Trono de Hielo y Fuego (Saga entre hielo y fuego 5) 1 Eyra
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Trono de Hielo y Fuego (Saga entre hielo y fuego 5)

Trono de Hielo y Fuego (Saga entre hielo y fuego 5)

Por K.T. Steen

© inepub.com

1 Eyra

EYRA

La verdadera grandeza se demuestra al hacer justicia al poder que uno no ha elegido.

Moira Arandaris

Las Llanuras de Hielo se extendían sin fin ante Eyra, un desierto resplandeciente de nieve y hielo. Cada una de sus respiraciones dejaba pequeñas nubes que el viento se llevaba al instante. Este rugía a través de la superficie lisa, azotando contra su piel y tirando de su cabello.

Cerró los ojos. La escarcha le mordía las mejillas, se colaba bajo su abrigo y envolvía su corazón como una mano helada; exactamente lo que necesitaba para contener el brillo indomable del rubí de fuego dentro de ella.

El miedo que hervía en su interior exigía liberación, exigía llamas que querían tocar el cielo.

Pero no podía permitirse ser controlada por la preocupación por su familia.

Así que permaneció allí, inmóvil como una estatua, dejando que el frío la penetrara.

Se hundió en sus huesos, amortiguando sus brasas y oponiéndose firmemente a su calor.

Cuando solo quedaba un leve resplandor, recordó los ejercicios que Patricia le enseñó.

Necesitaba liberar las llamas… no suprimirlas, sino dirigirlas.

Reunir el calor hasta que se condensara en una esfera brillante, concentrada en un solo punto.

Lo había logrado muchas veces antes; lo lograría de nuevo.

Se volvió hacia su interior, alcanzó su poder y lo enfocó entre sus manos, pero su intento de controlar su magia se disipó cuando un poderoso batir de alas rompió el silencio y capturó su atención.

Una sombra cayó sobre ella y, al momento siguiente, Belgor —quien había estado cazando—, descendió del cielo.

Curvó su trayectoria en el aire, levantó nieve al detenerse e hizo temblar el hielo bajo sus garras.

Sus escamas del color de la obsidiana brillaban en los bordes, calentadas por el calor que fluía a través de su cuerpo.

—¿Tienes noticias de tus compañeros? —Sonaba como si de verdad se preocupara por los tres.

Pero Eyra lo conocía bien. No le interesaba si los tres elfos invernales eran asesinados por los dioses.

Solo le importaba el éxito de su misión y las consecuencias para su jinete.

Por ahora, nadie que pudiera protegerla de su propio fuego estaba a su lado.

Solo los vientos del norte venían en su ayuda, y si algo le sucediera a su familia… No, no quería pensar en eso.

—Están haciendo los preparativos finales. En una o dos horas, partirán hacia la Fuente. —Mientras hablaba, su magia volvió a surgir. Y una vez más, dirigió las llamas de vuelta a sus manos.

—Ya veo. —Su mirada intensa era como calor líquido enroscándose alrededor de su alma.

—Me las estoy arreglando. —Al menos eso seguía siendo cierto.

—¿De verdad?

—Mirándome así, casi podría pensar que te has encariñado conmigo.

—Pides demasiado. —Eludió su comentario—. Hasta que no tengas tus emociones bajo control, ni siquiera deberías intentar dirigir tu fuego. En caso de emergencia, simplemente deja escapar el calor para que no te queme por dentro.

—Eso funciona aquí en las Llanuras de Hielo. ¿Pero qué pasa si no estoy sola?

Su familia huyó justo cuando destrozó la habitación de Naran. Era impensable que pudiera haber herido a alguien.

—Un paso a la vez.

—Podría simplemente acampar aquí afuera —bromeó, aunque no sería una idea tan mala.

Las tiendas de Theo eran muy cómodas ahora, y no tendría que lidiar con todos esos seres de fuego allá abajo. La voz de que era la nueva Reina de Fuego corrió con rapidez y desde entonces, siempre había alguien que quería algo de ella. Su cámara era como un palomar. Lo que daría por un poco de paz…

Con este pensamiento, el juramento se apretó alrededor de su pecho, recordándole sus prioridades. Necesitaba estar presente, ganarse a su gente para que la siguieran con entusiasmo a la guerra.

Quizás debería simplemente realizar algunos trucos como solía hacer en la calle Senter. Unas cuantas volteretas a través de un aro de fuego y todos quedarían tan impresionados que caerían a sus pies. Una sonrisa se le escapó. Era poco probable.

—No. Necesito aprender a controlar mi fuego —afirmó con voz firme.

Belgor resopló y el viento arrastró una lluvia de chispas sobre ellos.

—«Necesitar» nunca es una buena palabra.

—Ah, ¿ahora nos ponemos filosóficos?

—No, solo sinceros. —El hielo crujió cuando se acomodó junto a ella con un movimiento repentino.

Eyra suspiró.

—Nadie debería ser bendecido con tanto poder —murmuró.

—Alégrate de que Emberis no esté particularmente encariñado contigo ahora mismo. Podría cargarte con mucho más. Cuando pienso en Celest… —Se quedó en silencio, como si los recuerdos de aquella época hubieran llevado sus pensamientos a otro lugar.

—¿Ella poseía más fuego que yo?

—Su magia aumentó con los años. Emberis quiere que sus reinas y reyes estén en la cima. Para eso, cede con gusto parte de su poder. Los otros dioses hicieron lo mismo con sus portadores de gemas.

—¿Así que Emberis puede matarme después de todo? Dijiste que no era capaz de eso. —Se sintió inquieta.

—No. Si tienes tus poderes bajo control, no puede.

—Vaya, maravilloso. —Sin presión, por supuesto.

Considerando este hecho, entonces era bueno que no estuviera en el favor de Emberis por aquellos días. No le proporcionaría más magia mientras ella bailaba a regañadientes a su son y sus compañeros intentaban destruir su amada gema.

—A Celest le tomó años, pero luego se convirtió en una maestra controlando el arte del fuego.

—¿Aún podía convertirse en fuego? —En su propio estado agitado, llena de preocupación y miedo, probablemente ardería en segundos.

—Sí.

Ella negó con la cabeza.

—Y, sin embargo, al final sucumbió a su propia ira.

—El Rey Invernal sabía muy bien cómo funcionaban sus poderes y deliberadamente la colocó en Calor. Si hubiera liberado la fuerza de su ira, habría reducido todo el distrito a cenizas. —La voz de Belgor vibraba de rabia. Al parecer, ella no le había sido tan indiferente después de todo.

Eyra lo examinó de lado.

—Tuvo suerte de tenerte.

El dragón permaneció en silencio, como siempre que las cosas se volvían demasiado emotivas para él. ¿Cómo podía llevar tanto fuego dentro y seguir siendo un bloque de hielo?

—En realidad, deberías llevarte de maravilla con Lazar.

—¿Por qué?

—No es importante.

Se volvió hacia su poder, que se había vuelto mucho más pequeño en los últimos minutos gracias a la distracción. Tal vez era también el aura de Belgor, la constancia tangible de un ser antiguo, lo que la anclaba. En presencia de él, siempre tenía la sensación de saber dónde pertenecía.

Eyra cerró los párpados y pensó de nuevo en su familia, que pronto estaría en camino hacia la Fuente.

Su fuego respondió de inmediato y encendió un incendio dentro de ella.

Respirando profundo, siguió el consejo de su dragón.

Sintió el calor acumulándose en su pecho como una tormenta detrás de puertas cerradas.

Donde antes había intentado agrupar su fuego y forzarlo a tomar forma para ganar el control o al menos algo de dominio, ahora lo liberaba de forma gradual.

Dedo a dedo, abrió el puño y dejó escapar su poder.

No como una llama furiosa, no como una explosión ardiente, sino en un flujo suave y constante.

Poco a poco, la presión en su pecho disminuyó y su pulso se ralentizó mientras el calor fluía hacia el exterior y el viento se lo llevaba.

A cambio… sus pies se mojaron. Con un suspiro, observó el agua derretida que le llegaba hasta las rodillas y se filtraba en sus botas.

Belgor aprovechó el momento para beber.

—Solo para ti. —Eyra hizo un gesto amplio para presentar el lago que se había formado alrededor de ellos—. Al menos podrías dar las gracias.

El dragón ni siquiera levantó la mirada.

—Ve a meterte en la cueva para ganarte el favor de algunos seres de fuego, o lo que sea que hagas durante todo el santo día.

Su juramento respondió de inmediato a este comentario. Como una mano invisible, presionó contra su espalda y la empujó hacia la entrada.

—Te veo luego. —Justo cuando se volvía hacia la apertura en el hielo, divisó algunos puntos negros en el horizonte.

Se protegió los ojos con la mano y esperó.

Poco a poco, las formas se hicieron más grandes y tomaron los contornos de grifos.

Rubén le anunció que estaban esperando a miembros del Tren Rojo del sur: hombres y mujeres de fuego como Lyra o Merkan, que habían estado trabajando con dragones durante años con la esperanza de que esta generación fuera testigo de su liberación.

Poco después, las tercas criaturas aterrizaron con chillidos salvajes. La mayoría de los jinetes desmontaron de un solo salto. Uno de ellos, sin embargo, descendió despacio, apoyado por otro de los hombres.

—¿Moira? —Eyra se acercó a la encorvada anciana—. ¿Qué haces aquí? —El viaje debió haber sido una tortura para ella.

La anciana se sacudió la nieve de su abrigo.

—He esperado toda mi vida para patear a esos elfos invernales en el trasero. Por supuesto, que no voy a pudrirme en el sur mientras ustedes, los jóvenes, salvan nuestra tierra.

—¿Quieres tu propio dragón? —bromeó Eyra, esperando en el momento siguiente que en realidad Moira no exigiera uno.

—No seas ridícula. —Hizo un gesto desdeñoso.

La chica le sonrió.

—Es bueno tenerte aquí. —Y lo decía en serio. Moira había acudido en su ayuda varias veces con su actitud imperturbable, y como anciana, su palabra tenía peso.

La anciana miró alrededor de las Llanuras de Hielo. Su mirada se detuvo por un momento en el charco humeante antes de seguir adelante.

—Nunca me gustó el norte. Creo que esta será mi última visita. Vayamos a las cuevas. ¿Cuándo es tu próxima reunión?

—Merkan, Rubén y algunos otros dirigentes llevan sentados juntos desde esta mañana, haciendo planes.

Moira frunció el entrecejo y comenzó a moverse.

—Tú deberías estar allí.

Eyra caminó a su lado.

—Merkan ya está allí.

La mujer más baja la miró de reojo, y su paso se volvió un poco más enérgico.

Pete, que había aterrizado un poco más lejos, les dio alcance.

—¿Dónde está Rubén?

Eyra alzó las cejas.

—También es un placer verte. Ha pasado tiempo. Por cierto, tu suero de la verdad me sirvió muchísimo. —Lo saludó con fingido entusiasmo.

—Hola, Eyra. —Pete inclinó la cabeza—. ¿Mejor?

—Mucho mejor. —Sonrió—. Rubén está ocupado con asuntos de extrema importancia.

—Y tú también deberías estarlo —comentó Moira, tirando de ella.

En su camino por los pasajes, Eyra examinó a los otros recién llegados.

Reconoció algunas caras. Tres de ellos se identificaron ante ella como seguidores de Celest Vestan y, por tanto, de ella también: Marlo, Ignar y Gebus.

Sin embargo, no podía favorecerlos al seleccionar dragones, ya que había abolido las estructuras de clanes.

Ciertamente no se vería bien si diera preferencia a su propia gente.

Pero la única persona a quien rechazaría con absoluta rotundidad era la rezagada que se unió a ellos en ese momento.

Tenía grabados los insultos que esta mujer lanzó contra ella y sus compañeros en la cueva del sur.

—¿Qué hace Alaric aquí? —susurró.

Moira miró de un lado a otro entre ellas.

—Dale una oportunidad a la chica. Tiene un pasado difícil.

—Ella me atacó en aquel entonces, no al revés.

—Alaric te condena por tu relación con los elfos, y desde su perspectiva, incluso puedo entenderlo. Su madre murió por la enfermedad de la nieve, y su padre fue asesinado por la Guardia Blanca. Con el tiempo, se dará cuenta de que tu conexión también representa una oportunidad.

Eyra no compartía ese optimismo. Mantendría un ojo sobre esa mujer.

—¿Adónde vamos? —le preguntó a la anciana mientras se separaban de los demás y entraban en un pasaje lateral.

—A la Jaula. Tenemos mucho que discutir.