por él! —Señaló hacia la llanura donde yacía el dragón.
Merkan la miró, luego al dragón, y volvió a mirarla. Dio una palmada en el hombro al jinete y salió corriendo.
—¡Contén este caos! —le gritó al pasar—. Los jinetes saben qué hacer, pero necesitan liderazgo. Y ten cuidado. —Sin esperar respuesta, la dejó atrás.
Solo ahora se dio cuenta de que Merkan fue a ayudarla primero, antes de correr hacia los jinetes o de reclamar a su segundo dragón. Y eso a pesar de que lo había liberado de su primer juramento. No debería haberle importado cómo se encontraba.
Sacudiendo la cabeza ante ese descubrimiento, corrió hacia la inmensa tormenta de llamas y furia que se desataba en la llanura. Su corazón latía con fuerza y su magia de fuego pulsaba en sus venas, aunque solo la dirigiría contra los dragones como último recurso.
En medio del infierno, se detuvo, giró en círculo y evaluó la situación. Los jinetes luchaban con todas sus fuerzas, pero era obvio lo abrumados que estaban muchos de ellos.
Un paso a la vez. No podía hacer más que eso.
—¿Te fue asignado? —vociferó por encima del estruendo a un muchacho que estaba paralizado frente a un dragón de escamas rojas de tamaño mediano. Lo conocía del juramento de lealtad, pero había olvidado su nombre.
La bestia frente a él siseaba y escarbaba el suelo con sus garras mientras tenía la mirada puesta sobre el chico.
Con un breve asentimiento, sin apartar nunca los ojos de la criatura, confirmó su pregunta. Su mano se movió hacia adelante, pero al parecer no se atrevía a usar su fuego.
—¡No debes mostrarle miedo! —murmuró, acercándose más.
El muchacho la miró. Era obvio que hubiera preferido huir, pero tenía que hacer esto. Se había comprometido con un juramento a darlo todo, y ella no podía permitirse liberarlo. Necesitaban a cada hombre como fuera posible en aquellos momentos.
—Respira hondo. ¡Debes mostrar fortaleza!
El muchacho asintió de nuevo, temblando de tensión.
—Lo sé.
Por supuesto que conocía la teoría. Pero al enfrentarse a un dragón en la práctica y sentir toda la fuerza de su poder, era difícil demostrar serenidad. Sin embargo, sus palabras no fueron en vano, ya que convocó su fuego y se acercó al dragón.
Quería seguir apoyándolo, intervenir si la criatura lo atacaba, pero una escena en el rabillo del ojo la distrajo.
Horrorizada, observó cómo otro dragón despegaba, intentando quitarse de encima a su jinete.
El hombre colgaba de lado sobre su lomo, aferrándose a su cresta de espinas con desesperación, pero no lograba encontrar apoyo entre las escamas para sentarse correctamente.
El dragón, una criatura masiva de escamas verdes, volaba en círculos y lanzaba ráfagas de fuego hacia atrás con su cuello retorcido.
—¡Puedes hacerlo! —animó al joven a su lado, mientras buscaba a Belgor con la mirada.
Lo divisó no muy lejos, en un espacio despejado donde un dragón debía haber estado momentos antes.
—¿Puedes volar de nuevo? —Esperaba que pudieran ayudar al jinete antes de que cayera.
—Sí, pero no puedo irme ahora mismo.
Extendió sus alas sobre dos dragones jóvenes para limitar sus movimientos. Saltaban impulsivos bajo sus alas, escupiendo fuego sin control, como si no supieran usar su propio poder, que no parecía menos potente que el de sus contrapartes adultas.
Belgor gruñó, pero a diferencia de lo ocurrido con Zeros o Vornyx, a quienes no dudó en someter con fuerza, mostró indulgencia hacia los pequeños. Con cuidado, los guiaba hacia adelante. Sus movimientos eran lentos; la pelea con Vornyx le estaba pasando factura.
—Los estoy llevando a las Llanuras de Hielo —explicó—. Aún son demasiado jóvenes para controlar su poder, y su madre está muerta.
Para enfatizar sus palabras, uno de los pequeños echó la cabeza hacia atrás y liberó otra oleada de fuego que se dispersó en diferentes direcciones, alcanzando a una jinete que estaba demasiado cerca.
La mujer gritó cuando su capa se incendió, pero las llamas no la tocaron el tiempo suficiente para causar daños graves.
Belgor empujó al pequeño con su hocico. El dragoncito gruñó indignado y escupió una segunda llamarada, esta vez hacia él. Un gruñido profundo bastó para intimidarlo. Con la cabeza gacha, continuó avanzando.