7. Capítulo 6
Rose
E stoy de pie junto a la ventana de la zona VIP del personal, viendo cómo doce mil aficionados llenan el estadio bajo mis pies. Desde aquí arriba parecen lava azul y dorada, y todo el edificio vibra de emoción ante el partido de esta noche.
Los graves de la lista de reproducción previa al partido retumban a través del suelo y, abajo, en el pasillo de acceso, el olor a tacos y palomitas recién hechas asciende en remolinos y me tienta a unirme a los forofos en vez de subir aquí arriba con mis compañeros.
En serio. Ahí abajo es otro mundo.
De camino hacia aquí, he visto a un hombre hecho y derecho comprar tres churros y una zarpa de espuma en menos de un minuto, y he respetado todas y cada una de sus decisiones.
Pero eso no es lo que me mantiene aquí arriba.
Es que no puedo dejar de mirar el videomarcador.
Porque por esa enorme pantalla de cuatro caras, de seis metros de alto y resplandeciente, van pasando mis fotografías .
Los tres niños cerca del muelle con camisetas que les llegan hasta las rodillas.
El batido Bear Fuel de Luna, con su montaña de nata montada y todo.
Finn y Sawyer riéndose con la brisa del océano y, por último, Beck posando como si estuviera vendiendo calzoncillos mientras Biscuit le choca la pata a la cámara.
Es mi trabajo. Mis fotografías… Iluminando un estadio de la NHL.
—Mira eso —dice Colin a mi lado, con las manos en las caderas, contemplando el videomarcador como un padre orgulloso en un festival escolar.
Lleva otra vez el traje de ir al juzgado, esta vez con náuticos, lo que supongo que es un avance—.
Unión . Puede que sea el mejor eslogan que se me ha ocurrido en la vida.
Y se me han ocurrido unos cuantos buenísimos.
—No es un eslogan, Colin. Apenas es una palabra. Es lo que dicen las tarjetas de felicitación cuando se les han acabado las ideas.
—Bueno, está en el videomarcador, ¿no?
—También hay un batido.
—Un batido que se agotó en Goldie's antes del mediodía.
—Señala la pantalla con su cerveza cuando aparece la imagen de la familia de los churros—.
¿Ves eso? Esperamos llenar esta noche, y todos y cada uno de los aficionados de este edificio se están enamorando de este equipo ahora mismo.
Ese es el poder de un gran eslogan de campaña, Rose.
Le dejo salirse con la suya.
Sobre todo porque tiene razón en lo de enamorarse y, sobre todo, porque discutir con Colin es como discutir con un golden retriever. Durante el acontecimiento hay muchísimo entusiasmo, pero después no queda absolutamente ningún recuerdo de la conversación.
Bajo nosotros, bajan las luces del estadio.
El videomarcador estalla en azul y dorado, entran los graves y el rugido grabado de un oso sacude el edificio con tanta fuerza que el champán tiembla dentro de mi copa.
Todo el estadio enloquece cuando los Bears salen en tromba del túnel, liderados por Declan, que alza un puño en el aire y enseguida se gira para buscar a Josie, lanzándole un beso que ella atrapa con una sonrisa enorme.
Apoyo la mano contra el cristal frío, buscando al único jugador que me gustaría que hiciera lo mismo por mí. Lo encuentro al instante.
El número cuarenta y cuatro. Hombros anchos, zancada fluida, deslizándose hacia el círculo de calentamiento como si el hielo le perteneciera esta noche.
El nombre de Mason resuena por los altavoces entre una atronadora ovación desde abajo, y entonces todo mi cuerpo recuerda la noche pasada con un detalle vívido y humillante.
Oh, Dios. Fue bueno. Tan bueno.
Y no solo por lo que hizo Mason cuando por fin conseguí llegar a su dormitorio.
Había algo estúpidamente estimulante en toda la noche. Colarnos por los jardines después de anochecer. Subir sigilosamente aquellas escaleras privadas. Entrar en el dormitorio de un hombre guapísimo sabiendo exactamente por qué estaba allí.
A los diecisiete, escondida dentro de una sudadera enorme y comiendo en la biblioteca, imaginaba que chicas como Josie hacían cosas así.
Las chicas guapas y seguras de sí mismas a las que invitaban a fiestas, que se besaban con chicos detrás de las puertas de los armarios y parecían recorrer los pasillos del instituto sin preguntarse jamás si sus muslos se veían demasiado grandes cuando se sentaban.
Nunca me había imaginado haciéndolo yo .
Y, sin embargo, allí estaba yo anoche, peleándome con un seto y esquivando aspersores para colarme en el dormitorio de Mason Morrison porque el ridículamente guapo jugador de la NHL que me esperaba arriba me quería a mí allí.
Y Dios, me gustaba esa sensación.
El único problema de colarte en el dormitorio de un hombre para lo que se suponía que iba a ser una noche de sexo espectacularmente irresponsable es que, cuando su boca te da el mejor orgasmo de tu vida y luego su hermano llama a la puerta antes de que puedas devolverle el favor, te vas a casa con asuntos pendientes.
Una cantidad francamente desmesurada de asuntos pendientes.
Llegué a casa, me duché, me metí en la cama y tomé la extremadamente optimista decisión de que podía limitarme a cerrar los ojos y quedarme dormida como una mujer normal.
En lugar de eso, cada vez que los cerraba, Mason volvía a estar allí. Con esas manos. Esa boca. Esa voz grave y sucia diciéndome exactamente lo que quería mientras yo perdía por completo la cabeza debajo de él.
El sueño no tenía ni una puta posibilidad.
Tampoco la tuvo, al final, el vibrador del cajón de abajo.
De hecho, tuve que hacer dos turnos.
Porque el primero apenas alivió la tensión, y el segundo incluyó una recreación mental muy detallada de Mason diciendo córrete para mí, nena, justo en mi boca, momento en el que mi vibrador y yo logramos algo mágico.
Puede que el pobre necesite un sustituto. La carga de trabajo desde que Mason entró en mi vida ha sido casi abusiva.
Al final me dormí, y papá ya se había ido cuando me he despertado esta mañana.
Debió de salir antes del amanecer para el calentamiento previo al partido que él programó, el mismo calentamiento que terminó mi noche antes de tiempo, lo que significa que mi propio padre me cortó el rollo y ni siquiera se quedó en casa el tiempo suficiente para que pudiera guardarle rencor durante el desayuno.
Miro hacia abajo a través del cristal y encuentro a papá enseguida.
Está apostado en el borde del banquillo de los Bears, con la tableta encajada contra el costado, sin la chaqueta del traje y con las mangas de la camisa blanca ya remangadas hasta la mitad de los antebrazos.
A su alrededor, el hielo es un borrón de camisetas azules y doradas que surcan la superficie recién alisada, discos que chasquean contra los palos y las vallas mientras miles de voces descienden desde las gradas formando una enorme pared de sonido.
Declan da una vuelta por el centro de la pista antes de lanzarle uno a Sawyer. Beck estira junto a las vallas. Mason se desliza hacia atrás por la zona defensiva, siguiendo sin esfuerzo a Corbin mientras las luces del estadio centellean sobre su casco.
Papá lo observa todo como un halcón.
No deja de mover la cabeza, con los ojos saltando de un jugador a otro, anotando de vez en cuando algo en la tableta antes de ladrar otra instrucción a través del cristal.
No se le escapa nada.
Esta es la versión de mi padre que conoce el resto de Beachside. El entrenador Pearson. Un hombre intensamente concentrado que considera que sonreír durante el calentamiento es un desperdicio inaceptable de músculos faciales.
Un pensamiento peligrosamente pequeño se me mete en la cabeza.
¿Qué haría en realidad? ¿Si se enterara?
O sea, en serio… ¿cuál podría ser el mejor escenario si nos encontrara besándonos? ¿O si Mason y yo nos sentáramos con él como adultos y le explicáramos que ambos somos adultos que consentimos, que nos gustamos y que queremos ver adónde nos lleva esto?
Quizá gruñiría y amenazaría con un poco de violencia leve y luego… ¿qué?
¿Lo superaría?
Le gusta Mason. Confía en Mason.
Lo dijo él mismo, en un aparcamiento, aunque mientras intentaba estrangularlo.
Quizá no sería tan malo. Quizá lo he magnificado en mi cabeza y mi padre es en secreto un hombre razonable, capaz de entenderlo y—
Abajo, sobre el hielo, Corbin Cole falla un pase de calentamiento, y la cara de mi padre pasa de cero a morado en menos de un segundo.
Estampa una botella de bebida contra las vallas y grita algo que hace que el novato envejezca visiblemente cinco años, con las venas marcándosele en el cuello como aparejos de barco.
Sí.
Sí, le importaría muchísimo.
Me aparto del cristal, cojo otra copa de champán de una bandeja que pasa y elijo un asiento a varias sillas de distancia de Colin antes de que pueda pasarse tres periodos explicándome la complejidad emocional de Unión .
Abajo, sobre el hielo, suena la bocina final del calentamiento.
Mason se gira hacia el banquillo, papá se gira hacia Mason. Se encuentran en el borde e intercambian unas palabras.
Y doy un trago muy largo de champán mientras aúlla la sirena y comienza el partido.
Durante las dos horas siguientes, los Bears se dejan el alma.
Esa es la peor parte. Esta noche están bien . El edificio es ensordecedor, la multitud corea hasta quedarse afónica y, durante dos periodos, parece que el primero de los diez partidos está saliendo exactamente como tiene que salir.
Declan marca en el primero, un misil desde la ranura que casi manda el guante del portero a la tercera fila. Beck prepara la jugada con un pase tan bonito que la repetición recibe su propia ovación. Y Mason juega como un muro con opiniones.
Cada vez que los visitantes entran en nuestra zona, él está ahí, plantando ese enorme cuerpo delante de la portería, bloqueando tiros que mandarían a humanos normales al hospital.
En el segundo periodo recibe un slapshot en el muslo, y se me escapa un ruido contra mi copa de champán que atrae la mirada preocupada de la esposa de un patrocinador.
—Está bien —dice Colin, viendo cómo Mason sigue patinando como si nada—. Ese hombre está construido como un parque de bomberos.