Triple Puck (The Morrison Brother’s 3) 12. Capítulo 11 #2
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12. Capítulo 11 #2

Estoy cerca. Siento cómo se acumula, y ella lo sabe, porque redobla sus esfuerzos, metiéndomela más adentro, más rápido, su garganta trabajando a mi alrededor como si estuviera hambrienta de ello.

No puedo mantener las manos quietas.

Recorren sus hombros, bajan hasta ahuecar sus pechos a través del encaje, los pulgares arrastrándose sobre sus pezones mientras ella me trabaja más profundamente. El sonido húmedo, la visión de ella jugando consigo misma mientras me la chupa, es demasiado.

Es mucho más que demasiado.

—Para, nena. Para. —Salgo de su boca con un gemido, la levanto y la beso con fuerza—. No me voy a correr así. No la primera vez.

La lanzo de nuevo sobre el colchón y ella rebota con una risa de sorpresa. Me quito los vaqueros y la sigo, arrodillándome sobre ella mientras se desabrocha el sujetador y lo tira a algún lugar cerca de los albornoces.

Joder.

Rose Pearson está desnuda en medio de una cama king size , y mi mundo entero se detiene por completo.

Sus pechos son grandes y pesados, con los pezones duros. Debajo de ellos, su vientre es suave y precioso, sus caderas anchas, sus muslos gruesos y abiertos para mí. Cada centímetro de ella que se pasó años escondiendo está extendido sobre el lino blanco, y no está cubriendo nada.

Me está observando mientras la miro.

—Vale. Ahora solo te me quedas mirando —dice.

—Lo sé. —Me coloco entre sus muslos y me alineo, arrastrando la cabeza de mi polla por su calor resbaladizo, y ambos nos estremecemos—. Porque eres la mujer más sexi que he visto en mi vida. Necesito que lo sepas antes de que pierda la capacidad de hablar.

—Mason. —Sus manos enmarcan mi cara. Sus ojos son dorados y firmes—. Prométeme que nadie va a entrar por esa puerta.

—Nadie va a entrar por esa puerta —repito, como una plegaria.

Y empujo dentro de ella.

Despacio. Centímetro a centímetro, viendo cómo su boca se abre, sintiendo cómo se estira a mi alrededor, apretada y caliente y, joder, por fin.

El gemido que se me desgarra del pecho es algo que nunca me había oído hacer.

— Oh… —Sus uñas se clavan en mis hombros—. Oh, Dios mío. Estás…

—Respira, nena. Tómate tu tiempo.

—He tenido tiempo —jadea—. Semanas enteras. Es que eres tan grande .

Sigo moviéndome, y mi chica, tan insaciable, me acoge a la perfección mientras se adapta a mi tamaño.

Las embestidas, profundas y acompasadas, hacen que el cabecero golpee la pared. Sus pechos se balancean y ella grita con cada estocada, alto y sin pudor, porque nadie puede oírnos, nadie va a venir y no hay nada en esta habitación salvo nosotros.

Sus piernas se enroscan en mi cintura y tira de mí para que entre más, y yo entierro la cara en su cuello y me pierdo por completo en su aroma.

—Me haces sentir… —No puedo terminar. Lo intento de nuevo—. Rosie, me haces sentir como…

—Mason —susurra, aferrándose a mí—. Me corro. ¡Sí, oh!

Deslizo una mano entre los dos y le acaricio el clítoris en círculos; en cuestión de segundos, se deshace debajo de mí. Arquea la espalda, aprieta los muslos y mi nombre se rompe en pedazos en su garganta.

Se contrae a mi alrededor con tanta fuerza que la sigo al abismo con un gruñido que siento hasta en los dientes, derramándome en su interior mientras ella me atrae hacia su pecho y se agarra a mí como si le fuera la vida en ello.

La habitación queda en silencio, a excepción de nuestras respiraciones.

Ni golpes en la puerta. Ni hermanos. Ni entrenadores.

—¿Ha merecido la pena lo de la valla? —murmullo contra su piel, con el corazón desbocado.

Rose se ríe, agotada, sin aliento y feliz.

—Totalmente. Acabo de tener las mejores vistas de todo Beachside.

Veinte minutos después, hemos liquidado el champán y la mitad de la montaña de almohadas, y Rose, de algún modo, sigue tumbada desnuda sobre las sábanas con la satisfacción de una mujer que no tiene que volver a casa a escondidas a través de un seto.

Eso es lo que no deja de rondarme la cabeza mientras estoy aquí tumbado.

Ella no se está vistiendo. Yo tampoco. Y esta noche nadie está pendiente del puto reloj.

Me levanto a por agua de la nevera portátil y entonces veo la bolsa de su cámara junto a la puerta. Vuelvo a mirar hacia la cama y Rose tiene los ojos cerrados, con un brazo echado por encima de la cabeza.

Cojo la cámara.

Pesa más de lo que parece y tiene aproximadamente seis millones de botones. No he visto nada igual en mi vida.

La apunto hacia la lámpara y pulso algo. El flash se dispara y me da un susto de muerte, así que la apunto a la botella de champán. Pero no pasa nada. Luego la apunto a mi propio pie y, de alguna manera, saco tres fotografías y un vídeo de nueve segundos.

—¿Qué haces? —pregunta Rose sin abrir los ojos.

Abre un ojo y me ve sacar un primerísimo plano accidental de mi propia cara, y rompe a reír con una carcajada que sacude toda la cama.

—Mason, te ganas la vida parando discos a ciento sesenta kilómetros por hora. ¿Cómo puedes ser tan malo controlando un botón?

— Perdona. Hay muchos botones. Y este es un dispositivo hostil. —Giro el objetivo hacia ella y sigue riéndose, sonrojada y relajada contra las sábanas blancas, con el pelo alborotado.

Me quedo en silencio, apuntándola con la cámara. A través del visor, parece algo que nadie debería poder ver gratis.

—Eh. Mira tú por dónde. Sales bien con este trasto —digo.

Su risa se suaviza mientras sus mejillas se tiñen de rosa. —Es el resplandor postorgasmo. Una luz que favorece mucho.

—No. Eres tú. —Bajo la voz, medio en broma, medio en serio—. Separa las piernas para mí y te lo demostraré.

— Mason. —Coge una almohada y me la tira—. Esa es mi cámara de trabajo . En esa tarjeta de memoria vive el contenido de los Bears. Si sacas esa foto, irá a la misma carpeta que los retratos de Corbin.

—El Novato se sentiría muy honrado.

—Déjala, idiota.

Me río y la dejo con cuidado sobre el escritorio, lejos del champán. Vuelvo a la cama y ella se acurruca contra mi pecho, pasando la pierna por encima de la mía de una forma que resulta tan natural y habitual que es como si lleváramos haciendo esto desde siempre.

Durante un rato, simplemente… estamos ahí tumbados. Algo en lo que no tengo mucha práctica.

—¿Qué tal por Seattle? —pregunta al final—. ¿Zoey ha encontrado a tu madre?

Miro fijamente el techo.

—Todavía no —admito, odiando que estemos hablando de esto —. Se supone que la cosa está mejorando. Así es como funciona, ¿no? La gente decide divorciarse, los abogados hacen sus cosas de abogados, todo el mundo firma y se acabó.

Rose permanece en silencio a mi lado un momento y luego dice: —Sí. Así es como suele funcionar.

Niego con la cabeza. —En vez de eso, no para de empeorar .

Mamá voló hasta allí sin decírmelo. Zoey cruzó dos estados en coche porque ahora cree que tiene que hacer de árbitro.

Mis dos padres juran que quieren acabar con esto.

En eso están de acuerdo. Solo que no se ponen de acuerdo en cómo terminarlo sin arrastrarnos a todos de lleno por el puto fango.

—Y tú has estado en medio todo este tiempo.

—He sido la centralita . —Me río, pero suena sin vida—. Mamá me llama a mí. Yo llamo a papá. Papá me dice lo que tengo que decirle a mamá. Yo traduzco, suavizo algunas palabras e intento evitar que Beck se entere de las cosas de mala manera y que Declan explote.

—Eso es evitar muchas cosas.

—Es lo que hago.

Lo digo de forma automática y eso hace que Rose se incorpore un poco para mirarme.

—Sabes que no debería recaer sobre ti, ¿verdad?

—Lo sé —digo, negando con la cabeza—. Es que ya no sé qué se supone que tengo que hacer, Rosie. Esa es la parte que odio.

—¿Con tus padres?

—Con todo. Mamá quiere una cosa. Papá quiere otra.

Zoey cree que es su turno de arreglarlo.

Beck todavía no ha perdonado del todo a Dec, por muy normales que parezcan llamándose gilipollas durante el desayuno.

—Suelto el aire hacia el techo—. Siempre he sabido qué tenía que hacer a continuación.

Toda mi vida ha habido un siguiente paso y he sabido cuál era. Ahora mismo… no lo sé.

Rose se queda exactamente donde está, cálida contra mi costado, escuchando.

—No puedo volver a juntarlos —digo—. No puedo hacer que se separen de forma limpia. No puedo arreglar lo de Beck y Declan por muchos desayunos que prepare. Y últimamente… —Me detengo.

—¿Últimamente?

—Últimamente, una parte de mí quiere dejar de intentarlo. —Las palabras salen en voz baja y saben a traición—. Lo que me hace sentir como una basura, porque los quiero. No es…, no es que les guarde rencor. No es eso. Es solo que…

—Estás cansado —dice Rose, sin más.

—Sí. —Se me quiebra la voz—. Sí. Estoy cansado.

—Puedes sentir ambas cosas, ¿sabes? —Sus dedos siguen moviéndose sobre mi pecho—. Puedes querer a la gente y estar agotado de cargar con ella. No son cosas opuestas. Una no anula a la otra.

Bajo la mirada hacia ella. Esta mujer que creció en los pasillos de los estadios, manteniéndose entera mientras su padre mantenía unido a un equipo y sus vidas.

—¿Cuándo te volviste tan lista?

Se ríe contra mi costado. —Bueno, pasé muchos almuerzos en la biblioteca.

Se queda en silencio un rato después de eso, estudiándome a la luz de la lámpara.

Entonces hace la pregunta.