Triple Puck (The Morrison Brother’s 3) 18. Capítulo 17
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18. Capítulo 17

Rose

A quí va un dato curioso sobre mi familia que no sabía hasta hace una hora.

Tenemos exactamente una caja de pañuelos de papel, y vive en la cocina para emergencias relacionadas con cocinar, como picar cebollas o cuando papá intenta preparar chili «picante».

Esa caja está ahora en mi mesilla de noche, y medio vacía.

Porque yo, Rose Pearson, mujer adulta profesional de veinticinco años, estoy sentada con las piernas cruzadas sobre la cama, llorando por un chico.

Otra vez.

La última vez que pasó, yo tenía dieciséis años, el chico se llamaba Ryan, y su delito fue invitar a Maddie Thomas al baile de bienvenida después de que yo pasara tres semanas ayudándolo a aprobar los exámenes de química.

Recuerdo estar tumbada boca abajo en la cama pensando: ningún chico volverá a hacerme sentir tan idiota .

Bueno, Rose adolescente. Buenas noticias. Rose adulta ha encontrado la forma.

Me sueno la nariz, añado el pañuelo a la vergonzosa pila y fulmino con la mirada el portátil. Incluso después de la derrota de esta noche, todavía tengo muchísimo trabajo que hacer. Colin lleva toda la semana insistiendo en que «mantenga el impulso».

Lástima que el puto equipo de hockey no sea capaz de hacer eso sobre el hielo.

Me sueno la nariz una vez más, me seco los ojos y enciendo el portátil.

Muevo el ratón hacia mi carpeta de trabajo, pero mis ojos se enganchan a la carpeta que no debería estar mirando. La que se llama: Personal. NO SINCRONIZAR CON LA UNIDAD DE TRABAJO. EN SERIO. NO LO HAGAS.

Dentro de esa carpeta están todas y cada una de las fotos del hotel de la costa.

He estado evitando esa carpeta. No he mirado ni una sola foto desde que descargué las imágenes de la tarjeta de memoria la noche que volvimos.

Sobre todo porque me daba demasiado miedo que lo único que viera fuera a mí misma en cien posturas poco favorecedoras que ahora me parecerían vergonzosas.

Pero también porque no estoy segura de querer verme con las piernas abiertas, el encaje medio colgando, o haciendo cosas con la boca en las que no puedo pensar bajo ningún concepto mientras estoy sentada en la cama que montó mi padre.

Pero es medianoche, estoy triste y, al parecer, la autodestrucción está en el menú de esta noche.

Así que abro la carpeta con un clic, y la primera foto se carga antes de que siquiera pueda prepararme.

—Vaya. —Me inclino hacia delante, frunciendo el ceño ante la pantalla—. No es lo que esperaba.

Es una foto de mi cara.

Tengo el pelo hecho un desastre sobre las almohadas blancas, pero estoy sonriendo, como si estuviera en mitad de una carcajada, riéndome tanto de algo que tengo los ojos arrugados y cerrados.

Hasta mi papada está ahí fuera, orgullosa. Parezco ridícula.

Parezco feliz .

Paso a la siguiente y vuelve a ser un primer plano de mi cara. Esta vez miro directamente al objetivo. Salvo que… recuerdo esta . No estoy mirando al objetivo, lo estoy mirando a él detrás de la cámara.

Mi expresión es tan dulce, tan desprotegida, que apenas me reconozco.

Paso a la siguiente y, otra vez, salgo sonriendo a algo fuera de plano. Parezco no tener ni idea de que me estaba fotografiando.

La siguiente. Mi cara sobre la almohada, los ojos medio cerrados, destrozada y resplandeciente.

La siguiente. Yo, a media frase, posando con una copa de vino como una idiota.

Paso las fotos más deprisa. Hay fotos de cuerpo entero, claro que las hay; ese hombre fotografió mi culo como si fuera la octava maravilla del mundo. Pero ¿los desnudos? Son minoría. Tres a uno. Tal vez cuatro a uno.

Por cada foto mía posando con la lencería sexy y la piel desnuda, hay cuatro de mi cara . O de mi risa. De mis ojos.

Hay tantas fotos mías, simplemente existiendo.

Me recuesto contra el cabecero y miro fijamente la pantalla, pensando en lo que me ha dicho esta noche.

Esto ni siquiera es real, ¿recuerdas?

He llevado esa frase clavada como una astilla toda la noche.

He dejado que me convenciera de que todo lo anterior era algún tipo de actuación.

Las preguntas sobre Francia, el vestido, la crema de caramelo para el café, el hombre que inclinó tanto el paraguas sobre mi cabeza que acabó empapándose entero.

Pero nadie hace cuarenta fotos de la risa de una mujer como parte de una actuación.

Mason Morrison pasó una noche entera con una cámara entre las manos y la lencería más espectacular de mi vida delante de él, y lo que eligió documentar, una y otra vez, fui yo .

Un golpe en la puerta casi me lanza contra el techo.

Cierro el portátil de golpe, con tanta fuerza que los pañuelos se desploman de la mesilla.

—¿Rosie? ¿Estás despierta?

—¡Sí! ¡Bien! ¡Despierta! ¡Normal!

La puerta se abre, y papá entra con su pijama de franela de los Bears y las zapatillas de abuelo por las que Beck cambiaría su barco.

—Hola, papá.

Sus ojos recorren la habitación, abarcando el cementerio de pañuelos y el portátil cerrado de forma sospechosa.

—¿Todo bien? —pregunta, mirándome la cara, que sé que está llena de manchas rojas porque tengo el cutis de una mujer incapaz de llorar en secreto.

Este hombre ha visto a diez mil jugadores decirle que sus lesiones no eran nada mientras cojeaban. Ahora mismo no tengo la menor posibilidad.

—Solo es la alergia, papá —digo.

—Joder.

Recoge la caja de pañuelos caída, la vuelve a dejar en la mesilla y se sienta en el borde de mi cama.

Me echo hacia atrás mientras él mira a su alrededor, fijándose en el tablón de corcho con fotos, la bolsa de la cámara junto al escritorio, las guirnaldas de luces que colgué y que fingió odiar antes de comprar bombillas de repuesto.

—Sabes, cuando eras adolescente solías esconderte en tu habitación —dice—. Oía cómo dabas un portazo al volver del instituto y no te veía hasta la cena. Me volvía loco intentando averiguar qué te pasaba.

—No me pasaba nada. Solo…

—Rosie. —Me lanza esa mirada. La mirada de soy tu padre —. Encontré las cortezas de los sándwiches. Comías en la biblioteca del instituto y volvías a casa con hambre. Lo sabía.

Lo miro fijamente. —¿Lo sabías ?

—Por aquel entonces entrenaba a adolescentes para ganarme la vida, cielo.

Sé cómo es un vestuario tóxico. —Se encoge de hombros, y hay algo pesado en ese gesto—.

Solo que nunca supe cómo ayudarte. Podía sentar en el banquillo a un chico por meterse con un compañero, pero no podía sentar en el banquillo a todo un instituto por acosar a mi niña.

Mi niña.

Permanezco sentada en silencio en la cama, conteniendo más lágrimas mientras papá me mira un instante, sonríe y luego se frota las manos, como si esto le resultara tan incómodo a él como a mí.

Entonces aparta la vista y, por primera vez en años, veo su alianza de boda.

Estoy segura de que siempre ha estado ahí , siendo tan parte de su mano como su silbato lo es de su cuello. Es solo que he dejado de fijarme. Es dorada, está desgastada y lisa, y descansa en un dedo que, de niña, sostuvo mi mano al cruzar cien aparcamientos de estadios.

—Papá, ¿alguna vez te la quitas?

Sigue mi mirada y gira el anillo con el pulgar, una vieja costumbre que, al parecer, he contemplado toda mi vida sin advertirla.

—¿Esta cosa vieja?

Se ríe entre dientes y sigue jugando con ella.

—Me la quité durante un tiempo. Hace años.

Cuando intenté todo eso de… —Hace un gesto vago con la mano—.

Salir con alguien . Me parecía mal llevarla puesta durante una cena con otra persona.

Me parecía peor dejarla en un cajón. —Se encoge de hombros—.

Al final dejé de molestarme con las cenas, así que el anillo se quedó.

—¿Por qué dejaste de hacerlo? Lo de las cenas, quiero decir.

Mira la foto de él y mamá que tengo sobre el escritorio. Suspira. —No eran tu madre.

Lo dice con tanta sencillez. Sin drama, ni dolor, ni pena. Solo un hecho, como el marcador de un partido que terminó hace veinte años.

—Pero ¿no querías…? —Me subo las rodillas al pecho—. Papá, ¿nunca quisiste encontrarlo otra vez? El amor. El de verdad.

Me mira con una sonrisa tensa, luego extiende la mano y toma la mía; su enorme palma se traga la mía por completo.

—La verdad es que no. Porque todavía lo tengo —dice—. Tengo todo lo que necesito. Aquí mismo.

Y así, de repente, ya no estoy mirando al entrenador Pearson.

No estoy mirando al hombre que persiguió a Mason por un aparcamiento, ni al obstáculo humano que asignaba habitaciones de hotel como un carcelero, ni al tirano armado con un silbato al que doce mil personas gritan desde las gradas.

Estoy mirando a un hombre que perdió a su esposa a los treinta y dos años, sostuvo la mano de una niña de siete en un funeral y luego construyó toda su vida como un muro alrededor de la única familia que le quedaba.

Nunca escribió encima del dibujo a ceras que le dejé en su libreta de jugadas hace veinte años.

Llevó mi foto escolar consigo a través de tres franquicias, en cada paso del camino.

La semana pasada guardó mi equipo de sóftbol en cajas y luego las dejó junto a mi puerta porque está enseñándose a sí mismo, una caja de cartón cada vez, cómo dejarme marchar, aunque no sea realmente lo que quiere.

Protege a la gente llevándola a cuestas por la vida. No conoce otra manera.

Igual que Mason.

El pensamiento me golpea con tanta fuerza que casi lo digo en voz alta.

—Rosie. —La voz de papá se suaviza, lo que en su caso significa que pasa de grava a grava ligeramente más fina—. Todo esto de llorar. ¿Es por alguien? ¿O estás tan disgustada como yo porque hemos perdido?

Me río con un sonido entrecortado.

Podría mentir. Es fácil y es exactamente lo que he estado haciendo durante las últimas cuatro semanas.

Pero está aquí. Y es mi padre.

—Sí —me oigo decir—. Es un chico.

Veo cómo todos los instintos protectores del cuerpo de Jack Pearson se activan de golpe.

Se le tensa todo el cuerpo, endereza los hombros y, en algún lugar profundo de su cerebro, una sala de guerra llena de diminutos entrenadores acaba de iluminarse y empieza a organizar a las tropas para prepararse para la batalla.