Trono de Hielo y Fuego (Saga entre hielo y fuego 5) 7 Patricia
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7 Patricia

PATRICIA

La Fuente es el origen de toda magia. De ella nació, se liberó en el mundo y se entretejió con hilos invisibles en toda forma de vida.

Remond Everlight

—Permanezcan juntos —dijo Saul, mirando a su alrededor.

El viento había amainado y una espesa niebla flotaba en el aire.

El mundo que los rodeaba estaba bañado de blanco, hasta convertir a los demás en siluetasen siluetas que apenas se distinguían.

Noah y Fayette charlaban sobre sus comidas favoritas y otras cosas triviales, para distraerse.

Lyra se quedó con Zeros. Estaba demasiado débil para este viaje y, además, quería despedirse, ya que el tiempo apremiaba.

A Patricia le resultó difícil dejar atrás a su antigua amiga.

La angustia de Lyra era profunda; necesitaba a alguien a su lado.

Ella aún no podía asimilar lo sucedido, y no quería imaginar cómo debía sentirse.

Estaba a punto de alcanzar la mano de Saul cuando su grito rompió el silencio. Al darse la vuelta sobresaltada, él había desaparecido, y ante ella se abría un agujero en la nieve.

—¿Saul? —Patricia dio un paso cauteloso y ella misma se hundió hasta las caderas.

Intentó liberarse, pero cuanto más luchaba, más profundo se hundía.

—Te tengo. —Lazar la agarró y la sacó con un potente tirón.

—¡Saul! —llamó ella—. Creo que él se ha hundido.

Cuando por ellos el mundo ha llorado. Las palabras resonaron en su cabeza mientras miraba con fijeza el lugar donde él había estado de pie hacía solo un momento.

—¡Mantén la calma! —Lazar giró y dirigió su magia roja hacia la nieve.

La chica no tenía mucho fuego dentro de sí, pero siguió su ejemplo. Al instante siguiente, la nieve estalló en el aire cuando Saul envió una ráfaga fría desde abajo. Un agujero se abrió ante ellos, donde Patricia distinguió su blanca mata de pelo.

—De veras que tengo un don para caerme en hoyos —murmuró el chico, y luego hizo una mueca. Su mano buscó con desesperación en el bolsillo de su abrigo y suspiró aliviado—. Uf, la esmeralda sigue ahí.

Noah soltó una suave risita.

—Dondequiera que vas, se abren abismos. —Ayudó a Lazar a levantar a su hermano.

Patricia no estaba de humor para bromas en absoluto. Se apresuró hacia Saul, lo atrajo hacia sus brazos y lo abrazó con toda la fuerza que pudo.

Él le acarició la espalda con suavidad.

—Todo está bien —intentó tranquilizarla.

—La próxima vez, quédate cerca de mí.

El chico se apartó de ella y buscó su mirada.

—Puedo manipular la nieve. ¿Recuerdas? —Le guiñó un ojo.

No podía entender cómo podía afrontar incluso una situación así con humor.

—Tuve miedo. —Dijo, pero su voz quedó en el aire; la niebla le ocultaba la vista de él.

Extendió los brazos en su dirección para evitar perderlo, pero sus manos no encontraron más que aire. Tanteó en vano mientras un sentimiento helado se apoderaba de su pecho.

—¿Saul? —Su voz sonaba amortiguada incluso para sus propios oídos, como si la niebla la sofocara. Todo permaneció en silencio, salvo por un suave zumbido que llenaba tanta quietud—. ¿Lazar? ¿Fayette? ¿Noah?

Los demás también habían desaparecido en el velo gris, que seguía espesándose, arremolinándose como humo denso, pulsando como una criatura que la engullía más con cada segundo que pasaba.

Giró la cabeza, primero hacia la izquierda, luego hacia la derecha.

No podía ver nada en absoluto, pero su cuello hormigueaba, advirtiéndola de que algo maligno había fijado su atención en ella.

Jirones de niebla danzaban a su alrededor, formándose y reformándose, extendiéndose en su dirección.

Dedos fríos la rozaban donde la ropa no cubría su piel, y su carne se contraía bajo el tacto helado.

De repente, puntos plateados y brillantes se separaron de la pared blanca: cientos, no, miles de ojos fijándose en ella.

Esta no era una niebla normal… Pero ¿qué era entonces?

Desesperada buscó en su mente, mientras sus pensamientos se volvían cada vez más turbios y se perdían en la densa niebla.

El zumbido en el aire creció en intensidad y los ojos plateados comenzaron a circular a su alrededor.

Todo desapareció en el velo impenetrable y las criaturas fantasmales dibujaban círculos cada vez más pequeños, como si quisieran atraparla…

capturarla. Voces la atraían hacia otra realidad, la arrastraban a sus profundidades, y sus piernas se volvieron pesadas.

La niebla la engulló, atrayéndola hacia un mar de nada.

—¿Patricia? —Oyó la voz de Saul. Amortiguada. Lejana.

—¡Aquí!

En un último esfuerzo contra la influencia de la niebla, estiró los brazos de nuevo y avanzó a tientas en la dirección donde pensaba que él podría estar.

—¿Patricia? —Sonaba más fuerte ahora.

No se detuvo, continuó avanzando tambaleante y logró agarrarse a alguien. Sus dedos se cerraron alrededor de un brazo.

—¡Patricia! ¡Gracias a los altos poderes! —El chico la abrazó con fuerza.

La niebla se tornó verde y comenzó a disiparse. Poco a poco, liberó sus pensamientos y el mundo a su alrededor. Al principio, solo contornos borrosos brillaban a través la blancura, luego las siluetas de los demás comenzaron a emerger.

—¿Por qué se están apartando? —Aliviada, se apartó de él.

Pero cuando miró en sus ojos, otra sensación eclipsó ese sentimiento.

Parpadeó varias veces, esperando que fuera una ilusión.

Pero sus ojos seguían verdes. Con un nudo en la garganta, dejó que su mirada descendiera, confirmando su premonición.

La esmeralda del bosque colgaba alrededor de su cuello. Así que de ahí provenía la luz verde.

Lentamente, su poder se asentó sobre ella, imponiéndole esa extraña familiaridad que nada tenía que ver con lo que la conectaba a Saul.

—¿Por qué? —soltó, con la voz ronca de decepción.

—¿Alejaste a los espíritus con la esmeralda del bosque? —Lazar se colocó junto a ella.

—Como los espíritus de niebla son seres naturales, sospeché que responderían a la magia verde. Primero lo intenté sin la gema, pero no tuve éxito. No hubo otra manera.

Saul miró más allá de ella, fijando primero su vista en el paisaje montañoso cubierto de nieve, luego en el cuerpo sin vida de Zeros, que estaba demasiado cerca, para su sorpresa. Patricia pensó que llevaban más camino recorrido.

Se posicionó en el campo de visión de Saul para que tuviera que mirarla.

—Ahora se han ido. Así que puedes quitarte la gema de nuevo.

—Mejor la mantengo puesta hasta que podamos estar seguros de que se mantendrán alejados.

¿Por qué no le sorprendía esta respuesta?

Noah y Lazar examinaron a su hermano con no menos escepticismo, pero no rechazaron su argumento.

—Por ahora. Sigamos avanzando. —Lazar continuó con cautela, esperando encontrar más agujeros en la nieve.

Frustrada, la chica siguió sus pasos, tragándose las palabras que tenía en la punta de la lengua.

Poco a poco también sintió el cambio del que había hablado Fayette.

La atmósfera parecía más densa, casi tangible, advirtiendo de un poder invisible con cada paso que daban.

El aire que respiraba, la nieve profunda, los copos que ocasionalmente caían sobre ellos…

todo se sentía impregnado de magia. Una enorme atracción emanaba de la colina frente a ellos.

Cada paso se sentía más pesado, pero de una manera extraña también más decidido, más determinado, guiado por esta fuerza.

Los otros también caminaban más rápido, atraídos por la Fuente, donde se originaba toda la magia. Donde acababan de caminar en fila india, Saul abandonó la línea, aceleró su paso y se alejó de ellos.

—¡Espera! —gritó tras él, pero no reaccionó—. ¡Oye! —Alarmada, lo siguió, sin prestar atención en donde pisaba. Su corazón latía con fuerza en su pecho—. ¿Qué sucede? —preguntó cuando pudo alcanzarlo.

Él no respondió, como si no la hubiera escuchado. En silencio continuó su camino, con la mirada fija hacia adelante. La magia verde lo envolvía en un aura de poder.

Apenas fue consciente de que Noah también los alcanzó… y que Fayette estaba hablando con él con la misma falta de éxito.

Lazar apareció a su lado.

—Creo que están bajo la influencia de los dioses. Quizás eso es lo que está haciendo la Fuente. Tenías razón. Saul necesita quitarse la cadena con la esmeralda.

—Si no está dispuesto a hacerlo, no tenemos ninguna posibilidad —logró decir.

—¿Y qué hay de Noah? —Fayette se acercó a ellos—. Incluso si le quitamos la piedra, no cambiará nada. La influencia de Reena sobre él seguirá intacta. —Con cada palabra, sonaba más histérica.

Lazar no respondió, probablemente queriendo centrarse primero en el problema más simple.

Saul pareció haber escuchado el comentario que hizo sobre la gema, porque comenzó a correr.

Su hermano se lanzó tras él y lo agarró por el hombro.

—¡Dame la esmeralda del bosque!

Saul se liberó.

—Siéntete libre de intentar quitármela. —Lo miró desafiante.

Con un rápido movimiento, Lazar se abalanzó hacia adelante y alcanzó la cadena, pero su hermano fue más rápido y lo esquivó.

Lazar levantó las manos y la nieve a su alrededor crujió.

—Saul, entra en razón.

Enormes carámbanos de hielo surgieron del suelo, creando una jaula alrededor del elfo, pero él permaneció impasible.

La tierra bajo ellos se sacudió y algunas raíces que habían sobrevivido a los siglos rompieron la capa de nieve, derribando las púas de hielo que Lazar levantó a su alrededor.

El chico dio un paso adelante, pero Lazar se interpuso en su camino.

—Apártate.

Lazar aprovechó el momento y alcanzó la cadena una vez más.

Rápido como un rayo, su hermano agarró su mano y le abrió los dedos con una fuerza aterradora, uno tras otro.

—¡Este no eres tú! —siseó Lazar.

Sin decir palabra, Saul lo lanzó hacia atrás con una oleada de magia verde. Jadeando, el elfo golpeó el suelo, pero se levantó de inmediato.

El aire se volvió aún más frío; remolinos de nieve giraban a su alrededor con una lentitud antinatural, esperando su orden.

—No quiero hacerte daño. —Fragmentos de hielo se elevaron alrededor de Lazar, gestando una tormenta invernal.