Triple Puck (The Morrison Brother’s 3) 11. Capítulo 10 #2
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11. Capítulo 10 #2

—Oh, seguro que sí. Solo que es irritantemente estable a nivel emocional.

—Observa un pelícano pasar volando por la ventanilla mientras el semáforo se pone verde—.

Mase es… simplemente está ahí, ¿sabes? Si las cosas se tuercen, lo llamas.

Da igual lo que sea. Mal partido, llama a Mason.

Se ha roto algo, llama a Mason. Mamá y papá están con su rollo de…

—hace un gesto vago hacia el concepto general de los padres— …

lo del divorcio. Llama a Mason. Lo coge siempre.

Y nunca te hace sentir que lo has interrumpido.

Lo dice con tranquilidad, con naturalidad, como si estuviera describiendo el tiempo que hace.

—A veces me olvido de que tiene sus propias mierdas. Probablemente porque Mase nunca actúa como si las tuviera.

Beck mira por la ventanilla, torciendo la boca, como si quizá estuviera escuchando sus propias palabras después de haberlas soltado.

Y yo pienso en Breakers.

En ver a esa rubia tocando a Mason y darme la vuelta para marcharme porque los celos me pudieron antes que el sentido común.

Hice que me persiguiera por la playa y se explicara cuando en realidad no había hecho nada malo.

Dios.

¿Acaso me he convertido en una cosa más que tiene que arreglar?

Me estremezco, porque al parecer mi contribución a la carga de trabajo de Mason Morrison también es conseguir que se ocupe de mis gestiones emocionales. Había estado tan ocupada con mis celos que nunca se me ocurrió que él podría haber entrado en Breakers arrastrando sus propios problemas.

Mierdas familiares. Mierdas de hockey. Mierdas de hermanos.

Lo que sea que se esconda tras esa cara exasperantemente serena.

¿Sabe Mason siquiera cómo decirle a alguien que lo está pasando mal? ¿Se daría cuenta alguien si lo hiciera?

Beck se aclara la garganta, como si el silencio empezara a picarle.

—Bueno. Novedades del barco. Sigue teniendo una fuga, pero he decidido que es una cualidad de carácter encantadora para un barco. Como una cicatriz. O una melena de león.

—Los barcos no deberían tener cicatrices, Beck.

—Todo tiene cicatrices, Rose.

Pero solo le escucho a medias, porque la frase que Beck ha soltado como si nada no para de darme vueltas en la cabeza.

Me pongo a pensar en todas las cenas para llevar que Mason me trajo antes de que todo esto empezara. Las llamadas que atiende a las siete de la mañana con una espátula en la mano. Incluso el hecho de que me cambiara el móvil y la silla sin decir ni una palabra.

Joder, compró un puto vestido que cruzó un océano porque una vez me puse sentimental con un balcón.

Este hombre se ofrece voluntario antes de que la sala pueda siquiera ver que hay un problema.

Mason elimina problemas. Constantemente. Para todo el mundo .

Y ahora… de repente me pregunto quién elimina los suyos.

Cuatro noches después, la Guarida del Oso está más viva que nunca.

Doce mil personas, todas ellas ruidosas, todas ellas ataviadas de azul y dorado, abarrotando un recinto diseñado para canalizar cada grito directamente hacia el hielo.

Mis fotografías están por todas partes, rotando en el Jumbotron, impresas a casi dos metros de altura en el vestíbulo, brillando en las pantallas sobre las colas de la cerveza.

ESTE. ES. NUESTRO. EQUIPO.

Un hombre cerca del cristal sostiene un cartel casero con el lema pintado con letras que gotean y, la verdad, los goterones lo mejoran.

En algún lugar detrás de mí, una sección familiar entera está bebiendo batidos Bear Fuel de Luna, con montañas de nata montada que se tambalean cada vez que saltan.

Me muevo por el borde de la pista con mi cámara, y los Bears parecen diferentes esta noche.

Están más unidos. Más conectados. Nadie está jugando a ser el héroe.

Declan gana un face-off e inmediatamente busca a Beck en lugar de forzar su propio carril. Finn lucha contra el muro como si le fuera la vida en ello. Y Mason…

Mason está como un hombre poseído esta noche. Está en todas partes. Dirigiendo el tráfico, cerrando huecos, tranquilo como un lago mientras hombres hechos y derechos se estrellan a su alrededor.

A mediados del segundo, Corbin se queda mirando el disco y empieza a desviarse, con el pánico apoderándose de su patinaje, y oigo la voz de Mason atravesar el caos con claridad.

—¡Cole! Yo cubro a tu hombre. Quédate en tu sitio.

Corbin se queda en su sitio. Signifique eso lo que signifique. Lo único que veo es que la jugada muere en la línea azul y Mason le da un golpecito en la espinillera al novato al pasar, como si nada.

Si la cosa se tuerce, lo llamas a él.

Luego, al principio del tercero, durante un empate brutal que tiene a todo el pabellón al borde de sus asientos, sucede.

Beck saca el disco de un barullo junto a las vallas y lo lanza hacia atrás, y de repente Mason lo tiene con un carril abriéndose ante él como si se partiera el mar. Se adentra en el slot y dispara sin pensárselo dos veces.

—Madre m…

La red se abulta antes de que pueda terminar de coger aire, la sirena de gol estalla y la Guarida del Oso pierde la cabeza .

Lo capto todo a través de mi objetivo por puro instinto. El disco cruzando la línea, los brazos de Mason levantándose y luego su cara. Su cara .