8. Capítulo 7
Mason
¿ Sabéis lo que me parece jodidamente raro?
Que, de alguna manera, el Breakers está más animado después de una derrota que después de una victoria.
Toda la esquina del bar está abarrotada con la mitad de la plantilla de los Bears, las puertas de garaje están subidas y el océano se extiende, negro e infinito, más allá de la terraza.
Las guirnaldas de luces se balancean con la brisa y todas las mesas están sepultadas bajo el surtido de compasión de Mack.
Esta noche, ese surtido se compone de cestas de patatas fritas apiladas como sacos de arena, nachos ahogados en queso y jalapeños, y alitas de pollo relucientes con tres salsas diferentes.
Para rematar, Josie ha conseguido de algún modo convencer al dueño de que siga sirviendo cubos de cerveza sin parar durante el resto de la noche.
Esto debería ser un velatorio. Hemos perdido , joder.
En lugar de eso, Josie está de pie en el asiento corrido del reservado de la esquina con un fajo de servilletas en una mano y un bolígrafo en la otra, dirigiendo el trivial deportivo más improvisado que se ha visto jamás en Beachside.
—¡Pregunta número seis! Capitanes de equipo, consultad EN SILENCIO ...
—Protesto —dice Declan a su lado—. La última pregunta era sobre patinaje artístico. Esto es un bar de hockey.
—Denegada.
—No puedes denegármela. Soy el capitán.
—De un equipo de hockey, cariño. No del trivial. Aquí no eres nadie. —Josie le da una palmadita en el hombro y mi hermano refunfuña algo en su cerveza y deja que su novia siga llevando la voz cantante.
Darcy está sentada frente a ellos con las puntuaciones escritas en una servilleta, con una caligrafía lo bastante bonita como para enmarcarla. Empezó la noche como una anotadora neutral. Eso duró once minutos.
Ahora está impugnando decisiones y exigiendo medios puntos con la energía de una mujer que no ha perdido nada en su vida y que no va a empezar a hacerlo esta noche, y menos en un chiringuito lleno de hombres entonados.
Yo preferiría beberme la cerveza en paz. Por desgracia, Josie ha asignado los equipos, y a mí me ha puesto con Beck.
Beck, para mi sorpresa, es espectacularmente malo en el trivial.
—Callaos y responded a las preguntas —le dice Josie a la mesa en general—. Es mejor que amargarse porque habéis perdido. Que es lo que estabais haciendo todos antes de que mi brillante idea os hiciera hablar de nuevo.
—¿Ah, sí? —pregunto, apurando la cerveza—. ¿De verdad es mejor?
—Sí.
—Tiene razón, colega. —Beck asiente con la boca llena de nachos, que se le van cayendo con cada palabra que pronuncia—. Esto nos está curando, colega. Confía en mí, la doctora Sinclair me enseñó técnicas.
Echo un vistazo a la respuesta que acaba de escribir en nuestra servilleta.
—Has puesto Shrek .
—La pregunta era algo sobre un ogro, ¿no?
—La pregunta era sobre mitología griega, gilipollas.
Desde el reservado de al lado, la cabeza de Finn asoma por encima del separador. —Para que conste, muchachos, hemos oído todo eso y os vamos a quitar puntos.
—No podéis quitar puntos —dice Beck.
—Sawyer ya lo ha hecho. Mira la servilleta.
Beck se pone a discutir, y yo decido que todo me resbale y, en su lugar, compruebo el móvil debajo de la mesa.
Nos vemos pronto, x.
Eso fue hace casi una hora. Rose no ha dicho absolutamente nada desde entonces.
Probablemente se esté cambiando. Con suerte, poniéndose algo bueno. Dios, ojalá sea un vestido.
O quizá la han vuelto a absorber en la oficina con el caos mediático posterior a la derrota.
O quizá está cansada.
Me bebo el resto de la cerveza y suspiro, cojo un puñado de nachos y los mastico mientras miro hacia la puerta por, probablemente, la millonésima vez desde que he llegado.
Para ser sincero, ha sido una noche de mierda desde el momento en que llegué al estadio.
Beck se pasó veinte minutos antes del calentamiento explicándole a Corbin por qué depilarse los huevos le hace «más aerodinámico», alguien me robó el desodorante y recibí un golpe con el disco en el muslo tan fuerte que ahora sentarme requiere una cuidadosa planificación.
Luego salimos ahí fuera y perdimos tres a dos.
Un partido menos. Quedan nueve.
Nuestra temporada pende oficialmente de un hilo.
El muslo se me está poniendo morado bajo los vaqueros, mi hermano pequeño al parecer ahora se pone a filosofar sobre su vello púbico y la mujer por la que llevo mirando a la puerta cada treinta segundos llega casi una hora tarde.
Sinceramente, que Rose entre por esa puerta con otro vestido podría ser lo único capaz de salvar la noche.
—Pregunta número siete —anuncia Josie, agitando una mano delante de mi cara para que aparte la vista de la puerta—. ¿En qué año el...?
— Shrek 2 —dice Beck.
—Ni siquiera he terminado la pregunta.
—Me reafirmo. —Beck le guiña un ojo a Darcy, que parece absolutamente horrorizada.
—Vale. Se acabó. —Salgo del reservado y cojo el cubo de cerveza vacío—. Voy a por más cerveza antes de que me vuelvas más tonto.
—¡Trae limas! —me grita Beck—. ¡Y dile a Mack que las patatas están tan saladas como él!
Mack está detrás de la barra, sus antebrazos tatuados accionando los grifos, y me quita el cubo con la expresión resignada de un hombre cuyos ingresos se han triplicado, pero cuya ambición de toda una vida de paz junto a la playa ha sido destruida por un exceso de jugadores de hockey.
—Dura la de hoy —dice, metiendo botellines nuevos en hielo.
—Sí —convengo—. Ganaremos la próxima.
—Más os vale. Medio pueblo tiene vuestras caras en sus batidos ahora. No podéis dejar en ridículo a los batidos, ¿verdad?
Se da la vuelta para buscar las limas y una voz me habla desde mi lado.
—Tú eres Mason Morrison, ¿verdad?
Me giro y me encuentro con una mujer rubia con un diminuto vestido rosa fucsia, de pie tan cerca que tengo que dar un paso atrás.
Es guapa, con el pelo largo y brillante, pestañas espectaculares y el tipo de escote que hace que sus intenciones sean bastante difíciles de malinterpretar cuando se acerca y apoya una mano con la manicura hecha en la barra junto a la mía.
El fuerte olor a sandía artificial me transporta directamente a la tienda de golosinas a la que nos llevaba mamá de pequeños, donde todo olía increíble durante aproximadamente cuatro minutos antes de que te diera dolor de cabeza.
—Pensaba que eras tú —dice, sonriéndome con esos labios de un rosa intenso a juego con su vestido.
Conozco esta táctica.
Todos los jugadores de la NHL la conocen.
La sonrisa prolongada, el innecesario paso más cerca. La mirada que baja a mi pecho antes de volver a mi cara, como si no hubiera decidido ya exactamente cómo le gustaría que terminara esta conversación.
Hace seis meses, quizá me habría sentido halagado.
Esta noche, mis ojos se desvían por encima de su hombro hacia la entrada.
Sigue sin haber rastro de Rose.
Joder.
—Sí, bueno... ese soy yo —digo, con el tono neutro y amable que uso para los autógrafos y las cenas con patrocinadores.
Ella se acerca más por la barra. —Estuve en el partido esta noche. Estuviste increíble. ¿Ese bloqueo en el segundo periodo? Literalmente grité.
Me aclaro la garganta y tropiezo con la persona que tengo detrás mientras intento ganar algo de espacio. —Gracias. Un esfuerzo de equipo.
A mis espaldas, la voz de Josie se oye por encima de la música, y vuelvo a mirar hacia la puerta.
Sigue sin haber rastro de Rose.
—Entonces, ¿siempre venís aquí después de los partidos? —La mano de la rubia se posa en mi antebrazo—. Porque creo que debería venir más a menudo.
—Es un buen bar. —Retiro el brazo con cuidado y alargo la mano hacia el cubo de cerveza, que Mack está llenando sin quitarle el ojo de encima a la mujer que tengo al lado—. Que pases una buena noche.
No pilla la indirecta. Pilla lo contrario a la indirecta.
—Sabes, si necesitas que te animen después de la derrota...
Se acerca tanto que sus pechos se aprietan contra mi brazo, su mano se desliza hacia arriba hasta posarse sobre mi pecho. Sus largas pestañas se agitan.
—Lo digo en serio —dice, bajando la voz a un susurro—. Tengo un coche ahí fuera. Puedes hacerme lo que quieras. Sé lo que un hombre como tú necesita .
Sus dedos se enroscan en mi camiseta y le miro la mano, luego vuelvo a mirarla a ella.
—Lo que quiero —digo— es encontrar a mi amiga y beberme mi cerveza.
Cojo el cubo de cerveza y me doy la vuelta hacia la multitud, y es entonces cuando miro a la puerta y veo a Rose de pie, justo en la entrada.
Por un segundo entero, mi cerebro se desconecta, porque lleva un vestido verde oscuro que se cruza en la cintura y hace cosas absolutamente delictivas con cada una de las curvas de su cuerpo. Lleva el pelo suelto. Los labios pintados con un brillo precioso.
Está tan guapa que se me cae la mandíbula, literalmente.
Entonces mi cerebro se pone al día con mis ojos, y observo cómo los suyos se posan en la mano de la rubia, que todavía flota a un par de centímetros de mi pecho.
Toda la cara de Rose cambia mientras se da la vuelta y sale de nuevo.
Joder.
Abandono el cubo. Mack dice algo a mi espalda que no oigo porque ya me estoy moviendo, serpenteando entre las mesas y saliendo a la terraza, saltando los escalones hacia la arena, donde terminan las luces del bar y empieza la oscuridad.
—¡Rose! ¡Espera!
No deja de andar. —Estoy bien.
—Te estás alejando de mí.
—Sí. Tengo piernas. Piernas que no son delgadas como palillos, como las de esa mujer que estaba pegada a tu brazo hace un segundo.
La alcanzo y me pongo delante de ella. Aquí fuera, la música del bar se desvanece bajo el sonido de las olas, y la luz de la terraza refleja el dorado de sus ojos, que en este momento intentan prenderme fuego.
—Rose, espera. Escúchame... Se me ha acercado en la barra. Estaba cogiendo cervezas. No la invité, no la toqué, estaba literalmente ahí de pie esperándote a ti ...
—No pasa nada, Mason.
—Está claro que no pasa nada...
—Puedes hablar con quien quieras.